Música y folclor
Horacio Escorcia: de la veta guaimarera

Guáimaro está de moda, y por una buena razón. No es por las cíclicas embestidas del Río Magdalena, sino por un motivo folclórico y de orgullo local: "¡Los Escorcia están de moda! ¡Viva Guáimaro y que viva Salamina!", celebran en redes sociales los guaimareros.
El detonante fue la crónica "JK Escorcia: desde Guáimaro a los Latin Grammy"[1], que exalta a un artista con raíces en esa tierra y la cual se posicionó rápidamente como una de las más leídas de esta revista cultural[2].
Hoy la oportunidad es para otro ilustre de la veta guaimarera: Horacio Isaac Escorcia Marchena. Nació el 20 de junio de 1965 en la Clínica La Asunción de Barranquilla, para entonces sus padres, Carmen Horacio Escorcia Cantillo (un cura lo bautizó así porque nació el día de la Virgen del Carmen, me aclara)[3] y Maruja Marchena de Escorcia, residían en Guáimaro.
Posteriormente, se establecieron en Salamina y de ahí a Barranquilla, donde se destacó en incontables concursos musicales inter colegiales. Culminó arquitectura en el año 1987 en la Universidad Autónoma del Caribe; desde esa época su formación académica discurrió de manera paralela e inseparable de la formación musical. En la actualidad labora como profesional universitario en la Contraloría General de la Republica con 28 años de servicio.
Casado con Olga Sierra Medina, tiene tres hijos, Andrés Mauricio y Horacio José ingenieros civiles, y Juan Felipe quien sigue sus pasos en la arquitectura, ninguno le jala al acordeón.
Su abuelo paterno, Víctor Escorcia Hurtado, era músico de bandas de viento, hermano de José Antonio Escorcia Cantillo, compositor, abuelo de JK Escorcia, por ello a Horacio y a Juan Camilo, amén de su afinidad con la música los une la familiaridad, son primos dobles.
El origen de su vocación musical es temprano y colectivo, sus primeras aproximaciones al acordeón se dieron en el seno familiar, junto a sus hermanos, con quienes conformó la agrupación Los Hermanos Escorcia.
Su primer hito no ocurrió en la costa Caribe, sino en el frío de Bogotá. En la década de los setenta, las cámaras de la televisión nacional registraron a un niño con el acordeón al pecho en uno de los programas infantiles más emblemáticos del país: Animalandia, a donde llegó como en un sueño proveniente de las calles polvorientas de Salamina.
Esa escuela empírica, forjada entre festivales escolares y tarimas de gran formato, constituyó la base para su tránsito hacia el ejercicio profesional cuya primera etapa se desarrolló como acordeonero de Carlos Malo y de Rafael Daza, y en 1991 con la primera grabación para el sello Codiscos al lado de Juan Carlos Mendoza. También acompañó con sus notas a Kike Bernardinelli, Kike Consuegra, Rodolfo Cañas y Diógenes Jalaff.
Pero indudablemente su consolidación musical llegó con su unión a Joaco Pertuz por allá en el año 2000, la química fue inmediata. Fueron nueve años seguidos, hasta el 2009, sin bajarse de una tarima, de pueblo en pueblo, con un esperado reencuentro en 2015.
De ahí nacieron canciones que todavía hoy, a grito herido, pide la gente en las cantinas, en los estaderos y en los establecimientos del Magdalena y parte de la Costa caribe.
Del primer CD, Buscando Un Amor (2002), de Javier Lozano, se desprendieron El Traqui Traqui y La Última Llamada de Franklin Moya y tengo amores: de Juancho Polo. Luego vino Travesuras de Amor – 2003, Échame A Mí La Culpa, El Pelayero, Novia de palabra y Siempre me enamoro de Baldomero Anaya. Amor de Pobre - 2005, La Caza fortuna de Romualdo Brito.
Por Ustedes las Mujeres (2008), infaltable, El Bolón de Coco de Salvador Rada de Oro. Tu Enamorado Eterno (2009), Tacita de Plata de Elkin Garcia.
