Música y folclor

2015: ¿año de José Barros?

Luis Carlos Ramirez Lascarro

09/01/2015 - 07:40

 

José Barros / Foto: El Espectador

Este 2015 se cumplirá el centenario del nacimiento del maestro José Benito Barros Palomino y, de la misma manera que el 2012 fue declarado año Lucho Bermúdez, espero que éste sea declarado año José Barros, con el fin de rendir homenaje a su vida y a su obra a través de diferentes expresiones culturales en todo el territorio nacional bajo la coordinación del Ministerio de Cultura.

Cuando se acerca una conmemoración como ésta, del natalicio de un personaje de gran importancia o en su reciente fallecimiento, se suelen utilizar expresiones superlativas carentes, en muchas ocasiones, de objetividad y que llegan a rayar en la adulación.

En los textos aparecidos recientemente en diferentes publicaciones impresas y virtuales se hace referencia a sus muchas obras en muchos géneros dispares poniendo, sin embargo, casi toda la atención en La piragua, cumbia que en  ese intento de alabanza a su autor es catalogada como la más bella cumbia colombiana, calificativo con el que se puede estar o no de acuerdo pero que, sin lugar a dudas, no deja de ser mezquino con muchas otras piezas como: “Yo me llamo cumbia”, “Colombia tierra querida”, “Adiós adiós corazón”, “No es negra es morena” y “Violencia”, por fijarnos en las que tienen letra conocida u otras como: “Mañanitas de diciembre”, “La cumbia Sampuesana” y “La rebuscona”, entre las piezas que no tienen letra conocida de autores distintos y con otras composiciones del maestro Barros que prácticamente no son comentadas en medio de este ejercicio en torno a su extensísima obra. Todas son piezas muy distintas y difíciles de comparar entre sí.

Reconociendo sus canciones, todo colombiano debe sentirse orgulloso y quitarse el sombrero ante la memoria del maestro Barros. Reconociendo, digo, porque aunque muchas de sus composiciones hagan parte importante e incluso indispensable de la banda sonora de nuestras vidas, a la mayoría de éstas le ignoramos el compositor, guardando con mayor facilidad en nuestras memorias a sus intérpretes, cosa muy común por lo menos en el ámbito musical colombiano. En mi caso, en ocasiones se necesitaron muchos años de vida y de música para poder reconocer la riqueza y la importancia de  varias de sus múltiples composiciones.

 El recuerdo más lejano que tengo de una canción del maestro Barros es de cuando estudiaba segundo de primaria en mi pueblo, Guamal, a los 6 años: eran los tiempos en los que aún nos poníamos todos de pie al llegar un visitante al salón, para darle los buenos días, a los descarriados les daban regla y nos ponían a hacer una suerte de gimnasia a primera hora en la cual se combinaban ejercicios de estiramiento, el recitar oraciones del catecismo católico y, en la escuela Acevedo y Gómez, aprender las letras de canciones populares del caribe colombiano. Así aprendí la letra de El pescador, una de las tantas canciones del maestro que nos han acompañado a los colombianos a través de nuestras vidas y que constituyen uno de los más grandes tesoros inmateriales que tenemos no sólo por su cantidad sino por su calidad poética y musical.

El pescador... habla con la luna, 
el pescador... habla con la playa, 
el pescador... no tiene fortuna: 
¡Sólo su atarraya!

Esa primera pieza que aprendí a identificar como de la autoría del maestro Barros trasciende la anécdota del retorno de uno de los tantos pescadores del puerto de El Banco Magdalena, el pueblo donde nació el más prolífico de los compositores colombianos el 21 de marzo de 1915, para convertirse en un testimonio poético de la miseria en la que se ven hundidos estos y la mayoría de los obreros y labriegos de nuestro país y su particular estoicismo  al afrontar sus miserias cotidianas. Visión que el mismo maestro refuerza con Navidad negra, tema infaltable en las antologías de música tropical, principalmente en el interior del país donde ese concepto es más confuso y ecléctico.

La gaita se queja, 
suenan los tambores,  
en la noche buena 
de los pescadores.

*****

Bailan las canoas 
formando una fila,  
mientras canta el boga 
su canción sentida.

Seguí disfrutando de manera inconsciente de la versatilidad del maestro Barros al componer, en las rondas infantiles que mi madre, en sus épocas de madre comunitaria, organizaba a los niños de su hogar infantil y en las cuales se gozaba en medio del paradójicamente trágico y gozoso porro: El gallo tuerto que muy pocos conocen en versiones bailables, como la del rey del porro Luis Carlos Meyer con arreglos solo igualados por la versión de Totó del 2014.

Se murió mi gallo tuerto 
que será de mi gallina,

a las cuatro de la mañana 
le cantaba en la cocina.

