Música y folclor

¿El fin de la música? Apuntes al respecto

Diego Firmiano

04/12/2014 - 07:12

 

"La buena música no tiene nunca un “público”;

no es, ni puede ser para el público;

es cosa de elegidos."

Ecce homo 

“Conozco el caso de un cirujano cardiovascular que en su quirófano sólo tolera música ligera desde que una vez se le murió un paciente mientras tenía puesta música clásica.”

Marvin Harris 

No, no se trata de un capitulo o una frase sacada de la tesis Fukuyama del fin de la historia, se trata de una reflexión sobre la transformación de la música como la conocemos y su instrumentalización. De un génesis espiritual y sensible de los sonidos a un apocalipsis sexual de los sentidos. De una crítica musical afinada que inspire al ritmo, a la sonoridad, sin desconectar el sentimiento de la razón. 

Un acercamiento que debe empezar con preguntas y terminar con preguntas como toda buena tesis. ¿En qué estado se encuentra la música hoy? Qué pasó con este arte de las musas que los filósofos como Plotino y otros decían que conducían a Dios y que ahora conduce a la cama. Unos brevísimos apuntes sobre la historia de la música, nos pueden acercar a este cambio tan súbito y silencioso que nos ha traído hasta el terreno baldío de la música moderna y sus consecuencias.

Apuntes sobre música

Y aunque es obvio que una historia de la música es una utopía, se puede decir que este arte es tan antiguo como el hombre mismo. Los registros más lejanos vienen de las culturas orientales y en su mayoría asociados a elementos de culto religioso y lo más cercano y más elaborado proviene de las reflexiones griegas como las de Damon que ya advertía que las modificaciones en la música y en su ejecución podían tener consecuencias desastrosas para las leyes y las costumbres de una ciudad. Acertando totalmente con sus vaticinios, sin llegar a ver la influencia de Wagner en la cultura alemana por ejemplo. Por eso, sin lugar a dudas el “arte de las musas” es decir, la música, es la más refinada e influyente de todas las artes concernientes al Espíritu humano y contrario a lo que se creía de que ésta era auxiliar a la poesía, hoy se comprende que sin palabra o gesto, siempre ha sido un arte independiente que conserva sus propios recursos para alcanzar sus fines.

Hay que ser claros, los sonidos fueron primero que las palabras. Un lingüista no podría decir lo contrario y extrañamente un naturalista como Charles Darwin afirmaría que hay más belleza en el grito que en los sonidos articulados fonéticamente. No sabemos cómo llegó a esa conclusión, pero es clara y deducible  por su amor hacia el hombre como un ser animal. Lo cierto es que los ritmos, tonos, melodías eran reproducidos por el hombre imitando la orquesta de la naturaleza. Pasarían millones de años para que esta emulación puliera el espíritu hasta formarlo como un virtuoso de la música, con técnica y organización para crear y recrear sonidos.

A los griegos debemos los créditos de la “teoría musical” pero no la invención de la música en sí. Su descubrimiento respecto a que la música contenía melodía, ritmo y armonía fue una afinada deducción basada en las leyes de la mímesis; pero no mímesis como imitación, sino como representación y expresión de la geometría implícita en la naturaleza de las cosas.

Por eso no era extraño que los pitagóricos se sintieran ovacionados por la música, pues esta contenía y contiene más números que el álgebra de Baldor. Y respecto a la armonía, Arthur Schopenhauer diría algo revelador: “las cuatro voces de la armonía, esto es, el bajo, el tenor, el contralto y el soprano, o sea, el todo fundamental… corresponden a los cuatro grados de la escala de los seres, o sea, a los reinos mineral, vegetal, animal y humano”. Así que en las edades antiguas no se concebía un verdadero arte de la música sin estos componentes. Porque el ritmo expresaba lo conveniente, la melodía era producida por la vida espiritual y equilibrada de una persona (del carácter humano, también provienen los diferentes ritmos) y la armonía era el resultado de los juicios anteriores.

Aunque apelando al sentido común, se puede afirmar que la música existió mucho antes que el lenguaje, porque ésta era un lenguaje en sí, y que su función original era transmitir sentimientos. Sentimientos hechos sonidos y sonidos que eran pulsaciones del alma dentro ser humano. En su posterior evolución,  la música como estadios siempre estuvo ligada a la religión, posteriormente a las democracias (la educación griega), a la guerra (música ideológica, o marchas militares) y actualmente a la creación del deseo de consumo en una era capitalista.

La música es la única que contiene tanta técnica como amor y filosofía, y es imposible que una empresa tan ardua en su composición e historia se tome hoy a la ligera, degradando este arte en sonidos ininteligibles con letras yuxtapuestas al margen de la armonía, el ritmo y melodía.  A decir específicamente de la llamada música moderna que tiene sus ventajas y sus peligros porque la música posee un poder insospechado y aminorado por las personas. Se cree que es una especie de razón audible que lleva a las personas a bailar, a los ejércitos marchar y hace que los amantes se desvanezcan. Y en pleno siglo XXI se puede agregar que el efecto de la música conduce al sexo.

