Música y folclor

Versos de sabana y memoria: la vida musical de Carlos “El Cachi” Ortegón

Álvaro Rojano Osorio

08/04/2026 - 06:50

 

Versos de sabana y memoria: la vida musical de Carlos “El Cachi” Ortegón
El Cachi Ortegón / Foto: créditos a su autor

 

A Carlos “Cachi” Ortegón es habitual verlo caminar descalzo por las calles de Yopal, tal como lo hacen los criollos en las sabanas de Casanare. Anda de esa manera porque, aunque nacido en Sogamoso -ubicado en el altiplano cundiboyacense- en sus coplas proclama:

De toditos soy paisano: de las vegas, conuquero. De los hatos, sabanero. De los caseríos, pueblano. Soy el Meta y araucano, barinés, casanareño, del Guárico y apureño. ¡Señores, yo soy del llano¡[1]

Él es un destacado compositor de música llanera. Relación sonora que, como lo señala, comenzó en su niñez, cuando, de la mano de su familia, iba a una vereda ubicada entre Aguazul y Maní, donde habitaba un tío por línea materna.

En la casa de mi tío siempre estaban los músicos interpretando la bandola, el tiple, las maracas, el requinto. Yo los escuchaba hasta que me quedaba dormido en un chinchorro. Al día siguiente me levantaba  temprano y era el mismo “jurusungo” musical: veía a los músicos con los instrumentos en las manos, alrededor de una hoguera, comiendo carne, bebiendo ron… y eso a mí me fascinaba.

Entonces, viendo entre la noche un arpa tejer hilos de sones a los que tiende sobre el silencio[2], quiso tocar alguno de los instrumentos propios del conjunto musical llanero, como lo hacía su abuelo materno y su madre, quien, además del tiple, interpretaba el piano.

Fue esa fascinación por los instrumentos la que lo llevó a cantarle al arpa:

El día que muera el arpa, cuando calle un cuerdero, quedará sin rumbo el cuatro, sin oficio el maraquero, sin amiga la bandola, sin pareja el parrandero, sin cuerpo ni alma el joropo, sin condición el coplero…[3]

Sin embargo, esas y otras coplas las compuso cuando comprendió que carecía de vocación para tocar instrumento alguno. Sucedió en la adolescencia, y los primeros los dedicó a un primo como regalo de cumpleaños. De la mano con la composición llegó la dedicación a la lectura, por eso se acercó a las obras poéticas de Machado, Borges, Lorca, Vallejo, del venezolano Eugenio Montejo. También de Luis Alberto Crespo, Jaime Jaramillo Agudelo, William Ospina, Bukowski, y Emilia Zinková, a la que denomina la mejor. Asimismo, descubrió y leyó a Edgar Allan Poe.

Desarrollo lector y de creación musical que coincidió con su partida para Bogotá, adonde fue a estudiar derecho.

Mis cuadernos, más que información sobre mi carrera profesional, estaban llenos de versos, de trozos y de canciones completas en las que, lleno nostalgia por la tierrita, hablaba sobre ella.

Para entonces, había encontrado en la obra musical de Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra y Jorge Cafrune el puente para convertir lo que escribía en composición.

Eran los años setenta y, pese a escuchar otras expresiones sonoras, lo mío era la música llanera. Por eso digo que soy monofónico, aunque he compuesto canciones para niños y un vallenato.  

Cámara, cuando el bordón acalla su voz tan grave para dejar la prima al pie del arpa me llame, mi verso va reventando como agua de manantiales, pa regar por esta tierra el frescor de mis cantares[4].

La canción que le abrió las puertas a las grabaciones y que compuso en Bogotá, fue Flor de cayena.

–Mi primo Benco Díaz, quien conocía mis poesías y era cuatrista profesional vinculado a la música llanera, me dijo: “¿Por qué no le mostramos tus poemas y  composiciones a Carlos Rojas?” Quien era miembro del grupo musical Cimarrón. –Muéstrasela, le respondí.

Él escogió, además de Flor de cayena, un San Rafael (ritmo llanero) al que le hizo unos arreglos musicales y lo grabó. Posteriormente, esta canción ha sido grabada en varias versiones, incluyendo una en Venezuela. Más tarde, llevó al acetato la composición que tituló Cuéntame Llano.

