Música y folclor

Sí, Rafael Orozco se llamaba…

Fabio Fernando Meza

11/06/2020 - 04:45

 

Sí, Rafael Orozco se llamaba…
El cantante Rafael Orozco

 

Como ése no hubo, no hay, ni habrá”, “fue, es y será mi cantante estrella”, es lo que se le escucha decir a sus admiradoras, su principal fuerte.

Para nadie es un secreto que el cantante de música vallenata Rafael Orozco tenía a todas las mujeres como sus más fervientes fanáticas. Muchas de ellas sintieron morirse con él aquella noche negra del gran ayer.

Los hombres parranderos se deleitaban con su música desde la tarde aquella de sábado cuando Rafa se montó a una tarima improvisada en la población de Aguachica, Cesar, solicitado por el gran acordeonero Miguel López. Corría el año de 1976 y ya Rafa había grabado con “el comandante” Emilio Oviedo; la gente allí presente se enloqueció con el estilo que ya empezaba a imprimir en sus cantos el cantor de Becerril. Algunos de  estos parranderos lo siguieron hasta poco antes de su muerte, porque sus grabaciones recientes ya no servían mucho para parrandear sino para evocar cosas románticas, cosas bonitas, para serenatearle a la enamorada hasta que el sol por cualquier parte apareciera.

La gran disyuntiva de Rafa era si quedarse en Becerril vendiendo agua en su burro alborotado, aprender con su papá a tocar acordeón, vestirse a la moda en el almacén “el agáchate” de Valledupar y mantener su cabello espeso con brillantina, o  salir a buscar una vida mejor. Y la encontró en Barranquilla de la mano del médico y compositor Fernando Meneses Romero, allí se olvidó de la promesa hecha a Miguel López de grabar juntos y se inscribió en la Corporación Universitaria de la Costa a estudiar Administración de Empresas. De allí lo sacó Israel Romero cuando se había separado de su cantante Daniel Celedón y Rafa andaba sin rumbo fijo.

Desde el comienzo de su carrera, Rafael Orozco tuvo que vérselas con los puristas del vallenato, con los que les gusta el vallenato cerrero, sin un poquito de azúcar. Ellos no asimilaban muy bien el estilo impuesto por Rafael y las críticas no cesaron hasta mucho después de su muerte, acusando al Binomio de Oro de haber distorsionado la música vallenata para satisfacer intereses personales y que detrás del estilo de ellos se fueran algunas de las figuras de la música vallenata de hoy.

Al igual que sus padres, hermanos, esposa, hijas y amigos, sufrió “la vieja Nuñe” con la partida para siempre de su “Rafita”, esa abuelita villanuevera con un alma noble, de esas almas que ya no venden en la tienda de la esquina, la mamá del acordeonero Israel Romero era feliz cuando el cantante la llamaba casi todas las mañanas a darle los buenos días, a mamarle gallo, a preguntarle si se había estrenado el vestido de flores amarillas que él le había traído de su gira por Venezuela.

Gozaba “la vieja Nuñe” cuando Rafa le cantaba el merengue de Héctor Zuleta Díaz: yo no se que es lo que pasa / entre los santos y yo / cada uno escribe una carta / cada uno me pide un favor /  san José Gregorio Hernández me mandó un marconi urgente / y me pide que le mande medicina pa` un paciente / ese santo que es doctor del cielo me ha encarga`o / que le mande esparadrapo, merchiolate y algodón / que san Pedro maromeando se cayó y se escalabró…

La abuelita cuando lo escuchaba, con toda la ternura que irradia le decía muerta de risa: “¡Ese muchacho de los diablos tiene unas vainas!. ¡Te va a castigar Dios, caracho!”

Detrás de los triunfos evidentes de Rafael e Israel siempre hubo una mano de hierro para con el grupo, del que ellos se ufanaban, con razón, de ser el mejor tanto en acople y en coros así como en coreografía y vestuario.

Pero no todo era color de rosa para los líderes de la organización Romero Orozco: En la mayoría de las veces, cuando por dos o cuatro meses se encerraban a grabar sus canciones en los estudios de su única casa discográfica en la ciudad de Medellín, o bien por el  cansancio, o bien por la tensión, o bien por el nerviosismo que les producía el querer brindarle lo mejor a sus fanáticos, en plena sala de grabación y sin venir a cuento, sin motivos aparentes, las cabezas visibles del grupo se agarraban a trompada limpia, a puño físico, “¡compadre!”. Entonces intervenían los demás integrantes del grupo y los técnicos de la grabación para separarlos. Gracias a Dios todo quedaba de ese tamaño, porque luego se abrazaban y se reconciliaban y todo quedaba superado.

Rafael Orozco siempre reconoció que las puertas del estrellato se las abrió la virgen del Carmen vestida con la canción que compuso su compadre Diomedes Díaz, a quien él bautizó como se le conoce al hijo de la señora Elvira: El Cacique de la Junta.

Una noche de vientos cruzados, sus padres vieron en la cocina que el café se derramaba en la olla de barro en el fogón y ni la cuchara de palo pudo evitarlo, era porque en ese preciso momento a muchas leguas de su casa paterna Rafa a todos nos estaba diciendo adiós, presentía que para él ya casi estaba anocheciendo y vislumbraba en el horizonte el sueño de los que esperan despertar en lo eterno. Sí, alguien a quien no le gustaba el vallenato lo mandó antes de tiempo a encontrase con la estrella de David, alguien que no le gustaba que Rafa nos enseñara en cada parranda que quien se durmiera lo trasquiláramos, alguien que no soportaba ver que conseguíamos una novia con cada una de sus inolvidables melodías, alguien que envidiaba que Rafa cantara el amor-amor, manchó sus versos con sangre.

Rafa alcanzó a ver con alegría que sus cantos se perdían como el humo en la montaña por todos los confines de nuestra basta geografía: estaban allá donde la noche era más noche, allá donde las tardes no morían, allá donde las aves libremente ya no pican los frutales cada día, allá donde todavía se escucha el ladrido de los perros cuando va muriendo el sol, allá donde se ocultan los luceros con la nieve, allá en la cabaña que está bajo un fresco naranjal, allá en la tierra que brilla, allá donde hay copitos de nieve, allá donde hay un corral de ganado escoltado por unos mangos centenarios...

A aquella muchacha preciosa, bailadora de chandé, nunca se le hizo su sueño realidad: que Rafa incluyera en su itinerario a su humilde pueblo para ella recibirlo con un millón de rosas rojas cultivadas especialmente para él con todas las fuerzas de su ser; y después de que ella se embriagara con sus cantos, el cantante hiciera con ella lo que le diera la gana.

Las almas buenas se van para siempre de manera súbita, sin avisar, sin despedirse, cuando menos se espera, sin darle tiempo a uno de que busque un poquito de agua en la tinaja para poder digerir tan infausta noticia. Días después de su muerte, cuando yo trataba de encontrarle razones a la desaparición tan absurda del cantante alegre y sentimental y las piezas de este horrible rompecabezas no me cuadraban, esa explicación que no encontraba me la regaló una tarde de junio, una de sus miles de fieles seguidoras, la seño Gloria, mi madre: Toty, es que Rafael José Orozco Maestre no era de este mundo.

 

Fabio Fernando Meza

Sobre el autor

Fabio Fernando Meza

Fabio Fernando Meza

Folclor y color

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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