Música y folclor

Grandes canciones vallenatas: “Los tiempos cambian”

Eddie José Dániels García

06/10/2026 - 03:20

 

Grandes canciones vallenatas: “Los tiempos cambian”
La canción Los tiempos cambian se alzó como una de las más exitosas del LP Diosa divina de los Hermanos López

 

A mediados de 1971, nuevamente los Hermanos López con Jorge Oñate sorprenden a la monumental fanaticada vallenata con el lanzamiento de su segundo elepé, titulado “Diosa divina”, en el cual incluyeron doce canciones, autorías de destacados compositores, que arrasaron con la simpatía colectiva apenas el long play entró en circulación y fue acariciado por las manos del público. Es innegable que el lanzamiento el año anterior del álbum “Lo último en vallenatos” les había abierto las puertas de la fama y los había iniciado en la era moderna de la música vallenata. A partir de este momento, y con el lanzamiento del segundo álbum, los Hermanos López estaban pisando con pie fuerte y aquilatando una posición privilegiada en las distintas aristas del folclor vallenato. Miguel, quien, gracias a su bigote robusto, fue apodado “El bigote que toca”, ganaba cada vez más aplausos y renombre en el tratamiento de los bajos, en el cual se tornaba singular, y en el ingenio que lo iluminaba cuando movía las teclas del acordeón. Sus notas eran largas y cortas, profundas y ligeras, tiernas y briosas, rápidas y lentas, y otros artificios más, que lo fueron ubicando como uno de los acordeonistas más aprestigiado de todos los tiempos.

Por su parte, Pablo, quien se llevaba la gloria de ser el mejor cajista, gozaba de una fama singular que lo tornaba irremplazable en el manejo de este instrumento. La versatilidad y rapidez con que solía mover las manos al ejecutar la caja lo colmaban de aplausos y admiración de todos los presentes. Los otros hermanos, Alfonso y Elberto López, también gozaban de mucho respeto, sobre todo, porque, también, eran expertos en mover el acordeón y en el manejo de otros instrumentos. Y el cuadro de honor lo cerraba Jorge Oñate, quien, había calado profundamente en el sentimiento de la fanaticada, gracias a la trasparecía y al timbre de su voz que le habían valido los calificativos de “El ruiseñor del Cesar” y “El jilguero de América”. Por esta razón, desde que empezó a cristalizarse la agrupación, la fama los fue arropando, y sus presentaciones marcadas en la realización de los Festivales de 1969, 1970 y 1971, habían sido notorias y bien calificadas. Además, Miguel, motivado por sus coterráneos de La Paz, se había presentado en el segundo Festival, realizado en 1969, en la “Categoría aficionado”, modalidad que se inauguró ese año, y había quedado en el segundo puesto, superado por Emilianito Zuleta, quien ocupó el primero, y por encima de Florentino Montero, quien quedó de tercero.

De tal suerte que, a mediados de 1971, cuando salió al mercado el long play “Diosa divina”, la altura, la fama, el prestigio y el renombre de los Hermanos López no tenían barreras en la Costa caribe y en el interior del País. Les sobraban los aplausos en toda Colombia. El título del long play, compuesto por doce canciones, honra la composición del mismo nombre, “Diosa divina”, autoría del compositor Hugo Araújo Rendón, natural de San Diego, Cesar, quien gozaba de un amplio reconocimiento en toda la región vallenata. La corte musical de “Diosa divina”, estuvo integrada por: “Dina López” y “Amor de callejera” de José Vicente Muníver, “Triste recuerdo” de Armando Gutiérrez, “Por qué eres así” de Jorge Oñate, “Sueño vallenato” de Ricardo Cárdenas Álvarez, “Gratitud” de Emiliano Zuleta Baquero, “Serenata vallenata” de Álvaro Cabas Pumarejo, “Recordándote” de Pedro García Díaz, “Amor a dos manos” y “Barranquillera”, de Emiro Zuleta Calderón y “Los tiempos cambian” de “Poncho Zuleta. A grandes rasgos apreciamos un fabuloso repertorio de doce canciones, entre las cuales “Los tiempos cambian”, fue el tema más emocionante y el que más caló en el sentimiento caribeño.

