Música y folclor

Alberto De Jesús Fernández Mindiola: el hombre que le prestó su voz al tiempo

Ramiro Elías Álvarez Mercado

14/05/2026 - 08:15

 

Alberto De Jesús Fernández Mindiola: el hombre que le prestó su voz al tiempo
El maestro Alberto de Jesús Fernández Mindiola acaba de cumplir 99 años / Foto: archivo PanoramaCUltural.com.co

 

"Antes de que el tiempo se atreva a bajar el telón a la vida, su voz ya aprendió a quedarse viviendo en la eternidad": Ramiro Álvarez Mercado

Hay nombres que uno no dice: se dejan caer, como si al pronunciarlos pudiera alterarse algo invisible.  

Y hay vidas que no caben en una línea de tiempo; necesitan silencio, pausa, una forma de respeto que no siempre sabemos conceder.

Cuando se habla del tiempo, casi siempre se habla de pérdida: de lo que se va, de lo que no regresa, de lo que apenas sobrevive en fragmentos. Pero, en ocasiones pocas, ocurre lo contrario: el tiempo no borra, aclara. En lugar de desgastar, retira capas. Deja, al final, solo lo esencial. Éste es uno de esos casos.

El maestro Alberto De Jesús Fernández Mindiola acaba de cumplir 99 años. Decirlo así parece suficiente, pero no lo es. En él, la edad no se acumula: se ordena. El tiempo no lo ha golpeado, lo ha pulido con una paciencia que ya casi no existe. Su palabra llega sin tropiezos, su memoria no necesita buscarse y su espíritu permanece encendido sin estridencias.

Hay una lucidez que no se aprende. Tampoco se ensaya. Se alcanza después de una larga fidelidad. Y antes de todo eso, antes de la voz que conocemos, estuvo el origen.

Atánquez, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, departamento del Cesar, al norte de Colombia. 7 de abril de 1927.

Ahí empieza todo, aunque entonces nadie lo supiera.

La Sierra no es paisaje: es ley. Es el corazón del mundo para los cuatro pueblos que la custodian. Los kankuamos, habitantes de Atánquez, saben que cada pico es un padre antiguo y cada río una vena de la madre. Allí la vida se teje. Las mujeres hacen mochilas que no son adorno: son pensamiento. Cada rombo es una montaña; cada línea, un camino de agua; cada color, un rezo. La mochila kankuama no se compra: se hereda.

En ese mundo de hilos, silencios y montañas sagradas nació Alberto Fernández. Su voz también fue tejida, puntada a puntada, entre cantos de casa y niebla de páramo.

La música no llegó como descubrimiento: estaba ahí desde antes. Su madre, María Mindiola, cantaba con una naturalidad que no requería escenario, eran cantos que parecían quedarse suspendidos en la casa, como si el aire los resguardara. Su padre, Luis Fernández González, hacía lo propio con la trompeta, el redoblante y el bombo: instrumentos que no solo sonaban, también imponían presencia, como el aire que se respira.

Entre esos dos mundos el canto íntimo y la fuerza del ritmo empezó a formarse algo que aún no tenía nombre.

Después vendría lo demás.

Atánquez seguía siendo pequeño, pero ya no le bastaba. Cantó boleros, tangos, rancheras, no por versatilidad, sino por búsqueda. Como quien recorre caminos sin saber con certeza qué está persiguiendo. Y, sin embargo, allí estaba la voz encontrando su forma sin proponérselo.

Su traslado a Valledupar, para estudiar en el tradicional colegio Loperena, no fue una parada más. Fue el momento en que todo comenzó a cobrar sentido.

Entonces ocurrió el encuentro con Rafael Calixto Escalona Martínez. La amistad se volvió hermandad. Escalona no encontró en Fernández a un intérprete: encontró una continuidad. Algo que no se planifica: sucede o no sucede. Y, en este caso, sucedió con una naturalidad que aún asombra. Rafael escribía desde adentro, desde la memoria, desde la gente. Y Alberto no “cantaba” esos versos: dejaba que lo atravesaran.

