Música y folclor
Náfer Durán y la Inmaculada Concepción

Hace unos días dejó este mundo el último de los juglares vallenatos. Quiero escribir sobre Náfer, pero no una semblanza fría y sin alma salida de un generador de texto por IA, o la misma biografía reciclada que aparece en todos los portales de noticias con tres o cuatro adjetivos cambiados. En el fervoroso deseo de hacer de este texto algo singular, surgió el primer problema: yo no tengo nada que ver con Náfer Durán.
Permítanme explicarme: no tuve la fortuna de conocerlo, como conocí —y aquí voy a dejar de lado la modestia con su venia, querido lector— a Romualdo Brito y a Germán Villa en una parranda en Cajicá —sí, en Cajicá—, ni pude tomar tinto con él como lo hice con Alfredo Gutiérrez la noche de su presentación en las fiestas de mi pueblo, ni recibí una llamada suya como recibí una del maestro Beto Murgas, ni me pidió un favor como me lo pidió hace muy poco Dairo “el Araño” Saurith. Más allá de mi inmenso amor por su música, de que tengo una camiseta con su cara estampada y de que mi vallenato favorito es Sin ti, no hay nada en particular que me una a él; aunque, si he de ser honesto, eso me pasa con la gran mayoría de mis ídolos vallenatos. Entonces, ¿por qué sería un problema?
Lo es porque no tengo un motivo personal, digamos íntimo, para escribir sobre Náfer. O no lo tenía hasta hace una media hora, cuando de regreso a casa de mi trabajo, escuché una canción suya, desconocida para mí hasta este día, que me hizo pensar en que tal vez sí compartíamos algo, una cosa nimia, de seguro insignificante. No escuché la canción en la radio, ya poco suena Naferito por ahí, sino en una plataforma musical porque bueno, todos los que admiramos —y quisimos, por qué no— a Náfer Durán, hacemos nuestro duelo con música. No hay de otra.
Abordemos, pues, el tema musical. Se titula La Concepción, y narra las peripecias de los “paseros” (oriundos de El Paso, Cesar) para reconstruir su iglesia durante la fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre.
Vienen las fiestas de la Inmaculada (bis)
vivan los paseros con la Concepción
pero la iglesia quieren reformarla
y nos falta dinero pa’ la construcción
vamos paseritos con toa’ la emoción
vamos paseritos a hacer la construcción (bis)
Náfer reconviene a los hombres paseros porque ve que el entusiasmo de la recolección del dinero lo ostentan mayormente las mujeres.
Muchas paserita’ están interesadas (bis)
para que el pueblo tenga un templo nuevo
y las pobrecitas viven esmeradas
haciendo verbena’ pa’ reuni’ el dinero
vamos paseritos cómo puede ser
que en la mujer es que hay el interés (bis)
Para finalizar la rúbrica, como siempre acostumbró Naferito, que hace que el canto sea siempre suyo, como una prenda que nadie más puede vestir.
Y el Naferito con su acordeón
que a sus amigos viene a complacer
este soncito de la Concepción
cuando lo toco siento un gran placer (bis)
He aquí la nimiedad a la que me referí antes: en mi pueblo, la iglesia está consagrada, como más de un centenar en Colombia, a la Inmaculada Concepción. Nunca fue para mí algo más allá de lo anecdótico, hasta el día de hoy. Ahora, siempre que pase en frente de la iglesia, recordaré La Concepción, una canción que habla de un templo distinto en otro pueblo muy lejos del mío, pero que finamente me hila hasta los versos de Náfer Durán.
La Concepción (Náfer Durán): https://www.youtube.com/watch?v=luv4iF4Zx4Q
Jorge Ignacio Garnica
Sobre el autor:
Jorge Ignacio Garnica nació en Tabio (Cundinamarca) en 1985. Es Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (Bogotá) y Máster en Literatura Comparada y Crítica Cultural de la Universidad de Valencia (España). Ha publicado tres novelas con Calixta Editores: «Antes del Juglar» (2019), «Pájaros Negros» (2022), y «Juaica» (2025). Fue seleccionado como uno de los 6 autores jóvenes destacados de la FilBo 2023 por la Revista Credencial. Su estilo literario se distingue por su fuerza expresiva y el uso de elementos del realismo mágico y la ficción histórica.