En esta misma línea trágica hay una pieza del maestro Barros que excede en crudeza y calidad poética a todas las demás de su propia autoría e incluso a los de sus contemporáneos. Pieza que termina convirtiéndose, en voz de Gabriel “Rumba” Romero, una lastimera oración.

Oigo un llanto que atraviesa el espacio,
para llegar a Dios...
es el llanto de los niños que sufren,
que lloran de terror.

Es el llanto de las madres que tiemblan,
con desesperación...
Es el llanto, es el llanto de Dios.

Violencia… no es este sólo el título de esta bella y terrible cumbia, sino de la casi inmutable situación en la que nos ha tocado vivir a los colombianos, por razones difíciles de definir y resolver y a la cual sus artistas han tratado de exorcizar de diferentes formas, desde Obregón a Botero o Juan Manuel Roca a X – 504, sin haber podido conjurarla con efectividad.

Para esos mismos años de infancia, en la emoción de los festivales de danzas hechos para las fiestas patronales empecé a escuchar el corito: Pilá, pilá, pilandera… en medio de esa alborozada recreación del ritual del pilar del maíz o el arroz, ya en desuso desde hace varios años con la introducción de las maquinas trilladoras. La interpretación que más me gusta de Las pilanderas es la hecha por Celia Cruz y Matilde Díaz en el álbum Celia’s Duets de 1997.

Dígale a las pilanderas 
que traigan maíz, panela, 
para hacer la chicha e momo,
y manden por el pilón 
donde el compae Pantaleón 
y cuatro cajas de velas 
pa quemala en el cumbión.

Se puede evidenciar en la discografía del maestro Barros cómo en sus composiciones llevó al ámbito musical muchas de las tradiciones de la depresión momposina, tanto de la cotidianidad como de las leyendas heredadas de la tradición oral, como en La llorona loca, donde recoge una tradición oral de nuestros ancestros, con la que tanto nos asustaron y pusieron a marchar, preservándola del paso ingrato del tiempo, sobre todo en los venideros años plagados de tecnología en los que ya casi nadie cree en espantos y apariciones: Juancho Piña y Checo Acosta cantan la versión, para mí, mejor lograda de esta jocosa canción llena de toda la picaresca del caribe carnavalero.

A mí me salió una noche, 
una noche de carnaval, 
me meneaba la cintura 
como iguana en un matorral: 

Le dije pare un momento,  
no mueva tanto en motor, 
y al ver que gran espanto,

compadre que sofocón.

Cambiando un poco de ámbito, pero aún dentro de las tradiciones exploradas por el maestro Barros en sus composiciones, revisando el álbum Christmas trough your eyes de 1993 se encuentra que la cantante cubana Gloria Estefan, junto a canciones tradicionales de otras latitudes, muy distantes en lo geográfico y lo musical, incluyó la canción Arbolito de navidad del maestro Barros, en este caso, un canto a una tradición universal, la cual es una de las dos únicas interpretaciones que he conseguido de dicha canción a pesar de que la omnisciente internet mantiene una tremenda confusión con otra pieza mucho más conocida y popular (por lo menos en Colombia).

La primera es todo un villancico que bien podría cantarse en las iglesias mientras que la segunda se va más por la tradición de las canciones bailables parranderas, tales como La víspera de año nuevo que es, también, una historia de amor. La otra versión de esta pieza del maestro barros fue un grato y sorpresivo hallazgo hecho en el álbum Asalto Navideño II de 1973, grabado por Willie Colón Y Héctor Lavoe.

La canción de la confusión dice:

Arbolito de navidad 
que siempre florece los veinticuatro, 
no le vayas a dar juguete 
a mi cariñito que es un ingrato.

La del maestro Barros dice:

Esta noche es noche buena,

vamos al monte hermanito,

a cortar un arbolito

porque la noche es serena.

 

Los reyes y los pastores

cantan siguiendo una estrella,

le cantan a Jesús niño

hijo de la virgen bella.

El decano de los conjuntos de Cuba, la legendaria Sonora Matancera, le grabó varias piezas en la voz del barranquillero Nelson Pinedo. En el año 1958 graban la composición El vaquero en el LP El rítmico Nelson, tema en el cual el maestro Barros no sólo hace referencia a otra de esas tradiciones o costumbres de su tierra, sino que nos regala, además una hermosa canción de amor, con delicados halagos llenos de una elegante coquetería.

El vaquero va cantando una tonada
y la tarde va muriéndose en el rio,
con el recuerdo triste de su amada
lleva su corazón lleno de frio.

****

Él le llama primavera a su morena
porque es linda como el sol de la mañana,
con ella sueña dormido en la arena
porque es la adoración de la sabana.

