Música y folclor

Eibar Gutiérrez: “Soy un acordeonero que canta”

Johari Gautier Carmona

13/05/2015 - 07:50

 

Éibar Gutiérrez / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Jueves 30 de abril del 2015. Irrumpe en la tarima Alfonso López el acordeonero Éibar Rafael Gutiérrez. Enseguida se imponen las exclamaciones y otras expresiones de simpatía de un público que saluda a un serio candidato a la corona profesional pero también, y esos son los milagros de la televisión, que cree ver en el escenario al legendario Juancho Rois.

El calor tiene esa particularidad de emular los efectos de una telenovela hipnotizadora –Diomedes y el famoso fenómeno Diomedízate, por ejemplo– o el de un licor ingerido con un gesto soberbio. En ese instante, se cristalizan visiones, recuerdos y extraños paralelos que surgen de la nada con un viento de fogosidad.

No se trata de Juancho Rois. Los comentarios del locutor y la falta de mostacho  podrían ser una prueba suficiente, y sin embargo, tras esa interpretación enérgica e impecable del músico, la salida de la tarima se asemeja a una pequeña victoria.

La turba enloquecida –combinación insólita de periodistas y espectadores– persigue al concursante en busca de unas palabras o de una fotografía. Las declaraciones y los recuerdos de Éibar serán recibidos en este caso de la misma forma que un trofeo reservado a aquellos que esperan al pie de la tarima.

Unas horas después, en la casa familiar del barrio de San Carlos, Éibar Gutiérrez aparece con un innegable aire de calma, sonriente como siempre y cómodo. Es la hora del ensayo, momento en el que debe reinar la concentración, y, sin embargo, la puerta sigue abierta a esos encuentros promovidos por el Festival.

Después de los saludos que borran esos espacios indefinidos de un día, la entrevista inicia con el ritmo tranquilo de un aire de paseo.

¿Cómo se prepara un acordeonero para un festival y más en una categoría de profesionales?

No me preparo durante un tiempo definido para el festival. Me he dado cuenta que, sin quererlo o sin saberlo, yo me estoy preparando siempre para el festival. Hoy toqué una puya frente a un público expectante y motivado, quizás sea por esos 40 grados exagerados que hace, y tuve una receptividad tan bonita y, mira, la compuse hace exactamente un año. Hace un año me bajé de la tarima y alguien dijo: “Éibar creo que tocaste la puya muy lenta”. En la música vallenata, existen dos estilos de puya, una puya rápida y otra lenta, por eso, en cuanto me dijo esa frase, me vino la canción. Empecé a componerla hace un año y la terminé hace menos de un mes, lo que significa que llevo un año preparándola.

Pero sí es bueno aclarar que hay un encierro, unos ensayos con unos músicos para ajustar ciertas cosas. Por ejemplo, no se puede pasar de cuatro minutos interpretando cada aire. Tienes que cantar una canción del homenajeado del año. Ese tipo de cosas se cuadran.

¿Compones especialmente para el festival?

Admiro los artistas que hacen Latín o Pop porque se encierran en unos estudios al momento de hacer un nuevo disco. No, nosotros en la música  vallenata estamos componiendo todo el año, toda la vida. Bogotá es una ciudad de muchos trancones y aprovecho esos momentos para grabar mis ideas en el celular. A partir de eso nace una canción.

¿Qué sientes al subir a la tarima Francisco El Hombre? 

El primer día, estaba ansioso, nervioso. E independientemente de lo musical intervienen muchas cosas. Yo me iba de chiquito a la plaza sin que nadie lo supiera.  Veía estos manes allá y decía: Algún día me voy a montar ahí. Entonces, entiendan que, cuando me acerco a la tarima, ese mismo niñito sale a flor. Aflora el nervio, la ansiedad.

Además, comercialmente estamos pasando por un buen momento de reconocimiento público, entonces, la gente, cuando te ven llegando a la tarima, se expresa: “Ahí va El Hombre, ése es el Hombre”. Ese apoyo te compromete.

Hoy estoy mucho más tranquilo, ya rompí el celofán, pero siempre hay ese pálpito distinto, esas hormiguitas en el estómago. Ver a los medios pendientes de lo que vas a hacer, ver el jurado inquisidor con esa pose…

Se dice que a los verseadores les gusta romper el hielo con un poco de aguardiente. ¿Eres de esos?

