Música y folclor
Edgardo Chichi Caballero: la memoria cultural de Ciénaga que teme llevarse a la tumba

Con el investigador musical y escritor Edgardo “Chichi” Caballero Elías, me une una amistad de vieja data, cimentada a través de intercambios sobre investigaciones culturales y conversaciones por WhatsApp. Solo hasta el miércoles pasado logramos encontrarnos en Ciénaga, donde reside. El punto de encuentro inicial fue el restaurante Cabana. Como olvidó el celular en su casa, llegó preguntando por mí, mencionando mi nombre, para poder identificarme.
Del Cabana salimos caminando y, mientras avanzábamos, hablábamos sobre generalidades de su vida y de la mía. Nos dirigimos al parque de las Ranas, y solo la observación de la casa en ruinas del general Carmona detuvo nuestro andar. Ya en el parque, ingresamos a una cafetería que se encuentra en una esquina de este lugar público, y Chichi fue recibido como uno de los clientes asiduos: tanto que le ofrecieron un té verde como de costumbre.
Aprovecho que nos ubicamos en una silla larga, frente a una mesa, para señalar: Chichi, usted es la memoria cultural viviente de Ciénaga. Él se niega a aceptarlo; su voz suena a modestia. Le insisto: sus investigaciones sobre personajes y expresiones musicales de Ciénaga así lo acreditan.
Mientras espero una respuesta de Chichi, me detengo a observarlo, pues hasta entonces lo conocía solo a través de fotografías. Luce unas gafas de montura fina y metálica. Su cabello, blanco grisáceo, es escaso. Ya al caminar había notado que era de menor estatura y menos robusto de lo que yo suponía. Viste con camisa de manga corta a rayas verticales finas, en tonos azul y blanco, y un pantalón jean azul claro. Apoya las manos sobre una mochila tejida en la que, a juzgar por algunas de sus expresiones, guarda un tercer libro sobre Guillermo Buitrago.
—Álvaro, hace siete años viví una circunstancia que me marcó: la muerte de mi hijo mayor, que era músico. Mi reacción fue renunciar a la música. A los tres días de su fallecimiento regalé mi colección de discos de vinilo, CDs, libros de música, un traganíquel y una ortofónica. Después, cuando acepté el hecho del fallecimiento de mi hijo, me arrepentí de regalar los libros, pues los necesito para mis investigaciones, y los discos, especialmente cuando los he visto tirados en el suelo en algunas viviendas, sin ningún uso. —Indica Chichi Caballero.
El haber regalado sus discos y sus libros, y las consecuencias de ellos, remiten a Chichi —como biógrafo de Guillermo Buitrago— a su juventud y a un hecho del que siempre se arrepentirá. Se trata de aquella mañana temprano en que Aquileo Mozo, esposo en segundas nupcias de la viuda de Buitrago, destruyó discos, fotos, revistas, cartas, contratos de este cantor, después de que en la noche Chiche le dijera a Mozo que el vestido entero que lucía, un siete de diciembre, era el mismo que usó Guillermo para fotografiarse para la carátula de una de sus canciones.
—Aquileo, ahí te faltan esos discos: ¡pártelos, pártelos ¡—le decían sus amigos, incluyendo a Chichi, mientras lo veían destruir acetatos originales de canciones emblemáticas como Compae Eliodoro, Toño Miranda en el Valle, La Rosa, El Negrito figurín, entre otros.
Para entonces, en los años sesenta, en Ciénaga casi nadie se ocupaba de la obra de Buitrago; lo más destacado era la imagen que se fue propagando de borrachín que veían, antes de morir en los años cuarenta, tirado en los pisos de las viviendas. Incluso, Chichi, un cienaguero nacido en el barrio Centro, asegura haber conocido su música estudiando en Medellín, pues en el colegio acostumbraban a hacer sonar todos los días una canción de este insigne intérprete de música del Caribe colombiano.
A Chichi, mientras le hacen llegar el té verde junto a una botella de agua, y a mí el capuchino que he pedido, lo abordan un grupo de mujeres que han accedido al lugar donde nos encontramos. Y mientras ellos conversan, observo el dibujo de un tulipán que cubre la parte superior de la bebida, al que, por los detalles de la figura, dudo en consumir.
—Alvaro, pese al poco conocimiento de la obra de Guillermo Buitargo, hubo un hecho que me convirtió en su biógrafo: Socorro, su hermana, me pidió que escribiera un artículo en defensa de su nombre. Con datos que ella me aportó, escribí a mano un artículo de quince hojas que envié a El Heraldo.
Por supuesto, no la publicaron, pero sirvió de base para que Chiche emprendiera una investigación que duró un poco más de diez años y que dejó de hacer cuando el locutor barranquillero Álvaro Ruiz Hernández le sugirió que con el material que tenía, era suficiente para escribir un libro. Chichi le mostró una serie de papelitos con anotaciones de temas, a los que agregaba otros en la medida que lo investigado hacía aparecer otra información sobre lo ya escrito. Ruiz le organizó cronológicamente los temas y Chichi se dedicó a redactar y narrar los variados hechos.
