Música y folclor
Vallenato para enrostrar la violencia

Para el máster y amigo Adrián Villamizar y para Juan Ariel Hinojosa,
sin tantas explicaciones
En su libro El ABC del vallenato, en el apartado titulado «Vallenato, música con mensaje[1]», el compositor e investigador Julio Oñate Martínez afirma que la música más importante que en este momento tiene Colombia es la vallenata, y que dicha importancia radicaba en su «preocupación por comunicar un mensaje». Si bien lo anterior resulta cierto si atendemos a las épocas pasadas de esta música, hoy en día el panorama es totalmente distinto. Una vez consolidada, difundida y cada vez más aceptada en las altas esferas sociales, la música vallenata entró a formar parte de un engranaje comercial que, quiérase o no, ha terminado por predominar sobre sus funciones sociales y culturales.
Sin embargo, al realizar una labor arqueológica, aún es posible desenterrar y encontrar los cimientos que mantienen en pie esta catedral musical. Ella, desde su pasado, le sigue hablando a nuestro presente. Canciones como «La chulavita», de Francisco “Chico” Bolaños; «La ley del embudo», «Los maestros» y «La dama guajira», de Hernando Marín; «Las bananeras» y «El pescador», de Santander Durán Escalona; «La reforma agraria», de Armando Zabaleta; «Águila furtiva», de Fernando Dangond; o «La profecía», del mismo Oñate Martínez, por mencionar solo algunas, siguen enrostrando nuestra realidad: ya sea denunciando la violencia, las desigualdades sociales, educativas y económicas, recordando cruentos hechos históricos o haciéndonos el llamado a respetar nuestras comunidades y preservar el medio ambiente.
Recientemente, a raíz del paro armado y la escalada de violencia que azotó la ciudad de Santa Marta, estuve pensando en algunas canciones que tocan directamente este tema. Si bien son muchos los compositores que se han ocupado de él, por motivos de extensión me di a la tarea de escoger solamente tres: dos de ellas expresan la zozobra y los estragos que causa la violencia, mientras que la otra es una invitación a celebrar la vida a través de la conciliación y el diálogo, a «cambiar la guerra por paz y amor», como canta, acertadamente, su compositor.
La primera que apareció en mi mente fue ‘Que la violencia no llegue’[2]. Esta canción, cuya autoría obedece a Gustavo Gutiérrez, fue grabada por Jorge Oñate y Álvaro López en el álbum El folclor se viste de gala (1988). En ella, con cierto dolor premonitorio, Gustavo expresa su preocupación por esa gran nube violenta que se empezaba a entrever en las montañas del Valle de Upar. Canta Gutiérrez en sus versos iniciales:
Yo sentí el dolor cuando aquí llegó
Hay que respetar la vida
La violencia siempre nos vuelve animal
Hay que compartir lo que Dios nos dio
Un sentimiento que es noble
Y es la diferencia de ser racional
Al detenernos en estos primeros versos, lo primero que notamos es el sentimiento de dolor que aqueja a Gustavo al sentir que la violencia venía a imponer unas nuevas dinámicas relacionales y comportamentales. Esto muestra de qué manera los compositores populares suelen leer las tensiones sociales antes de que los analistas políticos o los medios tradicionales adviertan la realidad del conflicto. Gustavo Gutiérrez presiente que la llegada de la violencia va a corromper los códigos de honor y vecindad propios de la provincia y cómo esta es capaz de anular al hombre en su humanidad, llegando, incluso, a insensibilizarlo. Esto se reafirma en los versos que siguen, en los cuales Gustavo escribe:
Que la violencia no nos llegue al valle
muere la calma aquí en la tierra mía
Quiero sonreír, pero la verdad
pero la verdad se impone
y es triste el momento que se vive hoy
robos por doquier no hay sinceridad
el hombre se está perdiendo
se pregunta a veces
díganme quien soy
Esta parte de la composición irrumpe con un grito de protesta; Gustavo se niega a que esa violencia llegue a su territorio y les robe la calma a sus habitantes. De este modo, la felicidad quedaría anulada ante la angustia y el peso de los hechos: ya no habría lugar para la sonrisa. Ante la imposición de la violencia, todo empieza a cambiar: los robos se acentúan, la sinceridad se deja de lado y el hombre emprende un camino de perdición, al punto de terminar preguntándose quién es y mostrando una total incapacidad para encontrarse. Por ello, versos más adelante, el compositor emite un reclamo airado hacia el pueblo colombiano para que despierte, al decir:
Canta canta colombiano
alerta tu queja
Crece crece como el viento pregona tu pena
Crece crece como el viento
te llena de inconformidad
Gustavo enrostra aquí al ciudadano colombiano, pero a la vez le hace una invitación para dejar el inmovilismo y salir a expresar su inconformidad ante el panorama que han impuesto los violentos. Esta canción, sin duda, es diciente y actual: en contextos de violencia no existen bandos ganadores; todos los sujetos allí inmersos pierden. La violencia siempre degrada al hombre; esa parece ser la conclusión que nos lega Gustavo con esta sentida y cruda canción.