Vuelvo a mirarte de nuevo mi llano casanareño, a ti regreso otra vez, para refrescar recuerdos, para ver si todavía hay garza, caño y lucero y entre un hato y otro hato a distancia es el lindero; cuéntame llanura mía si es verdad lo de mis sueños, cuéntame si todavía espanta la bola ‘e fuego.

Sin embargo, pese al número de versos y coplas  de su inspiración que han sido grabadas, Cachi no se asume como compositor, pues admite que lo suyo no es un oficio que lo impulse a crear de forma constante, sino un proceso motivado por hechos que lo conmueven, como la llamada que recibió del cantante Cholo Valderrama, quien le comunicó:

–“Vea, familia, en Pereira un grupo de personas a caballo, entre ellos varios ciegos, tenían como canción, al cabalgar, la que usted compuso: Si un niño ciego tiene un caballo.” Eso me llenó de emoción.

Si un niño ciego tiene un caballo, el caballo es de todos los colores, cuando relincha es plateado, como los platillos de una batería; si el caballo se acerca y el sol ya le puso caliente la piel y el niño lo toca, el caballo es alazán; si lo toca y está muy caliente, el alazán es tostao…

Otro hecho que destaca como dinamizador de su vocación fue lo que le sucedió en Arauca. Al intérprete de uno de los temas de su autoría le preguntaron por el nombre del compositor de lo que había cantado, y este  respondió que debía ser un viejito. Esa respuesta lo llevó a concluir que el camino que había tomado como autor era el correcto.

–Ese día me sentí realizado y dije: “Por ahí es la cosa.”

Cachi admite que produce pocas canciones, pues se siente agotado y hasta incapaz de escribir cierto tipo de temas, como lo hizo años atrás. Señala que podría hacerlo, pero con una letra más rebuscada. Esto se debe, entre otros factores, a que ya no mantiene tanta relación con la sabana -aunque vive en el campo- como la que existía cuando componer la mayoría de sus canciones.

Yo hacía mucha ganadería: compraba, vendía y arriaba ganado vacuno; pero hace quince años me alejé de esa actividad. Aunque no componía mientras iba por la sabana, observaba  el paisaje, a la gente que lo habita, además me invadía la nostalgia, y eso lo plasmaba en mis composiciones.

Producto de esas andanzas nació la que tal vez sea una de sus canciones más icónicas: Volveré a trabajar llano, grabada en 1997 por su compadre Cholo Valderrama. En ella recuerda, con nostalgia, sus travesías por los hatos casanareños, narrando el día a día de la vida en la sabana durante los trabajos de llano, como se conoce a las faenas de ganado en esa zona del país.

Cachi ha procurado esquivar la tendencia actual de componer canciones cuyo marco temático es el despecho, el guayabo, como él le llama; aunque admite que creó una que, con justicia, pese a ser grabada, no tuvo mayor repercusión.

También ha creado varios temas musicales echando mano de las vivencias de su familia, como ocurre en Yo no le vendo mi fundo, que en unos de sus versos dice: El sabor del primer mango del palo que uno sembró/ No se paga con dinero. Tiene relación con lo que disponía mi padre: cuando el árbol de mango que había sembrado daba fruto. Él era quien podía comerse el primero que maduraba.

 La producción  de este insigne compositor es extensa y ha sido grabada por intérpretes como Cholo Valderrama y Walter Silva, entre otros. Cholo ha incluido trece canciones en distintos trabajos musicales. Relación musical que Cachi recuerda haber iniciado cuando este cantador le preguntó:

“Familia, ¿usted no tendrá una joda, alguna canción pá mí?”

 

Álvaro Rojano Osorio

 

[1] Soy del Llano. Autor Carlos “Cachi” Ortegón.

[2] Trozo de verso perteneciente al poema La Copla de la autoría de Carlos “Cachi” Ortegón.

[3] El día que se muera el arpa. Autor Carlos “Cachi” Ortegón.

[4] Cuéntame Llano. Carlos Cachi Ortegón

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

1 Comentarios


E. Guzmán 08-04-2026 10:03 PM

Excelente nota que trasciende los espacios regionales en la reafirmación de nuestro folclor colombiano.....

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