Música y folclor
Adolfo Pacheco: el sanjacintero que nos enseñó a cantarle a la tierra

"Hay tierras que no se explican. Se cantan. Y San Jacinto tuvo la fortuna de tener quien lo hiciera con el alma": Ramiro Álvarez Mercado
Antes de que existieran los premios y los homenajes, antes de que el acordeón se volviera industria, en los Montes de María ya sonaba un niño que aprendió a oír el mundo en un cuero de tambor. Porque la música le venía en la sangre. Su abuelo materno era tamborero de gaita, y fue a ese ritmo ancestral al que Adolfo le entregó el corazón desde muy niño.
Con apenas seis años ya tenía su primera canción. Se llamaba “Mazamorrita cruda” y era un canto indígena, sencillo y elemental, inspirado en las gaitas y tambores que escuchó desde que abrió los ojos. Ahí empezó todo y se supo que ese muchacho no iba a ser uno más.
Adolfo Rafael Pacheco Anillo llegó a este mundo el 8 de agosto de 1940 en el cálido rincón de San Jacinto, Bolívar, al norte de Colombia. Y se nos fue el 28 de enero de 2023 en Barranquilla, tras un accidente automovilístico que le apagó el cuerpo, pero no la voz. Entre esas dos fechas nos dejó un país entero cantado.
No fue solo un compositor de moda. Fue abogado de la Universidad de Cartagena, fue profesor de escuela, fue aficionado a los gallos de pelea y, sobre todo, fue juglar, cantautor e intérprete de la guitarra. Porque Pacheco no solo escribió para otros: él mismo grabó varios trabajos discográficos y le puso su voz a sus propias historias. Fue un tejedor de versos bien hechos que convirtió las vivencias del Caribe colombiano en himnos musicales inolvidables. Entendió antes que nadie que la cultura no se guarda en vitrinas: se vive, se canta y se defiende. Por eso agarró a los Montes de María y los volvió geografía del corazón. Hizo que un pueblo pequeño cupiera en la voz de Colombia completa.
Antes de recorrer sus canciones más conocidas, vale la pena detenerse en la que explica de dónde viene todo. Porque hay obras que no se hicieron para la radio, sino para dejar constancia de quién se es. Ese es el caso de “Mi Niñez”.
“Mi Niñez” es su autobiografía cantada y está compuesta en décimas, en la forma más exigente de la poesía popular caribeña: la décima de diez versos octosílabos con rima asonante. Ahí no hay impostura, hay memoria. Pacheco cuenta su origen como se cuentan las historias en los pueblos: con fecha, con nombres y con testigos.
Empieza diciendo que según cuentan los anales, en agosto recibió las caricias maternales, para quitarle los males del pecado original. Nombra algunos personajes, Nando Pereira y Alicia Anillo, y cómo lo llevaron a la iglesia de su pueblo a bautizar. Luego cita el sellado papel donde el reverendo Trujillo da fe de que bautizó a un Pacheco Anillo de nombre Adolfo Rafael, nacido en hogar cristiano el ocho de agosto de mil novecientos cuarenta. Es la partida de bautismo hecha canción.
Después vienen el kínder y el primero, sus dos primeras etapas, con la Seño Nata que le enseñó con esmero, hasta que una catástrofe empañó el hogar sagrado y por eso lo internaron donde Pepe Rodríguez, donde mejor se consigue ser un niño aprovechado. Y cierra ese ciclo recordando que a los doce agostos ya era un robusto muchacho y que su padre lo llevó a la Heroica Cartagena, a donde Alberto Elías, para hacer el bachillerato en el Fernández Baena, del que se graduó orgulloso en mil novecientos cincuenta y ocho. En pocas décimas, Adolfo dejó su acta de vida completa. Por eso esta canción es la raíz de todas las demás.
Adolfo Rafael no solo escribió para el mercado. Escribió para que el campesino se reconociera, para que la abuela llorara, para que el joven entendiera de dónde venía. A diferencia de quienes componían por impulso, él tejía sus versos con símil y metáfora, pero sin perder la sencillez. Sus canciones son crónicas. Ahí está el paisaje hablando con el hombre, ahí está la tradición volviéndose emoción.
Y qué manera de abrir el folclor. Mientras otros lo encerraban, él le metió porro, cumbia, gaita, chandé, tambora y otros aires musicales sabaneros. Decenas de composiciones grabadas que hoy son escuela porque nacieron de la verdad, no del cálculo. “La Hamaca Grande” tiene más de 79 versiones en distintos países, según una investigación seria y precisa del doctor Ángel Massiris Cabeza. Eso no se logra con fórmulas. Se logra con raíz y talento.
Y es que con solo escucharla nos damos cuenta de que no solo nos dejó un paseo. Nos dejó un manifiesto. Esa hamaca dejó de ser mueble para volverse país. Ahí caben el Valle, las Sabanas, los Montes de María, el acordeón, la gaita, la caja y la guacharaca. Ahí aprendimos que la identidad no se hace excluyendo, se hace incluyendo. Por eso sigue meciendo a Colombia entera.
“El Viejo Miguel” es la ausencia hecha canción. Lo que empezó como historia de un padre que se va del pueblo terminó siendo el retrato de miles de casas donde crecer significa aprender a extrañar.
Con “El Pintor”, Adolfo se midió sin arrogancia. Le canta al pintor que pinta un pájaro moderno y le responde: saco cuadros del folclor y de la naturaleza, pinto negra la tristeza, la acuarela del dolor. No está hablando de lienzos. Está diciendo que él también pinta, pero con versos. Que su arte es retratar lo que somos: la alegría, la tristeza, el campo y la gente. Por eso Diomedes Díaz la hizo suya con Juancho Rois. Porque era un canto de orgullo del oficio.
