Música y folclor

Unaldo Efrén Calderón Cujia: la poesía del duelo y el eco del último adiós

Ramiro Elías Álvarez Mercado

03/06/2026 - 07:55

 

Unaldo Efrén Calderón Cujia: la poesía del duelo y el eco del último adiós
Unaldo Efrén Calderón Cujia compuso cuatro canciones nacidas de la tragedia de su primera esposa / Foto montaje

 

"La muerte no nos roba a los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo" (François Mauriac, periodista y escritor francés)

 

Existen dolores que rompen a los hombres. Y hay dolores que los convierten en poesía. La muerte de Elodia María Benjumea Álvarez, “Yoya”, como la llamaban quienes conocían la dulzura de su presencia, no fue solamente una tragedia íntima en la vida del compositor vallenato Unaldo Efrén Calderón Cujia. Fue una fractura espiritual, un desgarramiento que terminó convertido en música.

Aquel 16 de diciembre de 1997, el destino le arrebató a la mujer con quien había construido sus sueños y sus vivencias. Y desde entonces, Efrén Calderón no volvió a escribir únicamente canciones: comenzó a escribir epitafios del alma. Cada verso suyo empezó a sonar como una conversación entre un hombre vivo y una ausencia irreversible.

Lo extraordinario de este episodio no radica únicamente en el dolor padecido, sino en la manera en que el compositor logró transformar el sufrimiento humano en una estética del desconsuelo. En 1998, aparecieron cuatro canciones nacidas de esa tragedia: “Sueños y vivencias”, grabada por Diomedes Díaz e Iván Zuleta; “Si tú supieras”, interpretada por Beto Zabaleta y Beto Villa; “El Último Adiós”, llevada al canto por Marcos Díaz junto a Franco Rois con Los Pechichones; y “El último sueño”, en la voz de Jesús Manuel Estrada y el acordeón de Víctor Naín.

Las cuatro canciones parecen capítulos de una misma elegía. No son obras independientes: son las estaciones emocionales de un hombre que atraviesa el duelo.

Pero hay algo aún más conmovedor: aquellos intérpretes no se limitaron a cantar unas composiciones. Extendieron el dolor del compositor y lo hicieron colectivo. Cada cantante puso su garganta al servicio de una herida ajena hasta volverla propia, y cada acordeonista entendió que el instrumento, en esas canciones, no debía lucirse: debía llorar.

En “Sueños y vivencias”, el dolor todavía tiene la temperatura reciente de la herida. Allí Efrén Calderón no intenta ocultar el desconcierto que deja la muerte. El verso: “El destino me cambió la vida / conocí la eterna despedida”, resume el instante exacto en que el ser humano comprende que la existencia puede derrumbarse en un segundo.

La canción tiene una profundidad filosófica estremecedora porque no discute la muerte como un concepto abstracto, sino como una mutilación interior. Cuando escribe: “Se llevó un pedacito de mí de adentro”, el compositor reconoce que quien ama profundamente nunca queda completo después de una pérdida. Algo se marcha para siempre con el ser amado.

Y aparece entonces una de las imágenes más bellas y dolorosas de toda su obra: “Será que el ave sabe cuándo ha de partir / y el árbol sin sus hojas pronto quedará”.  

El ave es el alma que se desprende. El árbol es el sobreviviente condenado a quedarse desnudo frente al tiempo. Allí, Unaldo Efrén convierte la naturaleza en metáfora del abandono. El vallenato deja de ser simple canción regional y alcanza dimensiones universales.

Además, Diomedes Díaz interpreta aquella letra como quien revive una pérdida propia. Su voz quebrada parece caminar sobre el borde del llanto. Y el acordeón de Iván Zuleta no entra para adornar la melodía: entra para suspirar. Cada nota parece quedarse suspendida en el aire, como si el instrumento dudara entre seguir sonando o romperse. El paseo pierde su vocación festiva y se convierte en una procesión íntima.

Quizás el momento más humano de la obra aparece cuando el poeta acepta la imposibilidad de reemplazar un amor verdadero: “Dos gotas de agua nunca son iguales”.  

Es una respuesta contra quienes creen que el tiempo sustituye las ausencias. Para Calderón Cujia, nadie ocupa el lugar de quien fue amado de verdad. Cambian los años, cambian los caminos, pero no el vacío.

En “Si tú supieras”, el duelo ya no es desconcierto: es devastación espiritual. Aquí el compositor parece escribir desde el cansancio de seguir vivo. La canción tiene la forma de una oración desesperada. Cada verso suena como un hombre arrodillado frente al silencio de Dios.

“Las noches más largas de mi vida son estas que no estás aquí” no es solamente romanticismo: es la experiencia temporal del dolor. El sufrimiento altera la percepción del tiempo. Las horas dejan de avanzar y la noche se vuelve eterna.

Hay una confesión brutalmente honesta en el verso: “Creo que te amé más que a Dios, no puedo mentir”.  

Pocos compositores se atreven a semejante sinceridad. Efrén Calderón comprende que el amor humano puede adquirir dimensiones sagradas. La pérdida, entonces, no solo rompe el corazón: también sacude la fe.

