Música y folclor
Muere Buitrago, nace la leyenda

A comienzos de 1949, en el mes de febrero, un grupo de jóvenes artistas —entre ellos Julio Bovea, Esteban Montaño, Santiago Padilla y Raúl Fernández— realizaba una presentación en el teatro La Bamba, en Barranquilla. Los acompañaban Armando Torregrosa Pérez, cronista y colaborador de periódicos y revistas nacionales, y el periodista Carlos Mateo Galcerán.
Ese día, Buitrago asistió como invitado de honor, pero no actuó.
Entonces comenzaron a murmurar que estaba enfermo. Él, con el pretexto de los carnavales, hizo un receso en su programa que se transmitía por la Emisora Atlántico, donde era el artista exclusivo de esa cadena radial. No obstante, cuando pasadas las fiestas, solo volvió la última semana de febrero y primera de marzo.
Pero, pese a su enfermedad, Buitrago permaneció activo en Barranquilla. Su deterioro físico siempre lo llevó con entereza y estoica resignación, sin mostrar debilidad ante público. Estuvo hasta sus últimos momentos en plena lucha. Sin embargo, algo empezó a notarse: en sus últimas presentaciones la garganta se escuchó afectada y la voz disminuida, pero se lo atribuían a problemas profesionales y que comúnmente tienen los cantantes y artistas en general.
A comienzos de 1949, Buitrago viajaba semanalmente a Fundación. Iba a la Farmacia Central de Israel Bermúdez Rubiano, químico farmacéutico, para que le aplicara inyecciones de Dihidrostrectomicina, el antibiótico utilizado entonces para tratar lo que llamaban “tisis galopante”.
Este término era una forma antigua de referirse a la tuberculosis pulmonar en fase avanzada y agresiva, donde la enfermedad progresa rápidamente, caracterizada por la pérdida de peso, fiebre, tos y otros síntomas de la enfermedad, que en el pasado solía ser fatal.
Regresaba en horas de la tarde para que sus familiares y amigos no se dieran cuenta del malestar que venía padeciendo. Sin embargo, con el paso del tiempo decidió no regresar a Fundación, lo hizo desanimado porque su estado de salud no mejoraba. Fue cuando resolvió quedarse en Ciénaga y buscar a su antiguo profesor y amigo Pedro Juan Navarro, quien también ejercía de inyectólogo y conocía sus quebrantos de salud. Lo atendió algunos días, aplicándole el mismo tratamiento que recibía en Fundación.
La tuberculosis, una enfermedad que en aquella época era mirada por el común de la gente más con perjuicios que con criterios médicos, fue la enfermedad que acabó con la vida de Buitrago, incluso de empezar a vivirla plenamente. Se convirtió en su condena, un mal que le arrebató su existencia.
En ese entonces, ni la medicina ni la farmacología contaban con herramientas verdaderamente eficaces para enfrentarla. El aislamiento al que eran sometidos los enfermos y la ausencia de un tratamiento efectivo agravaban aún más la situación.
Posteriormente fue atendido por el doctor Carlos García Mayorca, quien. Al sospechando que el malestar que tenía Buitrago se conjugaba con otra enfermedad, lo remitió al doctor Augusto Hidalgo Acosta, el único tisiólogo con que contaba Ciénaga en esa época.
Cuando llamaron de emergencia al doctor Augusto para que lo examinara, Buitrago ya agonizaba. Tras la visita, el médico regresó a su casa consternado y comentando: “Ese pobre muchacho está muriéndose de tuberculosis; le falta poco”. Su debilidad era extrema y su voz, apenas un hilo. Ya no quería hablar ni comer. El sufrimiento lo llevó por dentro, acompañado con la soledad y la impotencia.
Sumergido en tan insólita tragedia para un cantante, se descorazonó y entregó al desespero. Conmovía verlo en su lecho de enfermo, marchito y en silencio. La desgracia que vivía Buitrago, no se la merecía. El hombre de tantos éxitos, de tanta fama y reconocimientos, estaba ahí, tendido en una cama, entre el olvido y silencio cómplice de sus coterráneos.
Fuimos pródigos en elogios al muerto, pero mezquinos en apoyar el hombre vivo.
Así se fue desvaneciendo, en tan poco tiempo, la espigada figura de Guillermo Buitrago. En el cuarto donde fue velado su cadáver quedó, arrinconada y triste, la inseparable guitarra de sus amores, la misma que dio vida a tantas canciones tradicionales, tan recordadas como las retretas bajo el imponente templete, llorando el dolor y el desconsuelo por la partida de uno de los más queridos cantantes y compositores de esa mina cultural que es Ciénaga.
Todo fue tan rápido y fulminante que no llegó a pasar ni un mes; tal vez dos o tres semanas bastaron para su fallecimiento. Nadie imaginaba que su estado fuera tan grave como para que muriera aquel 19 de abril de 1949. Falleció en su casa, a los 29 años, en el momento más brillante de su vida artística: en plena juventud, gloria y bonanza musical. Murió a las dos de la madrugada, sentado en un mecedor, mientras recibía el aire fresco de un abanico de mano (de los que se hacían de paja o de palma) que le echaba Lilia, su esposa.
El doctor Augusto Hidalgo Acosta, un ser humano dedicado a ayudar a las personas más necesitadas y vulnerables de Ciénaga, lo asistió hasta el final y firmó el acta de defunción. Inicialmente, sus restos fueron depositados en una bóveda prestada, la bóveda de su abuela Gregoria de La Hoz González, debido a las limitaciones económicas de su familia. Posteriormente, sus restos mortales fueron trasladados al mausoleo que en su honor construyó el Club de Leones Fundadores de Ciénaga.
Es de anotar que la idea de esta obra partió de los señores Darío Torregrosa Pérez y Rafael Pacheco Vargas, trabajo proyectado por el maestro de obras Jesús Parejo bajo la dirección del arquitecto cienaguero Antonio Jimeno Rebollo y se levantó al pie de la Capilla del Cementerio San Miguel, donde reposan sus restos.
La muerte de Guillermo Buitrago abrió para él, una nueva etapa; ¡la etapa de la inmortalidad! Pero esa etapa de inmortalidad no comenzó el mismo día, ni al día siguiente, ni a los quince días, ni al mes, quizás ni al año de su muerte, sino con el correr del tiempo se fue dando el verdadero valor a su talento creativo e interpretativo, y fue entonces con los años que fue tomando mayor vigencia. Ni la muerte se atrevió ignorar a Guillermo Buitrago, un trovador que, en el camino de la fama, al ser despojado de la vida por un destino inesperado, pasó a convertirse en leyenda.
Hoy solo nos quedan sus discos inolvidables eternizados en los acetatos de 78 rpm y de larga duración que forman parte de ese gran tesoro musical que nos legó el inmortal cantor cienaguero y guardan en las valiosas discotecas de los coleccionistas; con su voz inconfundible y con el recuerdo de su buen vestir y su guitarra sonora.
Edgar Caballero Elías
2 Comentarios
Gracias por ese sentido homenaje al ilustre cantautor cienaguero.
Estupendo reportaje. Una revision muy precisa y de gran valor literario, sobre los datos biográficos del mas grande y trascendental cantante decembrino de Colombia: Guillermo Buitrago. Se despeja así, la muerte del Gran cantor, que tantos mitos y consejas ha suscitado entre quienes han querido ser biógrafos. Gracias por esa límpida información.
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