Música y folclor

Calixto Ochoa Campo: de corregido a Maestro

Juan Cataño Bracho

18/11/2019 - 05:50

 

Calixto Ochoa Campo: de corregido a Maestro
El juglar Calixto Ochoa / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Las motivaciones son los estímulos que mueven a la persona a realizar determinadas acciones y persistir en ellas para su culminación. La motivación, en pocas palabras, es la voluntad para realizar un esfuerzo, por alcanzar las metas condicionado por la capacidad de esfuerzo para satisfacer alguna necesidad personal.

La motivación es un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta de la persona hacia metas o fines determinados; es el impulso que mueve a la persona a realizar determinadas acciones y persistir en ellas para su culminación. La motivación es lo que le da energía y dirección a la conducta, es la causa del comportamiento.

Es el caso de la piqueria en la música vallenata, además de ponernos en contexto sobre una rivalidad o competencia, ha permitido el desarrollo de la música Vallenata toda vez que ha motivado el desarrollo de ciertas potencialidades del hombre vallenato, por cuyo orgullo ha debido esforzarse para hacerse competente en este arte. Esta ha sido un acicate para mover el interés de neófitos que han recibido cierto estimulo para seguir adelante y sobreponerse a ciertos obstáculos que se cruzan en su camino. 

La piqueria, como competencia, es una forma de descubrir la capacidad para producir obras del folclor vallenato, a veces mensajes o melodías que enriquecen nuestra cultura musical. Esta es la forma en que se concreta o materializa la competencia cuando dos o más exponentes rivalizan entre sí por la supremacía o consideración social, desde el punto de vista de la calidad y la cantidad.

Es a través de la piqueria que hemos podido descubrir la virtud de algunos de nuestros mejores exponentes y considerar su calidad dentro de la producción musical. La piqueria ha sido “la mano invisible” que nos ha permitido cualificar nuestro recurso musical que ha cubierto a muchos de nuestros exponentes de gloria e historia ya que por sus talentos y habilidades se les ha reconocido su calidad. Es pues la piquería un termómetro que nos ha permitido medir o considerar la capacidad productiva de nuestros cultores en términos de su producción y desempeño musical, esgrimiendo conocimientos, habilidades, destrezas y actitudes, que son necesarias para ser considerados como verdaderos cultores de nuestra tradición artística.

Ya que no hay duda de que la calidad nace de la preparación y se sostiene mediante esfuerzos continuos y dedicación, es justo reconocer que en los albores de la gran mayoría de nuestros mejores exponentes las rivalidades operaron como motivadores que les impulsaron a destacarse.

Si bien es cierto que hoy el término piquería, dentro de la música Vallenata, se le asigna a la calidad de ciertos repentistas del verso que se atreven a enfrentarse a un rival con la misma decisión en un concurso musical, debe tenerse en cuenta que su nombre deriva de la raíz tradicional pique o controversia y por lo tanto aplicable a toda rivalidad, entre ellas otro tipo de habilidades en el arte musical.

Como coincidimos en reconocer con Simón Martínez Ubarnes que “de esta modalidad muy recurrente en el quehacer cultural del Valle de Upar nacieron gran cantidad de cantos que hoy hacen parte de los Clásicos del Vallenato”, entendiendo por obra clásica a aquellos cantos y melodías que no pasan de moda o no pierden vigencia en el gusto de la gente y que son tenidos como modelos dentro de nuestra forma de hacer poesía cantada con una música ubicada en un espacio y tiempo determinado.

De las múltiples rivalidades que se dieron en el campo musical vallenato se puede deducir, por ejemplo, que Lorenzo Morales fue un hábil acordeonero y que Emiliano Zuleta Baquero era un hábil compositor, que dejó para la historia la muy difundida e interpretada Gota Fría. 

De allí la importancia de la efímera o fugaz controversia musical protagonizada por Calixto Ochoa y Andrés Blanchar, que mantiene su vigencia en virtud a su derivado: el canto, que en aire de merengue produjo el primero, titulado: El Corregido, de donde trasciende aquel “enfrentamiento” trivial, y que sin duda, como se expresa en la obra citada, permitió la cualificación de Calixto y alguna referencia a la existencia y escaza huella de Andrés. Así queda demostrado que en nuestra cultura hay seres que se han convertido en personajes más por lo que de ellos se ha dicho que por lo que realmente aportaron.

