Música y folclor
Luis Enrique Martínez Argote: El rector de los acordeonistas vallenatos

"No es cuánto rápido puedes tocar. Es lo que dices": Yuja Wang (pianista clásica china).
El vallenato tiene fundadores visibles y arquitectos invisibles. Los primeros, aparecen en las fotografías, en los homenajes y en las coronas festivaleras; los segundos, habitan en la respiración secreta de la música: allí donde nace el estilo, donde se ordena el lenguaje y donde una cultura aprende a reconocerse a sí misma. Luis Enrique Martínez Argote perteneció a esa segunda categoría.
No necesitó conservatorios, ni cátedras universitarias, ni tratados musicales. Su escuela fue el viento ardiente del Magdalena Grande, la polvareda de los caminos, las madrugadas de parranda donde el acordeón no se interpreta: se confiesa. Allí, entre pueblos dispersos y patios iluminados por mechones de kerosene, comenzó a levantar la estructura invisible de lo que hoy entendemos como acordeón vallenato moderno.
Lo llamaron “El Pollo Vallenato”, y el apodo no era casual ni folclóricamente decorativo. En distintos lugares del Caribe, el pollo fino de pelea representa bravura, resistencia y jerarquía en la cuerda. Y así era Luis Enrique frente a otros músicos: desafiante, preciso, elegante y temible en la ejecución. No necesitaba alardes. Bastaba verlo abrir el fuelle para entender que allí había un dominio distinto una autoridad musical que no venía de la fuerza, sino del conocimiento profundo del instrumento.
Porque mientras otros tocaban el acordeón, Luis Enrique ya conversaba con él. El Pollo Vallenato no solo interpretó un instrumento, lo ordenó y lo convirtió en lenguaje eterno.
Nació el 24 de febrero de 1922 en El Hatico, jurisdicción de Fonseca, y murió el 25 de marzo de 1995 en Santa Marta. Pero las fechas resultan insuficientes cuando se habla de un hombre que no dejó únicamente canciones, sino también una escuela estética completa. Los grandes maestros no se miden por los años que vivieron, sino por las generaciones que continúan respirando su pensamiento musical.
Y Luis Enrique Martínez todavía respira en el acordeón de Colombia.
Antes de él, el acordeón vallenato caminaba casi por intuición. Había talento, inspiración campesina y oralidad popular, pero faltaba organización musical. Fue entonces cuando apareció este juglar zurdo y visionario para construir la gramática definitiva del vallenato.
Él trazó la ruta.
Inventó la introducción que anuncia la emoción antes de que llegue la palabra. Creó puentes musicales que no eran simples conexiones, también diálogos entre el canto y el silencio. Refinó el remate y el contrarremate como quien cierra un poema con exactitud perfecta. Organizó la digitación, la entrada a las estrofas, los adornos, las pausas, el acompañamiento armónico y la estructura narrativa del acordeón.
Lo que hoy parece natural en un paseo, en un merengue, en un son o en una puya, fue primero una intuición genial en las manos de Luis Enrique Martínez Argote. Por eso me atrevo a llamarlo el rector de los acordeonistas vallenatos.
Porque todos sin excepción han pasado por su aula invisible.
El acordeón de los festivales se abre y se cierra con "El Pollo Vallenato". Sus recursos melódicos sobreviven en las introducciones modernas, en los giros armónicos, en los bajos elegantes, en las respuestas musicales que hacen hoy los nuevos intérpretes creyendo innovar sobre caminos que él había descubierto hace más de siete décadas.
Muchos estilos contemporáneos no son otra cosa que ecos sofisticados de su pensamiento musical.
Y quizá una de sus revoluciones más grandes fue haber comprendido el verdadero papel de los bajos. En una época donde muchos los ignoraban o los reducían a acompañamiento elemental, Luis Enrique los convirtió en voz y melodía. Hizo que el acordeón sonara completo, profundo, tridimensional. Comprendió que el instrumento había sido creado para usar toda su anatomía sonora y no apenas una parte de él.
Fue un adelantado de su tiempo.
El hombre que le puso mapa al fuelle. Porque sin su estructura, el acordeón seguía siendo intuición suelta. Con él, se volvió geografía, camino, escuela.
Pero además tenía algo todavía más raro: sensibilidad.
Porque la técnica sin alma produce ruido elegante; en cambio, el arte verdadero nace cuando la precisión se encuentra con la emoción. Y eso ocurría en su ejecución. Había en su pulsación una mezcla irrepetible de sabrosura, nostalgia, firmeza y melancolía campesina.
Su acordeón parecía respirar.
Por eso no fue solamente ejecutante. También fue compositor, cantante y verseador. Más del centenar de canciones nacieron de su inspiración: La tijera, Los Morrocoyos, El cimarrón, La corocito, Jardín de Fundación, La vaciladora, Mi despedida, El gallo jabao, El Pollo Vallenato, Francisco el hombre, Merenguito sabroso, entre muchas otras obras que todavía recorren las venas sentimentales del Caribe colombiano.
Y aunque en 1973 alcanzó la corona del Festival de la Leyenda Vallenata, su verdadero reinado nunca dependió de un jurado ni de una tarima. Su corona auténtica está en el oído colectivo del vallenato.
Porque después de él, todos aprendieron y siguen aprendiendo de su legado. Emiliano Alcides Zuleta Díaz, Nicolás Elías 'Colacho' Mendoza Daza, Israel Romero Ospino, Alfredo De Jesús Gutiérrez Vital, Orangel 'El Pangue' Maestre Socarrás, Gonzalo Arturo 'Cocha' Molina Mejía, Alberto "Beto" Villa Payares, Miguel López Gutiérrez, Juan Humberto Rois Zúñiga, entre tantos otros, bebieron de esa fuente melódica que hoy me permito llamar Escuela Enriquemartiana.
No una escuela de paredes y diplomas. Una escuela espiritual.
Una manera de entender que el acordeón no es solo velocidad ni virtuosismo. Es intención, es carácter, es contar una historia con cada nota. Martínez Argote enseñó que una nota puede llorar sin perder elegancia y que un remate puede decir más que muchas palabras.
Por eso fue el papá de los acordeonistas, aunque incluso ese título parece quedarse corto. Los padres heredan la sangre. Los rectores forman generaciones.
Hoy existen casas-museo en Fonseca y en El Copey. Hoy sus restos descansan en El Hatico bajo la admiración de quienes peregrinan buscando la memoria del juglar. Pero su verdadero monumento no está hecho de cemento, barro, yeso, o madera.
Está hecho de fuelle.
Cada vez que un joven acordeonista sube a una tarima y ejecuta una introducción elegante, cada vez que un paseo entra con precisión melódica, cada vez que un acordeón sabe cuándo acompañar, cuándo responder y cuándo callar para dejar hablar el verso, allí sigue vivo Luis Enrique Martínez.
Invisible. Magistral. Irremplazable.
Porque el vallenato no se construyó solo desde la inspiración. También necesitó pensamiento, estructura y visión artística. Y quien organizó ese lenguaje fue él.
Hay hombres que no pasan por la historia de un instrumento: la reorganizan.
Luis Enrique no había que explicarlo mucho, bastaba escucharlo una vez para que todos los amantes de la música vallenata termináramos siguiéndolo.
El rector de los acordeonistas vallenatos no se fue. Sigue ahí, en cada fuelle que se abre con respeto.
Ramiro Elías Álvarez Mercado