No solamente los verseadores. Nuestra idiosincrasia ata fuertemente el folclor con el trago. Yo nunca tomé. Desde muchacho, salía a poner serenata, a parrandear, y se me olvidó tomar. Entre otras, porque me alegro mucho y disfruto todo. Nunca tomé. Ayer el Rey Wilber Mendoza, el hijo de Colacho Mendoza, se me acercó y me dijo: “Súbase sudao´”. Me quité el acordeón y le mostré el sudor. Entonces, me dijo: “Eso es… Ahora gesticule mucho y zámpese un trago” [risa]. Le tuve que responder: Ahí sí le fallo porque, si me tomo un trago, me emborracho.

Sin embargo, no tengo nada en contra del trago. Me parece que bien manejado saca esa parte bonita de mucha gente, y soy consciente de que las parrandas son chéveres porque la gente se desinhibe con un buen trago.

Se te conoce como juglar urbano: dos conceptos no necesariamente compatibles…   

En estos días alguien me dijo: “Buenas, juglar” en las redes y otro se disgustó y dijo: “Sí, él será bueno y un prospecto… pero juglar no lo llames”. El otro le respondió: “él es un juglar porque es un término que se adaptó en la provincia para el músico que toca el acordeón, canta y compone”. Y ésas son las tres características.

Si buscas en la enciclopedia de Wikipedia, verás que el juglar era un bufón. Un tipo que hacía reír al pueblo o al rey. Sin embargo, aquí se adaptan las cosas. Esto es una tierra mágica y los términos se adaptan. Aquí un juglar se le llamaba a Alejo o Luis Enrique Martínez porque tocaban, cantaban y componían.

Un día, un periodista importante me mandó una carta que decía: “Con cariño, para el juglar urbano” [Sonrisa]. A la gente que me asesora y a mí nos gustó mucho ese término y así se llamó el disco siguiente y así me llaman ahora. ¿Cómo lo asumo yo? Cómo un reto. Pero si se le pone los chulitos a las necesidades para ser juglar, las cumplo. Toco, canto y compongo.

¿Se puede vivir el vallenato de la misma forma en Bogotá que en Valledupar? ¿Qué se pierde y qué se gana?

Primero aclaro. Yo soy músico y ahora actor, y eso me lleva por distintas geografías. No es fácil encontrar un mes entero donde yo esté en mi apartamento. Mi residencia es Bogotá pero viajo mucho a Valledupar, Cartagena o Barranquilla.

Tener cotidianidad en Bogotá me cancela la posibilidad de sentarme en un andén, en una terraza a hablar con los amigos. El frío allá no te lo permite. También hace que yo estudie en una academia en lugar de hacerlo en mi casa porque el ruido en el edificio molesta. Y en últimas, si vas a tocar el acordeón, tiene que ser despacito, apacible, y eso te da una nueva directriz. Ya no eres el acordeonero agresivo sino el melancólico.

Si lo miras de otra manera, me aporta mucho en mi musicalidad. En Valledupar, el 90% de lo que se habla es música vallenata. En Bogotá, no. En Bogotá están mil géneros, mil músicos, y algunos de ellos te permean, te aportan, te dan y se abren a que yo sea quien les dé. Eso me vuelve de un espectro un poquito más amplio.

También es cierto que este distanciamiento me hace perder el provincianismo, ese ser vallenato que nos diferencia tanto. Yo procuro casarme con ciertas cosas y una de ellas es ser cálido.

La semana pasada, en un conversatorio, el cajero Pablo López decía que el Vallenato antiguamente era un periódico y, por lo tanto, el juglar era cronista. ¿Te sientes cronista estando en Bogotá?

El juglar era cronista por la falta de Internet, teléfono o emisora. Era El Heraldo que llevaba la noticia de pueblo en pueblo. Y yo soy un cronista bien berraco porque en Bogotá se ha despertado un amor y un interés por la música vallenata y yo soy presa de sus preguntas. Anoche toqué en un evento del presidente de Telefónica y muchos directivos de Bogotá y ellos están deseosos de escuchar, bailar y celebrar la música vallenata, y también preguntan: “¿Esa canción a quién se la compusieron? ¿Por qué estaba tan despechado?”.