Según registra la tradición oral, mientras en la zona del Valle de Upar Calixto Ochoa daba sus primeros “pasos” con el acordeón y el verso debió hacerle frente a alguien que se consideraba de mayor experiencia, que se ejercitaba en el arte del Acordeón, que osaba desafiar a los demás acordeoneros contemporáneo o coetáneo y trataba de ponerlos en evidencia ante la falta de habilidad para ejecutar el instrumento.

Andrés Blanchar, según cuenta Calixto, fue un andariego que en un tiempo se radicó en Valencia de Jesús, sin que se conociera su procedencia, que después se dedicó a vender condimentos y verduras entre Valledupar y Bosconia, en donde se lo volvió a encontrar “el negro Cali” ya consagrado en uno de sus giras hacia Chiriguaná para amenizar un baile en la caseta “La Revolucionaria” de propiedad de Cesar Bustamante, con ocasión de unas fiestas patronales de La Virgen de Chiquinquirá.

“Blanchar no fue un músico diestro, era un aficionado al acordeón de estilo arrebatado, puro firi-firi, que me corrigió, una interpretación del tema “La Lotería de Bolívar” de la autoría de Luis Enrique Martínez, que era la música que a mí me gustaba tocar, a la cual yo no le encontraba los registros por lo cual dijo: eso no es así, te falta mucho…”.

Este enfrentamiento fue motivado por los parroquianos que conocían a Blanchar y la inclinación de Calixto hacia el arte de ejecutar el acordeón, para entonces, los primeros años de la década del 50, un neófito en ese arte.

En este caso no se puede hablar tampoco de una típica parranda vallenata, cuya escenografía esta hoy plenamente identificada. Este fue un encuentro ocasional que se dio en medio de las romerías que concitaban los fines de semana, en el descanso de los obreros, en cuyo escenario se observaba algo así como un espectáculo circense, una masa amorfa, con muchas “atracciones” en donde también concurrían los acordeoneros, que antes asistían como baja clase social atraídos por la “novelería” y en donde no era posible distinguir un personaje que motivara el encuentro. Como cree Teobaldo Fragozo, de Los Venados, que llegó allí Calixto Ochoa. Téngase en cuenta que a diferencia de hoy en donde los artistas vallenatos son la atracción principal y motivan el desplazamiento de la mayoría de los asistentes, en ese tiempo eran atraídos por otros móviles principales que hacían concurrir a muchas personas con múltiples atractivos como aconteció para la concentración de muchos juglares vallenatos en la Zona Bananera, entre ellos el mismo Luis Enrique Martínez y Lorenzo Morales.

Según Milciades Rodríguez Ebrath, oriundo de Valencia de Jesús, para entonces un muchacho contemporáneo con Calixto, esta historia se escribió un sábado cualquiera de los primeros años de la década de 1950, en torno a uno de los acostumbrados merengues en que la gente, al calor de la música de acordeón y el Ron Caña, se reunía para divertirse, cuando el pueblo contaba sólo con dos calles, entre quienes recuerda a Lucas Ojeda, Pedro Ramón, Juan de la Cruz Vásquez, entre otros.

Andrés Blanchar era un advenedizo que pasó por Valencia y que permaneció poco tiempo en la población y en esa ocasión tuvo la oportunidad de escuchar tocar al, entonces, incipiente acordeonero y conceptuar sobre su forma de tocar el referido tema de Luis Enrique Martínez.

Pero como todo cambia y nada permanece, “Blanchar no pasó de ser un músico del montón que dedicó el resto de su vida a vender condimentos”, actividad en la que también dice haberlo visto “Beto” Rada; mientras Calixto se internó en la escuela musical de Luis Enrique Martínez y con su orgullo herido por aquella ocasión, cuando se sintió preparado, compuso el canto que hoy conoce la historia del vallenato, en donde evidencia su progreso, y de cuya respuesta dice: -“Todavía yo no la he escuchado”.

Y como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, a pesar del orgullo de Andrés; el progreso de Calixto puso en evidencia su decadencia o estancamiento. Entonces fue el turno para que, una vez más, se validara el dicho que se volvió popular, entre nosotros, según el que “Los que van al adelante no irán muy lejos si los de atrás se apuran” y otro que dice que “la misión que tiene todo alumno, si aquel le permite descubrir su vocación, es pasar a su maestro. Otra máxima dice que “al enemigo no hay que desearlo muerto sino vivo para que experimente el peso de la derrota”, por la superación de los que, algunas vez, les ganó una batalla. Así Calixto tuvo la oportunidad de demostrar su progreso y la decadencia de Andrés, que no alcanzó a ser un músico destacado pero que permitió el nacimiento de una obra clásica dentro de la música Vallenata.

