Música y folclor

Adriano Salas, mártir y genio olvidado del canto vallenato

Alfonso Osorio Simahán

02/06/2016 - 06:10

 

Adriano Salas Manjarrez  / Foto extraída del libro "Adriano Salas Manjarrez, El paisaje hecho canción" de  Waldir Castilla

De la saña con que el destino lo iba apretujando en su terreno y la resistencia espiritual para no sucumbir ante los funestos designios, en esa misma medida se bifurcó un ser humano de dimensiones fabulosas: el primero de ellos prefiguraba a uno de esos famosos  personajes escapados de una antigua tragedia griega; y el segundo, nos hace recordar aquellos patriarcas bíblicos, que sin resignarse,  ofrendaron su alma para defender su fe.

Adriano Salas Manjarréz, nunca se imaginó que dos garrotazos en su cabeza  por culpa  indirecta  de  dos mujeres, en situaciones y lugares diferentes, fueran la causa de uno de sus grandes infortunios.

En el municipio de San Pedro (Sucre), donde nació y creció hasta el   despertar de su adolescencia, se enamoró con todo el ardor juvenil, de una quinceañera coqueta a quien dos vecinos del barrio pretendían también. Los tres dirimieron el derecho para hacerse  de aquella  conquista, a la criolla tradición: los puños. Pero, cuando no  está definidas las reglas de juego, cualquier recurso de supervivencia sale a flote. No bastaron las fuerzas físicas. Uno de los  rivales, con un  pedazo de palo que recogió  y con la disposición del que se siente perdido, le fracturó la cabeza a Adriano que lo dejó inconsciente y terminó de emergencia en el  hospital.

Aunque en apariencia cicatrizó aquella monumental herida como para proseguir su vida normal, con el paso del tiempo se fueron acentuando las secuelas que dejaron  aquella riña callejera.

Este torpe y romántico episodio, sumado a la ausencia de una figura paterna en su hogar, pues, su padre lo abandonó desde que estaba en el vientre de su madre; y los menguados ingresos de ésta, una reconocida modista del pueblo, que apenas si alcanzaban para el sustento de cuatro personas, lo forzó a buscar una nueva tierra de promisión.

Con escasos dieciséis años de edad, agarró rumbo al Magdalena Grande, región que para aquel entonces se había ganado la fama de remunerar bien a los trabajadores del campo. Cumpliendo con diferentes tareas, propias del buen bracero, le tocó vivir por temporadas largas en Astrea, El Díficil, Fundación, Pueblo Nuevo, El Copey y Valledupar.

Fue en esta vasta comarca donde no sólo se codeó con los más insignes juglares de su época, sino que se nutrió de sus códigos musicales y conocimientos ancestrales. Como discípulo aventajado y su disciplina férrea para almidonar su arte y su estilo, pronto se hizo notar como un respetado músico y compositor de los aires de la Provincia. La influencia musical en esos periplos, sin duda, fue determinante en su formación creadora.

En una finca en El Difícil (Magdalena), donde convivía y trabaja con otros jornaleros, recibió la otra “ñapa”  de fatalidad. Sólo que esta vez  Adriano, pagó los platos rotos de una inocentada macabra. La protagonista de esta historia fue también una muchacha, pero infiel.

El marido cachón, descompuesto por la traición de su mujer, buscó los datos referenciales de quien supuestamente era el “pata de lana”, entre ellos, el sitio exacto donde dormía, para preparar un golpe alevoso: sorprenderlo dormido y reventarle el cráneo con un trozo de leña. La irónica y mala fortuna hizo que la noche del plan, Adriano colgó su hamaca en el preciso lugar donde por costumbre dormía, aquel que debía ser la víctima de la tramoya. Lo despertó un agónico dolor que no solo le paralizó el cuerpo sino que lo dejaron viendo espectros de juegos pirotécnicos por un largo período.

No murió por mera casualidad, pero ese golpe, conexo en consecuencias con el primero que le dieron allá en San Pedro, fue suficiente para apresurar de forma insalvable su ceguera.

Aunque esta no fue fulminante, sino de manera gradual, contó alguna vez, que hubiese preferido la primera opción para no tener que haber vivido tantos ratos de tensión al filo de la incertidumbre, esperando el día que en que su vista amaneciera perdida en las tinieblas. Antes de cumplir los cuarenta años quedó ciego por completo.

Cuando llegó aquel triste momento, ya estaba preparado lo suficiente como para asimilar la adversidad. En vez de salir a buscar el alfabeto Braille o solicitar alivio profesional a su mal, apeló a su  carácter congénito en materia de templanza y se refugió en su emotiva guitarra, que desde los  trece años  en su pueblo, ya era su cómplice y compañera. Además, que esta le servía como ancla para evacuar  todo ese  rosario de versos musicales, producto de su vocación perenne para la composición. Estar todo el tiempo dándole riendas sueltas a su poder creativo, era el paliativo para escapar  y vacunarse contra las penas, y mantener levantada todo el tiempo luego  su autoestima.

