Música y folclor
¡Ese negro sí toca! ¡Ese sí come nota!

Era diciembre de 1971 en Ciénaga, era un baile soso amenizado por cualquiera, era algo tan aburrido que muchos estaban pensando en dormir, y en eso llegó Durán: el pueblo se electrizó, aquello fue catártico y el mundo se enloqueció; tocó sin parar hasta la madrugada, nadie se volvió a acordar del sueño ni del trago, a muchos se les olvido convidar a la pareja a dar un paseo por ahí en la noche, porque la presencia del negro y su magia todo lo absorbieron: “oye lo que dice la gente, que ese negro sí toca, que ese sí come nota”, cantaba Durán con orgullo y placer.
Años más tarde, en la Bogotá de 1974, se regó la noticia de que el negro se había muerto: se alborotaron aún más, si cabe, los ruidosos apartamentos de estudiantes costeños, se llenaron las cantinas de adoradores: El Troyano, desaparecido bar del barrio Santa Fe que se especializaba en música de acordeón, ofreció a su distinguida clientela un selecto concierto que terminó en llanto de los parroquianos y propósitos de enmienda por parte de las meseras, es decir, en una borrachera general.
Fue una falsa noticia, desde luego, pero mostró que la idolatría en torno a Alejo Durán es casi unánime entre los colombianos (con la posible excepción del Festival Vallenato); es muy sugestivo pensar que esa idolatría podría estar cubriendo trasfondos ancestrales y Alejo sería, según esto, una especie de líder milenarista cuyo credo militante sería “la mujer y la primavera”. Algo que ninguno de nuestros políticos llega a ser: un ídolo nacional indiscutible, con la magia de la tierra en su verbo y su persona, con el color de nuestra cultura popular en su pensamiento.
De acuerdo con esto, Alejo Durán sería un ser escogido, mítico, heroico, el espejo mismo de la leyenda, el futuro y la esperanza de su pueblo, un poco como Bioho Benkos, rey de Palenque; y un poco también como el bravo indio Catarpa, príncipe de Calamar, en la novela Ingermina del General Nieto, quien contrapuso.
Lo cierto es que Alejo Durán era un prototipo de belleza masculina, una belleza nuestra, mestiza, su rostro perfecto, el de todos los costeños; era un dechado de amor al prójimo, como lo muestran sus más de 25 hijos esparcidos por toda la Costa, y las mujeres de todas las edades y posiciones sociales, que se enloquecieron por él, quien, a su vez, les correspondió como un poeta, con su música y sus versos. El Dios de los costeños deberá tener sus ojos inmensos, su inolvidable sonrisa de grandes dientes blancos, su paz interior, su sombrero, y deberá tocar el acordeón como él, si puede.
Por su vida, su ejecución, su personalidad, su ejemplar negativa a corromper su arte con el dinerismo, por tantas cosas más, Alejo Durán es el músico más importante que haya producido la Costa en toda su historia; su muerte necesariamente prematura da la impresión de cercenamiento con la historia, como si se hubiera llevado al cementerio una parte de ella, junto con su pedazo de acordeón.
Adolfo González Henríquez
Abogado y sociólogo, fue director del programa de sociología tras iniciar la apertura de esa facultad en Uniatlántico en el año 2002.





