Música y folclor
Gabi Cuicchi: una voz argentina que aprendió a cantar con el corazón de Colombia

"Hay voces que nacen para cantar canciones y otras que, cuando cantan, consiguen que las canciones vuelvan a nacer" (Ramiro Álvarez Mercado)
Algunos encuentros no necesitan de un apretón de manos ni de una conversación frente a frente para dejar una huella. A veces basta escuchar una voz, descubrir la sensibilidad que habita detrás de ella y comprender que, aunque los mapas levanten fronteras, la música se encarga de derribarlas. Eso me ocurrió al acercarme a la historia de Gabriela Cuicchi, una artista argentina que encontró en la música colombiana, y particularmente en el vallenato, la cumbia, el porro y el bullerengue, un territorio del alma donde su propia sensibilidad pudo reconocerse.
Porque la música tiene esa extraña manera de acercar las distancias: una melodía puede viajar miles de kilómetros, cruzar fronteras, atravesar montañas y mares, y llegar hasta un corazón que quizá nunca ha pisado la tierra donde nació aquella canción. Así, desde Mar del Plata, una mujer argentina fue descubriendo que en Colombia también había una parte de su propia historia musical por encontrar.
Gabriela Florencia Cuicchi nació el 23 de marzo de 1992, en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Allí realizó sus estudios primarios en el colegio María Auxiliadora y cursó la secundaria en Nueva Pompeya.
A los 17 años se animó a tomar clases de canto. Cuatro años más tarde ingresó al Instituto Polivalente de Arte “IPA” Adolfo Ábalos, de su ciudad natal, donde realizó su formación musical y obtuvo la Tecnicatura de Canto con orientación en canto jazz.
En su familia, la música no llegó como una herencia transmitida de generación en generación. Gabi es la menor de cuatro hermanos varones y la única artista de la familia. Su madre, Patricia, fue empleada pública, y su padre, Fernando, veterinario. En su casa se escuchaba música variada, pero ninguno de sus familiares tuvo una inclinación particular hacia el arte musical. El gusto por el canto, por la música y por la historia que existe detrás de ella nació en Gabriela como una inquietud profundamente personal, como una especie de llamado interior que fue creciendo con el paso del tiempo. Quizá, por eso, su historia musical tiene algo de búsqueda, de descubrimiento y también de viaje.
Cuando comenzó a cantar, sintió una profunda fascinación por las voces afroamericanas, por esas voces negras que parecían traer consigo la memoria de pueblos enteros: el blues, el jazz, el soul, el góspel. Siempre se sintió cautivada por esa energía afrodescendiente, por esa fuerza que parece convertir el dolor en canto y la historia en melodía.
Pero un día, casi como quien abre una puerta sin imaginar lo que existe detrás de ella, la canción “Los caminos de la vida”, del compositor vallenato Omar Geles Suárez, le mostró otro horizonte. Y entonces su universo musical comenzó a ensancharse.
Gabriela Florencia se considera una mujer abierta a los diferentes sonidos, una artista de gustos musicales amplios, una exploradora permanente de melodías y culturas. Poco a poco fue encontrándose con el folclor de su propia tierra, con el rock nacional argentino, la zamba, el tango y el chamamé, géneros que analiza y que le hablan de la memoria de su país, y por supuesto, con las voces y las historias de la tierra que la vio nacer.
Siempre le ha causado una enorme curiosidad conocer aquello que se esconde detrás de las canciones: la historia de quienes las escribieron, las circunstancias que inspiraron sus letras, las melodías que las hicieron eternas y la vida de los compositores que consiguieron transformar sus experiencias en patrimonio colectivo. Por eso también realizó algunas versiones de canciones como homenaje a la patria donde nació y nacieron sus ancestros.
Y como buena argentina, la cumbia de su país también hizo parte de ese camino. Pero la búsqueda continuaba. Y en ese andar musical terminó encontrándose con la cumbia colombiana, con sus raíces, con su riqueza, con su belleza cautivadora y, sobre todo, con Colombia, esa tierra que para muchos es reconocida como cuna y madre de la cumbia.
Desde su natal Mar del Plata, Gabriela también tuvo la oportunidad de compartir escenarios y alternar con agrupaciones colombianas durante las temporadas de verano. Aquellas experiencias terminaron reforzando aún más su admiración y su profundo gusto por la música del Caribe colombiano.
Cuando comenzó sus clases de canto, paralelamente tomó clases de guitarra y piano. Nunca pretendió convertirse en una gran guitarrista o pianista; aquellos instrumentos fueron, más bien, herramientas que le permitieron acompañarse y comprender mejor el lenguaje musical. Tiene una noción básica de ambos, pero sabe perfectamente cuál es su verdadero instrumento. Su voz.
