Música y folclor
Sin ti, Naferito

Aún siento el corazón arrugado como un acordeón. Hace apenas tres días partió para siempre el noveno Rey Vallenato, Náfer Santiago Durán Díaz, orgulloso campesino, hombre sencillo, jovial y amiguero, con quien compartí en muchísimas ocasiones, no solo en nuestro municipio de El Paso, sino también en la capital, donde organicé durante algunos años un evento denominado Parranda de Juglares y a ellas no podía faltar “Naferito”.
Son muchas las anécdotas que viví y disfruté con Náfer. Yo le decía tío, como les decimos en nuestra región a los hombres mayores que queremos y respetamos. Cada vez que iba a esperarlo al aeropuerto, me recibía sonriente, me mostraba una hermosa chaqueta negra de cuero y me decía, con ese hablar tan suyo: “Esta animalita sí me ha salío buena, sobrino”.
Las “Parrandas de juglares” fueron cinco encuentros que organicé en Bogotá con algunos de los músicos y compositores más clásicos de nuestra historia vallenata. Por allí pasaron Adolfo Pacheco, Leandro Díaz, Julio Rojas Buendía, Enrique Díaz, los Hermanos López, “Chente” Munive, Gustavo Gutiérrez Cabello y varios más. Náfer estuvo en tres de ellas.
En una de esas parrandas ocurrió algo que todavía recuerdo con una gran sonrisa. Terminada la programación, una familia bogotana, encantada con Náfer y su música, lo invitó a continuar la fiesta en su residencia. El hombre, parrandero de pura cepa, aceptó gustoso y se fue con ellos.
El pequeño problema era que al día siguiente tenía vuelo para Valledupar a las ocho de la mañana y Náfer no aparecía por ninguna parte. Yo, preocupado porque el Rey Vallenato se me fuera a quedar en Bogotá, terminé haciendo algo que hoy parece sacado de un cuento: me fui para una emisora a buscarlo por radio.
En el noticiero anunciaron que el Rey Vallenato Náfer Durán debía presentarse urgentemente en el aeropuerto para tomar su vuelo a Valledupar. Por fortuna, sus nuevos amigos bogotanos escucharon el mensaje, dieron por terminada la parranda y llevaron al maestro al aeropuerto.
Para muchos fue el hermano de Alejandro Durán; para otros, el noveno Rey Vallenato. Pero quienes tuvimos la fortuna de compartir con él recordaremos además al campesino sencillo de El Paso, al amigo, al conversador y al parrandero que no necesitaba más protocolo que un acordeón cerca y gente dispuesta a escuchar.
Náfer llevaba con orgullo el apellido Durán, pero tenía su propia manera de tocar, cantar, componer y, sobre todo, de ser. La corona lo hizo Rey Vallenato; su forma de tratar a la gente hizo que muchos termináramos diciéndole simplemente “Naferito”.
En aquellas Parrandas de Juglares había algo que a mí particularmente me llenaba de orgullo: a Náfer le gustaba que yo le cantara Sin ti, una de sus canciones emblemáticas.
Hoy me hace falta la chaqueta negra, la sonrisa pícara, aquella voz diciéndome “sobrino” y hasta la preocupación de no saber dónde se había metido el Rey Vallenato que debía llevar al aeropuerto.
Durante años, tío Náfer, usted me pidió que le cantara Sin ti. Si hoy pudiera tenerlo otra vez sentado frente a mí, con un acordeón terciado y rodeado de amigos, se la cantaría de nuevo. Solo que esta vez sería diferente.
Porque ahora somos nosotros quienes tendremos que aprender a seguir sin ti, Naferito.
Colofón: Ya se cumplieron 25 años desde que nos arrebataron a Consuelo Araujonoguera y todos sabemos y sentimos que “La Cacica vive”. Valledupar y la música vallenata fueron muy distintos antes y después de Consuelo. El legado que nos dejó esa mujer difícilmente podrá ser superado.
Jorge Nain Ruiz