Volviendo a los temas de la picaresca, hay dos temas de particular importancia del maestro Barros: El éxito de la Sonora Curro Patuleco en el cual realiza una especie de bulling musical a un personaje típico del paisaje urbano barranquillero con informalidad irreverente y el paseo grabado por Bovea: El negro maluco, en donde le echa un par de vainazos al maestro Abel Antonio Villa, en el clásico tono de piquería del estilo de temas como La gota fría, El pintor y Con calma y paciencia.

En la esquina de la paz,

Con la calle de San Juan

Se la pasa patuleco

Tragando ron y comiendo pan.

 

¿A dónde vas patuleco, a dónde vas?

_______________________________

Yo soy el hombre que nada teme,

ombe sin embargo no me las tiro de nada,

eso te lo digo, pa que tú lo sepas,

que con mi criterio nadie juega una charada.

 

Qué venga solo si es machito,

pa que se la vea con Benito.

Que venga solo y sea más franco,

pa que sepa que yo soy de El Banco.

Quizá esta última pieza sea la única de todo su amplio repertorio en la que el maestro Barros habla de sí mismo, aunque no de una manera directa y es, adicionalmente, una muestra más de la enorme versatilidad no sólo del maestro Benito, sino de los compositores del caribe colombiano que no se restringieron al mundo, musical y vivencial, aparentemente único en el cual se han cerrado los del llamado vallenato que han subvalorado, por no decir despreciado todas las demás manifestaciones de la región caribe a pesar de su carácter pionero y su mayor complejidad musical y variada riqueza, tanto en lo musical como lo literario.

En el año 1956, en el primer LP  que la Sonora Matancera dedica exclusivamente a su cantante colombiano, denominado: Canta Nelson pinedo, fueron incluidos dos temas que abordan la temática del amor – desamor, una de las cuales: Momposina, se ha convertido en un clásico de la literatura musical del gran caribe.

Mi vida está pendiente de una rosa, 
porque hermosa y aunque tenga espinas, 
me la voy a llevar a mi casita 
porque es bonita mi rosa momposina.

Tienen sus ojos la dulce ensoñación 
de mi linda región, por eso yo la quiero,

ella me ha dado toda la inspiración 
de mí linda canción porque ella es mi lucero.

La segunda de sus  composiciones incluidas en este LP fue Estás delirando, canción que en medio de su pegajoso ritmo bailable despacha de con toda franqueza y versos de delicada factura a un amor que vuelve en busca de una segunda oportunidad.

Ya pasaron todas las quimeras

esas que me trajeron dolores,

y ahora con palabras zalameras

vienes a mi vera en busca de amores.

 

Pero como todo lo has perdido

es mejor que te vayas andando,

a buscarte otro que te quiera

vete de mí vera estás delirando.

Sin dejar de lado la temática del desamor ni a la Sonora matancera, podemos ahora explorar  un bellísimo bolero llamado En la orilla del mar, otra muestra de la enorme versatilidad del maestro Barros, de nuestra dificultad para reconocer sus obras y del sentido de la “medida” de sus composiciones, en las cuales concuerdan, sin exceso ni defecto, la frase literaria y la musical. Evidencia esto de su superación del empirismo corriente en los músicos de su época.

Luna, ay, ruégale que vuelva 
y dile que la quiero,

que sola la espero en la orilla del mar.

Luna, ay, tu que la conoces 
y sabes de la noches,

que juntos pasamos en la orilla del mar.

 
Recuerdos muy tristes me quedan 
al verte en la noche alumbrar. 
Recuerdo tus labios sensuales 
y tu dulce mirar mi gran amor.

Ya en ritmos más lejanos al caribe encontramos canciones que también se han hecho clásicas y de las cuales sólo reseñaré dos: El tango Cantinero sirva tanda, una de las primeras grabaciones hechas al maestro, en 1945, para el sello RCA Víctor, en Ecuador.

Oiga mozo, traiga pronto

De lo mismo que ha servido,

Para ver si así me olvido

De lo que me sucedió.

No es que yo me esté muriendo

Por lo sucio que ha jugado,

Pero estoy decepcionado

Porque ayer me traicionó.

Esta canción, hay que decirlo, no es de mis favoritas por la forma característica de los tangos y tangueros de asumir el desamor, cosa contraria a lo que sucede con Pesares, canción grabada por los colombianos Garzón y Collazos y el ecuatoriano Julio Jaramillo y que en la sencillez de sus preguntas nos entrega toda la desolación del desamor.

¿Qué me dejó tu amor

que no fueran pesares,
acaso tú me diste

tan solo un momento de felicidad?

¿Qué me dejo tu amor?

mi vida se pregunta
y el corazón responde:

Pesares, pesares...