El canto es su manera de expresarse, su forma de decir lo que siente, de ponerle palabras a aquello que muchas veces no las tiene. Su voz está empapada de sus emociones y sentimientos, y quizá allí reside su mayor fortaleza: en entender que cantar no consiste únicamente en emitir sonidos afinados, sino en dejar que el corazón encuentre una manera de hacerse audible. En esa voz hay un brillo que le da un condimento muy especial a su interpretación, una luz que no solo canta: alumbra la canción por dentro.
Después de terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar psicología. Sin embargo, no llegó a completar los dos primeros años. En algún momento comprendió que su alma le gritaba otra cosa. Le pedía otro camino. Le reclamaba música. Y decidió escucharla.
Tomó entonces la determinación de hacer del arte musical su forma de vida, aun sabiendo todas las dificultades que implica vivir del arte y construir una carrera siendo una artista independiente. Continuó su formación en el Instituto Adolfo Ábalos, realizó su profesorado en música y finalmente obtuvo la tecnicatura.
Durante más de diez años participó en distintas agrupaciones musicales de su ciudad y también realizó coros para otros artistas en producciones locales. Pero Gabriela no solamente es intérprete: también se destaca como compositora. Sus propias canciones comenzaron a encontrar espacio en bares y restaurantes, lugares donde la música suele encontrarse con la vida cotidiana, con las conversaciones, con las copas y con las historias de quienes escuchan.
También hizo parte de una orquesta llamada "Orquesta Cumbia Grande", en la que se rendía homenaje, a través del repertorio, a grandes figuras de la música tropical y de salón colombiana de las décadas de los años 50, 60 y 70, entre ellos Lucho Bermúdez, Clímaco Sarmiento, Pacho Galán, entre otros. Allí además de cantar, interpretaba las maracas.
Y fue precisamente allí, entre canciones, ritmos y maracas, donde sin saberlo estaba naciendo una de las conexiones más fuertes de su vida artística con la música colombiana. Ese fue el Génesis de todo.
Después de aquel recorrido decidió dar un paso al costado y emprender su propio proyecto como solista. Quería elegir sus canciones, construir su propio repertorio y encontrar una manera personal de comunicar aquello que estaba haciendo y sintiendo.
Fue a finales de 2022 cuando se dijo: “Bueno, hasta acá llego”. Y entonces comenzó una nueva etapa. Empezó a producir su propia música, porque Gabriela también es productora. En este camino cuenta con una persona que se ha convertido en su mano derecha, su colega y su compañero fundamental en la construcción de su proyecto artístico: el músico Martín Amenta, con quien asegura tener una gran conexión y un profundo entendimiento musical.
La primera canción que abrió este nuevo camino fue una cumbia de su autoría titulada “La cumbia quedó conmigo”, una obra en la que narra sus propias vivencias hasta ese momento, aquello que la cumbia despierta en ella y todo lo que ha aprendido a través de este género, especialmente su acercamiento, admiración y valoración de la música colombiana y de la historia que la sostiene.
Después compuso una cumbia santafesina, impregnada del estilo propio de esa provincia argentina, titulada “Mi cumbia nostalgia”.
Pero la historia no termina allí. Su proyecto actual la encuentra trabajando en la producción de un álbum compuesto por cinco canciones clásicas del vallenato, junto a la agrupación "Gabi y La Junta Vallenata". Es una nueva aventura artística para Gabriela, pues anteriormente había trabajado principalmente con sencillos de una canción o con covers en formato de mosaicos.
Canciones vallenatas que ya se pueden escuchar en plataformas digitales: "Voy a olvidarme de mí", "Quiero que seas mi estrella", "No voy a llorar", "Los caminos de la vida", "Mi presidio" y "Tatuaje del alma".
Ahora ha decidido internarse de lleno en el universo vallenato. Y lo hace como un homenaje nacido del respeto y la admiración hacia este género musical colombiano de origen provinciano, que ha encontrado en ella no solamente una intérprete, sino una mujer profundamente conmovida por sus historias y por la sensibilidad de sus composiciones.
En esta decisión también existe una hermosa reciprocidad. Gabriela cuenta con una comunidad de miles de seguidores colombianos que han creído en su búsqueda artística, en su manera de hacer las cosas, con seriedad y profesionalismo. Y ese respaldo ha sido fundamental para una artista independiente que ha autogestionado sus propios proyectos y que, para la realización de este nuevo álbum, también ha contado con el apoyo financiero de sus seguidores.
Por eso este trabajo la tiene especialmente emocionada y profundamente agradecida con la gente colombiana. Y hay algo que quizás explique por qué su voz consigue acercarse con tanta naturalidad a estas músicas.
Gabi Cuicchi es una mujer de sensibilidad a flor de piel. Tiene una particular capacidad para conectar y empatizar con aquello que la rodea. Es nostálgica, y esa nostalgia la conduce hacia la zamba de su tierra, pero también hacia los paseos vallenatos románticos, dos expresiones musicales que parecen conversar con su propia manera de sentir.
