Música y folclor

Presencia de Manuel Zapata Olivella y Gabriel García Márquez en la Dinastía López

José Atuesta Mindiola

01/05/2015 - 07:05

 

(1) García Márquez y Rafael Escalona (2) Nereo López y Zapata Olivella (3) Dueños del hotel América

“Siempre he estado convencido que con la música vallenata se despeja el alma, porque con ella se puede decir muchas cosas”, Juan Manuel Muegues, músico y compositor vallenato (1922- 2007).

Cerca de Valledupar hay un lugar donde sus pobladores con la música de acordeón hicieron un templo de leyenda y dinastía. Ese hermoso lugar cuyo nombre es tan sonoro como la vida y la esperanza: es La Paz, tierra de la dinastía López, y su árbol genético cruza sus raíces primarias con los  Molina, Gutiérrez y Zequeira. 

¿Qué había en ese lugar tan fértil a la música? Había tantas luces en las puertas de los amaneceres y tantos secretos en la soledad de los sueños, que en ese pueblo apacible donde el tiempo parecía detenerse: los juguetes más fascinantes para muchos  niños eran la caja y el acordeón.

Muchas cosas se precisaron para que en la década de 1940  La Paz alcanzara  categoría de pueblo importante, entre ellas: la apertura de la carreta nacional y su situación geográfica por ser punto estratégico para los viajeros entre Valledupar, la Guajira y Maracaibo,  y además, existía el confortable Hotel América, que tenía una sala de cine, un salón de baile y un espacio cultural donde asistían los destacados músicos de la región, allí sonaron los acordeones de Chico Bolaño, Sebastián Guerra, Fermín Pitre, Emiliano Zuleta, Abel Antonio Villa, Juan Muñoz, Luis Enrique Martínez,  Alejo Durán, y por supuesto de Juan y Pablo Rafael López. El hotel era de propiedad del sanjuanero Francisco ‘Pacho’ Mendoza, y el nombre era en honor a su esposa, América Sánchez Egurrola.

Del hotel Consuelo Araujo Noguera escribe en el libro: Escalona, el hombre y el mito (Ministerio de Cultura, 2002). “Las convocatorias permanentes en torno a la música y a esa etapa dorada del folclor que estaba produciéndose en esos tiempos, sin que ninguno de sus protagonistas se percatara siquiera  de la trascendencia de ese suceso, tenían lugar en el  hotel América, que terminó convertido en una noria musical, a cuyo alrededor giraban los grandes de la época”.

Llegada de Manuel Zapata Olivella a La Paz

¿Quién era Manuel Zapata Olivella? (1920 -2004)

Manuel Zapata Olivella, médico, escritor, antropólogo y folcloristas;  su tierra nativa, Lorica, departamento de Montería. En la Universidad Nacional en Bogotá inicia  la carrera de Medicina en 1939 y después de tres años se retira temporalmente para dedicarse a su aventura de caminante, recorre los llanos orientales y el occidente de país, luego viaja a México y Estados Unidos, retorna a Colombia, reinicia sus estudios de medicina  y se  gradúa en 1948.   Recién graduado llega a La Paz,  Joven en edad, pero experto en el conocimiento del ser humano y en la estética de la literatura.  Llega en 1949, ya había publicado la novela (Tierra mojada, 1947. Relato breve,  Pasión vagabunda, 1948)) y  por su talante de hombre de letras e investigador cultural se convierte en miembro distinguido de la comarca, en un referente intelectual de propios y visitantes y en mecenas de la música folclórica.

Allí se reencuentra con su pariente Pedro Olivella Araujo, un líder liberal gaitanista, que varios años antes había conocido en Cartagena, y era primo de su madre, Edelmira Olivella. Presta servicio de médico, capacita como enfermero a Cesar Pompeyo Serrano y  su primera misión es contrarrestar la epidemia de tifus o enfermedad infecciosa que afectaba a los habitantes de la Paz. Allí hace hogar con María Pérez, y nacen sus dos hijas: Harlem y Edelma.

En ocasiones realiza tertulias culturales y folclóricas en el hotel América, y las reuniones de tipo personal en la hacienda ‘El Olimpo’, un cañaduzal de  propiedad de Gabriel Zequeira. Un distinguido personaje, que el profesor César López Serrano, describe: “hombre educado, de fina memoria y excelente conversador. Estudioso de la mitología griega y recitaba poemas de Guillermo Valencia y pasajes de la Ilíada y la odisea”.

