Música y folclor
Carlos Malo: la voz barranquillera que conquistó el vallenato

Bastó un mensaje de WhatsApp para ponerme en contacto con Carlos Malo, el cantante y compositor barranquillero que, a partir de 1990, grabó varios trabajos discográficos que lo hicieron destacar en el mundo musical vallenato. Los primeros, y más exitosos los hizo junto al acordeonero Gustavo Maestre.
Tras acordar la entrevista, nos citamos en la plaza de comidas de un centro comercial ubicado en la carrera 38, después de la calle 72, en Barranquilla. La hora señalada fue la nueve de la mañana, convencidos de que el lugar estaría tranquilo. Sin embargo, la música estridente nos obligó a cambiar de sitio: nos fuimos a la cafetería del supermercado del mismo edificio. Mientras caminábamos hacia allí, Carlos comentó:
—Mi vocación de músico proviene de El Carmen de Bolívar, la tierra de mi abuelo, el poeta Néstor Augusto Malo Madrid. También la heredé de mi padre, Guido Augusto Malo, un barranquillero de voz prodigiosa, intérprete de boleros, que por razones económicas no pudo dedicarse a la música.
Al llegar a la cafetería, Carlos me ofreció algo de comer y me explicó que acostumbra a no ingerir ningún tipo de alimentos cuando se va a presentar con su conjunto, en el que su hermano Guido es el acordeonero. Era el día de la Virgen del Carmen e iban a amenizar una fiesta en una isla cercana a Cartagena.
Una vez sentados, le formulé la pregunta que me había traído hasta allí:
—¿Cómo un barranquillero, hijo de un bolerista, criado en un hogar donde del vallenato solo se escuchaban las canciones de Rafael Escalona, se interesa por cantar esta música?
Carlos sonrió.
—Yo estudiaba en el colegio San José, donde existían dos grupos musicales: uno de vallenato y otro de baladas al que hacía parte como interprete. Nos llevaban a cantar a asilos y centros de bienestar, y nuestra relación era con adultos mayores. En cambio, los del conjunto compartían con mujeres jóvenes. Por eso, los lunes ellos contaban historias y nosotros guardábamos silencio. ¿Qué nos podíamos referir de nuestras presentaciones? Y eso me mantenía inconforme.
—Pero hubo una circunstancia que me permitió entrar al conjunto vallenato: el cantante, Juan Carlos Fragozo, se graduó de bachiller. Me dirigí al padre jesuita y le dije que incorporara a esa agrupación; de lo contrario me retiraba de la música.
El sacerdote condicionó su ingreso a una audición. Pero Carlos solo se sabía algunas composiciones de Rafael Escalona. La solución fue pedirle a su mamá que le comprara discos de larga duración del Binomio de Oro, de los Hermanos Zuleta, de Jorge Oñate, Diomedes. Se aprendió varias canciones y superó la audición. Así comenzó a cantar en los bazares.
—Mi primera presentación fue en el Colegio María Auxiliadora, compartiendo tarima con Joe Arroyo y con Adolfo Echeverría y su orquesta. El maestro Adolfo escuchó mi cantar y me dijo: Pelado, tú tienes una voz diferente. ¿Por qué no haces un ensayo para cantar música tropical? Te espero en mi oficina.” Fui. Me ofreció formar parte de su agrupación. Pero ya yo le había cogido el gusto a la música vallenata.
Era tal su pasión que ahorraba el dinero de la merienda para comprar casetes piratas de música vallenata y aprenderse el mayor número de canciones posibles.
Fue antes de culminar el bachillerato cuando estableció una relación musical con el acordeonero Horacio Escorcia, su vecino en el barrio Paraíso. Juntos amenizaron parrandas, bazares y fiestas de algunos pequeños pueblos. Sin embargo, a Horacio le ofrecieron grabar con un médico guajiro que cantaba, y Carlos hizo una unión pasajera con Límedes Romero.
—Para ese tiempo conocí al acordeonero Gustavo Maestre. Sucedió a través de la periodista Jackelin Hurtado. Ella era impulsora de mi talento. Le gustaba mi voz y aseguraba que iba a llegar lejos. Jackelin, un día cualquiera, me dijo que junto a Gustavo grabáramos unas canciones. Lo hicimos en un estudio de un amigo. Fueron tres temas: una inédita de Mateo Torres, La brasilera de Rafael Escalona y un paseo de Adanies Díaz. Esa muestra hecha con caja, guacharaca y acordeón quedó bonita, con un buen sonido.
Una muestra de lo grabado llegó a manos de Javier Hernández Maestre, quien era locutor en Radio Olímpica Valledupar. Era un casete del que, un sábado en el programa Las 20 latinas, reprodujo una de las canciones. Además, pidió que identificaran al cantante. Pero ni él sabía quién era. Una de las personas que llamó averiguando por el nombre y el número del teléfono para contactarlo fue Emilio Oviedo. Javier se comprometió a averiguar la información que pedía el acordeonero.