En “Mercedes”, el amor se vuelve delicadeza. No hay gritos ni reproches. Hay admiración, hay enamoramiento, recuerdos bonitos, hay una mujer que se queda en la memoria como se queda el olor de una tarde sabanera.
En “El Mochuelo”, Adolfo alcanza una de sus cumbres poéticas, porque logra lo que pocos: convertir un pajarito de monte en un espejo del alma humana. La canción nace de un hecho sencillo que él mismo cuenta: En enero Joche se cogió un mochuelo en las montañas de María y se lo regaló para su novia. Ese mochuelo de pico de maíz y ojos negros brillantinos, que el compositor describe con ternura campesina, se vuelve símbolo.
Pacheco Anillo no se queda en la descripción del ave. Lo que hace es un juego de espejos. Primero reconoce la belleza de su canto, pero enseguida ve su tragedia: ágil vuela y busca la ocasión de salir de esa cárcel protectora. El pájaro perdió su libertad para dar alegría ajena. Lo que para su vida es mal, es bien para la novia mía, dice con una honestidad que duele. Ahí está la contradicción del amor que encierra para poseer.
Y luego viene el giro más grande de Pacheco, el que convierte una canción del campo en filosofía. Se identifica con el ave: tu cantar, tu lírica canción, es nostálgica como la mía, porque mochuelo soy también de mi negra querida. El juglar ya no es el dueño del pájaro, es el pájaro mismo. Es el hombre enamorado que canta desde su propia jaula, que es el amor, que es la nostalgia, que es la distancia.
Por eso el remate es tan poderoso y tan caribe: esclavo negro canta, entona tu melodía, canta con seguridad como anteriormente hacías cuando tenías libertad en los montes de María. No es solo un estribillo, es un grito de dignidad. Adolfo Rafael le devuelve al mochuelo su historia, lo llama esclavo negro, lo reconoce como hermano de monte, y le pide que cante aun preso, como cantaba libre. En esa súplica está San Jacinto entero, están los Montes de María, está la memoria de un pueblo que ha aprendido a cantar aun en medio del encierro. Por eso “El Mochuelo” no es solo un éxito, es una lección de cómo el folclor puede volver una jaula una cátedra de libertad.
En “Gallo Bueno” Adolfo demuestra su magistral forma de contar. Toma un hecho real del barrio Gallo Bueno de San Jacinto y lo convierte en un merengue vallenato. Ahí está Carmen García llegando con un revólver en la mano y con gafas negras para ocultar el dolor. Ahí está el susto, están El Negro y Nicolasito escondidos en la loma, está Rodrigo Barraza dentro de la casa. Y está el alcalde prohibiendo pistolas y prometiendo pavimentar el barrio. Pacheco no juzga. Narra. Convierte el chisme, el escándalo y la vida del pueblo en literatura. Con humor, con detalle y con la verdad de quien caminó esas calles.
En “Cantó mi machete”, se fue a la tierra. Ya cantó bien mi machete, la tierra quemada está. Ahí está el campesino madrugando, la esperanza puesta en la lluvia de mayo, la dignidad del trabajo. No romantiza la pobreza. La nombra. Y recuerda que detrás del sudor hay familia, hay hijos y hay futuro.
“Me rindo, majestad” es humildad de hombre grande. Voy a dejar la vida de parrandero, porque es triste ser viudo con mujer viva. Deja el trono del reinado para ser vasallo del amor. No es derrota. Es madurez. Es entender que hay batallas que se ganan quedándose en casa.
“Mi canto de cisne” duele porque es libertad. Se compara con el golofio y el azulejo, pájaros que prefieren morir antes que vivir en jaula. Si mi canción te deprime, será mi canto de cisne, porque no vuelvo a cantar. Es el grito de quien prefiere irse antes que vivir preso del celo y la soledad.
Y en “Tu cabellera” la belleza se vuelve paisaje. No hace falta forzar metáforas. Basta con oír cómo compara el cabello de una mujer con los jardines colgantes de Babilonia, con río, con sombra. Amor desde la contemplación, sin adornos.
Adolfo Pacheco no inventó el alma del pueblo. La escuchó. El maestro que retrató con melodías el amor, la nostalgia, la alegría, el paisaje y el sentimiento de toda una cultura. Por eso sus canciones siguen caminando. Porque hablan de nosotros.
Y si alguien supo entender su música fue su amigo, compadre y paisano Andrés Gregorio Guerra Landero. Nadie como él para vestir y adornar las canciones de Adolfo Rafael. Le grabó más de 40 temas y los hizo eternos. Cuando Landero cantaba a Pacheco, San Jacinto entero se ponía a sonar, reír y bailar.
No es casual que Carlos Vives, Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Beto Zabaleta, Otto Serge, Daniel Celedón, Iván Villazón, Silvio Brito, Juan Piña, Enrique Díaz, Lisandro Meza, Alfredo Gutiérrez, entre muchos más, también hayan grabado sus letras. Cuando una canción nace auténtica, deja de pertenecer a su autor y se vuelve patrimonio. La Fundación del Festival Vallenato lo entendió y le dio el título de Compositor Vitalicio. Uno de los pocos que ostentan ese galardón.
La muerte no pudo callarlo. Solo cambió el escenario. Adolfo sigue vivo cada vez que suena un acordeón al amanecer, cada vez que una gaita baja del Cerro de Maco, cada vez que alguien se mece en una hamaca y la canta.
Él entendió que la inmortalidad no es burlar a la muerte. Es sembrar belleza en la memoria de los hombres. Y esa siembra no se acaba.
Muchos pasan por la historia. Y hay otros, como Adolfo Rafael Pacheco Anillo, que le enseñan a la historia cómo quedarse.
Ramiro Elías Álvarez Mercado






