Música y folclor
Todos los caminos de Dios conducen al Vallenato

¿Será que Dios no tiene amigos en esta tierra y por ello es que anda en el aire?
Cualquier ateo o agnóstico, por más teóricos que sean con un “Dios ha muerto” a lo Nietzsche, pasaría de agache el interrogante en cuestión, no obstante, se podría escudriñar tal galimatías a través de “Alicia adorada”.
Si se escucha con atención tan mayestático vallenato de otrora, bajo aire de son, y que, sea dicho de paso, es de los primeros en la historia que antepone a Dios como referente, a pesar que su protagonista es la gloriosísima Alicia, su intérprete original, el legendario acordeonero, Juancho Polo Valencia, da por sentado que Dios no tiene amigos; razón por la cual anda en el aire.
En suma, con tal enunciado de envergadura, no queda más que inferir que, hasta con súplicas al Altísimo, pese a que este le enviaba males no más, el asimismo creador de, por ejemplo, “Lucero espiritual”, exterioriza su pena y dolor a causa de la partida de su “Alicia querida; Alicia adorada”, cuya imagen y semejanza ha de recordar en todas sus parrandas, por si acaso, espirituales.
Filosofía digna de un folclor inmerso en lo más recóndito de esta tierra colombiana, es la razón de ser para que no solo “Alicia adorada” sino un sinnúmero de vallenatos adicionales, desde luego, creados por un puñado de compositores oriundos de una tierra de cantores como lo es el Caribe e interpretados por diversos artistas del género, por demás, recordados y afamados, tengan en cuenta a un ser que, bíblicamente hablando, posee todo el poder, conoce todas las cosas y, en simultáneo, está presente en todas partes.
Hasta en “La casa en el aire” de Escalona o en los benditos vallenatos que hacen honor a su deidad.
Porque, si se trata de establecer unos cuantos “aleluyas” que lo glorifican, basta con revisar el acápite que concierne al denominado vallenato cristiano, subgénero de nuestro folclor, representando, en gran medida, por los exégetas Luis Fabián, Albeiro Machado y la sorpresiva puesta en escena de Jean Carlos Centeno cuando a inicios del presente siglo entonó la canción “Dios me veía”; o las agrupaciones “Los del Camino” y “Los hijos del Rey”, liderada por Dagoberto el “Negrito” Osorio.
Empero, desde el vallenato convencional, Dios está en ciertos títulos y pasajes que hoy permanecen en la memoria colectiva de los seguidores de la música acompasada por la caja, la guacharaca y el acordeón, que, en síntesis, se oye con un par de rones o whiskies en mano para disfrutar no solo de su tradición oral, __por qué no, desde “La gota fría”, el vallenato más universal de todos los tiempos__, sino para calmar las penas de un corazón afligido cuando se trata de traiciones o “tragas malucas”, entiéndase, amores imposibles o no correspondidos.
Es que, aparte del “Dios me veía”, imposible dejar por fuera estas otras propuestas que aún permanecen en mi memoria: “Cómo le pago a mi Dios” y “Cuídala Dios”, obras de “Los Diablitos”, añadiendo el “Hasta cuando, Señor” con una tendencia más romántica que las anteriores; inclusive, aparece en el catálogo de antología el “Bendito sea Dios”, la cual “Poncho” Zuleta y “Jorgito” Celedón exteriorizaron en su debido momento; la mismísima “Mira mi Dios” en la voz del ya referenciado “Pulmón de Oro”; “Ahora que te vas” de Nelson Velásquez a manera de despida de un ser querido al implorar “una oración haré por tu vida” o la cumpleañera “Dios te bendiga” con un toque de “Nueva Ola” en la voz de Peter Manjarrés.
Pero hay un artista tan esencial en nuestra patria que le prometió a la Virgen del Carmen hacerle una iglesia si lo paraba de su lecho de enfermo: se trata del “Cacique de La Junta”, Diomedes Díaz, el más grande cantor de todos los tiempos, que, con un “Milagro de Dios” o un “Gracias a Dios”, comenzó a tener presente al padre celestial de todos los católicos, apostólicos y romanos.
Si Dios lo hizo así, contento y enamorado, no tuvo más remedio que acudir a ese término celestial so pretexto de despedir para siempre, bajo la égida de un sentido lamento, a su compañero, Juancho Rois, sin soslayar que puso toda su alma en la interpretación de otro bellísimo, “Gracias a Dios”, en el que ruega lo perdone por las adversidades que afrontó en un pasado o la dedicada a la Virgen del Carmen, santa de su devoción, desde “A mitad del camino”, pregonando en su fin “Gloria Dios en las alturas y paz en la tierra a todos mis seguidores”.
A fin de cuentas, todos los caminos de Dios conducen al vallenato. Ese Dios que sí tiene amigos, por supuesto, priorizando a sus más fieles intérpretes, incluyendo a Juancho Polo, que vaya uno a saber dónde carajos fue que lo vio si no, ¿cómo es eso de que anda en el aire?
P.S.: “La dueña de mi suerte” se ha quedado sin su acordeonero estrella: hace un par de días atrás nos dejó José Luis Zuluaga de León, mejor conocido con el mote de “Joche”, el compañero de fórmula de Ramiro Padilla, ilustre intérprete de la ya citada oda vallenata próxima a cumplir un cuarto de siglo. Quizás, junto a Juancho Polo, le estén cantando a Dios que no tiene amigos en la tierra mientras este los mira desde el aire. Paz en su tumba.
Nicolás Fernando Ceballos Galvis
Sobre el autor
Nicolás Fernando Ceballos Galvis
Comunicación sin fronteras
Columnista cultural y redactor web con trayectoria en periodismo cultural, crónica y análisis narrativo, enfocado en música, identidad y territorio. Autor de columnas destacadas entre las más leídas en PanoramaCultural.com.co (2024–2025). Ganador del concurso de crónica corta “La realidad de nuestro territorio a través de tus ojos”. Su escritura combina investigación, sensibilidad cultural y claridad narrativa, con especial interés en la divulgación y la memoria cultural.
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