Música y folclor
Pablito Barrios y Ponchito Herrera

Cuenta Pablito Barrios Curcio, nuestro acordeonero de cabecera, que en plena época de “vacas flacas” fue abordado por unos comerciantes de San Agustín - Bolívar, que acostumbradamente hacían sus compras en las tiendas de Tenerife, para que les amenizara una parranda “con todos los juguetes”, es decir, con amplificación y un buen cantante.
Fácilmente Pablito los convenció de que era mejor la parranda típica: caja, guacharaca y acordeón, y que además les saldría más económica. En lo referente al cantante, eso no tendría problema porque él lo buscaba, ya que en el momento “El Niño” Polo, cantante oficial del conjunto, se encontraba fuera de la población.
—Nos vemos en el Kiosko del restaurante de la señora Luz Tobías— y la entrega de la mitad del dinero acordado sellaron el compromiso.
—Y ojalá te lleves un compositor —remataron.
Pablito comenzó su apremiante búsqueda y pensó en Miguel Anillo: - ahí mato dos pájaros de un solo tiro, pues Migue además de cantar compone - Pero el señor Miguel Antonio Arrieta, padre del cantautor, lo desencantó:
—Nombe, Pablo, si Migue se fue madrugao pa’l Valle tras de Clari…
A esas alturas ya sudoroso, después de recorrer las calles polvorientas del pueblo buscando un cantante, lo alcanzó uno de los emisarios de los parranderos y le espetó:
—¿Ajá, compa, y usted dónde andaba metido? Allá lo están esperando en el kiosco de la señora Luz y la gente se está mareando por la demora.
Pablito enfrentó un dilema existencial: o devolvía la plata o se arriesgaba a llevar de cantante a mi compadre Argemiro Herrera, que era el único que tenía a mano. Esta moña no la pierdo yo por nada, se dijo para sí, y aún a sabiendo sus falencias vocales, les mandó un recado:
—Dile a la gente que en unos minutos estoy por allá. Ya contacté a un buen cantante, les llevo a Ponchito Herrera - afirmó apresuradamente, en alusión rimbombante e inmerecida al gran “Poncho” Zuleta, lo que aumentó la expectativa entre los asistentes.
Ya en el Kiosko y con el único fin de ganar tiempo, Pablito, haciendo gala de la destreza heredada de su padre, el gran Rufino Barrios (1945-1999) —primer hacedor de acordeones en Colombia—, desarmó en un dos por tres el instrumento, so pretexto que tenía “un pito malo” y que debía arreglarlo. Así transcurrieron largos minutos mientras parsimoniosamente, examinaba lengüeta por lengüeta, comprobando el sonido de los arpegios.
En esas, elegantemente vestido y portando gafas oscuras, apareció Argemiro, empapado en medio litro de Johann María Farina.
—Ajá, compa, ¿no le dije que yo lo mandaba a buscar? —comentó entre dientes Pablito.
—¡Es que estoy que me canto! — replicó Argemiro, sonreído y optimista.
—Por colonia no es, ja ja —comentó jocosamente uno de los asistentes.
—Ajá, Pablo, ¿y cuál es la farteda’? ¿Por qué no enganchan de una? —reclamó otro.
—Ya casi, compa, ya casi, es que estamos cuadrando —ripostó Pablito.
Y llegó lo inevitable:
—¿Con cuál arrancamos? —le preguntó Pablito a Argemiro.
—Así Fue Mi Querer —contestó mi compadre sin ambages.
—Compa, compa, coja otro más suave. Mejor vamos a arrancar con La Creciente del Cesar — le aconsejó Pablito; y así fue.
Pablito se mandó una de las introducciones más largas que él mismo haya recordado, retomando pases de Luis Enrique Martínez, Emiliano Zuleta “El viejo”, y remató con unos de Emilianito.
Pero antes de lo previsto, Argemiro intentó entrar y el conjunto quedó atravesado. Una interrupción y las miradas desdeñosas de los presentes fue el síntoma del mal comienzo.
—Es que me cogieron un poco frío —comentó Argemiro, casi inaudible.
—Vamos pa’ la segunda —insistió con ánimo reivindicatorio—. Así Fue Mi Querer.
Pablito arrugó la cara, arrancó la canción, y ahí sí fue la debacle: Argemiro hizo su mejor esfuerzo, pero, tres salidas de tono, dos interrupciones intempestivas y un gallo mal disimulado dieron al traste con la parranda.
Muy decentes y sin mediar palabras los parroquianos fueron abandonando el kiosco...
Cuando ya solo quedaban unos cuantos en la puerta del restaurante, Pablito, con voz entre esperanzadora y angustiada, exclamó:
—¡Ey muchachos! falta el resto del pago de la parranda…
A lo cual los amigos de San Agustín a una sola voz le contestaron:
—Dile a Ponchito que te la pague ...
Enoc Adolfo Guzmán






