Música y folclor

Samy Ariza: el Rey que no necesitó trono

Ramiro Elías Álvarez Mercado

04/11/2026 - 06:55

 

Samy Ariza: el Rey que no necesitó trono
Samy Ariza fue dos veces Rey Profesional del Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena, en 1993 y 1999 / Foto: archivo del autor

 

Las coronas más legítimas no siempre se llevan sobre la cabeza. Algunas las entrega el tiempo, otras las pone el pueblo en el corazón de sus elegidos, y son esas las que no se oxidan…

¿Qué hace rey a un hombre cuando no tiene trono? ¿El acta que lo declara o el fuelle que lo delata? En el vallenato, como en la vida, hay títulos que se prestan por una noche y hay destinos que se cumplen sin permiso. Algunos tocan para que los miren y otros para quedarse. Samuel Ariza pertenece a ese segundo grupo de músicos: el de los que no necesitan gritar que son reyes porque el pueblo ya los coronó en silencio, con el respeto de los colegas, con el cariño de la gente y con una manera de tocar que no se parece a ninguna otra.

Nadie es profeta en su tierra, reza el viejo adagio. Y este músico conoce el peso de esas palabras. Nació en Baranoa, Atlántico, ganó en Villanueva, La Guajira, se consagró dos veces y se hizo Rey de Reyes en Barrancabermeja, hasta que la ciudad del oro negro terminó por adoptarlo como hijo. Trece años insistiendo en Valledupar, cinco finales, dos terceros lugares. Pero su historia no cabe en una tabla de posiciones. Mereció ser rey por su manera de entender el acordeón y el pueblo, que es el juez más sabio, lo respaldó como tal. Por eso cuando es abordado por la gente que conoce de música vallenata, por los que saben distinguir entre el ruido y la nota con alma, no lo saludan, lo proclaman: ¡Llegó el rey!

Samuel Alberto Ariza Ramos vio la primera luz el 25 de septiembre de 1968, en el hogar de Franklin José Ariza y Modesta Isabel Ramos. Tercero entre cinco hermanos, creció donde la música no era adorno de domingo, era el pan, el oficio y la conversación de sobremesa.

Su padre fue faro y maestro. Franklin José nació en la zona rural de Soledad, donde vivió hasta los quince años antes de radicarse en Barranquilla. Allí una tía, al verle la fiebre por la música, le regaló un acordeón de dos teclados. Empírico de oído absoluto, aprendió solo, desgranando discos de Aníbal Velásquez, Morgan Blanco, Rafael Cabeza y Dolcey Gutiérrez hasta volverse diestro en esa música jocosa y picante hecha para el bailador, la guaracha, al punto de integrar durante diez años la propia agrupación del maestro Velásquez. Esa luz no se apagó. Alumbró la casa entera. Javier se hizo percusionista de quilates, Franklin acordeonista, Doris toca con gracia aficionada y Jorge domina el bajo con maestría.

En la vida, hay herencias que no se escriben en testamentos. Se transmiten en el oído, en las manos, en la forma de sentir el fuelle. Franklin no dejó a sus hijos una fortuna, les dejó algo más grande: les enseñó que el acordeón puede ser una forma de estar en el mundo. El tercer hijo de don Franklin y doña Modesta entendió esa lección como nadie. La guardó en el pecho y, con los años, la siguió regando como se riega un árbol familiar. Por eso el apellido Ariza no se quedó en una sola generación. Siguió su curso natural.

Ese legado vive hoy con nombre propio. Su hijo Samy Ariza Jr., médico pediatra de destacada trayectoria, que salva vidas de niños con las manos y en sus ratos libres salva recuerdos con el acordeón, demostrando que la sensibilidad del médico y la del músico nacen del mismo sitio: del corazón que sabe escuchar. Su hija Karen Johanna, abogada laboralista, que con su rigor y su temple acompaña desde otra orilla ese hogar donde la música es ley. Y su sobrino Andi Ariza, quien hoy es el acordeonista del cantante Panguito Maestre, llevando la sangre Ariza a los grandes escenarios del país. En ellos el fuelle no se heredó como un objeto, se heredó como un destino.

Y detrás de ese hogar, sosteniéndolo todo, está su unión marital con Mónica Mendoza, madre de sus dos hijos, compañera de trasegar, de fríos bogotanos y de calores ribereños. Ella es la sombra buena del árbol, la que ha visto al acordeonista amanecerse puliendo una melodía y al hombre de familia levantarse temprano para cumplir con su trabajo. Esa unión es también parte de su reinado.

Los primeros escenarios del hijo de Baranoa no tuvieron luces. Fueron los actos cívicos del colegio Francisco José de Caldas de Baranoa, los centros literarios, las fechas patrias. Tenía diez años y ya arrancaba aplausos donde otros solo recitaban. Lo escuchó la abogada Nicasia Martínez, dueña del colegio Popular Soraya Martínez Manotas y amiga de su padre, y no dudó. Le ofreció beca completa con la condición de vincularse a la banda de guerra y a todo lo musical de dicha institución privada. Allí nació una agrupación vallenata de niños que ganó el festival infantil de Baranoa. La primera corona, la que no entrega ningún concurso sino el cariño de su gente.

