Música y folclor

El vallenato también tuvo ombligo

Diógenes Armando Pino Ávila

24/07/2026 - 07:15

 

El vallenato también tuvo ombligo

 

En nuestro medio hay discusiones que parecen peleas de gallos, donde nadie escucha al otro, pero todos creen haber ganado. La más recurrente entre los amantes del folclor del Casar surge cuando alguien pregunta ¿dónde nació el vallenato? Unos responden con la seguridad de quien estuvo en la sala de partos, mientras que otros señalan un pueblo distinto y hasta presentan testigos y pruebas. Yo prefiero una respuesta menos cómoda pero cercana a mi sentir poético, mucho más hermosa, digo yo, el vallenato no nació en una sola casa. Fue un muchacho andariego y parrandero que pasó la infancia viajando.

Es más, me atrevo a decir algo que sonará osado y que seguramente pondrá a más de uno a buscar el bicarbonato: el vallenato fue incubado en el vientre de las tamboras de la Depresión Momposina.

No hablo del acordeón solamente. Hablo de un paisaje sonoro mucho más antiguo. Aquel que existía antes de que el acordeón se convirtiera en rey, pues el río Magdalena marcaba el compás. Ya estaba el golpe de los remos sobre el agua, el croar de las ranas anunciando el invierno, las blancas garzas levantando vuelo en las ciénagas, ya se escuchaban las voces de los pescadores, el viento peinando los playones y, sobre todo, el retumbar de la tambora convocando a la comunidad.

Se puede decir que ese fue el primer conservatorio. No tenía techo de concreto ni aire acondicionado. Su salón principal era el río; sus paredes, las ciénagas; su escenario, los patios de tierra; y sus profesores no usaban tizas ni marcadores ni video Beam, esos maestros eran bogas, pescadores, campesinos, tamboreros y cantadoras.

Mientras algunos se devanan los sesos buscando una partida de nacimiento, la música iba haciendo lo que mejor sabe hacer, viajar. viajar por los ríos, cienegas, camino, en canoas, balsas, burros, mulas y caballos. Subía desde el río pasaba por Tamalameque hasta Chiriguaná; descansaba en El Paso; seguía hacia Valencia de Jesús, Pueblo Bello, Valledupar y tantos otros pueblos donde recogía palabras, melodías, historias y maneras distintas de sentir la vida, sobre todo de contarla.

En cada parada le cambiaba un poco el rostro. Valga el símil, era como un muchacho costeño que viaja de pueblo en pueblo y regresa con otro acento, otro sombrero y nuevas mañas, aquella música que salió del río iba adquiriendo una fisonomía, una personalidad diferente sin perder la memoria de su origen.

Los juglares fueron mucho más que músicos. Fueron navegantes en la barca de sonidos. Indudablemente, cada camino, cada trocha y cada brazo del Magdalena, cada ensenada de la ciénaga de La Zapatosa funcionaba como pentagramas abiertos sobre el territorio. En sus recorridos no solamente llevaban canciones; también recogían ritmos, expresiones, formas de cantar y maneras de contar la vida. Por eso el verdadero mapa, la cartografía del vallenato no puede dibujarse únicamente con carreteras. Debe trazarse siguiendo el curso de los ríos y el eco de las tamboras.

Los geógrafos dirían que el Magdalena organizó el territorio. Los antropólogos afirmarían que construyó identidad. Los músicos saben que también organizó el oído. De ahí que sostener que el paisaje sonoro del Cesar no comienza cuando suena un acordeón, tiene lógica. Comienza mucho antes, cuando el río despierta y ese paisaje incluye la tambora, el currulao, las maracas, las palmas, la voz de las cantadoras, el murmullo de las aguas, los animales de las ciénagas, el verdor de las taruyas y los silencios del verano. De esa mezcla nació una sensibilidad musical que terminó convirtiéndose en el lenguaje de toda una región.

Tal vez por eso duele tanto lo que ocurre hoy. Mientras el vallenato de los juglares viajaba para encontrarse con la gente, los compadres, los paisanos, los vecinos. El vallenato urbano parece viajar únicamente para encontrarse con las plataformas digitales. Antes una canción describía un paisaje, un amor, una mujer; hoy muchas de ellas apenas describen una camioneta de lujo.

Antes los protagonistas eran el río, la novia, la sequía, el ganado, el amigo y la nostalgia. Ahora abundan los relojes importados, las marcas exclusivas y una lista interminable de objetos cuyo mayor mérito parece ser el precio. No es que toda evolución sea mala. La música, como los ríos, cambia constantemente.

Lo preocupante aparece cuando en ese cambio propicia el desaparecer de la memoria. Cuando el acordeón deja de escuchar el rumor del Magdalena. Cuando la tambora deja de conversar con las ciénagas. Cuando el paisaje sonoro que durante siglos construyó nuestra identidad es reemplazado por un sonido uniforme que podría haberse grabado en cualquier ciudad del planeta.

Por eso, el problema ya no es musical. Es cultural. Porque un pueblo comienza a perderse cuando deja de reconocer los sonidos que le enseñaron quién era. Quizá haya llegado la hora de volver a escuchar el río, los orígenes. Y no precisamente para quedarnos anclados en el pasado, sino para recordar que la grandeza musical nunca nace del mercado, sino del territorio. Y si el vallenato quiere seguir siendo patrimonio del mundo, primero tendrá que volver a ser patrimonio de su paisaje.

Porque, aunque algunos insistan en buscarle un único lugar de nacimiento, las mejores historias tienen madres generosas. Y la del vallenato, me perdonan los puristas, todavía huele a ciénaga, sabe a río y conserva el latido profundo del vientre de las tamboras.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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