Hacemos referencia de Gabriel Zequeira y a su hacienda ‘El Olimpo’ porque allí estuvo el joven reportero García Márquez cuando llega por primera vez  a la región,  invitado por Manuel Zapata Olivella en  diciembre de 1949.  El motivo de la invitación era una tertulia literaria, y después sonaron las notas del acordeón de Juan López y la voz del joven bachiller Dagoberto López Mieles.

En una entrevista a Dagoberto López en La Paz en enero de 2000, nos cuenta: “Yo asistía a las reuniones que hacia Manuel Zapata en ‘El Olimpo´ y en diciembre de 1949, llegó por primera vez García Márquez a La Paz, todavía no era famoso, era un periodista. Ese día yo canté música de Escalona, yo había estudiado en el Loperena y el Liceo Celedón y me sabias varias de sus canciones. Por petición de García Márquez yo canté tres veces ‘El hambre del Liceo’ y ‘El perro de Pavajeau’.  Escalona no estuvo en esa reunión, y todavía Zapata Olivella ni García Márquez lo conocían”.

El escritor Dasso Zaldívar en el libro, Viaje  a la Semilla (Biografía a García Márquez, publicada en 1997),  confirma esta fecha. El primer viaje lo hizo a finales de 1949 a Valledupar y la Paz invitado por el médico y escritor Manuel Zapata Olivella, y el segundo lo hizo meses después invitado por Escalona. Consuelo Araujo (en su libro mencionado) reseña el momento en que se conocieron Escalona y García Márquez,  mes de marzo de  1950  en el hotel Roma de Barranquilla; encuentro que fue propiciado por Manuel Zapata Olivella.

Por invitación del médico Zapata Olivella, también llega a La Paz, el fotógrafo Nereo López, su amigo  de infancia en Cartagena.  Este artista con sus imágenes deja testimonio de la historia musical de La Paz y la región (La mayoría de las fotos de Escalona, García Márquez, Zapata Olivella, fueron tomadas por  Nereo López, y pertenecen al Archivo de la Biblioteca Nacional).   El abogado y escritor Ciro Quiroz, dice: “Una vida agitada encontró Nereo en la provincia de Valledupar y en La Guajira, por obra de cantos, acordeones y trago que no le dieron tiempo siquiera para estampar su propia imagen dentro del recorrido suyo de rotundo vagabundo, en esas tierras, cuando por obstinación propia logró retratar ese mundo de aventuras imaginables que no será posible volver a vivir.”.

García Márquez con frecuencia regresaba como vendedor de enciclopedias a la región. En uno de esos viajes llega a La Paz, cuando todavía estaba fresca la tragedia del incendio, aquel triste episodio que empezó en el salón de baile ‘La tuna’, el sábado de carnaval de 1952, y dejó  25 casas quemadas. Hubo luto colectivo, algunas  familias se mudaron a sus haciendas cercanas y los que se quedaron permanecían temerosos, a las seis de la tarde  cerraban las puertas.  García Márquez comprueba el  ambiente de pánico que aún se respiraba, los hombres habían cerrados los acordeones y las mujeres se habían refugiado en melancólico silencio. Días después, en el Heraldo de Barranquilla, publica  en su columna ‘La Jirafa’, una crónica que titula ‘Algo que se parece a un milagro’. En ella  hace referencia a  la tristeza de la gente y a Juan López, el mejor acordeonista de la región había abandonado el pueblo  después de los sucesos. Y comenta que en compañía de Zapata Olivella, no lograron convencer a Pablo,  hermano de Juan López, que tocara. Muchos eran los  argumentos de Pablo para no tocar, pero en ese instante vino una mujer de la casa de enfrente y le dijo: “por nosotras no te preocupes, Pablo. Si quieres tocar, toca, hace un mes que no se oye música en este pueblo”. 

La mujer hizo el milagro, y los acordeones con la magia de la alegría iluminaron las casas y las calles, porque  “La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso”.

Este episodio trágico es la temática central de la novela “Cuando arden las palmas” del escritor pacifico Iván Gutiérrez Visbal.