Otra de las canciones que no podía faltar al pensar en el tema fue ‘Mi pobre valle’[3], de Emiliano Zuleta Díaz. Además de un acordeonero excelso, Emilianito, como se le conoce popularmente, es un compositor de primera línea. Canciones como «Mi hermano y yo», «La sangre llama», «Mi acordeón», «El turco Farid», «El retiro», «Tardes de verano» y «Sorayita», entre otras, se han constituido como clásicos del folclor vallenato.
«Mi pobre Valle», canción ganadora en la categoría Canción Inédita de la edición Rey de Reyes en el año de 1997, fue grabada por los Hermanos Zuleta en el álbum musical que se lanzó ese mismo año bajo el título de Nobleza y folclor. Pocas canciones denuncian de manera clara y contundente los estragos que causa la violencia en un territorio. Veamos sus primeros versos:
Yo no quisiera ver mi vida en peligro
porque no quiero morirme todavía
pero al tratarse de mi Valle querido
con mucho gusto hasta mi vida diaria
Lo que sucede es que ya yo no resisto
la guerra sucia que nos tiene nerviosos
quisiera hacer como hizo Jesucristo que dio su vida
por salvarnos a nosotros
En los versos iniciales de esta canción identificamos varios aspectos; el primero de ellos es el temor que expresa el compositor por su integridad. Emiliano no se asume como un mártir, pero comprende que al evidenciar la crudeza del conflicto se expone a retaliaciones en su contra. Sin embargo, aun con este panorama, ese miedo legítimo se desvanece ante el profundo amor por su tierra.
Si en la canción de Gustavo Gutiérrez se referencia a Dios, Emiliano Zuleta opta por la figura de Jesucristo. Esto evidencia el arraigo de elementos religiosos y espirituales dentro del folclor vallenato; con ello, Zuleta eleva un conflicto individual a una dimensión comunitaria: la figura de Jesús como símbolo de redención y sacrificio por el otro, pero también de unión.
Un segundo aspecto que resalta en esta composición es la manera en la cual Zuleta denomina la guerra, a la cual describe como «sucia». Al hacer alusión a algo que mancha, este adjetivo calificativo de carácter negativo denota, de manera lúcida, esa tensión psicológica y ese estado de zozobra permanente al que se ve expuesta una población civil sitiada por el terror.
Sin embargo, el tercer aspecto, que equivale a uno de los pasajes más dicientes de esta obra, lo encontramos en los versos siguientes:
Si yo pudiera sacrificar mis manos
lo único que yo tengo ay para poder vivir
y ve algún día mi Valle transformado
colmado de esperanza y un lindo porvenir
¿Por qué son dicientes estos versos? Porque para un músico vallenato —y especialmente para alguien de la estatura de Emiliano Zuleta Díaz, un acordeonero consagrado— sus manos no constituyen una simple extremidad física; son su herramienta de trabajo, el medio a través del cual plasma su lenguaje artístico y la vía por la cual contribuye al bienestar de su territorio.