Aquí Beto Zabaleta canta con una contención dramática admirable. No exagera el dolor: lo administra lentamente, como quien sabe que las heridas más profundas no necesitan gritos. Y el acordeón de Beto Villa entra punzante, casi hiriente. Hay momentos en los que el fuelle parece convertirse en respiración humana. No acompaña la tristeza: la interpreta. Cada estirada del acordeón parece el pecho de alguien que intenta soportar el peso de la ausencia.

La canción entera está atravesada por una sensación de extravío existencial. Cuando escribe: “Ya no sé quién soy de tanto sufrir”, el compositor plantea una verdad filosófica profunda: el dolor prolongado termina desdibujando la identidad. El hombre que pierde a quien ama deja parcialmente de reconocerse.

En “El Último Adiós” aparece la resignación amarga. Ya no hay esperanza del regreso. Solo queda la memoria peleando contra el vacío. El poema inicia con una frase demoledora: “Fui quien puso el llanto, quizá el más amargo del último adiós”.  

Es la aceptación del sobreviviente que entiende que la muerte no mata únicamente al que se va: también destruye parte de quien permanece.

Esta canción tiene imágenes de una madurez poética extraordinaria. “Y te llevaste el mundo lejos de mí” no es una hipérbole sentimental. Es una definición exacta del duelo: el mundo continúa existiendo, pero pierde sentido.

Y en esta grabación ocurre algo conmovedor: Franco Rois parece comprender que el silencio también hace parte de la música. Su acordeón no invade. Camina despacio detrás de la voz de Marcos Díaz, como quien acompaña un entierro. Hay notas que parecen lágrimas retenidas. Hay remates melódicos que no buscan aplausos, sino estremecer el pecho del oyente. El acordeón deja de ser instrumento de parranda y se transforma en una extensión emocional del luto.

Hay, además, una escena fantasmal profundamente humana: “Hay veces que en las noches te veo venir, tan solo es un encanto, no es nada al fin”.  

El dolor crea apariciones. La memoria engaña a los ojos. El ser amado comienza a existir en la frontera entre el recuerdo y la alucinación.

Sin embargo, uno de los versos más devastadores es: “Aunque el corazón tiene la razón, no entiende que hay entre los dos el más largo adiós por siempre”.  

El corazón sabe la verdad, pero se rebela contra ella. El duelo consiste, precisamente, en esa contradicción: comprender racionalmente la muerte mientras emocionalmente se sigue esperando el regreso.

Y finalmente aparece “El último sueño”, quizá la pieza más metafísica de las cuatro. Allí el dolor deja de ser llanto y se convierte en reflexión sobre el destino humano.

Desde el comienzo, la canción se construye sobre imágenes de incompletud: “Una poesía sin versos / sin espada un guerrero / sin camino un viajero”.  

Todo está mutilado. Todo ha perdido sentido. La ausencia transforma el universo en algo inconcluso.

Unaldo Efrén introduce, además, referencias bíblicas y míticas que elevan la canción a un plano casi espiritual: “Solo fueron Moisés y el Divino los que dividieron las aguas”.  

El poeta reconoce los límites del ser humano frente al destino. Ni el amor, ni la voluntad, ni el sacrificio pueden detener aquello que Dios o el tiempo han decidido.

Y allí, la voz de Jesús Manuel Estrada adquiere una solemnidad casi litúrgica, mientras el acordeón de Víctor Naín suena seco, austero, contenido. No hay adornos innecesarios. El instrumento parece resignado, como si también hubiese entendido que hay dolores que no admiten exhibiciones técnicas. El acordeón llora sin aspavientos. Llora hacia adentro.

Hay una frase particularmente dolorosa: “Si una vida se va, dos vidas morirán”.  

Porque para Efrén Calderón, el amor verdadero no admite sobrevivientes absolutos. Cuando muere uno, el otro continúa respirando, pero ya no vive del todo.

La canción culmina en un paisaje emocional desolador: “Es mi sangre llovizna y era el último sueño”.  

La sangre convertida en llovizna: el cuerpo transformado en tristeza. Pocas imágenes alcanzan semejante delicadeza melancólica.

La grandeza de Unaldo Efrén Calderón Cujia radica en que nunca escribió el dolor desde el artificio. Lo escribió desde la herida abierta. Su obra posee una mística singular dentro del vallenato: el impacto del sufrimiento humano adquiere en sus canciones ribetes más profundos que en muchos otros compositores del género.

Sus melodías parecen pintadas con tonos ocres y colores pastel. Hay en ellas una melancolía lenta, un crepúsculo emocional permanente. Sus canciones no avanzan: suspiran. No buscan el brillo festivo del acordeón alegre, sino la resonancia interior del alma quebrada.

Y quizás ahí reside la grandeza de aquellos intérpretes y acordeonistas que grabaron estas obras en 1998: entendieron que no estaban frente a simples canciones de repertorio. Estaban frente al diario íntimo de un hombre destruido por la ausencia. Por eso cantaron distinto. Por eso tocaron distinto. Porque cuando el dolor es verdadero, hasta el acordeón aprende a llorar.

Por eso sus obras duelen incluso cuando terminan. Porque Efrén Calderón comprendió algo esencial: el verdadero amor no desaparece con la muerte. Se transforma en memoria, en silencio, en oración… y a veces en canción.

Y quizás por eso aquellas composiciones siguen estremeciendo tantos años después. Porque no fueron escritas para el éxito. Fueron escritas para sobrevivir.

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

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