Música y folclor

Grandes canciones de Alfredo Gutiérrez: La distancia

Eddie José Dániels García

03/03/2026 - 04:20

 

Grandes canciones de Alfredo Gutiérrez:  La distancia

 

Transcurría el primer trimestre de 1971, y estaba próxima la realización del cuarto Festival de la Leyenda Vallenata, cuando la tremenda fanaticada alfregutierrista o alfredogutierrista, ambos términos resultan sonoros y elegantes, recibió con alborozo el lanzamiento del primer elepé de ese año, titulado “Mi acordeón bohemio”, un álbum excelente, integrado por once canciones extraordinarias, entre las cuales, sobresalió desde un comienzo “La distancia”, un bellísimo paseo de Alfredo Gutiérrez, cuya entrada musical causaba un deleite arrobador que paralizaba la atención de todas las personas que tenían la oportunidad de escucharlo de manera voluntaria o de oírlo por simple casualidad. En ese momento, la consentida fanaticada del “Rebelde del Acordeón”, como ya era conocido Alfredo Gutiérrez, que desde hacía varios años estaba acostumbrada a recibir sus impactos musicales, representados por dos, tres y hasta cuatro elepés cada año, en los cuales todas las canciones se tornaban antológicas, no vaciló en volcar todo su entusiasmo hacía “La distancia” para deleitarse con la suavidad de su melodía, la frescura de la vocalización y la ternura de su letra. Era una canción llamativa, que embellecía el entorno, motivaba el sentimiento colectivo y lo elevaba al clímax de la satisfacción musical.

En el elepé “Mi acordeón bohemio”, considerado en su época como una de las mejores producciones de Alfredo Gutiérrez, figuraron, además de “La distancia”, otros éxitos destacados que motivaron el enamoramiento popular. Entre ellos, la canción que sirvió de título al long play de José Garibaldi Fuentes, destacado compositor y folclorista de Guamal, Magdalena, llamado “El Maestro Gari”, quien cultivó diversos géneros musicales, “La muerte de Abel Antonio” del recordado acordeonista y compositor pivijayero Abel Antonio Villa, quien recibió el título de “Rey vitalicio del Festival de la Leyenda Vallenata” en 1998,  “La niña esquiva” y “El parrandero” de Luis Enrique Martínez, apodado “El pollo vallenato”, oriundo de El Hatico, corregimiento de Fonseca, Guajira, ganador del Festival Vallenato en 1973,  “El niño de la calle” de Gustavo Gutiérrez Cabello, oriundo de Valledupar, conocido como “El Flaco de Oro” y considerado uno de los más grandes compositores vallenatos, “Tu cabellera” de Adolfo Pacheco, excelente compositor y folclorista de San Jacinto, Bolívar, “Carmencita” y “Quiéreme” de Leandro Díaz, natural de Barrancas, Guajira, quien era considerado “El ciego que veía con los ojos del alma”,  “El vicio no me domina” de Tomás Carvajal, autor poco conocido en el medio musical,  y “El divorciado” también de Alfredo Gutiérrez, quien en cada elepé era autor de varias composiciones.

Como se puede apreciar, el elepé “Mi acordeón bohemio” estaba ennoblecido con un mosaico de célebres compositores, cuyas canciones eran verdaderas joyas musicales que refrescaban el aire, iluminaban el ambiente y lo tornaban placentero cada vez que el entusiasmo popular se dedicaba a escucharlas. Eran canciones repletas de sensibilidad que penetraban de manera irresistible en la intimidad de los oyentes. Sus letras encerraban verdaderos textos poéticos que, la mayoría de las veces, exacerbaban las pasiones románticas y fortalecían el idilio de los enamorados.  Y en este ambiente, repleto de placeres musicales, “La distancia” se convirtió en una canción extraordinaria que irradió por doquier la belleza de su letra. Recuerdo con amplia lucidez que no hubo en aquella época, considerada inolvidable por las generaciones que tuvieron el placer de vivirla, cuando se gozaba y se bailaba la verdadera música vallenata, una sola persona que no se motivara a cantar o a silbar los versos iniciales de “La distancia”. Y me atrevo a afirmar, con plena seguridad, que, gracias a los mensajes de estas bellas composiciones, fueron muchos los noviazgos que se cristalizaron y culminaron, por supuesto, en enlaces matrimoniales que aún persisten y recuerdan con emoción aquellos hermosos tiempos.

