Música y folclor
Marcos Díaz: la historia de un corista, cantante y compositor que venció la pobreza

A Marcos Díaz lo contrataron para amenizar una actividad musical en el Club Valledupar, y a propósito de este hecho le comentó a su madre: —Mami, ¿cómo íbamos a imaginar que ese peladito que mandabas a vender conejo por las calles de El Molino cantaría en ese lugar emblemático de la clase alta de Valledupar?
—Con Mamá reímos recordando cuando yo salía a vender concejos en El Molino. Los llevaba en una varita y gritaba por las calles: “¡conejo, conejo, conejo…!”. A veces me encontraba con algunos amigos y nos poníamos a jugar negritas. Mientras lo hacía, la varita con los conejos colgaba de un árbol y los animales muertos se llenaban de moscas. Y si algún conocido me veía jugando, se lo decía a mamá, quien, rabiosa, me pegaba.
Pero había días en los que él caminaba gritando: "¡Conejo...!", y nadie le compraba. Entonces regresaba a la casa y su madre le preguntaba: Marquitos, ¿fuiste donde zutanito? ¿Fuiste donde Menganito? Sí, mamá. Ese día podían comer conejo asado, pero no había para comprar el arroz.
—La vida de nosotros, la familia Díaz Alarza, en El Molino, donde nací en 1958, no fue fácil. Mi papá, un hombre bueno, conforme, músico y cazador, era el responsable de alimentar a sus ocho hijos y a mi madre, pero al hacerlo se enfrentaba a serias limitaciones económicas. Eran tantas que, cuando desayunábamos, no almorzábamos, y si lo hacíamos, no había plata para la cena.
Pero el corista, cantante y compositor Marcos Díaz también vendía auyama, tamarindo, yuca y maíz que su abuela materna cultivaba en un predio cercano al pueblo. Él lo hacía porque era el hijo mayor de la pareja Díaz Alarza.
Sin embargo, pese a las dificultades económicas y a la necesidad de trabajar a favor de su familia, asistía a la escuela primaria. Concurrencia que aplazaba al escuchar el sonar de una caja, de un acordeón. Cuando por fin llegaba a recibir clases, el director y maestro, primo de Beto Zabaleta, le preguntaba por las razones de su ausencia, y Marcos le respondía con mentiras; entonces la reacción del educador era darle reglazos en ambas manos.
Marcos, además de interesarse por la caja y el acordeón, acostumbraba ir detrás de su papá, quien hacía parte de la banda de viento Rita Cecilia, de El Molino, tocaba la guitarra y después el contrabajo. —De ahí surgió mi afición por el bajo electrónico; me encanta ese instrumento —admite el cantante.
Después, cuando era alumno del colegio Roque de Alba de Villanueva, comenzó a cantar y hasta hizo parte de un conjunto vallenato conformado por varios estudiantes. También fue serenatero, etapa de la que rememora la ocasión en la que, enamorado de una villanuevera, cantó al pie de su ventana y recibió como respuesta el lanzamiento de orines desde el segundo piso de la vivienda.
Fue en ese tiempo cuando escuchó los coros de Ángel Fontanilla y de Johnny Cervantes a través de las grabaciones discográficas de Los Hermanos Zuleta. Además, los de Juan Piña en los trabajos musicales de El Binomio de Oro. Entonces este corista comenzó a ser su referente, por lo que se dio a la tarea de imitarlo.
—Me aprendí los coros de Juancho Piña, tanto que en cualquier parte los cantaba con la misma tesitura y el mismo tono. Entonces comenzaron a preguntar: “¿Quién es el muchacho? Él estudia en el Roque de Alba y le dicen Marquitos.
La información de la capacidad vocal de Marquitos se fue propagando entre los músicos; de ahí que acordeoneros como Norberto Romero, Pacho Herrera, entre otros, cuando iban a tocar una parranda, dijeran: “Vamos a buscar al pelado de El Molino".
La fama del Molinero llegó al oído de Chiche Ovalle, quien era corista de El Binomio de Oro. – El Chiche me dijo: “Tú serías capaz de ir a un ensayo del conjunto. Ya les hablé a Israel y a Rafa de ti. Ve esta tarde, como cosa tuya.”
—En la tarde pregunté dónde era la casa de la mamá de Israel. Cuando terminaron de ensayar, Chiche se dirigió a él y le dijo: “Este es el pelado del que te hablé.”
