Música y folclor

Chule y Baro: Los hermanos Zuleta

Fabio Fernando Meza

11/07/2014 - 11:50

 

Los hermanos Zuleta Si hay algo bonito en la vida es el seno familiar. Es el remanso de paz donde a todos los miembros de la familia se les llama por algún remoquete, o sobrenombre, o apodo. Al menos, puedo dar fe que, por fortuna, en la costa Caribe, esta costumbre se ha extendido hasta nuestros días.

Hay dos hermanos que apostaron hace más de 40 años por llevar la música vallenata a todas las hendijas del país y, gracias a ellos, hoy Colombia canta vallenato. Su aporte actualmente es reconocido hasta internacionalmente. Ellos, como la inmensa mayoría de los costeños, no han escapado  a esta tradición de tener su apodo bien puesto.

En la familia costeña es tanto el arraigo de esta tradición que muchas veces se nos olvida cómo diablos es que realmente nos llamamos por culpa de nuestros apodos. Y es tanta nuestra incertidumbre que tenemos que preguntarles a nuestros padres cómo es que nos llamamos de verdad y a veces ellos deben apoyarse en los abuelos para que los saque de duda.

Para esta expresión de cariño y manifestación de afecto no hay edades. Nos estamos muriendo de viejos y nos están llamando con nuestros apodos. A pesar de que pasen los años, el núcleo familiar íntimo sigue llamándose entre ellos cuando se encuentran no con los nombres reales sino con los apodos de recién nacido que cada cual tiene.

Ellos como buenos hermanos se pelean, se reconcilian y se vuelven a pelear. Pero por encima de todo esto está el cariño y la admiración de toda una nación porque todo el mundo quiere al cantante y al acordeonero que nacieron un día sin ningún acontecimiento celestial especial que lo anunciara, y tampoco hubo reyes magos, pero sí mucha música de acordeón que le labraron el camino del destino más allá de la serranía, más allá del Piñal por el que debían andar por siempre.

Es tan arraigada esta situación que, muchas veces, alguien desprevenido comete el error  de preguntar por alguno de ellos pero con el nombre real y nadie sabe responder.

Son dos hermanos queridos por todo el mundo que desde niños sabían lo que iban a ser. Han pasado muchos días pero siguen siendo los mismos y nadie los ha podido superar... Y  la fuerza descomunal de los apodos es tan grande entre ellos que muchas veces ha servido para reconciliarlos.

Si uno de ellos está resentido con el hermano por cualquier bobada, basta con que alguno de los dos no se trate por el nombre de pila sino por el apodo o por alguna palabra clave o cifrada que los dos manejen, eso los desarma compadre, y todo lo malo queda olvidado.

Es tanto el cariño de estos hermanos que se soportan lo que a uno desde afuera le parece insoportable. Que se comprenden lo que a los que no tenemos velas en ese entierro nos parece incomprensible.

Se parecían tanto que a menudo cuando jóvenes los confundían y ellos aprovechaban la confusión cuando les convenía pero mejor si era con las muchachas bonitas. Y todo quedaba entre hermanos.

Antes, lo único que los diferenciaba era que uno nació un 18 de septiembre y el otro un 28 de diciembre. La diferencia de que uno sea el primero y el otro el tercero en haber nacido tampoco es mucha: un tabaco bien fumado sobre un burro.

Es cierto que para poder sobrevivir los dos han batallado, llorado, y también alegrado cuando por la calle todos quieren saludarlos y sentir por un instante la ráfaga de grandeza que irradian y la sencillez y nobleza heredada de sus ancestros.

Es tanto el cariño y la nostalgia por todo lo que han vivido juntos que actualmente evitan al máximo encontrarse. No porque se odien sino porque seguramente cuando se encuentren correrán el uno hacia el otro a darse el abrazo de hermanos que todos estamos esperando, o a lo mejor porque desean todavía que no se acabe la magia del misterio de su leve distanciamiento y tenernos en ascuas tragando grueso esperando el momento feliz.

Son de esos hermanos que, sin que el otro se entere, así estén resentidos, están pendiente el uno del otro. Y se ayudan sin decirse nada y respiran tranquilos cuando ven que el otro está bien.

Por allá en su juventud, cuando sus padres no le decían como en su casa acostumbran ellos veían que se les ponía el barro duro, que la vaina estaba jodida ese día. Que algo habían hecho, porque cuando los padres están bravos con uno lo primero que hacen es llamarnos con los dos nombres y los dos apellidos; y  eso por lo general antecedía  a unos varitazos con una rama de totumo, unos fuetazos con los cantos de cabuya para amarrar la hamaca o unos coscorrones que siempre eran para el futuro acordeonero porque el futuro cantante siempre se les escapaba.

Dicen que el uno es burlón y el otro serio. Que hubo un tiempo en que uno se dejaba crecer el bigote para que no le cobraran la cuenta de la cantina a  él sino a su hermano que era quien quedaba debiendo. Sus hijos cuando pequeños le decían tío al papá y papá al tío por parecerse tanto.

No todo ha sido color de rosa para estos grandes. También han sufrido la partida de sus padres, de sus hermanos, de sus abuelos, de sus amigos cercanos, pero lo han asimilado.

Todavía es hora que uno pregunta en la casa de sus más allegados por Poncho y Emiliano Zuleta Díaz, los hermanos que cantan y tocan el buen y mejor vallenato y se nos contesta que no tienen idea de quiénes son.

Pero si uno pregunta en el corazón de sus hogares por ellos con los apodos con que sus padres le hicieron una cruz de ceniza en la frente, por Chule y por Baro, seguro responderán: por ahí están esos dos carajos jodiendo la vida…

 

Fabio Fernando Meza

fafermezdel@gmail.com

San Fernando, Magdalena.

Sobre el autor

Fabio Fernando Meza

Fabio Fernando Meza

Folclor y color

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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