Guido, el hermano de Carlos, parrandeaba con unos amigos en Chimichagua, reprodujo lo grabado en el casete y Madeleine Bolaño, hija del acordeonero Ildemaro Bolaño, lo escuchó y le gustó. Guido le obsequió la cinta magnetofónica, que ella hizo sonar en su vivienda en Valledupar, delante de un músico que los visitaba y quien indagó si el intérprete era Adanies Díaz. Este llevó la cinta magnetofónica a Javier Hernández Maestre.
—Un día cualquiera, Emilio Oviedo llamó al teléfono de mi casa para invitarme a hacer una producción musical. Yo, que siempre he sido respetuoso, criado en un hogar de un hombre demasiado noble y humilde, no fui capaz de aceptar la unión con el maestro. Su capacidad interpretativa y carrera como productor, en fin, me llevó a pensar que no podía aceptar su propuesta. Para entonces tenía 19 años. Mi respuesta fue: Si usted quiere que yo grabe, déjeme hacerlo con Gustavo Maestre. Él aceptó.
Carlos y Gustavo grabaron un vinilo de larga duración con composiciones de José “Chiche” Maestre, Calixto Ochoa, Deimer Marín, Rosendo Romero, Rafael Escalona, Iván Ovalle, entre otros. La casa disquera que produjo el trabajo discográfico fue Latín Record & Taper; lo hizo a instancias de Emilio Oviedo. Cada uno recibió doscientos mil pesos y el compromiso de que percibirían un porcentaje por la comercialización, que nunca recibieron pese a las ventas declaradas del LP, llamado Carlos Malo, Gustavo Maestre. Un dúo sensacional, superaron las trescientas mil copias y ciento cincuenta mil casetes.
El conjunto que los acompañó para grabar fue el de Diomedes Díaz. Carlos, que había descartado la posibilidad de hacerlo con Oviedo por las razones ya mencionadas. Además, uno de sus ídolos: Jairo Serrano, fue la segunda voz en el trabajo discográfico.
Para Carlos, el llegar a un estudio de grabación ya era un éxito. Lo pensaba porque en el barrio Paraíso él era la burla de otros intérpretes, tanto que, cuando llegaba a las reuniones de amigos donde cantaban, lo rechazaban argumentando que su voz era la de una chicharra. Danilo Polo, Cambalache, era mi defensor; por eso su nombre aparece como mi representante en el primer trabajo discográfico que grabé.
—El 19 de enero de 1990 me llamaron de la casa disquera para que fuera por diez discos de larga duración y acompañara a su promotor musical a las emisoras de Barranquilla. Recuerdo que cuando vi la carátula, reí y lloré de la felicidad.
En la portada del disco, Carlos y Gustavo están de pie, visten de camisa de manga larga, color blanco con rayas verticales de tono azul claro, celeste suave. Las camisas fueron producto de un trueque. Ellos fueron a fiarlas y la propietaria de un pequeño almacén de variedades ubicado en el centro de Barranquilla se las entregó a cambio de que el nombre del negocio apareciera en la carátula. Variedades “Soler”. Tel. (358582848) Barranquilla.
En la foto de la tapa, Gustavo tiene los brazos cruzados sobre el pecho. Mira a la cámara con una sonrisa suave. Mientras Carlos tiene el brazo izquierdo apoyado sobre el hombro de Gustavo. El brazo derecho lo mantiene más abajo, cerca del bolsillo del pantalón. Él observa la cámara sonriendo de manera abierta.
—Cuando recibí los discos, Danilo Polo, Cambalache, me dijo: “Vamos a llevárselos a tu papá”, porque él desconocía que yo había grabado. Nos montamos en un bus que fue por la Vía 40 hasta la carrera 80 con 71, donde nos bajamos, porque yo vivía a una cuadra. Apenas descendimos, Cambalache fue corriendo y gritando por la calle: Para que vean, hp, grabamos. Y yo detrás: "Cálmate", y él respondía: ¡Nooo, todo el mundo tiene que saber lo que hiciste!
Carlos entró a su casa feliz, pero asumiendo una conducta de hijo apenado, y sin hacer ningún comentario, puso un disco de vinilo sobre la mesa para que su padre lo viera. Y sin esperar la respuesta de este, salió rumbo a las emisoras locales. Esa tarde visitó el programa de Edgar “el caballo” Castillo; para entonces era uno de los locutores y programadores de música vallenata más escuchados en la ciudad en la banda FM en Barranquilla. Edgar, al oír el tema A una sirena, señaló en vivo: “Hoy nace una estrella en el mundo del vallenato. Escuchen esto que les voy a programar.” Hizo sonar esa canción de la autoría de José “El Chiche” Maestre.