Para escribir el libro hizo una investigación en la que recurrió a fuentes como la memoria de quienes conocieron a Buitrago, como los guitarristas Ángel Fontanilla y Gustavo Rada. Buscó en Sincelejo a Guillermo Pereira, el hijo del dueño de la emisora Ecos del Córdoba de Ciénaga, con quien Buitrago hacía un programa de radio llamado Los dos Guillermos.
Sin embargo, se enfrentó a limitaciones como el fallecimiento de Julio Medina Viscaino, representante de ventas de Almendra Tropical en el Magdalena Grande, quien presentaba al cantor, junto al tenor barranquillero Paco del Río, en el patio de la agencia, ubicada en la calle 12 con carrera 13 de Ciénaga, donde había una tarima. Chichi entrevistó a los hijos de Medina, a quien conoció por ser vecinos.
Tampoco pudo interrogar, por las mismas razones de Julio, a Paco del Río, cuyo nombre de pila era Nemesio Gómez, quien llevó a Buitrago a Barranquilla y se lo presentó a Alfonso Rosales, dueño de Emisoras Unidas, quien descartó al cantor cienaguero, de lo que, según Chichi, debió arrepentirse toda la vida, especialmente después del rotundo éxito de Guillermo en Emisora Atlántico.
Fue cuando supo que al sepelio de Buitrago asistieron pocas personas por el temor a contagiarse de tuberculosis. También que debió ser sepultado en una tumba prestada y que solo, años después de su fallecimiento, el Club de Leones Monarca le hizo un mausoleo donde reposan sus restos. Además, que no hubo ningún acto de distinción por su vida musical y que, a los pocos días del fallecimiento, Emisora Atlántico le hizo un homenaje en Ciénaga.
Con la información recabada, Chichi escribió el primer libro, que inicialmente se llamaría Buitrago, algo más que un músico. Sin embargo, a instancias del sello musical Discos Fuentes, fue titulado Guillermo Buitrago, el cantor del pueblo para todos los tiempos. Texto que fue publicado en 1999 en Medellín y que contiene información biográfica del intérprete y guitarrista, personajes, historia de canciones, sobre sus viajes a Barranquilla, en fin.
— Álvaro, Discos Fuente ayudó en la publicación del libro luego de que Isaac Villanueva sugiriera que me comunicara con Felipe Jaramillo, gerente de Fuentes, pidiéndole un apoyo económico. La respuesta de Jaramillo fue negativa, argumentando que todo lo de Buitrago se había hecho. Se refería a los videos con personajes a los que Buitrago menciona y en los que participé con mi investigación. Mi respuesta fue decirle que los videos no contenían toda la información del cantor. Entonces me pidió que fuera a Medellín y envió los pasajes. Cuando le presenté la investigación su respuesta fue: «¡Oiga, eso de acá no sale ¡».
El té verde permanece sin consumir sobre la mesa, igual que la botella de agua. Desde la silla que ocupo, observo con atención el horizonte, hacia la Sierra Nevada, que está oscuro, con ganas de llover. Miro hacia un costado de la iglesia; algunas personas caminan algo presurosas; presumo que lo hacen huyendo de la lluvia. Sin embargo, al buscar en el suelo las huellas de la humedad, encuentro que el piso externo al lugar donde estamos está seco.
Chichi toma el hilo que está atado a la bolsa que contiene el té, lo extrae del líquido y lo introduce de nuevo. Agarra el pocillo por la oreja y toma un sorbo.
—Álvaro, después escribí el segundo libro sobre Buitrago, ese del que le hablaste a la editorial La Iguana Ciega y habíamos arreglado todo para que lo publicaran. Pero una vez me encontré con el gerente del Banco de la República de Santa Marta, Joaquín Viloria, quien me sugirió que contactara con la editorial de la Universidad del Magdalena. Ellos publicaron, en 2020, el texto con el título Guillermo Buitrago, precursor de la música vallenata. Ya tengo preparado un tercer libro sobre este personaje, que se llama ¿Por qué hay que creer en Guillermo Buitrago? Carlos Ramos, con el que me pediste que dialogara, está esperando que lo visite para explorar de qué manera, a través de su editorial, se conozca mi investigación.
El horizonte de negro se tornó a blanco lluvia. Chichi consume el té. Cancelamos la cuenta y salimos al parque. Y mientras observamos una hermosa casa, me cuenta las razones por las que lo llaman de las ranas. Lo hace recordando la fuente luminosa que en cuyos extremos tenía unas ranas por las que salía el agua.
Entonces, mientras tomamos el mismo rumbo, por la calle 10 hasta la carrera 14, le pregunto:
—¿Qué va a suceder con sus investigaciones musicales, de personajes, dancísticas, de Ciénaga, cuando termine su paso por la tierra?
—Alvaro, yo tengo varios manuscritos sobre temas variados; sin embargo, con esta falta de oportunidad para publicar libros, por la carencia de apoyo estatal y los costos, no se conocerán. Y los temas que no he logrado escribir, quedarán sepultados para siempre en mi memoria.
Álvaro Rojano Osorio