No hubo esfuerzo por coincidir. Coincidieron.

De ahí nacieron cantos que ya no pertenecen a nadie: 'La Casa en el aire', 'El testamento', 'La Maye', 'La brasilera'. Canciones que no requieren explicación porque forman parte de algo mayor. En su voz no había interpretación: había permanencia.

Luego vino el movimiento. Barranquilla lo recibió. La radio.  

Ese lugar donde una voz puede existir sin cuerpo; donde alguien canta en un punto y aparece en otro sin desplazarse. Allí su canto dejó de ser cercano para volverse colectivo.

En 1946, junto a Guillermo De Jesús Buitrago Henríquez, comprendió algo difícil de explicar: el vallenato no era un estilo, era una forma de decir. Y al año siguiente, con Julio César Bovea y Ángel Fontanilla, esa intuición tomó forma. No era un trío en el sentido habitual. Era otra cosa.

Llevar el acordeón a la guitarra sin perder el alma no es adaptación: es comprensión. Lo que hicieron todavía resuena.

Y, sin embargo, hay un gesto que completa esa imagen y que rara vez se subraya: Alberto no solo fue voz, también fue pulso.

Fue un notable intérprete de la guacharaca, ese idiófono de fricción que, en sus manos, dejaba de ser simple acompañamiento para convertirse en lenguaje. Con ella sostenía el latido preciso que acompañaba las guitarras de Bovea y Fontanilla, como si entre los tres existiera una conversación invisible donde cada rasgueo encontraba su eco en el raspado exacto de la caña. No era únicamente ritmo: era dirección, era respiración, era ese hilo sutil que impide que la música se disperse.

Gran parte de su producción quedó resguardada en distintos sellos discográficos: Caliente (Sonolux), Caribe (Fuentes), Discos Curro, Lyra (Sonolux), Rival (Estados Unidos), Discos Tropical y Discos Vergara. Como si cada casa disquera hubiese sido apenas una estación de paso para una voz que no estaba hecha para permanecer en un solo lugar.

Allí quedaron registros que hoy parecen inevitables: 'El Montañero', 'Los barrancos', 'La marimba', 'Mi vallenata', 'El tigre guapo', 'La llorona loca', 'El pájaro amarillo', 'El hombre marinero', 'El gallo tuerto', 'La viajerita'. Canciones que no buscaron trascender y terminaron haciéndolo.

Pero su vínculo con Escalona siguió abriendo caminos.

Otras composiciones como 'La molinera', 'La creciente del Cesar', 'El Almirante Padilla', 'La Vieja Sara' y 'El villanuevero' encontraron en su voz un lugar definitivo. En ellas, Alberto no se limitaba a narrar: encarnaba. Su canto podía habitar con la misma naturalidad lo romántico, lo jocoso y lo costumbrista, sin exageraciones ni ropajes prestados. Había en su manera de decir una elegancia silenciosa: la de quien entiende que la emoción no se impone, se revela.

Porque su voz maravillosa no buscaba destacarse sino permanecer.

Y permanecer en el vallenato es otra forma de fundar.

También están los otros nombres: José María Peñaranda Márquez, José Benito Barros Palomino, Julio Salvador Erazo Cuevas, Leandro José Díaz Duarte, Alejandro Durán Díaz, Rafael Campo Miranda. En todos dejó algo que no figura en los créditos: una manera de respirar cada verso.

Y, luego, llega ese momento inevitable en el que todo encaja: Escalona y Alberto encontrándose definitivamente en la memoria de la gente. Ahí el vallenato dejó de ser lugar para convertirse en sentimiento compartido. Bogotá lo acogió en 1948. Otra siembra.  

Durante años, su voz ocupó espacios donde antes no había nada semejante. Más adelante vendrían los viajes: Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Venezuela, Puerto Rico. Pero es en Argentina donde la historia se prolonga. Ocho años no pasan en vano. La televisión, los escenarios, el reconocimiento: una música nacida en lo rural encontrando eco en el sur.

Y aun así nada de eso lo transformó.