Asimismo, muchísimas canciones de Alfredo Gutiérrez, cargadas de un romanticismo inagotable, aparecidas en los diferentes elepés publicados con anterioridad, habían causado un placer similar a “La distancia” y gozaban de una admiración infinita en el seno de la fanaticada alfregutierrista. En todas estas composiciones, la pluma lírica del “Rebelde del acordeón”, pintaba con una sensibilidad fascinante el embrujo de sus letras, siempre dedicadas a una mujer, bien para enaltecerla, bien para desearla. Canciones como “Cabellos largos”, “Rompí tu retrato”, “Adórame”, “La choza”, “Lupita”, “Te juro”, “Papel quemado”, “Ojos indios”, “Cabellos cortos”, “La que se fue”, “Se acabó quien te quería”, y “Dientes de marfil”, incluidas en los primeros elepés: “La cuñada”, “La cañaguatera”, “Romance vallenato 1” y “Romance vallenato 2”, aparecidos entre 1968 y 1969, batieron el record sentimental en la fanaticada y fueron aplaudidas con los emocionantes latidos del corazón. Más tarde, cumplieron este mismo ritual en el sentimiento de la fanaticada, las canciones: “Ojos gachos”, “El casado”, “La sanjuanera”, “Mariposita chiriguanera”, “Los besitos de Gloria”, “La llamada”, “Piedad”, “El quedao”, “Cuando un amor se aleja”, “La primera novia” y “Angelito”, incluidas en los elepés: “El rebelde del acordeón 1”, “El rebelde del acordeón 2” y “Matilde Lina”, los tres publicados en 1970.

Después del lanzamiento del álbum “Mi acordeón bohemio”, el encanto musical de Alfredo Gutierrez siguió su curso imparable y nuevas canciones de su autoría siguieron apareciendo y deleitando el entusiasmo de su monumental fanaticada. La gente se había acostumbrado a gozar constantemente la proclamación de sus nuevos elepés y sus canciones eran verdaderos acontecimientos en el medio musical. Llamativas y hermosas canciones como “El envenenao”, “Chila”, “Mis diez mandamientos”, “Amor de mi vida” y “El querendón”, figuraron en los álbumes: “El envenenao” y “Bajo el palo e mango”, lanzados en 1971. En 1972, el “Rebelde del acordeón” deleitó a sus admiradores con tres elepés, titulados: “Las canas de mi vieja”, “A escondidas” y “La diosa coronada”. En los dos primeros figuraron sus canciones: “Protesta vallenata”, “Por conveniencia”, “La carajera” y “Marío y mujé”, letras que se apartaron de su lírica romántica para enfocar otros temas folclóricos. Como caso curioso, en el álbum “La diosa coronada” no apareció ninguna canción de su autoría. Le cedió el turno a su amigo Leandro Díaz Duarte y le incluyó cuatro canciones: la que le dio el título al elepé, “Cariño grande”, “Cultivo de penas” y “Sabor a primavera”. Otros compositores, como Luis Enrique Martínez, Freddy Molina Daza, Emilianito Zuleta Díaz, José Garibaldi Fuentes, Camilo Namén, Lenín Bueno Suárez y Andrés Landero, también, figuraron en el elepé con sendas composiciones.