En la portada del elepé “Diosa divina” sucedió lo mismo que con el long play “Lo último en vallenatos”. En ella es notoria la falta de creatividad, necesaria para diseñar una carátula llamativa que motive la atención del público. Es una carátula simplesca y sin ningún atractivo. Parece que ese año, aún el diseño gráfico se encontraba en pañales y era visible la pobreza imaginativa. La portada principal presenta una mujer parada de espaldas, posiblemente en una playa, ataviada con un vestido de baño de dos piezas, el cabello largo y acariciado por la brisa marina. Es difícil determinar el color de piel de la mujer: parece ser trigueña, parece ser blanca. En la parte superior, a la altura de la cabeza de la dama, aparece el título del álbum Diosa divina, en letras grandes de color rojo claro, escrito en mayúsculas sostenidas. Más abajo, hacia el medio, figuran, con una letra blanca, casi invisible, los nombres de las doce canciones, y en la parte inferior, al lado de las piernas femeninas, aparece la expresión: Hnos. López y debajo: canta Jorge Oñate. Todo el fondo de la portada lo matiza un azul cielo pálido, que semeja ser las olas del mar. En resumen, es una carátula triste, que no representa la calidad de las canciones.

El reverso de la carátula es tan triste y apagado como la portada. Hay un ligero parecido con la contraportada de “Lo último en vallenatos”. En el lado izquierdo se encuentran cuatro fotos en blanco y negro, del mismo tamaño, organizadas verticalmente: En la primera, aparece “El bigote que toca” o “El rey de los bajos” como también se conoce a Miguel López. Luce con el acordeón terciado, en posición disponible para tocar. En la segunda, figura Pablo López, “El rey de los cajistas”, con las manos sobre el instrumento, dando la impresión que estuviera tocando. En la tercera imagen, se aprecia la figura de Alfonso “Poncho” López con las manos sobre la tumbadora, y en la última fotografía, la imagen de Poncho Zuleta luciendo un bigote diminuto con una guacharaca en la mano derecha. A un lado, en una foto de mayor tamaño, aparece Jorge Oñate, también con un bigote incipiente y con los brazos abiertos, simulando estar en plena actuación musical. En el lado derecho se encuentran los títulos de las canciones, con su respectivo ritmo, sin el nombre de los autores. Y en la parte inferior: nuevamente aparece el título del long play en la parte superior y el nombre del conjunto, en la inferior. Lo acompaña un breve escrito, sin autor, sobre el vallenato y los integrantes de la agrupación.

En el paseo “Los tiempos cambian” o “Los tiempos cambiado”, como figura en el long play, ocurrió lo mismo que ha pasado con varias canciones vallenatas: el pueblo o la fanaticada terminan cogiendo un verso, generalmente de los primeros, para titular la canción. En este hermoso paseo, considerado el más bello del elepé, Poncho Zuleta, quien apenas superaba los veinte años de edad en ese momento, había nacido en 1949, se llena de nostalgia para referirse el paso del tiempo, el cual es un detalle que pasa inadvertido por la sociedad. La letra está distribuida en tres estrofas isométricas, de versos menores, octosílabos, con rimas asonantes, repartidas a gusto del autor. El metro octosílabo, por supuesto, facilita que “El ruiseñor del Cesar” vocalice cada verso con una ternura cautivante. En la primera estrofa, el autor se refiere al paso del tiempo, detalle que resulta indiferente para el pueblo: “Como cambian los tiempos / y solamente quedan recuerdos. / Como pasan los años / y ni siquiera nos damos cuenta. / Y cuando el hombre vejeta / no es el mismo parrandero / y aunque tenga dinero / las mujeres lo desprecian”. Un Coro repite los dos versos finales: “Y aunque tenga dinero / las mujeres lo desprecian”.

En el apartado siguiente, el autor se refiere a su infancia, afirmando que era una edad marcada por la inocencia, cualidad que bendice a todos los infantes. Se refiere también a la adolescencia, edad en que era notoria la alegría y la despreocupación. Y menciona a Fabio, el hermano inseparable, que le sigue en la línea de la hermandad, a quien le dedica la canción en su cumpleaños. La estrofa dice: “Cuando estaba en mi infancia / no presentía tantos pesares. / Cuando fui adolescente / vivía contento y despreocupado, / y hoy me acuerdo de Fabio, / mi hermanito inseparable, / a quien vengo a cantarle / este paseo de cumpleaños”. El coro repite los dos versos finales: “A quien vengo a cantarle / este paseo de cumpleaños”. En la última estrofa, nuevamente, el autor hace énfasis en los tiempos pasados, convertidos, actualmente, en historia y causan nostalgia “Esos tiempos pasados / no dejan huella ni sentimiento. / Sólo queda el guayabo / porque ya todo pasa a la historia. / Pero hay muchas memorias / que se toman como ejemplo, / que fueron grandes en su tiempo / y hoy en día pasan de moda”. El coro repite los dos versos finales, que embellecen la melodía: “Que fueron grandes en un tiempo / y hoy en día pasan de moda”. Para finalizar, Miguel López se luce con un concierto de notas cautivantes que pasean a los oyentes, con un placer irresistible, hasta culminar la composición.