—A los tres días de haber salido el trabajo discográfico, tuve la oportunidad de volver a ver a mi padre con tranquilidad. Yo arrastraba una pena inmensa con él, pues con esfuerzo me mandó a estudiar medicina en México, pero por mi interés por la música, por el canto, de allá regresé y no volví cuando cursaba el segundo año. Papá me recibió con la mayor felicidad el disco, más aún cuando lo llamaban para decirle que estaban entrevistándome y que en pocos días “A una sirena” se volvió un éxito nacional.
A los pocos días de haber lanzado la producción musical, Carlos y Gustavo, el dúo sensacional, fueron contratados para tocar en una caseta en Plato, pero para ir debieron armar un conjunto, pues hasta entonces no contaban con uno. Al regresar, Carlos fue informado por Danilo que había recibido varias llamadas para amenizar unos bailes.
El éxito logrado por la agrupación permitió que fueran contratados para amenizar dos bailes de carnaval en Barranquilla, lo que implicaba presentarse en el Festival de Orquesta y Acordeones. Pero para hacerlo carecían de un uniforme adecuado al evento; con lo que contaban era con unas camisetas que compraron en el Paseo Bolívar. La solución la dio un músico, sobrino del director de orquesta Pedro Vicentini. Este, a instancias de Carlos, les regaló cinco chaquetas amarillas y cinco azules, y les sugirió que los de un color se ubicaran delante en la tarima y los otros detrás de los primeros. Gustavo y Carlos lucieron las camisas con las que se fotografiaron para la carátula del álbum de vinilo.
—El día de la presentación en el Coliseo Cubierto, estábamos en el sótano y escuchamos al animador previniéndonos, pues después de la orquesta que iba a tocar, nos correspondía subir a la tarima. Yo, nervioso, me hice a un rincón sintiendo que las piernas me temblaban, que intentaba tragar y sentía la garganta cerrada. De pronto hubo un estruendo y miré hacia donde las cámaras fotográficas disparaban su flash. Eran los miembros de una agrupación que se movilizaban hacia donde nos encontrábamos. También observé a una persona que se acercaba a mí, vestida de negro con ribetes amarillos; parecía un charro mexicano. Era Rafael Orozco, a quien conocía a través de mi mentor musical: Rosendo Romero. Se acercó dándome una palmada en el hombro y, tomando mi mano y poniéndosela en su pecho: Salga, cante con el alma. Profesor, tírela toda porque usted tiene una voz linda, inigualable. Yo lo abracé y sentí su energía llegar a mí. Salí, interpreté parte de nuestro repertorio de la mejor forma, olvidando lo mal vestido que estaba.
En 1990, Carlos y Gustavo volvieron a grabar un álbum de larga duración para el sello Victoria, en el que ratificaron que el primer éxito no fue casual. El tema más sonado fue “Confidente Peregrino”, de la autoría de José, Chiche, Maestre. Al año siguiente regresaron al Festival de Orquestas y Acordeones. El vestido de los miembros del conjunto mostraba la cara de triunfo en el vallenato. En esa oportunidad fueron acreedores de un Congo de Oro como conjunto revelación.
Carlos y Gustavo volvieron a grabar un tercer disco. Después de separarse, Carlos se unió con Julián Rojas y, posteriormente, al Cocha Molina, unión que terminó cuando Emilio Estefan vinculó al acordeonero al proyecto musical de la cantante y compositora Gloria Estefan. Hubo una cuarta producción con Gustavo Maestre y posteriormente con Guido Malo.
En 2003, Carlos, Guido y el conjunto musical fueron secuestrados por el ERP. Guido fue liberado diecisiete días después que su hermano y los miembros de la agrupación. Ese hecho, a juzgar por lo dicho por Carlos, marcó un antes y un después para su organización musical.
—Antes del secuestro tocábamos dos y tres veces a la semana; después de ese hecho tocamos en pocas oportunidades al mes; a veces no lo hacemos. La familia se llenó del temor de que volviéramos a ser víctimas de un hecho igual, y eso se constituyó en casi un impedimento para firmar contratos de presentaciones musicales. Además, las exigencias económicas causaron dificultades que costaron superarlas.
Ya es casi mediodía y Carlos observa el reloj como indicando que es hora de irse. Nos levantamos y, mientras salimos del supermercado, hablamos de sus influencias musicales. Mencionó a Adanies Díaz, Jairo Serrano, Poncho Cotes Jr., Rafael Orozco. Habló del bolero, la ranchera, las baladas como los géneros musicales que contribuyeron a la afinación de su voz, a formar una escuela a la que, según Carlos, pertenecen cantantes como Jean Carlos Centeno, Silvestre Dangond, entre otros.
Álvaro Rojano Osorio