También soy un cronista porque les narro a ellos las vivencias que mis padres y mis ancestros me legaron. Por eso hay una crónica en mis presentaciones.

¿Cuántas veces has podido presentarte al Festival en categoría profesional?

Llevo dos años presentándome en el Festival como profesional. Como compositor me presenté dos veces antes, en aficionados también estuve. Se me puede escapar alguna participación pero, a nivel profesional, sí está clara la cuenta. Lo único que no he hecho nunca es presentarme como verseador en la Piqueria.

¿Con cada presentación se repite la historia o es algo totalmente diferente?

[Risas] Kalata Mendoza, un pelao´que fue Virrey el año pasado y que quiero mucho, me acaba de llamar y le dije: “Primo esto sí es duro. Físicamente es muy exigente”. Él me respondió: “Éibar, yo llevo 8 años presentándome y todos los años es distinto”. 

Hay cosas que coinciden en mi caso, por ejemplo: el calor de cuarenta grados que lleva dos años dándome duro o el nivel de los demás participantes. A veces dicen “este año no hay ninguno así grande”, y vas y te encuentras con uno de calidad musical inmensa. Pero sí es cierto que hay una cosa distinta en cada festival y esa cosa hay que vivirla como concursante, como periodista, visitante o parrandero.

¿Qué hay de diferente en esta 48° edición del festival? 

En la lista de los participantes no hay un ganador. En los años pasados, había un tipo con nombre propio y se le anunciaba como un posible rey. Este año hay un conjunto de concursantes pero no un rey declarado por el pueblo.

Otra cosa distinta son los homenajeados. El año pasado fue Diomedes Díaz, entonces se le escuchaba por todas las calles. Era una cosa exagerada. Y con Gustavo Gutiérrez, igual.

La afluencia de público también es diferente. El Festival originalmente era un festival de vallenatos para vallenatos. El Rey tenía que ser de Valledupar, los músicos de Valledupar, los medios de Valledupar, para la sociedad de Valledupar. Pero hoy creo que el porcentaje está totalmente cambiado. El Festival dejó de ser nuestro evento para ser un evento de todos.    

¿El hecho que interpretes un papel en la telenovela Diomedes Díaz ha hecho que este festival sea diferente?

¡Sí! Quiero aclarar que en un principio lo que hacía era la música para telenovela. Dirigía a actores para que parecieran músicos y en una de esas, el director me dijo: “Éibar actúa, tú la puedes hacer súper bien”. Participé a un casting, le gustó y, desde entonces, sigo actuando. De eso hace cinco o seis años.

Pero claro que incide porque antes llegaba y sólo había 3 o 4 personas que me conocían en el camino a la tarima. Ahora es un lío llegar y es un lío salir. El compromiso es mayor porque ya te conocen mucho más.

¿Sientes una energía distinta, una mayor fuerza, para tocar el acordeón en tarima?       

¡Claro! Fíjate que alguien me dijo una verdad muy significativa: “Tú te puedes preparar de mil maneras para el festival pero no hay nada como montarse ahí”. Un asesor puede decirte ponte camisa corta, ojo con el sudor…  y, al subirte allá, de esos veinte consejos tienes que sumar otras 60 vivencias.

Yo tengo un grave problema con la emotividad. Me monto a la tarima y veo que los músicos cierran sus ojos y empiezan a hacer una cosa mecánica, preparada, que así debe ser. Pero en mi caso es imposible cerrar los ojos, yo veo a la gente, yo me emociono y esa emoción me lleva a querer salir de lo preparado.

¿Hay que frenar la emotividad?

Esto suena muy mal pero sí hay que frenarla. Tú no puedes ser emotivo. Beto Uhía, un gran rey vallenato,  un maestro de maestros, dijo un día: “Yo me monto en tarima y olvido el público”. Yo estaba pelao´ cuando decía eso  y pensaba: “Qué mal músico…”. Pero no, Beto tiene la razón. Suena feo pero hay que dedicarse a lo que está planeado, no dejar que la emotividad te saque, porque, si te saca de una rutina preconcebida, después es un lío volver a encauzarte. Te gastas un tiempo que no sabes si fue mucho o fue poco. No sabes cómo vas a empalmar la improvisación con lo planeado.

