Música y folclor

Leandro Díaz: el cantautor universal

Milagros Oliveros

17/12/2013 - 10:40

 

Conversatorio La Palabra Encantada en la Casa de la Cultura (Valledupar)La nostalgia envolvía el ambiente. Las anécdotas, los cuentos viejos de risas, de tristezas e incertidumbres deambulaban por los rincones de la Casa de la Cultura de Valledupar, que aquella noche acogía a una multitud ansiosa por conocer más de aquel juglar legendario que dejó, físicamente, al folclor vallenato a mediados de este año.

Recordar al Maestro Leandro Díaz sin sentir al menos un ápice de melancolía es imposible. Mucho más cuando se escuchan las profundas letras de sus composiciones costumbristas que exhiben un lenguaje claro y lleno de hermosas narraciones. Esas mismas que escribió gracias a los ojos de su alma, con los que podía ver mucho más que los que contamos con la facultad de la vista.

Su hijo, Ivo Díaz, paseó a los asistentes de ‘La Palabra Encantada’ por lo que fueron los primeros años de la vida de Leandro, sin dejar de lado sus andanzas de poeta y compositor, sus amores, sus parrandas y pasiones.

Imaginarse a aquel muchachito inquieto viviendo entre sombras allá en la Sierra, junto a su familia, dibuja un paisaje más claro de lo que fue su niñez y el resto de su vida; pone de manifiesto, también, un ejemplo de superación y fortaleza frente a los tropiezos físicos que alguna vez tuvo que afrontar.

Sus otros sentidos fueron sus aliados para apropiarse del entorno que lo envolvía. Aprendió a orientarse y a percibir la naturaleza a través de los ojos y las historias de las personas que lo rodeaban. Desarrolló, desde niño, una conexión íntima con la naturaleza, acompañada por la capacidad de asombro, facultades que le ayudaron a traducir eso que sentía en poesía, a pesar de vivir en penumbras.

‘Verano’ es una de esas canciones que exhiben la agudeza de sus sentidos y lo inmensurable de su prodigiosa memoria, donde guardaba las palabras y emociones que iba aprendiendo a través de su infancia y adolescencia.

“Vengo a decirles compañeros míos...

¡Llegó el verano! ¡Llegó el verano!

Luego verán los árboles llorando

Viendo rodar sus vestidos (…)

Las nubes pasan con su vanidad

Formando huellas de brisa a montón.

Las hojas débiles caen con dolor

¡Sobre la tierra les toca rodar!”

La manera tan precisa como describía la naturaleza da cuenta de su insondable compenetración con la misma, que cultivó a través de la oscuridad en la que creció, la que lo forzó a ver más allá y la cual asociaba, precisamente, con un fenómeno natural: las nubes.

Alguna vez contó que cuando niño había aprendido que las nubes ocultaban el sol cuando se acercaba un aguacero y, desde entonces, decía que su ceguera era como una nube que le quitaba la luz, que le tapaba su sol.

Sin embargo, esa limitación física no impidió que expresara todo lo que aprendió a sentir y percibir. Valiéndose de sus centenares de canciones no sólo habló de su entorno, sino que también le cantó a sus amigos, a las costumbres, a la tristeza y, por supuesto, a las mujeres, con un lenguaje sencillo, pero que encerraba mucha sabiduría.

A pesar de que se cree que compuso su primera canción a la edad de diecisiete años, Ivo Díaz reveló que el tema con que se descubrió como cantautor la creó a una edad más temprana y lleva por nombre ’15 de Julio’. Su familia había bajado de la Sierra y lo había dejado solo en la finca. A los cuatro días, cuando la familia volvió a casa, Leandro los recibió con una letra que hablaba de su rechazo a la soledad. Su madre le pidió que no la cantara nunca más y así lo hizo.

Ese tema fue el reflejo de una infancia trazada por el sufrimiento y la tristeza. Una pena que la música mitigaba a través de la magia narrativa que sólo se concebía en el silencio de las miradas de Leandro. Como alguna vez él mismo dijo: “En vez de llorar mis sentimientos me puse a cantarlos”.

Luego de su nacimiento en la vereda de Alto Pino, zona de Lagunita de la Sierra, hoy llamada Hatonuevo, un pueblo de la Baja Guajira ubicado en mitad de la serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta, fue llevado a los cafetales y cañedos que tenía su padre, de donde salió luego de un sueño que tuvo en el que una voz le decía que su ciclo allí se había cumplido.

