Música y folclor

Del micrófono de madera a las teclas del piano: la historia de Junior Ruiz Florían

Álvaro Rojano Osorio

02/07/2026 - 09:55

 

Del micrófono de madera a las teclas del piano: la historia de Junior Ruiz Florían
Marlon Junior Ruiz Florian / Foto: Créditos a su autor

 

El pianista, productor, arreglista, compositor y ocasional cantante Marlon Junior Ruiz Florian, desde niño recibió de su padre un micrófono de madera con cable, con el que solía recorrer las calles de Pedraza, su lugar de nacimiento. Ese micrófono fue el preludio de lo que sería su vida: una existencia que gira en torno a la música y los escenarios, donde despliega el talento que heredó de los Ruiz, familia oriunda de esa localidad a orillas del río Magdalena, reconocida por su tradición musical.

—Mi bisabuelo Pedro Ruiz, un hombre dicharachero y contador de historias, me narró una vez que, mientras él y el resto de los miembros de la banda de viento de Calamar se dirigían a Bomba en una embarcación que surcaba la ciénaga de Zapayán, escucharon a una banda que tocaba en ese pueblo una canción inédita. Al llegar, Eladio Ruiz, hermano de mi bisabuelo, tomó su trompeta y comenzó a interpretarla de memoria. Cuando le preguntaron si ya la había escuchado antes, respondió que no.

Para cuando me lo refirió yo era un niño y no le creí. Sin embargo, años después, cuando comencé a estudiar música, supe de la existencia de lo que llaman oído absoluto: la capacidad de una persona para identificar y reproducir notas musicales con solo escucharlas una vez. Eso me hizo comprender la grandeza de ese tío abuelo al que jamás conocí —señala Junior.

Junior, como lo conocen en el medio musical, desde pequeño se apropiaba en Pedraza de los tenedores y las cucharas de su casa para hacer ruidos. Formó parte de la banda de paz interpretando el tambor, al igual que su bisabuelo en las bandas de vientos, aunque su verdadero interés era la trompeta o el redoblante. Sin embargo, fue en Barranquilla, adonde se mudó con sus abuelos paternos, donde comenzó realmente su vida musical.

—Para entonces yo tenía diez años y, como mi abuelo es pastor evangélico, debía asistir a la iglesia donde predica la palabra de Dios. Allí encontré una guacharaca y una caja; después de tocar esta última la abandoné y me apropié de la guacharaca. Como había otras iglesias cristianas cercanas, las visité y descubrí que tenían más instrumentos que la del abuelo. Eso me motivó a pedirle que consiguiera otros instrumentos, y así llegaron un piano y una batería. Quise tocar la batería, pero otros niños se me adelantaron. Mi abuelo me sugirió que primero aprendiera piano y después la batería. Al principio me resistí, pero terminé enamorado del piano, instrumento que sigo estudiando hasta hoy.

La enseñanza formal del piano en la iglesia se limitó a solo dos visitas de un profesor. Pero Junior, lleno de ganas de seguir aprendiendo, encontró en su casa un libro de música. Aunque la información era limitada —letras de canciones, acordes y unas teclas de piano pintadas con puntos que indicaban la posición de los acordes—, lo usó para acompañar los cantos de la iglesia, aunque el cantante llevara una entonación diferente a la que él interpretaba. Fue entonces cuando abandonó el fútbol, deporte en el que se destacaba, para dedicarse por completo al instrumento de teclas.

Con esos conocimientos, Junior buscó formar parte de la orquesta del colegio INEM de Soledad, institución donde cursó la básica secundaria y la media vocacional. —Me presenté ante el director de la orquesta y me preguntó qué instrumento interpretaba. Le respondí que el piano y me pidió que lo tocara. Escuchó mi “chan chun”, mientras que el pianista oficial hacía tumbaos. Aun así, señaló: “Se puede trabajar”. El pianista me entregó el repertorio, pero cuando mi abuelo, el pastor evangélico, se enteró, me ordenó que me desvinculara de la agrupación, pues no permitiría que su nieto interpretara música mundana.

Sin embargo, la decisión de su abuelo no logró menguar su interés por la música. Aunque se retiró de la orquesta, continuó asistiendo a otras iglesias cristianas para aprender de otros pianistas. Así transcurrió su tiempo mientras cursaba el bachillerato.

Al culminar sus estudios, Junior se enfrentó a la disyuntiva: ¿qué iba a hacer con su vida? Su respuesta fue clara: ser músico, pero con formación académica. Al comentarlo en familia, su abuelo lo rechazó y le sugirió que se matriculara en el SENA, estudiara una carrera técnica y luego buscara trabajo. No obstante, su madre, que para entonces vivía en la casa de los abuelos, un día lo sorprendió leyéndole una nota de prensa en la que se indicaba que la Universidad del Atlántico abría inscripciones para cursar la Licenciatura en Música.