Cantó con Celia Cruz, con Edmundo Arias, con Luis Enrique Martínez, con Aniceto Molina, con Colacho Mendoza, pero nunca dejó de sonar como él.

Más adelante, cuando se separó de Bovea y sus Vallenatos, no hubo ruptura sino continuidad. En Bogotá formó su propia agrupación: Los Auténticos Vallenatos, acompañado por los guitarristas Carlos Julio Guevara y Alberto Moya. Allí reafirmó su camino sin depender de nada distinto a su propia esencia.

Hay voces que compiten. La suya acompaña.

Entonces aparece ese canto que ya no le pertenece: 'Te olvidé'. 

El Carnaval de Barranquilla repitiéndose cada año, y su voz ahí, como si el tiempo no avanzara del todo.

A sus 99 años, Fernández Mindiola no es recuerdo: es presencia.

Su lucidez no impresiona por excepcional, impresiona por natural. Como si todo hubiese sido un proceso lento y silencioso para llegar a este punto en el que nada sobra.

Hay una belleza particular en ello. No en la edad sino en lo que la edad deja.

Porque hay hombres que no atraviesan el tiempo: permanecen en él.

Y en Alberto De Jesús Fernández Mindiola, en su voz, en su manera de decir sin exceso, el vallenato deja de ser música para convertirse en comprensión.

Como la sierra que lo vio nacer su vida tiene cumbres y nacederos. Como la mochila kankuama que se teje en Atánquez, cada año fue una puntada, cada canción un color, cada silencio un nudo que sostiene la figura completa. El tejido no presume: resguarda. Y resguarda para que otros vivan.

Tal vez esa sea la lección, aunque no la diga:  el arte verdadero no necesita prisa ni explicaciones. Solo fidelidad.

Lo demás llega o no.

Que su casi centenario sea celebración.  

Que su claridad continúe alumbrando sin proponérselo.

Y que su voz, esa que un día encontró en Escalona algo más que canciones, siga ahí, en alguna parte, haciendo lo que siempre ha hecho: no repetir,  fundar.

Al borde de sus cien años, cuando el tiempo parece inclinar la cabeza ante su historia, su voz sigue negándose a despedirse y se mantiene intacta, viviendo en la eternidad.

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

4 Comentarios


José Gregorio García 14-05-2026 01:40 PM

Muy marcada la influencia en la totalidad del texto de la Inteligencia Artificial (IA).De paso, ilustrativa e instructiva. Pero lo prudente o práctico, es no colocar el nombre de un autor , ya que este no es el verdadero creador. En este caso, el tal amigo Ramiro , sino colocarle la marca o el logo de quien aporta algunos detalles o datos para que la IA desarrolle el texto , como hacen miles de creadores digitales. Es simple un consejo, no me mueve otra cosa. Y valoro mucho a estas personas que investigan y quieren alegrar al folclor. Sobre todo ,al grueso de los columnistas que conforman el staff de Panorama Cultural. Abrazos! A

HOCHI Cantautor Vallenato 14-05-2026 04:14 PM

Excelente Reconocimiento A Alberto Fernández, Es Un Roble El Hombre. Y Tienes Toda La Razón Ramiro, Las Canciones En Su Voz Están Intactas En La Memoria Del Pueblo. Admirable Su Trayectoria Musical, Mil Bendiciones Para Fernández. Felicitaciones Ramiro, Extraordinario Homenaje. Tu Amigo HOCHI Cantautor Vallenato ???????????????????? #CantandoHistorias

Yenny Perez 14-05-2026 04:42 PM

Que buen escrito amigo se nota tu dedicación y el corazón que le pusiste muchas felicitaciones un abrazo

Franklin Villanueva Martínez 14-05-2026 06:35 PM

Bueno Rami, ya no hay adjetivos para elogiar tus escritos pues todos se te han dicho desde hace rato. Excelente crónica de uno de los grandes de nuestra música caribeña y quien fue uno de los primeros en llevarla a otros países de América. Lamentablemente es otro de los que engrandeció el vallenato y no ha tenido el reconocimiento que se merece. Leyenda viva, grande Alberto Fernández Minidiola.

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