Leandro obedeció a aquella premonición y fue Tocaimo su siguiente destino. El juglar, que antes sólo había escuchado el canto de los pájaros y el bramar del ganado, conoció las melodías musicales y la parranda. Allí se estableció por un tiempo y compuso, sentado a las orillas de un mítico río, piezas tan conocidas como ‘Matilde Lina’, ‘La Primavera’, ‘La Trampa’ y ‘La Diosa Coronada’, esta última que lo universalizó a través de una obra literaria: El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

Su última canción se la cantó a los años, donde expresaba que a sus ochenta aún seguía componiendo y cantando. Esa misma fortaleza la reflejó durante toda su existencia. Ivo lo recuerda como un padre amoroso, pero fuerte, que decía que su vida había sido su maestra y que nunca se venció a pesar de los obstáculos y los sacrificios. “Él fue mi maestro. Sus consejos me servían para mi vida personal y profesional. Me decía que hiciera las cosas con amor porque de esa manera no fallaría nunca”.

La noche en homenaje al desaparecido juglar iba muriendo lentamente. Joaco Pertúz dedicó unas sentidas decimas como tributo a su memoria; Tomás Darío Gutiérrez halagó su obra diciendo que fue un cantautor universal que trasmitía profundidad, autenticidad y elocuencia; y Mary Daza Orozco dijo que cada vez que se recuerde, cada vez que se cante una canción de Leandro, se convertirá en un pequeño homenaje para él.

Un escalofrío sube por mi espalda al oír las notas de ‘Matilde Lina’, una de mis canciones favoritas del género vallenato. Escucharla en la voz de Ivo Díaz me lleva al pasado. Recuerdo el día que conocí a Leandro. Era apenas una adolescente que vestía un uniforme de cuadros azules y que ya admiraba a ese gran hombre que comunicaba y conmovía con la palabra. Lo vi pasar a mi lado, subir a la tarima del auditorio del colegio con dificultad, ayudado por su hijo, y cantar el paseo de los versos chiquiticos y bajiticos de melodía.

Mis planes de volverlo a ver se quedaron en eso, solo planes. Me habían contado que se sentaba todas las tardes en la terraza de su casa y que recibía a muchos visitantes. Me dispuse a ir a verlo, pero la madrugada del sábado 22 de junio marcó su despedida repentina por enfermedades que aparecen sin avisar. Mi primer día como periodista en una publicación impresa de la ciudad me recibió con ese suceso. Tuve que cubrir la muerte de uno de los juglares más importantes del folclor vallenato vestida de luto y con el corazón hecho migajas.

En aquel tiempo de mi adolescencia, cuando lo vi por primera vez, aún no entendía la magnitud de lo que él representaba. Hoy sé que es un referente musical que deja un legado para toda Colombia. Comprendo que fue un hombre humilde que venció fronteras y que expresó todo lo que sintió como si lo estuviera viendo, incluso mucho mejor. Sé que dejó de convertirse en un hombre grande para ser inmortal. Sé que es eterno.

“Yo no le puedo negar que he sufrido de tristeza. Hace muchos años me pregunté ¿Para qué me tiene Dios aquí en la tierra si no puedo ver? Pues para componer. Y si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo suficiente colocándolos dentro de mí. Desde entonces, todo lo que describo en mis canciones lo veo así: con los ojos del alma.”: Leandro Díaz.

Milagros Oliveros

@milakop

Sobre el autor

Milagros Oliveros

Milagros Oliveros

Ágora

Milagros Oliveros Cordoba. Vallenata. Comunicadora Social interesada en la divulgación de la cultura y las artes colombianas, y en la investigación de la compleja relación entre comunicación, cultura y tecnología.

Con el objetivo de ampliar mis conocimientos y descubrirme como comunicadora social y periodista, he trabajado en distintos medios masivos a lo largo de mi carrera, participado en procesos de comunicación para el desarrollo y en proyectos de investigación sobre comunicación y cultura. Este viaje por los diferentes campos de la comunicación me ha servido para confirmar mi pasión por la escritura y la investigación. Veo el periodismo como un género literario y siento que, a través de crónicas, reportajes e historias de vida, muestro el reflejo del mundo a los lectores que, en última instancia, son los que pueden identificarse con mis textos. Eso es lo que me mueve como periodista.

@Milakop

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