Se habla mucho de qué hacer para que el Festival Vallenato vuelva a seducir a la gente. ¿Crees que sería viable una parte del Festival donde la improvisación fuera posible?

Ayer un jurado me dijo: “Ese último pase lo improvisaste, ¿Verdad?”. Tenía los ojos llorosos. ¡Qué vaina linda! Pero es un riesgo, ¿entiendes? Asumir ese riesgo es de valentía, pero al jurado no le interesa eso. Podría ser… pero si todos nos ponemos de acuerdo.

En el Jazz, y en otros géneros donde la improvisación es cátedra, es fácil saber cuándo la persona se salió de algo preestablecido y está improvisando. En el acordeón, no tanto. Entonces, sería chévere porque este festival busca ser dinámico y no morir. ¿O qué tal que le presenten una bolsa de donde se saca un papelito que diga la música que vas a interpretar? Estoy en la crítica constructiva para defender algo que no se debe perder: la improvisación.

¿Tuviste que estudiar mucho el personaje de Juancho Rois?      

Cuando empezaba a tocar el acordeón, yo estudiaba a Juancho Rois musicalmente, como también estudié a Alejo y otras personas.  Y cuando Juancho Rois logra instaurar un sonido tan hermoso y tan distinto, yo me vuelvo un seguidor de él.

Por eso no fue novedoso para mí Juancho Rois. Hice el casting, hubo muchos participantes y actores importantes. Se demoraron mucho en llamarme, hasta que cualquier día me contactaron al estudio y construimos con el director el personaje Juancho Rois basado también en las grabaciones que hizo Diomedes Díaz sobre su vida.

¿Cuánto hay de Juancho Rois en Éibar y cuánto hay de Éibar en Juancho Rois? 

[Risas] Juancho era de una expresión clara y diáfana, y Diomedes, no. Podía contestar 20 cosas al mismo tiempo. Por eso, el director [de la telenovela] me marcó y me dijo que tenía que hablar clarito. Juancho no era un tipo de medios, de buscar la foto, pero, cuando se encontraba en una entrevista, se explicaba de la mejor manera. Aconsejaba mucho a Diomedes Díaz en el vestir y el hablar. Hay mucho de eso en Éibar. Yo soy un provinciano apacible, que busca el silencio, aunque tengo mis momentos de gritería. En eso hay mucha cercanía con Juancho Rois.

Otra cosa importante: Juancho Rois siempre soñó con un hogar establecido. En esa época ellos eran unos mujeriegos bárbaros, pero Juancho, no. Era metódico y ordenado. En ése me reconozco. No es que sean mis virtudes, lo reconozco, pero para mí las 3 en punto son las 3 en punto. Juancho Rois era enfermizo con sus grabaciones, él podía quedarse hasta las 6 de la mañana, solo con el ingeniero. La parte musical nos une.

Bueno, y lo divergente: Juancho era enfermizo con su cabello, con su parte estética.

¿Estás buscando un cantante con quien unirte o consideras que puedes seguir solo por tus múltiples facetas?

Al principio me decían: “Búscate un cantante que tarde o temprano lo necesitarás”, nunca lo busqué y no lo voy a buscar. Llevo 6 producciones y he logrado un posicionamiento, ésa es la gran diferencia. Todos los sonidos tienden a parecerse, cada vez más el comercio y la era digital hace que todo sea uniforme.

¿Y en qué es distinto Éibar? En que toca y canta. Pero sobre todo, cuando estoy con otro cantante, me siento incómodo. En realidad, no soy un acordeonero. Soy un acordeonero que canta.

¿Qué proyectos musicales tienes planteado para el futuro?

Ahorita tenemos lista una nueva producción: una canción en homenaje al maestro Juancho Rois y a Diomedes. Se llama El fuete y el Cacique. Ya hicimos el audio y el video. Ya está todo listo pero estamos pendientes de una alianza comercial, y de un momento explícito en el comercio que nos diga: ¡Ahí es! Yo creo que es en menos de 3 semanas…

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co 

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