Al proponer «sacrificar mis manos», Zuleta antepone la supervivencia colectiva y la esperanza de un nuevo porvenir a su propio arte, demostrando que frente a la barbarie y la ignominia que produce la violencia, el músico está dispuesto a callar su instrumento si con ello logra poner a salvo su tierra.
La tercera canción es obra de un compositor que, por supuesto, no podía faltar: Hernando Marín Lacouture. Grabada por Diomedes Díaz y Juancho Rois, «Canta conmigo[4]» (1990) no solo le dio el título al álbum, sino que se convirtió en un éxito rotundo.
Desde su inicio, la letra de esta composición de Marín es una invitación a la unidad. Con una gran belleza imaginativa, el compositor de El Tablazo canta:
Yo quiero que el mundo sea más pequeño
Y estar cerquita del cielo para jugar con el sol
Quisiera juntar el cielo y la tierra, llanuras y cordilleras
Y unir las aguas de Dios
Ay ver junto una mujer blanca con una negra
Y que no existan rencillas por el color
Ay ver junto una mujer blanca con una negra
Y que no existan rencillas por el color
En el deseo manifiesto de empequeñecer el mundo para juntarlo con el sol y reconciliar cielo y tierra junto a sus respectivos accidentes geográficos —llanuras y cordilleras—, Marín demuestra su intención de fundirse con la tierra misma a partir de una mirada lúdica que baje las tensiones que produce el conflicto. Si pensamos en un país como el nuestro, donde su geografía misma limita la comunicación y el encuentro permitiendo que en estos espacios se faciliten y acentúen escenarios de violencia, la voz del compositor se presenta como un lazo de unión; su música actúa como un medio que cohesiona el tejido social. De ahí la acción de juntar «una mujer blanca con una negra, y que no existan rencillas por el color», demostrando así que el folclor y la cultura popular poseen una fuerza geopolítica capaz de unir aquello que la guerra y la fragmentación física intentan separar.
Sin embargo, el llamado más claro y contundente para proponer un espacio de diálogo lo hace Marín en las estrofas siguientes, donde convoca a dos emblemas de su territorio: Francisco el Hombre y el Cacique Upar, dos personajes que actúan como símbolos de identidad y reconocimiento de una región. Pero también abre la puerta para que acudan aquellos «acordeoneros de más renombre y los mejores verseadores», para que se traigan de «las sabanas los sones» y para que los cantantes de otras naciones canten «El amor amor», pieza representativa del universo musical vallenato. De este modo, pide que todos se unan a su clamor por la paz de su pueblo —al que invita a cantar con él—, para luego cerrar con los siguientes versos:
Quiero traer de la Guajira el sentimiento
De las montañas guerrilleras un son de paz
Quiero traer para el amor el pecho abierto
Y mi garganta dispuesta para cantar
Teniendo en cuenta que las dos primeras canciones («Que la violencia no llegue» y «Mi pobre Valle») se mueven en el terreno de la advertencia, el dolor directo y el miedo ante la guerra, esta parte de la composición de Marín, en cambio, responde a esa misma violencia no desde el lamento, sino desde una especie de utopía musical.
Si Emiliano Zuleta estaba dispuesto a sacrificar sus manos para salvar a su pueblo, Hernando Marín usa su voz para convocar un coro universal que confronte la violencia y la encause por las vías de la comunión y el diálogo. Con esto se demuestra que, para estos grandes compositores, la música no constituía un simple producto de entretenimiento, sino una forma de comprender y transformar las dinámicas de su entorno. Pues, como bien afirmaba Oñate Martínez en el texto citado al inicio, es un «requisito de la poesía musical que tenga mensaje», aún más si se trata de música folclórica, la cual constituye una especie de memoria para todos los pueblos del mundo.
Víctor Ahumada
[1] Oñate Martínez, J. (2003). El abc del vallenato.