En el reencuentro de 2015: Cómo Les Quedó el Ojo (2015), Uno Necesita de Franklin Moya, Cómo Les Quedó el Ojo de César Blanco. Lo máximo (2017), del cual sonaron El flojo de Melkis Suárez, La Sabia de Omar Geles, Eres lo máximo de Fernando Dangond y Forastero de Sergio Moya, estos últimos en Valledupar. Selección arbitraria hecha por una mente parrandera.
Fueron dos etapas de casi quince años y siete álbumes exitosos que quedaron para la historia vallenata. Ahí fue donde dejó de ser promesa para convertirse en referente.
Por su forma de ser, sencillo, fino, galante, caballeroso, decente, siempre con una sonrisa, goza de especial aprecio entre sus colegas del mundo vallenato, quienes con justicia lo califican como un acordeonero de “perrenque”.
A Horacio se le reconoce como un diestro intérprete que honra los cánones del vallenato tradicional. Su estilo es serio, moderno, fluido y sus notas se enmarcan en una configuración especial: además de ser un excelso digitador, tienen picardía…
—Mi escuela es la de Luis Enrique, Emiliano, Colacho, Beto Villa, y de los más nuevos Juancho Rois —proclama.
No es de los personajes que están pendiente de un escándalo mediático para logar figuración, y resalta entre sus cualidades musicales el efectuar especiales arreglos a sus canciones: recordemos que Horacio no es solo músico, es arquitecto. Y un arquitecto no improvisa, diseña; sus arreglos no son al azar, son estructuras musicales, arpegios que emulan los sonidos del río, sus notas son como una segunda voz que acaricia sus canciones.
En la actualidad, hace pareja con la voz de Atilio Valencia y lidera la banda de Horacio, grupo de formación de nuevos talentos. Tiene a su haber colaboraciones con Alex Manga, Valeria Lozano, Naty Turbay, Miguel Cervantes, entre otros, destacándose el remake de La Caza Fortuna con Elder Dayan.
Recién se topó en el aeropuerto El Dorado, con la hoy postulada a los Latin Grammy 2026, Karen Lizarazo, con quien rememoró su acompañamiento en sus presentaciones iniciales.
—Dentro de poco sale un cover con Edwin Ballestas —nos anuncia.
Homenajeado en la XII Versión de los Premios de la Música Colombiana 2025 junto al maestro Alci Acosta, y nominado a “Mejor Acordeonero Vallenato Tradicional” en la XIII Versión, a celebrarse el 20 de noviembre de 2026 en Barranquilla, dicen de sus méritos.
Horacio tiene otra virtud: le suena fuerte el acordeón… Cuenta la memoria oral del bajo Magdalena que, en noches de luna clara, cuando el río se hacía espejo, los guerreros se reunían en la orilla; se preparaban untando barro sobre el pecho, buscando templar el ánimo y concentrar el aliento antes del combate. Decían que, si la noche estaba serena, la claridad del cielo les daba firmeza en los brazos y seguridad en las manos.
En Guáimaro, territorio ancestral chimila, la tradición permanece viva. Solo ha cambiado la forma de la contienda: ya no es con flechas ni con lanzas, es con fuelle a punta de notas.
Por eso cuando Horacio abre su acordeón en la madrugada, cuando deja salir esa veta guaimarera que lleva dentro, reedita aquel gesto antiguo:
Busca claridad para no perder el compás, firmeza para que no le tiemble el pulso en el pique y entonces, bajo la luna que se refleja sobre el Magdalena, su silueta emerge entre la niebla del río, parece recibir sobre los hombros esa luz que le baja hasta las manos…
Y con una sonrisa ratifica: “Compa, no es la flecha es el indio…”.
Enoc Adolfo Guzmán
[1] https://panoramacultural.com.co/musica-y-folclor/11840/jk-escorcia-desde-guaimaro-a-los-latin-grammy
[2] https://x.com/P_Cultural/status/2103863048784232676 2ndo Artículo más leído | JK Escorcia: Desde Guáimaro a los Latin Grammy
[3] HORACIO ESCORCIA MARCHENA, conversaciones vía WhatsApp, días 19, 21, 29 y 30 de septiembre 2026