Pero, como dice el dicho que la vida siempre nos da la oportunidad de desquitarnos, el día de tomar revancha siempre llega si somos aplicados, perseverantes y disciplinados en pro del objetivo que se ha convertido en nuestra misión y obsesión en la vida. 

Es la introducción a la historia del enfrentamiento, duelo, reto o piquería, con el arma del acordeón, protagonizada por Calixto Ochoa Campos y Andrés Blanchar, que no tuvieron la duración, la trascendencia, ni la efervescencia de  las protagonizadas por Germán y Carlos Serna, Germán Serna y Samuelito Martínez, que quedó plasmada en el paseo El Negro Maldito, originado en la región de El Paso; la de Abel Antonio Villa y Luis Enrique Martínez en Fundación, entre otras muy famosas; pero que derivó en un merengue que se tiene por una obra clásica del cancionero vallenato, titulada: El Corregido.

Andrés Blanchar me corrigió

Cuando empecé mi melodía

Ahora quiero que me corrija la nota mía

Pa’ que entonces no salga diciendo que me ganó.

 

Andrés estaba acostumbrado

De corregirme a mí en un tiempo

Pero ya le está haciendo falta movimiento

En la nota picada y unos pase nuevo en el bajo.

 

El Negro Cali está empezando

Eso es lo que le digo a Andrés

Pero como yo no ando tocando Mapalé

Me parece que ya de verdad me lo estoy llevando.

La gesta de Calixto Ochoa Campos, hijo de Cesar Ochoa y María de Jesús Campo, “que hasta los 19 años de su vida estuvo inmerso en los corrales de ganado, en los pastizales y arroyos que nacen en la sierra nevada, y trabajó como enrejador (el que amarra el ternero a la pata de la vaca, para que la puedan ordeñar) en la finca de Lucas Monsalvo”, es ampliamente conocida, por sus dotes para ejecutar el acordeón, su privilegiada voz y sus excelsas calidades para contar historias a través de mensajes en aires de Paseo, Puya, Merengues, Sones y otros géneros musicales que el descubrió, adoptó o heredó, casi todos de origen tropical.

Sin embargo, como lo reconoce Calixto, Andrés Blanchar representó un significativo desafío por que fue alguien que se cruzó en su camino haciéndose protagonista de esa historia, que como muchos, aportó su “granito de arena” para edificar este folclor, si no dejando grandes obras, motivando el interés de otros para la superación personal como se deduce de lo expuesto por Calixto Ochoa en su canto; pero que no tuvo la oportunidad de disfrutar sus logros y lo hemos condenado al olvido, por la natural indiferencia del hombre: Andrés Blanchar, cuya gesta trascendió por obra de un canto clásico del Vallenato. Clásico tal vez, no por su gran difusión, porque habla de las costumbres de una época que incidió de manera significativa en el auge de la música vallenata.  

Ovidio Granados, acordeonero oriundo de Mariangola, cuenta haberlo visto una vez a la edad de 15 años, en su pueblo natal, y lo recuerda como un hombre de baja estatura, de piel blanca y un poco gordito y cree que estaba residenciado en Aguas Blancas, corregimiento vecino, donde tal vez vivía para entonces.

Así fue como entre versos, piques y melodías, impulsado por la alegría que el hombre vallenato le reportó al Acordeón, fue dándosele forma a lo que después de transitar por varios antecedentes se convino en nombrar como Música Vallenata, gesta en la que Calixto Ochoa y el escasamente referido Andrés Blanchar, y una interminable lista de personajes que se asomaron al arte de hacer versos y tocar acordeón, que afloran de las historias que hablan del nacimiento de nuestros pueblos y sus costumbres ancestrales, aportaron su “granito de arena”, unos más que otros, para el nacimiento de nuestra cultura musical.

Pero por lo que pudimos conocer, de la sensación de Calixto Ochoa, Andrés Blanchar sólo fue un acicate para su carrera, su verdadero Maestro fue Luis Enrique Martínez, por encima de su paisano Eusebio Ayala, pues fueron las obras del fonsequero las que tomó para adoptar un estilo musical y cuya “nota picada” distingue al Vallenato–Vallenato del Vallenato-Bajero.