Pero Samuel Alberto no empezó por el acordeón. Esa es la raíz que pocos conocen. Sus inicios fueron con sus propios hermanos cuando formaron el conjunto de Los Hermanos Ariza. Él era el cajero, después pasó a la guacharaca, tocó varios instrumentos y solo después llegó el acordeón como tal. Ya bachiller, comprendió que el talento sin calle no madura. Se rodeó de los mejores, se pulió sacándole melodías nuevas al fuelle, amaneciendo con él. Tuvo un paso fugaz pero decisivo por la agrupación vallenata Los Muchachos. Los intérpretes del clásico "Volver a la ternura", pero Gabriel "El Chiche" Maestre Socarrás, líder y acordenista del grupo lo llevaba a todas las presentaciones y parrandas. Junto a Beto Mario Fontalvo, corista del conjunto, les daban una tanda para ellos solos, Ariza en el acordeón y Beto en el canto. Cuando había dos bailes la misma noche y el grupo no daba abasto, ellos eran el alterno, el refuerzo que salvaba la noche. Aquella fue su universidad, la de la tarima caliente y el sonido prestado. Esa escuela lo llevó a su primera grabación profesional en el variado "Parrandón y Ron" de la CBS, hoy Sony Music, con un tema andino vestido de acordeón.

A mediados de los ochenta, ya con su esposa Mónica Mendoza, se fue al frío de Bogotá. Era una época brava para ser acordeonista aficionado. En cada festival se topaba con jóvenes que hoy son maestros del acordeón: Cocha Molina, Omar Geles, Navín López, Álvaro López, Hildemaro Bolaño, Hugo Carlos Granados. El tercer hijo de don Franklin no se arrugó.

Lo que lo sostuvo fue su manera de tocar. Samuel Ariza no es el acordeonista del escándalo ni del grito que necesita romper el acordeón para que lo miren. Es el acordeonista del buen gusto. Su fuelle no se atropella, respira. Su digitación es limpia, elegante, sin aspavientos, de esas que no ensucian la melodía. Tiene el don de hacer cantar al acordeón, de dejar que el paseo cuente su historia sin prisa, que el merengue sonría con picardía, que la puya muerda con filo y que el son llore bajito, como lloran los hombres del Caribe, sin vergüenza. Es un intérprete completo, a la manera de Alfredo Gutiérrez y Aníbal Velásquez. No toca para lucirse él, toca para hacer lucir la canción. Por eso le sirve tanto al cantante como al bailador. Por eso su música no aturde, acompaña, se queda.

Y es aquí donde el hijo adoptivo del Puerto Petrolero se vuelve inmenso, porque su versatilidad no cabe solo en los cuatro aires vallenatos. Es también un gran intérprete de otras expresiones musicales del Caribe colombiano: la cumbia que arrastra los pies, el porro que levanta el polvo, el chandé, la tambora y la guaracha sabrosa. Eso lo convierte en un acordeonista versátil, de esos que entienden que el Caribe no es un ritmo, es un universo.

En los festivales ha mostrado siempre una virtud que pocos logran: una perfecta armonía entre el respeto por la tradición y la libertad de la innovación, sin perder nunca la esencia. En tarima se ha caracterizado por hacer arreglos nuevos, de su propia creatividad, sin caer jamás en la repetición de pases de otros acordeonistas. No copia, crea. No imita, propone. Por eso suena a Samy.

En Bogotá, por intermedio del boyacense Edgar Barrera, amante empedernido del vallenato, conectó con Orlando Marín, Juancho Manga, Álex Manga y Alejandro Manga para varias grabaciones. Después vendría Barrancabermeja, la ciudad que lo adoptó. En este trasegar el artista siempre busca arrimarse al árbol que más sombra dé, y eso encontró en esta ciudad santandereana hace ya veintiocho años. Llegó y se quedó, al punto de sentirse un barranqueño más. La tierra que le dio todo, como persona y como músico.

Y llegaron las coronas que pesan. Segundo lugar aficionado en el Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena en 1989. Finalista profesional en Valledupar en 1993 al lado de Pangue Maestre, Fredy Sierra e Hildemaro Bolaño. Rey del prestigioso Festival Cuna de Acordeones de Villanueva, La Guajira, en 1997. Dos veces Rey Profesional del Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena, en 1993 y 1999, y Rey de Reyes en 2015 en ese mismo festival. Ganador también en Sahagún, Montelíbano, Córdoba, Arjona, Bolívar, Nobsa, Boyacá, San Pablo, Bolívar, Madrid, Cundinamarca, Bucaramanga, Santander, y en otros festivales a nivel nacional. Antes, dos Congos de Oro en Barranquilla en 1985 y 1986 con la orquesta de los hermanos Pizarro, además de sus grabaciones como profesional con Los Pechichones de Marcos Díaz entre 1994 y 1995, y también con cantantes como Abersio Medina, José Luis Montes y Beto Mario Fontalvo, entre otros, con quienes ha acompañado en sencillos, dejando su sello en cada grabación.

Durante un tiempo Samuel Ariza se alejó un poco de las presentaciones. Lleva ya 26 años vinculado a Ecopetrol, donde hoy se desempeña como Operador de Planta Senior, un cargo que le exige disciplina, horarios y responsabilidades distintas a las de la tarima. Pero los músicos de verdad nunca se retiran. Se apartan, toman aire, cumplen, pero regresan siempre al mismo sitio. Y el hijo de don Franklin regresa en sus ratos libres, en el silencio de la casa, o en el calor de una parranda a sacarle notas y melodías a ese instrumento que es como una extensión de su cuerpo. Porque el acordeón para él no es un aparato, es un órgano más.

Barrancabermeja lo abrazó como hijo adoptivo y el Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena le rindió el homenaje de su versión 34 en 2019, un reconocimiento grato y significativo en más de cuarenta años de trayectoria. Valledupar es otra historia. Su último año fue 2016. No volvió. Le faltó el título oficial, pero le sobró lo demás. Para el pueblo sí fue rey. Y esa es una verdad filosófica que ningún palmarés puede contradecir: los reinados que otorga la gente no se impugnan, se heredan.

Unos reciben corona, otros se vuelven corona. Samuel Alberto Ariza Ramos no necesitó trono porque ya vive en la memoria de su pueblo.

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

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