Y es allí donde aparece esa voz suya. Una voz dulce, melódica, cálida y profundamente expresiva. Una voz que no parece limitarse a cantar una canción, sino que se adentra en ella para buscar lo que existe detrás de las palabras. Una voz que puede acariciar una melodía y, al mismo tiempo, dejar en ella la huella de una mujer que siente intensamente aquello que interpreta.
Tal vez por eso la zamba y el paseo vallenato encuentran en su garganta un territorio propicio. Porque ambos géneros tienen algo en común con su sensibilidad: saben hablar de la nostalgia, del amor, de la ausencia, de la memoria y de esas pequeñas heridas que, cuando pasan por la música, dejan de doler para convertirse en belleza.
Pero la mirada de Gabriela va mucho más allá de Argentina y Colombia. Con su música también ha visitado otros países como Brasil, Paraguay, Uruguay, entre otros, llevando en su voz el eco de dos pueblos y dejando en cada escenario la certeza de que el folclor latinoamericano no conoce fronteras.
Gabriela aprecia el folclor latinoamericano en toda su dimensión. Entiende que en las músicas de nuestros pueblos existe un patrimonio que muchas veces permanece escondido, esperando que alguien vuelva a descubrirlo.
Para ella, el folclor es la expresión de los pueblos. Es memoria. Es identidad. Es la historia contada por quienes quizá nunca tuvieron un libro para escribirla. En cada melodía, en cada instrumento, en cada letra y en cada compositor encuentra esas pequeñas perlas escondidas que hablan de quiénes somos. Por eso considera que el folclor es uno de los grandes guardianes de la identidad de los pueblos y, al mismo tiempo, uno de nuestros tesoros más valiosos.
Su misión, entonces, no es solamente cantar. Es visibilizar. Es mostrarle a la gente el valor inmenso de la cultura, recordarnos que nuestras raíces merecen ser admiradas, respetadas y protegidas. Es insistir en que no debemos permitir que nuestro folclor muera, porque dentro de él habitan historias que merecen ser contadas y recordadas.
Y en esa misión aparece otra faceta de Gabi que vale la pena nombrar. Ella no reseña canciones. Rescata memorias.
Gabi Cuicchi es también creadora de contenido musical. De las que investigan, que llaman al compositor, que cuentan la historia detrás de la letra, los pormenores del Caribe colombiano, de Argentina y de toda Latinoamérica.
Tiene fluidez verbal, tiene carisma, y sobre todo tiene credibilidad. Porque respeta la obra, nombra al autor y entiende que el folclor no se hace viral: se hace eterno cuando alguien decide contarlo bien.
Su voz es puente. Puente entre el compositor y el oyente, entre el disco viejo y el celular nuevo. Porque Gabi comprendió algo: Latinoamérica canta con muchos acentos, pero con un solo corazón. Y ella no es "influencer" por los números. Es influencia porque cada vez que habla, alguien vuelve a valorar sus raíces.
Y también viven los nombres de tantos artistas y compositores que entregaron su vida a la cultura y a la música de estas tierras.
Por eso, cuando Gabriela Cuicchi canta una cumbia colombiana, un paseo vallenato o una canción de raíz latinoamericana, no está simplemente interpretando una melodía que nació lejos de su Mar del Plata natal. Está tendiendo un puente. Un puente entre el Río de la Plata y el Caribe. Entre Argentina y Colombia. Entre su propia historia y la historia de otros pueblos.
Entre una mujer que nació en el sur del continente y una música que nació en las entrañas del Caribe colombiano. Y es como si brindáramos con un Malbec argentino y lo mezcláramos con el aguardiente y el ron colombiano: dos mundos distintos que al encontrarse encienden la misma celebración. Porque la música, como el buen trago, no divide: une. Y en esa mezcla nace el sabor de dos pueblos que decidieron cantarse el uno al otro.
Y quizá allí radique la verdadera grandeza de la música: en demostrarnos que las raíces pueden viajar, que los sentimientos no necesitan pasaporte y que una canción puede convertir a un extranjero en un hermano.
Hoy, mientras Gabriela prepara ese álbum de cinco clásicos vallenatos junto a "Gabi y La Junta Vallenata", su voz parece estar escribiendo una nueva página de ese largo diálogo musical entre dos naciones que, aunque separadas por la geografía, comparten una misma capacidad para cantar la vida, la nostalgia y el amor.
Y mientras la escucho, pienso que quizá la música colombiana no llegó a Gabriela Florencia Cuicchi por casualidad. Tal vez estaba esperándola. Porque existen canciones que uno escucha por primera vez, pero que el corazón reconoce como si las hubiera estado esperando desde siempre.
Y cuando una voz argentina encuentra su camino en el vallenato y la cumbia colombiana, no es Colombia la que viaja hasta Argentina, ni Argentina la que llega hasta Colombia: es la música, esa patria sin fronteras, la que vuelve a recordarnos que todos los pueblos del continente tienen una misma manera de sentir cuando el corazón aprende a cantar.
Ramiro Elías Álvarez Mercado






