Música y folclor

¿Una Nueva Trova vallenata?

Victor Ahumada

18/02/2026 - 05:55

 

¿Una Nueva Trova vallenata?
El cantautor Andrés Mendiola y el compositor Santander Durán en plena charla / Foto: extraída del programa de Jassir Eljach

 

Piden que no hagamos porfía
contra la hegemonía
del comercio y los medios.

Nombe, no tenemos remedio,
sepan que nuestros sueños
se hacen con melodías.

No importa la noche o el día,
somos la cofradía, ay,
de la vida en un verso”.
    

Adrián Villamizar

Hace poco, en su paso por Valledupar, el profesor y creador de contenido Jassir Eljach realizó una entrevista en donde los protagonistas eran el maestro Santander Durán Escalona y el cantautor —¿o trovador?— Andrés Mendiola. En dicha entrevista, Eljach, además de hablar con los invitados respecto a sus vidas y sus obras, habló de la Nueva Trova vallenata. Debo confesar que a mí no me sorprendió, pues hace bastante tiempo que vengo escuchando sobre este tema; pero, seguramente, a mucha gente sí que la tomó por sorpresa.

¿Quién fue el responsable de semejante blasfemia?, se preguntará algún alto prelado de la iglesia vallenata. ¡De dónde carajos sacaron ese invento!, expresará otro. ¿Qué nueva variante de vallenato salchipapa será este?, pensará Poncho Zuleta, mientras reposa en una hamaca debajo de un frondoso árbol allá en su finca Mi salvación.

No es para menos. El trepaquesube que puede originar esta nueva forma de hacer, entender y plantear el vallenato estaría a la altura del alboroto que se armó en Badillo cuando el maestro Rafael Escalona denunció, en su magnífico canto, que la custodia que reposaba en los altares de la iglesia del pueblo se había perdido. Porque es que, para muchos —me incluyo—, la verdadera música vallenata no es solo música, sino un ritual: uno en el que la parranda es la eucaristía, como me confesó una vez Adrián Villamizar, uno de los responsables del sacrilegio.

Pero volvamos a la Nueva Trova vallenata. Decía que ya hace tiempo había escuchado sobre ello. Por ejemplo, en el año 2017, en el programa De boca en boca[1], la periodista de turno, ante la imposibilidad de definir la música que escuchaba (se refirió a ella como un “pop acosteñado”), le preguntó a Andrés Mendiola (otro de los sacrílegos) cómo se podía llamar a esa música que cantaba. Mendiola respondió que había pensado varias veces cómo definir esta música: “Hay un maestro que me honró con el título de la Nueva Trova vallenata. Pero… hay otros conceptos. Yo he venido buscando y todavía no he encontrado el que me llene completamente. Antes decía que era música caribe que sabe a vallenato. Después, que un vallenato fusión. Después, que un vallenato moderno. Luego peleé con el vallenato y no quería vallenato”.

Pero, como es imposible negar a los ancestros, en esa misma entrevista Mendiola confiesa que, de pequeño, mientras lo ponían a servir el trago en las parrandas; “tuve la oportunidad de ver a Escalona, Leandro Díaz, los hermanos Zuleta (ya sabes, Poncho; tú has sido indirectamente promotor de este invento), Diomedes, etc.”. La pregunta que cabe aquí es: ¿cómo salvarse de la tradición habiendo tenido la oportunidad de conocer a todos estos pilares de la música vallenata? La respuesta: no hay modo. Mendiola ya había sido bautizado sin saberlo y, cual hijo pródigo que vuelve a casa, hoy parece aceptar ser un miembro más de esa cofradía de trovadores/cantautores.

