Música y folclor

El día después de la gran parranda

Johari Gautier Carmona

06/05/2015 - 05:15

 

Los gestos lentos y repetitivos de los dos barrenderos son las primeras señales de una ciudad que vuelve a la vida. Ambos trabajadores se esmeran en borrar las evidencias de un cataclismo de proporciones insospechadas. El anonimato que les otorga los trajes y las mascarillas les invita a actuar con una cierta tranquilidad bajo un sol hostil y madrugador.

Son las 9 pasadas de un domingo taciturno y el terremoto emocional llamado “Festival de la Leyenda Vallenata” acaba de dejar patas arriba a uno de los sectores más exclusivos de Valledupar: la Fuente, en el barrio del Novalito.

Los restos desperdigados sobre más de trescientos metros son la prueba fehaciente de que el fenómeno cíclico puede alcanzar una magnitud extraordinaria. Bolsas de plástico, latas y botellas de cerveza, ron y whisky, papeles, cartones, restos de comida, ropa, cristales rotos y otros  infinitos residuos se esparcen alrededor del monumento apagado.

La Fuente funcionaba hace unas horas, sin embargo, ahora brilla por su inercia, al igual que un hombre que yace inconsciente en la acera de enfrente,  a la sombra de un edificio, claramente afectado por los estragos de un seísmo que muy posiblemente no vio venir, o que quizás vio venir pero no supo esquivar.

Ante esa escena de caos, quien redacta esta nota rastrea el horizonte en busca de una esquina intacta,  preservada por un milagro, que permita entender lo sucedido, o por lo menos adivinarlo. Necesita algo tangible que perdure algo más que esas terrazas gigantescas de Club Colombia, Águila o Smirnoff, montadas con afán en diferentes lugares de la novena y desmanteladas con el mismo apresuramiento durante la noche para que nadie se entere de que algo pasó.

Durante unos segundos, las miradas de los limpiadores se precipitan sobre él, como si cuestionaran su presencia o sus intenciones. Algo de reticencia se impone en sus acciones. Tal vez una nota de irritación. Evidentemente, la gran limpieza debe llevarse a cabo mientras nadie es consciente. El esfuerzo sólo puede ser de unos pocos para contribuir a ese aire de naturalidad. Hay que borrar los indicios de algo tan intenso como irreal. La emoción de un choque tan enorme requiere el silencio y la colaboración de todos.

La imagen de dos botellas de Old Parr separadas por un sombrero vueltiao se impone de repente como lo más auténtico y creíble. Recuerdan irremediablemente a algunos de los cuadros del pintor Walter Arland donde algunos objetos olvidados en una fiesta celebrada en un patio con fondo de música vallenata se ven atrapados por una extraña soledad. Aquí la diferencia más importante es que la parranda ha sido a cielo abierto, de manera innegablemente popular, sin otras limitaciones que una tímida presencia policial que también quiso colaborar –a su manera–a que esta fiesta fuera realmente fiesta. El dicho “Una vez al año no hace daño”, aplica mejor que nunca.  

Una de las botellas se mantiene en pie, orgullosa como ella sola, mientras que la otra tuvo que tumbarse, cansada y aturdida por el incesante manoseo de gentes con distintos intereses. En la escena se percibe algo de quietud. La simetría en la distribución de los elementos induce a un encuentro apacible, y otra vez vuelve la estética de un cuadro bien estudiado, pero ¿quién sabe cómo fue esa parranda de efectos sísmicos?

Las botellas y ese sombrero son los testigos mudos de una celebración con mayúsculas. Nadie sabrá lo que ocurrió aunque, extrañamente, al tocar el sombrero vueltiao con una mano exploradora, el que suscribe esta nota percibe de repente unas imágenes borrosas que van tomando poco a poco nitidez. Tres mujeres vestidas con pantalones cortos -que descubren unas nalgas firmes y redondas- se dejan llevar por el ritmo de un Martín Elías más estruendoso que nunca. El efecto de saturación en los parlantes no les molesta y ellas bailan, gritan, se enardecen detrás del vehículo abierto en compañía de otros tres señores, algo mayores, con los ojos alzados al cielo, sonrientes como si estuvieran ad portas del paraíso, y la mirada clavada en ellas.

De pronto, la escena se interrumpe. Una sensación rara se materializa: los flashbacks no sólo se observan en las películas. Intrigado por la experiencia, el explorador decide tocar la botella que permanece de pie. Lo hace con un gesto prudente hasta ser objeto de nuevas visiones: tres amigos cachacos comparten anécdotas sobre el reciente concierto de Juan Luis Guerra en el Parque de la Leyenda Vallenata. Uno de ellos tiene en su mano la botella de old Parr y va repartiendo trago a sus amigos, se preocupa por que nadie deje de beber. No puede faltar ese breve trago que calienta la garganta y anima los pies.  Tampoco puede faltar el baile y la sonrisa de unas chicas que les acompañe en esta celebración, pero este asunto no parece estar resuelto o quizás no estén dispuestos todavía a evocarlo. La conversación se entrecorta con cada vendedor que anuncia su mercancía. Refrescos, cerveza, licor, chicles, papas, todo se comercializa con un fondo de acordeón saturado.

De repente, los barrenderos se encargan de limpiar ese resquicio de paz. Con un primer manotazo borran la presencia de una botella y con un segundo terminan con todo. Ya no queda señal de lo que ocurrió en la Fuente, y quizás tampoco en Valledupar. Todo ha vuelta sorprendentemente a su cauce. La parranda se diluyó en los bostezos de una mañana. Ahora, el tiempo vuelve a correr.

 

Johari Gautier Carmona 

 

1 Comentarios


Aurora Elena Montes 08-05-2015 05:17 PM

Muy buena crónica. No fui a ningún evento del festival, pero esa imagen del sombrero y las botellas de Old Parr y su evocación de lo que pudo haber sucedido me permitieron vivir por un momento la euforia de una fiesta que a veces nos abruma, pero que al mismo tiempo nos recuerda que en ella hemos pasados los momentos más divertidos de nuestra vida.

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