—Fui a la universidad e indagué sobre los requisitos para la inscripción y admisión. Supe que, para ingresar, debía aprobar los exámenes de lectura de partituras, teoría de la música y lectura a primera vista. Me presenté, pero perdí todas las pruebas. Volví a intentarlo y nuevamente fracasé. Fue entonces cuando ocurrió algo providencial: la profesora Rosalba Reyna, doctora en piano, se fijó en mí y me pidió que tocara. Me escuchó y expresó: “Tocas bonito el piano, tienes un sonido que me gusta”. Además, sugirió que me matriculara en el curso básico o preparatorio que ofrece la universidad para quienes, como yo, no dominábamos los fundamentos de la música.

Sin embargo, Junior enfrentaba un nuevo obstáculo: reunir el valor de la matrícula, que equivalía a un salario mínimo. Le insistió a su padre para que le enviara al menos la mitad, y así lo hizo. Se matriculó con el compromiso de pagar el resto posteriormente, sin saber cómo lo conseguiría. Por eso, casi se escondía cada vez que en la universidad mencionaban su nombre para cobrarle.

—Ya matriculado, mi mayor preocupación fue conseguir los recursos para asistir a clases, pues lo que mi abuelo percibía apenas alcanzaba para mantener la casa. Mi tío Yeiner me ayudaba, pero no podía depender solo de él. Recuerdo que, en el bachillerato, para costearme la merienda, trabajaba para una familia que alquilaba lavadoras: las llevaba a las casas donde las solicitaban, tanto antes de ir al colegio como después de regresar. Pero ya ese negocio había desaparecido.

Para entonces, la pobreza era una sombra constante en la vida de Junior. Siendo joven, no sabía lo que era estrenar un par de zapatos, una camisa o un pantalón. Se vestía con la ropa que su abuela escogía de un pulguero que la iglesia organizaba cada año. —Un diciembre, siendo adolescente, me hicieron vestir con una ropa que no me gustaba. Cuando llegué donde estaban los compañeros del barrio, se burlaron de mí de tal forma que preferí regresar a la casa y acostarme.

Junior asistía a clases sin recursos para comprar la merienda, por lo que dedicaba ese tiempo a tocar piano en un cubículo. Fue así como adquirió la disciplina que lo llevó a estudiar el instrumento hasta nueve horas diarias.

—Un día, mientras tocaba un tumbao —porque a mí me encanta la salsa—, escuché que tocaron la puerta del cubículo. Era la voz de una mujer, Claudia Candanoza, que me preguntó si quería tocar en el grupo musical del restaurante Varadero. Ella era la cantante de la agrupación. Yo tenía diecisiete años. Acepté de inmediato y me entregó el repertorio musical que interpretaban.

Entonces, apoyado por su compañero de estudios Danilo García, Junior buscó la manera de aprenderse las canciones. Ante la falta de piano para practicar, se le ocurrió una idea:

—“Esto no lo sabe mi abuelo” — asegura Junior—. Le dije que quería dormir en el templo y él aceptó. Pero lo hacía para usar el piano y aprender a interpretar Guantanamera, El son de la loma, El cuarto de Tula, otras canciones cubanas y varios boleros. Las aprendí a medias porque no sabía la diferencia entre la música cubana y la salsa; para mí todo era salsa de Nueva York. El problema de la falta del instrumento lo superé con el primer mes de pago, adquirí uno.

De lo que sí se enteró su abuelo fue que su nieto se dedicaba a interpretar música mundana. Entonces lo recriminó y le advirtió que, como llegara borracho, se iba de la casa. Pero sucedió lo que Junior denomina algo providencial: un superior jerárquico a su abuelo lo aconsejó, pidiéndole que apoyara y confiara en su nieto, a quien él había formado en las leyes de Dios. Desde entonces, ha sido un abuelo feliz y orgulloso de su nieto. Esto, sumado a que, en oportunidades, compañeros de estudio de Junior lo llamaron profesor delante de él —no como una burla, sino en reconocimiento a su capacidad y entrega a los estudios.

Al culminar sus estudios como Licenciado en Música, en su interpretación del piano es evidente la influencia del jazz, especialmente del pianista Bill Evans. Entre los cubanos, recibió el influjo de Bebo Valdez y Rubén González, mientras que, en la salsa, de Papo Lucca, especialmente por sus bolsines o improvisaciones jazzísticas.

Para Junior, quien se dedica solo a la música, ser músico es un acto de osadía, pues se trata de una actividad incierta. Pese a ello, afirma que el arte es noble y le abre puertas “Tiene las llaves de todos los lugares.” Lo dice mientras que, con humildad, reconoce que todas esas épocas de limitaciones materiales forman parte de su historia, la misma que sigue forjando con la dedicación que le ha puesto a lo que le apasiona, tal como lo hacía su bisabuelo Pedro, en Pedraza, donde además de músico era artesano, pescador y albañil.

 

Álvaro Rojano Osorio

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

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