Lo mismo le pasó a Adrián Villamizar. En alguna ocasión, el compositor Limedes Torres, al escucharle una canción, le preguntó qué clase de ritmo era el que acababa de tocar. Ante esta pregunta, Villamizar respondió: “Eso es el ritmo que usted quiera ponerle. Si lo quiere tocar a modo de paseo Ivo Díaz, lo agarra y lo adapta al ritmo de paseo. Si Totó la Momposina lo quiere hacer como cumbia, lo hace como cumbia. Porque la base rítmica se presta para adaptarlo a cualquier ritmo. Lo que pasa es que yo lo toco en algo que ni es paseo, ni es son cubano, ni es chalupa. Porque… yo lo que tengo es una mezcolanza de cosas en mi cabeza y no me amarro, a veces, a ritmos, sino que voy sacando las cosas como me suenan, como las siento[2]”.

Pero, en esa misma conversación, Villamizar confiesa algo clave: que alguna vez, en casa de su amigo José Carlos Celedón, cuyos padres tenían una colección de salsa, descubrió, al abrir accidentalmente una gaveta, no solo la salsa, sino el son cubano; y que luego, con los años, llegó la gente de la Nueva Trova cubana. Por ello, Villamizar afirma: “Mi música es un híbrido del paseo vallenato con todas esas expresiones. Es música, es Caribe, es sensación, es trovaduría, es lo que yo siento. Póngale el nombre que le quieran poner. Nosotros (se refiere al guitarrista, compositor y arreglista Leonardo Bermúdez[3]) la hemos bautizado la Nueva Trova vallenata”.

Ahora bien, ante la manera que tienen estos amigos y cofrades de presentar, entender y tratar de encontrar una forma de expresar su música, muchos dirán que esto no es suficiente para llevar a cabo un nuevo movimiento que entre a hacer parte del gran corpus musical vallenato; o que, si el vallenato se compone únicamente de paseo, merengue, puya y son, lo que está por fuera de ese tetraritmo no debería entrar a hacer parte del ámbito vallenato.

Sin embargo, surgen las preguntas: ¿Todo lo que lleve acordeón es vallenato? ¿Por qué se acepta y cataloga a artistas como el Mono Zabaleta, Ana del Castillo, Diego Daza, entre otros, como músicos vallenatos? ¿O a grupos como Kavrass, Los K Morales o La Banda del 5? ¿Cuál es la diferencia entre los anteriormente mencionados y gente como Kaleth Morales, Leo Gómez, Silvestre Dangond, Peter Manjarrez o Felipe Peláez (“vallenato nueva ola”)? ¿Cuáles han sido los aportes reales de estos artistas o grupos para a ellos sí catalogarlos y aceptarlos dentro del ámbito vallenato? ¿Puede la Nueva Trova vallenata hacer parte de este ámbito? ¿Cuáles son los aportes que hará la Nueva Trova vallenata no ya al ámbito sino al gran corpus vallenato?

Un paréntesis: así como estas, son muchas más las preguntas que pueden surgir, ya sea para nutrir o para afrontar esta discusión. Sin embargo, como el espacio no da para tanto y este breve artículo no pretende definir qué es o qué no es el vallenato, quienes deseen ahondar o fundamentar sus posturas sobre esta música pueden consultar trabajos de estudiosos como Félix Carrillo Hinojosa, Marina Quintero, Abel Medina Sierra y Luis Carlos Ramírez Lascarro, entre otros; o algunos libros como El abc del vallenato (2003), de Julio César Oñate Martínez; Vallenatología (1973), de Consuelo Araujo Noguera; o Cultura Vallenata: origen, teoría y pruebas (1992), de Tomás Darío Gutiérrez.

Volvamos al asunto. Si entramos a comparar —aunque no sea lo más adecuado, hagamos el ejercicio— las apuestas en cuanto a ritmo, melodía y, sobre todo, letras de estas dos formas (centrémonos en artistas como Daza, Castillo y Zabaleta, y dejemos de lado a Morales, Dangond, Manjarrez, etc.) de entender y expresar el vallenato, notaremos claramente que son diametralmente opuestas. Porque si en un Diego Daza encontramos letras como:

“Ay, me acabaron de dejar loquito

y me dejaron el corazoncito patinando.