Sin duda alguna, “Los tiempos cambian” fue una canción extraordinaria, una canción fuera de serie que, en su nacimiento, tuvo una acogida incomparable en la fanaticada. Y hoy, tras haber superado el medio siglo de existencia, cada vez que la escuchamos, nos causa el mismo placer emocional de sus mejores años. Recuerdo que los tiempos de su juventud, por todas partes y a cualquier hora, ésta era la pieza preferida en los bares, las cantinas, las parrandas y las fiestas familiares. Oír esta canción significaba estar atento y presto para deleitarse con la hermosa melodía que la adorna en su corta duración, que no alcanza los tres minutos. En esos tiempos, la duración de los discos era breve, y los bailadores se emocionaban tanto que no soltaban las parejas y pedían que se repitiera. Y a pesar de que “Los tiempos cambian” no era una canción romántica, motivaba tanto a los oyentes, que no se resistían a dejar de bailarla. Asimismo, eran muchos los admiradores que afirmaban que esta canción era una de las más bellas que habían grabado los Hermanos López. Recuerdo que cuando Elberto, el “Debe”, López, vivía en Sincelejo, en la década del noventa, nos hicimos amigos y solía visitarme con frecuencia, y una vez le pregunté: “Debe” cuál es la canción más hermosa de los López? Pensó unos segundos, hizo un recorrido mental y respondió: “Los tiempos cambian”.  

Sobre “Los tiempos cambian”, tengo un recuerdo especial que me ilumina la memoria y me incentivó más el gusto que yo sentía, o sigo sintiendo, por esta canción, la cual no me pierdo el placer de escucharla, cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo: En cierta ocasión que venía de Sincé, Sucre, con unos amigos, al pasar por Betulia, una población cercana, uno de ellos dijo: “paremos aquí y busquemos un sitio para bebernos un par de cervezas”. Localizamos un parrandeadero, más o menos agradable, y llegamos. Había varios tipos bebiendo y escuchando vallenato. De pronto sonó “Los tiempos cambian” y el ambiente se transformó. Terminado el disco, volvió o sonar, y luego sonó otra vez y otra vez y otra vez. Alcancé a contarlo unas diez veces. Y los borrachitos repetían y cantaban los versos, emocionados. Un rato después, al llegar a Sincelejo, acordamos seguir departiendo. Los invité a mi residencia. Todos ellos conocían la organización de mi discoteca. Apenas nos ubicamos y armonicé el entorno, les lancé la pregunta: “Qué música escuchamos?”. Enseguida, uno respondió: “No cambiemos el tiempo, sigamos con el mismo”.

Desde mi ubicación en Sincelejo en 1977 tuve la oportunidad de ver cantar a Jorge Oñate en varias ocasiones: una vez en el Club Safari y como tres o cuatro veces en el Club La Selva, que era el sitio escogido para la presentación de los grandes cantantes. Ya en esos años, se había separado de los hermanos López y actuaba con Colacho Mendoza y después con el Chiche Martínez. Sin embargo, no perdía la ocasión para cantar algunos de los grandes éxitos que lo habían hecho famoso al lado del clan lopista: “No voy a Patillal”, “El cantor de Fonseca”, “Rosa jardinera” y muchos más que lo emocionaban al máximo cuando los vocalizaba. Recuerdo que, en los descansos de las entretandas, lleno de emoción recorría los espacios, mientras saludaba y le daba las manos a la fanaticada. La última vez que lo vi, fue unos dos o tres años antes de morir. Me había enterado de que visitaba a Sincelejo con frecuencia, porque en esta ciudad vivía una hija. Un día cualquiera observé que venía descendiendo en la escalera eléctrica de SAO. Apenas llegó al piso, me acerqué y le dije: “Maestro, como pasan los años / y ni siquiera nos damos cuenta”. Me miró fijamente, movió rápidamente la cabeza y me dio un abrazo fraternal. Pude observar que lo emocionó mi saludo y siguió cantando el disco en su imaginación.

 

Eddie José Daniels García

 

 

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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