—Entonces Israel me dijo: “¿Te sabes el coro de Campana? Claro que sí le respondí y lo canté. Después siguió el de Relicario de Besos y de cuatro canciones más. Cuando terminé de cantar, Rafa e Israel se miraron y dijeron: “Este es el pollo que necesitamos. Entré al conjunto a prueba; para entonces tenía 17 años y mi primer pago fue de ocho mil pesos por toque. “
A partir de su inclusión en El Binomio de Oro, su vida cambió, lo que también debía suceder con el resto de la familia que aún vivía en El Molino. Por eso un día Marcos le dijo a su mamá que se mudaran para Barranquilla. La respuesta de ella fue: “Marquitos, mijo, ¿y allá de qué vamos a vivir? En esa ciudad las cosas van a empeorar.”
—Yo le respondí: “Madre, arriba hay un Dios y yo sé que nos va a ayudar. Si en El Molino no nos morimos de hambre, en Barranquilla tampoco va a suceder.”
—Después de que hice una gira con El Binomio por Venezuela, llamé a mamá y le dije: “Hable con Emiro Salina para que en su camión les haga el trasteo a Barranquilla. Vendan todo, hasta la casa.” Para entonces ya había arrendado una vivienda en el barrio El Silencio.
En El Binomio de Oro duró ocho años, relación que terminó el día que lo llamaron de CBS, luego Sony, para ofrecerle un contrato como vocalista para producir tres trabajos discográficos. Él se sorprendió por la llamada, pues hasta entonces era un destacado corista y compositor, y su papel como solista solo se daba en las oportunidades en que Rafael Orozco le pedía que cantara una o dos canciones, las que interpretaba acompañado por el acordeonero Ramón Vargas.
Pero el contrato tenía una cláusula que Marcos debía cumplir para que se entendiera perfeccionado: grabar dos canciones de su autoría, entre ellas Me vieron llorando, la cual ya había entregado a Rafael Orozco para que la incluyera en su nuevo trabajo musical.
Esa condición contractual le generó inquietud, pues, además de estar agradecido con Rafa e Israel, la casa disquera Codisco le extendió un cheque con una cifra cuantiosa para que permitiera la grabación del disco.
—Cuando me entregaron el cheque, lo agarraba, lo miraba y rememoraba lo vivido en El Molino y me llenaba de incertidumbre. Hasta recordé la vez que mi padre hizo un cultivo de auyama y, cuando la recogió, desayunábamos auyama sancochada con café. Al mediodía era con arroz y en la tarde, en puré.
—Sin embargo, unos amigos me aconsejaron que la grabara y, al hacerlo, se convirtió en un éxito nacional que me catapultó como solista.
Lo de componer canciones, según Marcos, le llegó de la mano de algunas circunstancias amorosas, así como producto de la influencia de autores como Hernando Marín, Gustavo Gutiérrez, Fernando Meneses, Rosando Romero y Edilberto Daza, entre otros a quienes El Binomio les grababa.
—De tanto escucharlas, un día me puse a escribir trozos de canciones. El primero que me grabó fue El Binomio. Eso fue un chiripazo, porque ya estaban escogidos los temas que incluirían en el nuevo trabajo discográfico. Sucedió que, en una de las últimas prácticas, antes de irnos para Medellín a grabar, Israel, preocupado, comentó: “Las canciones que escogimos están buenas, pero hace falta una que de entrada se constituya en éxito.”
—Entonces, dirigiéndome a él, le dije: “Yo tengo un mocho de canción. Y su respuesta fue: “¿Acaso tú eres compositor?
Al terminar el ensayo, Israel lo llamó y le pidió: “Siéntate ahí y canta. Marcos interpretó: "Porque no tengo mi vida, es que estoy así" Luego el coro: Por ser de mi pueblo es que más te quiero a ti… ¿Eso es tuyo?
Después de escucharlo, señaló que le había gustado, especialmente el coro, y le pidió que la terminara. Esa canción, junto a la que compuso José Vásquez, fue la más exitosa del trabajo discográfico.
Ya Marcos era un reconocido corista y un brillante compositor, cuando se enamoró, en El Molino, de la hija de una pareja pudiente de esa localidad de La Guajira. Pero la mamá de ella se enteró y delante de unas amigas, puso el grito en el cielo: “Adivinen quién está enamorado de mi hija. Uno que vendía conejos por las calles. Sí, el hijo de la Negra Imelda. ¡Tronco de suerte la mía!
Álvaro Rojano Osorio
Sobre el autor
Álvaro Rojano Osorio
El telégrafo del río
Autor de los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).
Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).
Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.
1 Comentarios
Excelente crónica.
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