Finalizando esta pequeña muestra de la gran versatilidad compositiva del maestro Barros y dejando constancia de paso de que han sido dejadas por fuera muchas composiciones, como El guere guere, La magdalena y El chupa flor, por decir algunas, quizá algunas más conocidas que otras, quiero presentar el tema Mala mujer, que aprendí a conocer en un ritmo que se me dificulta definir, cercano al paseaito sin estar seguro de que lo sea, en la interpretación del conjunto Yeyo y sus Playeros, del paisano Indalecio Rangel, pero que me sorprende encontrar en una versión ranchera de Tito Cortes en la cual  adquiere un espíritu completamente distinto y más acorde con su temática despechada.

Mala mujer, mala mujer,

hoy vengo a recordarte

todo lo que me has hecho sufrir,

todo lo que me has hecho llorar.

 

Mala mujer, mala mujer,

hoy no vengo borracho,

ya no preciso del trago,

para poderte olvidar.

Canción esta de un espíritu muy cercano al de sus tangos, de ambiente de cantina y actitud machista y revanchista propia de estos ritmos de los cuales tanto se ha nutrido la cultura musical popular de Colombia y América latina en general.

Finalmente, es conveniente refrescar la memoria a quienes desconocen, con el reduccionismo causado por las disqueras y las programadoras radiales del repertorio musical, nuestra rica variedad rítmica, melódica y literaria, que el llamado vallenato, a pesar de su preponderancia comercial y su soberbia, está lejos de tener músicos tan importantes como los maestros José Barros, Julio Erazo, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Francisco Zumaqué hijo, Joe Madrid, Adolfo Mejía, Joe Arroyo, Justo Almario y Antonio y Tico Arnedo, por decir algunos de los que han cultivado una multiplicidad de ritmos propios del caribe colombiano, fusionándolos con algunos extranjeros o reinterpretándolos a la luz de nuevos lenguajes como los del jazz y la salsa, al margen de la estrechez mental provinciana de quienes desde la región del Valle de Upar han querido rotular de una forma amañada y poco justa las músicas del caribe colombiano con una óptica conveniente para los intereses y las posibilidades que ellos mismos se han trazado en detrimento y con menosprecio de nuestro enorme haber musical global.

En esta reivindicación debe contribuir el ministerio de cultura al homenajear, con justicia, en este año de su centenario al maestro Barros, permitiéndonos conocer y reconocer mejor su obra; sin embargo, terminando estás líneas, ya entrado el mes de enero, me queda aún la duda: ¿Será, finalmente, este 2015, oficialmente, el año José Barros?

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

 

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Historiador y Gestor patrimonial, egresado de la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: La cumbia en Guamal, Magdalena, en coautoría con David Ramírez (2023); El acordeón de Juancho (2020) y Semana Santa de Guamal, Magdalena, una reseña histórica, en coautoría con Alberto Ávila Bagarozza (2020). Autor de las obras teatrales: Flores de María (2020), montada por el colectivo Maderos Teatro de Valledupar, y Cruselfa (2020), Monólogo coescrito con Luis Mario Jiménez, quien lo representa. Ha participado en las antologías poéticas: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011), Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Contagio poesía (2020) y Quemarlo todo (2021). He participado en las antologías narrativas: Elipsis internacional y Diez años no son tanto (2021). Ha participado en las siguientes revistas de divulgación: Hojalata y María mulata (2020); Heterotopías (2022) y Atarraya cultural (2023). He participado en todos los números de la revista La gota fría: No. 1 (2018), No. 2 (2020), No. 3 (2021), No. 4 (2022) y No. 5 (2023). Ha participado en los siguientes eventos culturales como conferencista invitado: Segundo Simposio literario estudiantil IED NARA (2023), con la ponencia: La literatura como reflejo de la identidad del caribe colombiano; VI Encuentro nacional de investigadores de la música vallenata (2017), con la ponencia: Julio Erazo Cuevas, el Juglar guamalero y Foro Vallenato clásico (2016), en el marco del 49 Festival de la Leyenda vallenata, con la ponencia: Zuletazos clásicos. Ha participado como corrector estilístico y ortotipográfico de los siguientes libros: El vallenato en Bogotá, su redención y popularidad (2021) y Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020), en el cual también participé como prologuista. El artículo El vallenato protesta fue citado en la tesis de maestría en musicología: El vallenato de “protesta”: La obra musical de Máximo Jiménez (2017); Los artículos: Poesía en la música vallenata y Salsa y vallenato fueron citados en el libro: Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020); El artículo La ciencia y el vallenato fue citado en la tesis de maestría en Literatura hispanoamericana y del caribe: Rafael Manjarrez: el vínculo entre la tradición y la modernidad (2021).

@luiskramirezl

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