El pueblo empieza a recuperar la tranquilidad y su tradición musical.  Para los descendientes de Juancito López y José De las Mercedes ‘Cede’ Gutiérrez, la música era un pasatiempo personal y familiar. Porque su misión vital se concentraba en las labores del campo y otros oficios referentes. Juan López era carpintero y experto constructor de casas, y  Pablo Rafael, pequeño hacendado, y por sus permanentes parrandas convirtió el patio grande y frondoso de su  casa en un templo musical, que el pueblo bautizó como ‘La calle de la Alegría’. Su esposa Agustina Gutiérrez, la anfitriona mayor, era una especie de  Úrsula Iguarán en Macondo, siempre dispuesta a atender a los visitantes.  Los López no tuvieron la dimensión de juglares, ellos preferían la calma de su terruño y de su trabajo, frente a la incertidumbre de los viajes.

La Gira musical o mejor las dos giras musicales, Zapata Olivella las sintetiza en el texto “Los acordeones de Valledupar” (Revista Vida, N° 58, Bogotá, colombiana de Seguro. Agosto- septiembre 1953). Estos fragmentos:

“La Paz tiene fama de ser la mata de los acordeoneros y paseos vallenatos. En el pueblo nunca faltan tres o cuatro buenos acordeoneros.  Pero una cosa es cierta  de los acordeoneros pacíficos: son gentes muy retraídas, poco amigos de salir fuera del corral; por eso son más conocidos los juglares de Plato o El Paso”.

“He aquí porqué constituían prendas de mayores características los acordeoneros de Valledupar en nuestra excursión para divulgar la música folclórica del Magdalena... En 1951, la primera excursión, fueron los gaiteros de Sanjacinto de Toño Fernández, en el acordeón Fermín Pitre, Antonio Morales (decimero) y Antonio Sierra (dulzaina). En la segunda salida, 1952, Juan López y su sobrino, Dagoberto López, letrado, bachiller del Liceo Celedón, Juan Manuel Muegues, recomendado por Rafael Escalona. Juan López nunca quiso salir ante el púbico sin sombrero y  nos decía: “No docto, si me quito el sombrero se me va la música”. Poco fue perdiendo la timidez hasta llegar a bailar en el escenario. ¿Cuántos hubieran muerto de incredulidad  en su pueblo si lo hubieran visto bailar?

Juan Manuel Muegues era el joven, cantaba, ejecutaba el acordeón y tenía un gran sentido de la responsabilidad. De regreso, en Barranquilla, al recibir los honorarios, se fue a comprar láminas de zinc, cementos y herramientas, porque iba a construir  una casa en la punta de un cerro en la sierra de Manaure que llevaría el nombre de La Gira”.  (Este artículo, aparece también en el libro, Por los senderos de sus ancestros, publicado por  el Ministerio de Cultura, 2010).

García Márquez publica en el Heraldo el 25 de junio de 1952, La embajada folclórica, donde comenta pormenores de la gira. He aquí estos fragmentos: “El grupo de Manuel zapata Olivella, que vuelve a Bogotá después de una tregua. Está ahora renovado en parte y complementado. A Fermín Pitre lo llamaron a calificar servicios, vino  en cambio, nada menos que Juan López, tal vez -y quizá sin duda- el mejor acordeonista de su región. Y como Juan no canta se trajo a su primo hermano Dagoberto López,  el maestro de escuela de la Paz que hace una semana se hizo reemplazar y cambió  a sus muchachos,  a la canción monocorde  de las tablas de multiplicar  por esta maravillosa aventura de andar cantando a cualquier hora, que es lo que le gusta.  Y otro acordeonero más: Muegues, que mucho debe conocer su oficio cuando Rafael Escalona  lo tiene apadrinado, con la misma intransigencia que le pone a todas sus cosas…”    

De la gira musical, Juan Manuel Muegues, en un reportaje del periodista José Urbano Céspedes publicado por la revista Manaure ‘Balcón del Cesar’ (abril 2000, dirección ejecutiva de la Alcaldía de Manaure), cuenta dos anécdotas. La primera: “En Bogotá, tropezamos con Narciso Martínez Zuleta, joven de Valledupar y estudiante de medicina  que se emocionó tanto al ver tocando este grupo de músicos de su tierra, que se comprometió a regalarme un acordeón nuevo y de tres hileras, porque yo cargaba un acordeoncito que parecía más para un niño de diez años que para un hombre de 30”.

La segunda anécdota: “Estábamos en  Bogotá y un día antes de continuar el viaje hacia Girardot, los músicos resolvieron poner una serenata a un amigo de La Paz que vivía en la capital, donde la música vallenata era desconocida,  cuando resoplaban los fuelles de mi acordeón  y retumbaba la caja de Pichocho, Crisóstomo Oñate,  los vidrios del edificio tronaban, entonces llegó  la policía y nos detuvo por perturbadores del orden y nos llevó a una estación. Hasta cuando se presentó, horas después un personaje influyente de la provincia que convenció a la autoridad y  nos dejaron libre.