Entre 1973 y 1974, prácticamente, los dos últimos años que Alfredo Gutiérrez deleitó a su fanaticada con sus hermosas canciones vallenatas, grabó cinco elepés: “Los dos inseparables”, “El show de Alfredo Gutiérrez”, “Alfredo Gutiérrez siempre costeño”, “Alfredo Gutiérrez en carnaval” y “El legítimo rey del acordeón”. En estos trabajos figuraron once canciones de su autoría, las cuales gozaron de poca admiración por los temas prosaicos de sus letras: “Raquelita” y “La televisión” en el álbum “El show de Alfredo Gutiérrez”, “Olvídame” en el elepé “Alfredo Gutiérrez siempre costeño”, “En carnaval”, “Antioquia federal”, “El cáncer”, “La mafia”, “El capuchón” y “El cura enamorado” en el long play “Alfredo Gutiérrez en carnaval” y “Chiquita pero cumplidora” y “Puya rebelde” en el álbum “El legítimo rey del Acordeón”. El elepé “Los dos inseparables”, que incluye doce canciones cantadas a dúo por Alfredo Gutiérrez y Calixto Ochoa, generó una tremenda confusión: desde su aparición, la fanaticada pensó que el título se debía a la unión de los dos artistas, quienes figuraban en la portada del elepé. Pero no era así: el álbum incluyó la canción “Los dos inseparables”, que sirvió de título al elepé, autoría del destacado compositor de música popular, Eudoro Merchán Alarcón, cuyo tema se refería al profundo amor que el autor sentía y le profesaba a su querida esposa.                 

Hace apenas unos días, mientras viajaba de copiloto con un amigo, en mi automóvil, éste, desprevenidamente, encendió el radio y sintonizó una emisora. En el acto salió “La distancia”. Me quedé paralizado apenas escuché las notas de Alfredo Gutiérrez y la escuché completica al tiempo que seguía mentalmente la letra: “Esta es la primera noche que paso sin verte / parece que fuera un siglo de sufrimiento / como no puedo tenerte a cada segundo aumentan mis tormentos. Como no puedo tenerte / a cada segundo aumentan mis tormentos”. “La distancia nos separa / pero nos queremos, ay / cuando nos encontremos / se unirán nuestras almas. / La distancia nos separa / pero nos queremos / cuando nos encontremos / se unirán nuestras almas”. Me deleité con el espacio interestrófico, donde las notas de Alfredo nos causan un infinito placer emocional. Y seguí cantando mentalmente hasta el final, embriagado con el embrujo de la melodía: “Cuando se quiere de veras / se está pensativo, / en el ser que está lejano / que se ama bastante. / Cuando tú no estás conmigo / en ningún momento dejo de pensarte. / Cuando tú no estás conmigo / en ningún momento dejo de pensarte, ay”. / “La distancia nos separa, / pero nos queremos, ay / cuando nos encontremos / se unirán nuestras almas. / La distancia nos separa, / pero nos queremos / cuando nos encontremos / se unirán nuestras almas”.

Sinceramente, escuchar “La distancia” en esos momentos me produjo una inmensa satisfacción que me trasladó a mis años de juventud en San Roque de Talaigua, mi pueblo natal, y, por supuesto, a mis años de estudios en el histórico Colegio Pinillos de la Villa de Santa Cruz de Mompós “La tierra que no es de Dios”, como suelo llamarla últimamente. Enseguida evoqué a mis grandes amigos pinillistas, entre ellos, a Edwin Alvarado Cáliz, José Orlando Rojas, Rafael Gutiérrez Novoa y Antonio Toloza Mora, ya fallecido, con quienes aprendí a escuchar la música de Alfredo Gutiérrez al tiempo que libábamos las primeras cervezas de la juventud en las cantinas que solían nacer con frecuencia. También recordé los salones y los bailes familiares y caseteros de mi pueblo, donde aprendí a dar mis primeros pasos con las notas alfredogutierristas, sobre todo, con “La trilogía de los ojos”, “La dupleta de los cabellos”, “Mariposita chiriguanera”, “Los besitos de Gloria” y muchísimas más, que atesoro en mi repertorio personal y me iluminan el pensamiento cuando tengo la oportunidad de escucharlas. Por esta razón, el día que escuché “La distancia”, en el acto pensé: “La distancia” es otra de las grandes canciones de Alfredo Gutiérrez y como tal, merece que le escriba una crónica. Y, por supuesto, cumplí mi deseo.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

1 Comentarios


GABRIEL AHUMADA MORALES 03-03-2026 12:36 PM

EXCELENTE CRÓNICA MAESTRO, MAS CLARO NO PUEDE SER, BENDICIONES

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