Música y folclor
Antes del acordeón, el Caribe ya cantaba

Una mirada crítica a uno de los mitos más repetidos sobre el origen de la música de acordeón en el Caribe colombiano.
Hay palabras que, de tanto repetirse, terminan convirtiéndose en verdades. Una de ellas es “juglar”. Hoy basta mencionar a Alejo Durán, Emiliano Zuleta o Lorenzo Morales para que de inmediato aparezca el calificativo de "juglar vallenato", como si el término hubiera nacido en estas sabanas y no en la Europa medieval. El termino ha hecho carrera en el lenguaje coloquial de nuestros pueblos, tanto que, ya lo escuchamos en otros aires musicales de la Costa Caribe Colombiana.
La música de acordeón, o como hoy prefieren llamarla, música vallenata, ha construido buena parte de su identidad sobre un conjunto de mitos, creencias y leyendas repetidas durante las siete u ocho décadas reales de existencia de este género. Esos relatos han terminado por darle la apariencia de una creación espontánea, como si hubiera llegado al mundo sin antecedentes, sin influencias y sin historia. Parece que nació como los ángeles de la tradición cristiana: sin ombligo y sin mamá que lo amamantara.
Uno de esos mitos consiste en fijar el nacimiento del vallenato “exactamente” el día indeterminado en que apareció el primer acordeón en el Caribe colombiano. Para unos llegó por Riohacha; para otros, por Santa Marta. Pero casi nadie se pregunta una cuestión elemental: ¿qué música existía antes del acordeón? ¿Cómo era? ¿De dónde provenía? ¿Cuáles sus cultores en el territorio?
Porque el instrumento llegó a un territorio donde ya existían cantos, ritmos, tamboras, gaitas, flautas de carrizo, maracas y una larga tradición de narración cantada. El acordeón no encontró un desierto musical; encontró una civilización sonora, paisaje sonoro cultivado por nuestros mayores.
Algunos investigadores han querido remontar esa genealogía hasta los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde los carrizos, conocidos como gaitas indígenas, acompañados por maracas, mantienen una tradición musical milenaria. Otros encuentran vínculos con la gaita de los pueblos zenúes y koguis, instrumento claramente prehispánico. Personalmente, considero más cercana otra raíz: la tradición de las tamboras y los “bailes cantaos” de la Depresión Momposina, donde la voz ya narraba historias mucho antes de que el acordeón desembarcara en nuestras costas.
Si aceptamos esa continuidad, el acordeón deja de ser el punto de partida y pasa a convertirse en un extraordinario instrumento que transformó una tradición mucho más antigua, es decir se empieza a asomar sin vergüenza ese obligo que, como niña quinceañera oculta antes de salir de casa, pero ya en la calle sube la blusa para mostrarlo.
Otro de los grandes mitos es el del llamado "juglar vallenato". La comparación resulta seductora, pero históricamente merece revisarse. El juglar medieval europeo era un artista ambulante que recorría plazas, castillos y mercados entreteniendo al público con música, acrobacias, poesía y relatos heroicos. Era, en efecto, una especie de periódico viviente que difundía noticias y cantares de gesta de un lugar a otro.
Pero aquí comienza la confusión. Nuestros acordeoneros nunca fueron juglares en el sentido medieval del término. Eran hombres del campo que, cuando terminaban la jornada, sacaban el acordeón para una parranda, un matrimonio o una fiesta patronal. Si después recorrían pueblos, era porque la fama los llamaba, no porque ese fuera su oficio
No eran viajeros profesionales que vivieran recorriendo pueblos para informar acontecimientos. Eran campesinos, vaqueros, agricultores o jornaleros que aprendían a tocar el acordeón —muchas veces "cacharreándolo", como todavía se dice— y cuya fama comenzaba a extenderse por los pueblos vecinos. Entonces llegaban las invitaciones para amenizar matrimonios, bautizos, fiestas patronales, velorios, corralejas o simples parrandas de compadres. Algunas veces iban por amistad; otras, porque ya recibían una remuneración. El viaje era consecuencia de su prestigio musical, no la esencia de su oficio.
El propio Alejo Durán ayuda a desmontar el mito. Su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, la inolvidable "señora Fita", era cantadora de tamboras. Alejo creció escuchando esos cantos colectivos, esas ruedas de tambora donde la voz mandaba sobre el tambor. Años después, cuando empezó a recorrer pueblos como Altos del Rosario —uno de los grandes epicentros históricos de las tamboras— encontró un repertorio inmenso de melodías, giros y formas narrativas que terminaría incorporando y transformando en la naciente música de acordeón.
Quizá el error no sea llamar "juglares" a aquellos pioneros, sino creer que eran equivalentes a los juglares medievales. Entre ambos existen semejanzas superficiales —la oralidad, la memoria, el viaje ocasional y la narración cantada—, pero pertenecen a mundos culturales profundamente distintos.
Las palabras también construyen historia. Y cuando repetimos un concepto sin preguntarnos por su verdadero significado, terminamos fabricando una tradición imaginaria.
Tal vez haya llegado el momento de dejar de buscar el certificado de nacimiento del vallenato y empezar a reconstruir su árbol genealógico. Descubriremos entonces que sus raíces no empiezan con el acordeón, sino mucho antes, cuando las tamboras, las gaitas, los cantos de vaquería y las voces ribereñas ya venían escribiendo, sin saberlo, los primeros capítulos de esta historia.
Mientras sigamos buscando el acta de nacimiento del vallenato en el primer acordeón que llegó al Caribe, seguiremos mirando las ramas e ignorando las raíces. Y las raíces, aunque a veces estén cubiertas por el barro del Magdalena, siguen siendo las que sostienen el árbol.
El vallenato no nació por generación espontánea como los ángeles, el vallenato tiene ombligo y posiblemente “pecado original”.
Diógenes Armando Pino Ávila