La gira fue un acontecimiento memorable para La Paz y en especial para la familia López. El gestor de La Gira, Manuel Zapata Olivella y  el puente para que García Márquez llegara a esta región y profesara su pasión  por las crónicas de los cantos vallenatos.  Desde 1948, García Márquez dedica algunos artículos a la música de la región en El Universal de Cartagena, en uno de ellos,  al hacer una semblanza del acordeón: “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento”.

Más tarde en El Heraldo de Barranquilla, en su columna ‘La jirafa’ (1950 – 1952) escribe varios artículos a la música vallenata.  Y el otro gran homenaje que le hace a la nuestra música  es cuando afirma que “Cien años de soledad” no es más que un vallenato de 400 páginas. En la novela “El amor en los tiempos del cólera”  tiene como epígrafe un verso del maestro  Leandro Díaz, “en adelanto van estos lugares que tienen  su diosa coronada”.  Y el  máximo tributo que le hace al canto vallenato es llevarlo a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, 1982. Y entre los músicos invitado, el cajero más famoso en la historia del vallenato, Pablo Agustín López Gutiérrez.    

Otro factor determinante en el fortalecimiento de la dinastía López a nivel nacional es el Festival Vallenato, que es por excelencia, el escenario académico y promocional para  la música vallenata. Y gracias, al liderazgo y la experiencia en grabaciones de  Pablo Agustín, organiza en 1969 el Conjunto de los Hnos. López con el acordeón de su hermano Miguel y  la voz fresca y sonora de Jorge Oñate. Este Conjunto es el pionero de una nueva era del vallenato.

Ya conocemos el historial de Miguel López,  rey vallenato (1972), acompañado por Pablo Agustín en la caja y Jorge Oñate en la guacharaca y el canto. En 1974 ganan el Congo de oro en el carnaval de Barranquilla. Luego Elberto ‘El Debe’ López, graba con Diomedes Díaz y se corona rey en el Festival Vallenato en 1980. Juan Alfonso ‘Poncho López, rey de los bajos,  graba con Armando Moscote.   Álvaro de Jesús (hijo de Miguel), años después hace conjunto con Jorge Oñate y gana en el festival vallenato en 1992,  y Navín José (hijo de Dagoberto),  rey en el 2002.

Voy a finalizar esta ponencia, ofrendando unas palabras a Dagoberto López  Mieles, compositor y cantante. Decía el poeta José martí:

Cultivo una rosa blanca/ en julio como en enero/

para el amigo sincero/ que me da su mano franca.

Un epígrafe perfecto para definir a Dagoberto, un ser humano que rendía culto a la amistad, infinitamente generoso, afable y con alto sentido de la honradez, la responsabilidad y el respeto. Estaba dotado de inteligencia natural para leer y entender los secretos de la poesía, por eso con facilidad descifraba las entelequias de las metáforas, los rigores de las concordancias y las medidas sonoras de los versos.  Amaba a su pueblo, y  se proclamaba pacífico por gentilicio y vocación. Dagoberto fue la persona clave para mi acercamiento con Pablo Agustín y Miguel López Gutiérrez. Y con él, también pude recorrer los pasos de la infancia de mi hermano de padre José Abraham Atuesta Zuleta, jugador de futbol, que murió después de un partido,  y en su honor el polideportivo de La Paz lleva su nombre. 

 

José Atuesta Mindiola 

 

Más información acerca de esta publicación: “Presencia de Manuel Zapata Olivella y Gabriel García Márquez en la Dinastía López” es el título de la ponencia presentada por el poeta y docente José Atuesta Mindiola en el Foro académico “Vida y obra de la Dinastía López” realizado en el marco del Festival de la Leyenda Vallenata el 27 de abril de 2015.

Sobre el autor

José Atuesta Mindiola

José Atuesta Mindiola

El tinajero

José Atuesta Mindiola (Mariangola, Cesar). Poeta y profesor de biología. Ganó en el año 2003 el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y es autor de libros como “Dulce arena del musengue” (1991), “Estación de los cuerpos” (1996), “Décimas Vallenatas” (2006), “La décima es como el río” (2008) y “Sonetos Vallenatos” (2011).

Su columna “El Tinajero” aborda los capítulos más variados de la actualidad y la cultura del Cesar.

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