Un Maestro Musical, o sea una Escuela en el Vallenato, Equivale a una escuela Filosófica en donde el “Maestro” no se interna con su “Alumno” en un claustro, ni tiene una presencia física, a enseñarle métodos sino que este va recogiendo lo que aquel va produciendo a través de su obra y va tratando de seguir su “plana”. Es Luis Enrique Martínez fue creador de la “Nota Picada” que distingue al Vallenato-Vallenato, con lo que cautivó a los neófitos del acordeón en esta zona de Colombia, el Valle de Upar, y permitió crear la “escuela” más prolífica en la música Vallenata, con alumnos sobresalientes como: Calixto Ochoa, Miguel López, “Colacho” Mendoza, Ovidio Granados y su Dinastía, “Emilianito” Zuleta, “Cocha” Molina, entre otros muchos. Pues cuando Calixto Ochoa se iniciaba en el arte de ejecutar el acordeón Luis enrique Martínez ya era tendencia musical por su forma de tocar este instrumento, “su estilo musical reunía las características que individualizan sus obras” y era de amplia difusión a través de los “medios” con que se contaba para entonces y por lo tanto le marcó un estilo a este género musical.

Fue Luis Enrique Martínez el modelo que permitió moldear la grandeza de Calixto Ochoa en el Arte Musical y que le permitió escribir su historia pues éste buscando parecerse a su “Maestro” buscó alcanzar las características similares de aquel, dentro del Vallenato. Fue Martínez quien, por su estilo se ganó el remoquete de “El Pollo Vallenato”, permitió que se distinguiera nuestra forma de ejecutar el acordeón de las demás, pues sus admiradores siguiendo su estilo lograron homogeneizar la forma de “tocar el acordeón”, para que la ejecución permita distinguir una línea musical, picada, elegante y expresiva. Pero se debe afirmar que Calixto Ochoa fue influenciado por el ambiente musical creado por Cesar Ochoa que se desempeñó como cajero y sus hermanos Rafael Arturo y Juan. 

Además, por lo poca información que hemos podido obtener sobre la vida y “obra” de Blanchar se deduce que éste no tuvo características de Juglar ya que no dejó huellas, como músico y cantor, en los lugares en los que muy pocos dicen que vivió, no produjo ninguna reacción, contestación, al canto de Calixto ni referencias de obras suyas que hayan podido ser tomadas por otro autor como fue recurrente en epicentros de juglaría en el Valle de Upar, como quedó evidenciado en el hoy municipio de El Paso. Para nosotros la historia de Andrés Blanchar está perdida entre la extensión territorial de Valencia de Jesús a Bosconia o Carmen de Bolívar, tal vez, sin ningún interesado en reclamarla; sólo como referente musical de Calixto Ochoa. 

Andrés Blanchar, para Calixto Ochoa, no fue un “Maestro” sino un acicate, espuela o aguijón, que le movió a actuar enérgicamente para mejorar su estilo y buscar el mejor modelo que encontró en Luis Enrique Martínez. Fue allí donde Calixto Ochoa pudo clarificar lo que quería. O sea un estimulo infringido en negativo que Calixto pudo traducir al positivo para ser lo que es hoy en el arte musical Vallenato y Caribeño, como lo sostiene en Mi Biografía:

Como no la tengo escrita,
les voy a cantar señores
a contar mi biografía desde niño hasta esta parte
soy hijo de gente pobre honrada y trabajadores,
y así luchando la vida me levantaron mis padres.

Después salí a rodar tierra sin fin
dejando sola mi tierra natal
no tengo plata pero menos mal
que ya cambio mi modo de vivir.

Yo recuerdo que mi madre
cuando yo estaba pequeño
con sus trajecitos viejos
me hacia mis pantaloncitos.


Cumpliendo con su deber
pasando miles tormentos y
así me fue levantando
hasta que fui un hombrecito.

Que así es la vida y que vamos
a hacer luchar y ser del buen corazón
no se imaginan hoy los que me ven
lo que luché para ser lo que soy.

Sobre la historia musical de Calixto Ochoa, se puede concluir que nació en una familia musical, fue motivado a la superación personal por Andrés Blanchar y educado en el estilo musical de Luis Enrique Martínez.                

Como sucedió con Calixto Ochoa, así se fue cualificándose el recurso humano en la producción de nuestras piezas del folclor, en donde como en toda actividad humana existen unos seres más hábiles y diestros que otros; estableciéndose una jerarquía de buenos, regulares y malos exponentes del acordeón y la composición Vallenata y otros cuya producción no les alcanza para que sean tenidos en cuenta.

 

Juan Cataño Bracho

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