Ve, ¿y cómo sería pa’ un besito?,

porque la demora ya me está perjudicando.

Y es que yo la veo y quedo listo,

Calixto, Calixto, ponte pilas,

que me gusta’ tú, tú[4]”.

 

En un Andrés Mendiola:

“Yo soy de quien me prefiera,

ya debo estar en setenta más o menos.

Me encerraron desde siempre,

me sacaron de mi tierra.

Un amigo que me quiere

es quien paga mi merienda,

y ese amigo, cuando viene,

manda a limpiar toa’ esta mierda.

Pero puso divisiones

en mi corralito de piedra

y me quitó las vacaciones,

porque acabo lo que tenga.

Y él no entiende de oraciones,

¿cómo hago pa’ que comprenda?

Le suplico en mis canciones,

por favor, que no me venda[5]”.

Si uno se dispone a analizar ambas canciones, advierte que la de Daza remite a una situación de cortejo en la que el enamorado espera que la otra persona se decida a entregar su amor, pues su demora perjudica sus intenciones, pero poco más. Digamos que esta canción podría dialogar con la tradición vallenata, aunque esa afirmación resultaría forzada. La letra de Daza no es comparable, por ejemplo, con una canción como “Llegó el verano”, de Gustavo Gutiérrez, en la que también se desarrolla esta temática.

Mientras tanto, si se analiza detenidamente lo que Mendiola nos cuenta sobre Tere, encontraremos que, a partir de la sensibilidad, picaresca y poesía, este nos ofrece una visión de la animalidad mucho más respetuosa y empática. ¿No es eso acaso lo que también nos encontramos en “El jerre jerre” de Rafael Escalona? He ahí el dialogo con la tradición.

Si este ejemplo de una canción de Mendiola con una del “vallenato nueva ola” no bastara, miremos el diálogo que se establece entre una canción auténticamente vallenata como Nativo del Valle y Yo soy el canto vallenato”: la primera, de Beto Murgas; la otra, de Adrián Villamizar.

Canta Murgas:

“Te diré que yo soy

el de sangre mezclada,

el que narra su historia

con caja y acordeón.

Yo soy Chimila,

soy muserengue,

soy andaluz,

pero nativo.

Soy merenguero,

yo soy sonero,

pero nativo,

soy nativo del Valle[6]”.

 

Canta Villamizar:

“Viajé con los conquistadores

que llegaban en galeones,

pero volé con cimarrones

que escaparon de españoles,

de Riohacha y Cartagena.

Y por el río Magdalena

viví en la gaita de un Chimila,

y en la península Guajira

fui trepando el Ranchería

hasta llegar al Valle.

De boca en boca fui con los juglares

a caminar la región,

y era común que al terminar los bailes

me reclamara un cantor.

Hasta que un día, cruzando los mares,

me descubrió el acordeón

y desde entonces somos cuerpo y sangre,

y por el mundo voy con mi compadre

cantando el amor, amor[7]”.

En ambas canciones podemos ver cómo se establece no solo una innegable relación, sino también un complemento. Si se quisiera contar la historia del vallenato de manera resumida, estas dos canciones serían ideales.

Podríamos seguir exponiendo más ejemplos, pero con estos es suficiente para corroborar esas diferencias respecto a melodías, ritmos y letras que tiene la Nueva Trova vallenata en referencia al “vallenato nueva ola”, pero también esa influencia recibida del vallenato tradicional.

Todo lo anterior se relaciona directamente con lo expresado por el maestro Santander Durán cuando el profesor Eljach, al inicio de la entrevista, le pregunta a ambos entrevistados: “¿Por qué trova y no juglaría, si siempre hemos hablado en el vallenato de juglaría, de juglares? Esa fue la primera pregunta que me asaltó a mí”.