Época Moderna

Los sonidos fueron primero que la voz. Aquellos ritmos y tonos hablaban al espíritu y movían el alma a la contemplación, la reflexión o la vida. Pero ahora eso ha cambiado. El mercado musical actual se ha hecho demasiado grande y por eso ya no basta con la voz, hoy todo tiene que ser un grito, una imagen, un big sound. Como diría Nietzsche: “La consecuencia es que aun las buenas gargantas se desgañitan y se pregonan las mejores mercancías con voces roncas”. Ya no existe el genio musical sin el griterío y la ronquera del mercado. La forma ha desplazado al contenido.

Agregando a eso que la música moderna –o al menos la que emiten por la televisión y la radio- parece mover el cuerpo antes que el alma; excita las pasiones, antes que las ideas. Por esto necesitan de la música más apasionada para convertir un arte en un frenesí, que deleita, incita y ordena, no sabemos si al subconsciente, pero si al ser consiente, a despertar precozmente esos principios sexuales de juventud.

Hoy el equivalente de buena música es subjetivo. Ya hay movimientos que exigen sus derechos de autoría musical y automáticamente se encasillan en diferentes géneros. Así entonces, un amante de la música moderna encontrará aburrida una melodía clásica, romántica o de protesta. Igual que un amante de la música francesa o inglesa, o de los ritmos folclóricos latinoamericanos repudiará ese griterío ininteligible o ese lenguaje sexual rimado moderno que fastidia el espíritu culto. Es una lucha bajo la premisa del respeto por los gustos personales. Y aquí, justo aquí es donde tiene cabida una reflexión moderna.

¿Ha escuchado usted alguna vez, concienzudamente, la letra de una canción de moda? Sino es cómica, es trágica y en el peor de los casos, sexual. Personalmente creo que la música de una cultura habla del estado espiritual de aquella. Y si ésta no define una cultura, al menos debe definir una generación. Así están las cosas. Aunque hay que ser justo, y  no se puede ser romántico añorando la música de otro tiempo, porque entre gustos no hay disgustos, pero surgen preguntas inquietantes en nuestra época: ¿Estamos ante el fin de la verdadera música?, ¿está en decadencia la creatividad musical? o ¿Acaso un mercantilismo sonoro está haciendo creer a la sociedad que la música moderna o “posmoderna” es tan novedosa como el redescubrimiento de Juan Sebastián Bach en el siglo XIX? Responder repentinamente sería un error. Pero hay que tener un punto de vista.

¿Es música lo que producen las grandes casas discográficas? ¿Lo moderno es música o comercio musical? Que cada uno juzgue lo sonidos contemporáneos que abarcan lo colectivo y lo de “Boga” en oposición a la música personal, que llena  no solamente el interior, sino que realza la conciencia de sentirse vivo y con un destino único. ¿Habla usted de música clásica o jazz o rock´ n roll? No. Aunque creo que cada persona se conoce por el estilo de música que escucha. Hoy en día lo que existe es una música técnica, que instruye al intelecto y a su vez incita a las emociones a hacer lo que contenido musical sugiere. La verdadera música es sentimiento puro y carece del todo del lenguaje de las palabras. Ella retrata diferentes tipos de sentir, pero en el momento en que da un paso fuera del límite de los sentidos y trata de resaltarnos una idea, debe ser considerada decadente y producto de un mundo que va en la misma dirección. Es como el placer del cine mudo, anulado por esos horripilantes diálogos que trajo la modernidad.

¿Qué acontece con la música contemporánea? ¿Por qué tanto ruido y pocas nueces? ¿Es música lo que está en boga hoy? Porque la intención musical de ayer no es la misma de hoy. Antes, con este exquisito arte, se exaltaba el respeto por las cosas humanas, se cultivaba el espíritu, existía armonía y el buen mensaje se sobreentendía, hoy el ruido moderno es más un “sex music” que un arte musical como tal. Con desazón cabe preguntar ¿Hemos retrocedido musicalmente o el arte musical ha perdido su razón de ser en esta época?

Como diría Juan Francisco Sanz, en el prólogo del libro “Música Popular y Juicios de Valor”: “¿En qué medida se relaciona el juicio estético con la formación musical de las identidades sociales o individuales? ¿Y qué hay de todas esas músicas “sucias”, “degradadas”, “degradantes” y negadas por las buenas conciencias, ya sea porque son “productos comerciales” que solo quieren vender, o porque reflejan un mal gusto de “clases indecentes” y que, sin embargo, miles de latinoamericanos escuchan, degustan y viven intensamente todos los días? ¿Cómo se ejercería el juicio estético de estas músicas? ¿Tendrá alguna relación el juicio estético con los conflictos de clase que se viven cotidianamente en Latinoamérica? Para pensar.

 

Diego Firmiano

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