Música y folclor
Caseta La Curtía

En Tenerife, Magdalena, donde las anécdotas cotidianas terminan convirtiéndose en parte de la identidad de sus habitantes, existe una historia que merece contarse con una sonrisa: la de La Curtía, una caseta que conquistó su nombre sin necesidad de publicistas, encuestas ni costosas estrategias de mercadeo. Todo comenzó en el año de 1983, cuando don Domingo Cervantes Salcedo inauguró un estadero familiar dedicado a la venta de cervezas, gaseosas y baile los fines de semana. Lo bautizó El Platanal, nombre apropiado para un negocio tropical donde la música, la conversación y la amistad formaban parte de la oferta, eso sí, de una se apuntó como portero en los bailes Ramiro Roncallo para ponerle orden a la entrada.
Por aquellos años, era costumbre en los pueblos del Caribe bautizar las casetas y verbenas con nombres de canciones que se pegaban y se convertían en éxitos musicales. Así alcanzaron fama en Tenerife La Caja Negra, La Bola Cuadrá, Bajo el Palo de Mango, El Pájaro Picón, El Arbolito, El Manduquito y Las Tapas, entre otras. Pero El Platanal tenía reservado un destino diferente. Cierto día llegaron al establecimiento el hoy médico Gabriel Beltrán y la agraciada joven Beatriz Bobadillo, quienes, siguiendo aquella sana costumbre de conversar mientras disfrutaban de un refresco, observaron el lugar y expresaron espontáneamente:
—¡Esta vaina si está curtía! ¡Hasta los trabajadores están curtíos!
La frase primero fue una ocurrencia; después, un comentario repetido entre amigos, hasta que propios y extraños comenzaron a llamar al sitio “La Curtía”. Y así se produjo el milagro del mercadeo pueblerino: don Domingo puso el negocio, Gabriel y Beatriz aportaron la frase y Tenerife hizo oficial el bautismo por aclamación popular. Con el paso del tiempo en los años 90´, la Curtía se consolidó como caseta de baile y punto de encuentro para los amantes de la parranda. Por allí pasaron reconocidos artistas y agrupaciones como Iván Villazón, Las Musas, Las Diosas y Juan Piña, además de otros exponentes que animaron sus noches al compás del acordeón.
En sus primeras épocas, el lugar fue el sitio predilecto de Mañe Castillo, Roberto y el Mono Roncallo, entre otros asiduos visitantes que encontraron allí un espacio para compartir la amistad y disfrutar de la música. Mención especial merece Juan Olivera, quien, apenas cruzaba la entrada, solicitaba Por Amor, de Marcos Díaz. No necesitaba consultar el repertorio: aquella era su elección y, seguramente, más de uno ya sabía qué melodía se avecinaba con solo verlo llegar. Toño Díaz, por su parte, tenía su propia debilidad musical: pedía El eterno enamorado.
También se recuerda al profesor Hugo Miranda, distinguido por su elegante figura y reconocido por su generosidad al ofrecer cervezas y gaseosas a sus amigos. Su presencia demostraba que la elegancia no estaba reñida con la parranda y que la amistad, cuando se cultiva con generosidad, siempre encuentra motivos para brindar.
Y qué decir del muy apreciado doctor Enoc Guzmán del Portillo, bastaba que solicitara una canción de Los Betos para que comenzara a enviar toda clase de bebidas a sus compañeros. En La Curtía, al parecer, la música tenía efectos inmediatos sobre la hospitalidad: sonaba el vallenato y aparecían las bebidas.
La Curtía también fue escenario de una tradición cultural que enriquecía las fiestas de Tenerife. Durante muchos años, coincidiendo con la celebración de la fiesta de toros conocida como La Mamonúa, la caseta acogió concursos de decimeros, donde la agilidad mental, la rima y el ingenio popular se enfrentaban en una competencia tan sabrosa como las propias parrandas. Entre los participantes se recuerda a Manuel Acuña Contreras y a Juan Solaes, exponentes de aquella tradición oral que convertía las palabras en espectáculo. Afortunadamente, sus hijos Domingo y Jonás Cervantes estaban todavía en tiempos de infancia, porque si fuera en estos tiempos, habían hecho barre´jobo.
Sin embargo, el tiempo terminó imponiendo su propia despedida. En la madrugada del 27 de abril de 2012, La Curtía sucumbió ante las llamas de un incendio. El establecimiento desapareció físicamente, pero quedaron las anécdotas de sus visitantes, las canciones que animaron sus noches y los nombres de quienes hicieron parte de su historia. El fuego pudo consumir sus instalaciones, pero no las historias de sus protagonistas ni el acordeón que todavía parece sonar cuando los antiguos parranderos se reúnen a conversar.
¡Honor a don Domingo Cervantes Salcedo, a sus personajes inolvidables y a todos los que hicieron de La Curtía una leyenda de la historia festiva de Tenerife!
Juan Luis Romani Arroyo
Cónsul de Tenerife en Plato