Ante ello, Durán responde: “Sobre eso —refiriéndose a la Nueva Trova vallenata— todavía existen entre nosotros ciertas diferencias de opinión. Como ya existe un movimiento reconocido a nivel internacional, como la Nueva Trova cubana, nosotros consideramos que, si estamos tratando de mostrar una nueva cara del vallenato, hay otra cosa que se está haciendo —aunque aún no está saliendo al mercado— y que resulta sumamente interesante porque, además de interrelacionarse con las músicas latinoamericanas, los compositores de estas nuevas obras conocen y se han empapado de otros movimientos musicales, y plantean nuevas alternativas.

Entonces estamos en este proceso de plantear algo que viene con mucha fuerza, como es la narrativa de estos jóvenes compositores —yo los llamo jóvenes— que han recibido todo ese bagaje cultural. Lo anterior para decirte que es un proceso. Ahora se puso de moda la palabra constructo; no sé qué carajos quiere decir eso, pero, como hay que dárselas de intelectual, pues hablemos de constructo. Porque realmente debemos construir un vallenato para las siguientes generaciones, para el futuro, que esté enriquecido con un mensaje latinoamericano: un mensaje de protesta social, de resistencia y de romanticismo…, aprovechando toda esta estructura musical y literaria que tiene la canción vallenata. ¿Cómo lo vamos a llamar? Aún estamos en ese proceso”.

Con el interés de profundizar en esas diferencias de conceptualización y a partir de la reflexión que suscitó la respuesta de Durán Escalona, le escribí vía WhatsApp a Adrián Villamizar. En el mensaje retomé el planteamiento del maestro Santander e hice énfasis en esa “sana discusión” en torno a cómo bautizar el trabajo que vienen desarrollando. Si, como bien señala el maestro, la intención es mostrar que el vallenato sigue vivo y que se nutre tanto de su tradición como de otras corrientes musicales, ¿por qué llamarlo Nueva Trova vallenata y no de otra manera?

Ante eso, Adrián me respondió: “Es que el Maestro Santa piensa que nosotros estamos siguiendo la línea del tren que él transitó, cuando en realidad lo que hacemos es seguir una línea que diverge y busca su propio destino, recordando de dónde venimos. Es Nueva porque hubo una vieja, alimentada por Leandro, Huertas, Escalona, Marín y él mismo. Es Trova porque testimonia, desde la experiencia vivida, todos los escenarios del acontecer humano, en sintonía con la trovaduría universal. Y es Vallenata porque sus pensadores-intérpretes provienen de esa magna región y, en su cauce literario-musical, se vislumbran modismos, formas, sentidos y cosmovisiones de ese microuniverso Caribe-Mediterráneo.”

Luego de escuchar a Mendiola, Villamizar y la voz autorizada del maestro Santander Durán, vemos que aún no queda del todo claro qué vendría a ser la Nueva Trova vallenata; pero, en realidad, eso no es lo más importante. Porque lo que sí es importante —y lo que se debe promover y rescatar de esta nueva propuesta— es el valor musical, melódico y literario que nos ofrece; su apertura a otras apuestas musicales; su performance (si uno escucha y ve en vivo a Adrián Villamizar, verá también una puesta en escena); su asimilación y diálogo con la tradición; y, sobre todo, su actitud de resistencia frente al comercio y los medios.

Porque, más allá del nombre, lo verdaderamente importante ahora es presentar esta nueva propuesta ante el país, el mundo, y “bautizar al pela’o[8]”, como dijera el maestro Rafael Escalona.

 

Víctor Ahumada

Acerca del autor: Víctor Danilo Ahumada Osorio. Estudió Ciencias Sociales en la Universidad del Atlántico. Se desempeña como profesor de Filosofía y Ciencias Políticas. Ha sido promotor de lectura y librero. Actualmente cursa una maestría en Literatura Hispanoamericana y del Caribe. Textos suyos han sido publicados en El Espectador (versión digital e impresa), revista Atarraya Cultural (Universidad del Magdalena), Panorama Cultural y Contexto Media.

 

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