Ese mismo instrumento, y la solidaridad efectiva de sus musas, fueron la misericordia para digerir el otro gran trago amargo: la lucha inclemente que mantuvo por años, contra los niveles exagerados de glicemia en su sangre, cuyo efecto conllevó a la amputación de sus miembros inferiores. Aunque esto tampoco se dio de manera simultánea, los intervalos cortos en que sucedieron los hechos, hicieron más extensible  su sufrimiento.

Nadie de su entorno puede decir que escuchó de sus labios alguna vez, una maldición o lamento por su desventura. Antes por el contrario, las contadas veces que le tocó hablar de su desgracia, sostuvo que estas eran un premio de la Divina Providencia por ser tan parrandero, mujeriego y trashumante. “El mal hubiese sido, peor”, acotaba. Salvo evocar algunas anécdotas de contenido divertido, siempre se mantuvo hermético en transparentar su pasado. Quienes ignoraban esta actitud y pretendieron en alguna reunión que les revelara rasgos precisos de sus momentos aciagos, él con la habilidad del buen torero eludía la pregunta y terminaba mejor, por improvisar sus más recientes cantos inéditos. Fue un verdadero ejemplo de dignidad y paciencia.

De todos esos suplicios, donde se incluyen, penurias económicas, traiciones y desamores, el golpe que si lo puso a tambalear y del cual no se repuso jamás, fue la muerte de Aurora, su esposa, samaritana e inspiradora en los momentos álgidos de su vida, por más de treinta años. Se conocieron en un bus, donde coincidieron como pasajeros, en un viaje que los llevaría hacia la región sabanera, en esos itinerarios interminables del “Nano”- así lo llamaba Aurora-. En muchas ocasiones se le oyó decir: “Dios me quitó de la vista los atardeceres y anocheceres, pero me dio todo el tiempo una  Aurora”.

Más nunca volvió a cantar ni a tocar su guitarra en público. Fue el tiempo y su habitual compostura los que mitigaron ese duelo de ausencia, pero el vacío nunca desapareció. Con ello se fue profundizando en él un comportamiento solariego, se hundió en un silencio amargo lo que contribuyó a que mermara su ya deteriorada  salud.

Esa  soledad y nostalgia  que a toda hora sentía y que le producía recuerdos ácidos, la única forma de sacudirlos era buscar otro ambiente donde vivir. Nunca pensó que Aurora se fuera primero que él. Tomó la determinación de marcharse de Sincé, de donde era oriunda Aurora y donde convivieron todo ese tiempo que estuvieron casados.

Se mudó a Corozal donde vivía una hermana quien le dio hospitalidad y atención como se lo dio en vida  de Aurora. Cuenta esa hermana, Carmen Alicia, que casi todos los días escuchaba unas notas suaves y apacibles de guitarra y un susurro de voz imperceptible que se escapaban  de su cuarto, donde se la pasaba en solitario. La misma Carmen no dejaba de comprarles sus casetes, para que escuchara en una grabadora que  siempre tenía a su lado, los últimos vallenatos.

Fue en la población de Sincé donde tuve la dicha de conocerlo e invadir su territorio; primero, como  admirador, luego como discípulo y más tarde como amigo. En poco tiempo ya formaba parte del  club de sus fieles y  privilegiados contertulios. Este vínculo afectivo se extendió por más de dos décadas, me  da una coraza de autoridad para traslucir algunos capítulos de su vida.

Hay algo que causa asombro  a propios y extraños, y que nunca estuvo vedado, incluso en sus momentos de borrasca: el exuberante humor y fresco estado de ánimo  de Adriano. Ese tino mordaz en convertir una simple trivialidad, en exquisitos apuntes jocosos y aliñar con su sarcasmo recurrente cualquier episodio de la vida cotidiana  es en esencia, magistral. Ni siquiera su discapacidad se salvó de su propia burla. –Aurora!, búscame las abarcas y desempólvame las gafas, que me llegó visita-Solía decir cuando llegábamos a su casa. Otras veces: -no busques que te de una patá-cuando alguien se  demoraba en servirle el trago. Era bien sabido que para esos momentos  ya carecía de  piernas y visión.

Pertenecí al  selecto grupo de amigos  que a cualquier hora del día, éramos  bien llegados a su humilde vivienda-a esta la identificaba como “la palma ensartá en una horqueta”. Para él nunca importunábamos. La una condición era muy clara: No se presenten sin un bangaño de aguardiente en la pretina. El licor parece que era  otro de los sedantes con que amortizaba los malos recuerdos.

No fue tampoco un pendenciero de oficio, aunque reconocía que unos tragos de más lo ponían fastidioso y alguna ocasiones perdía los estribos. En el fragor de la parranda nos sentábamos fuera del alcance de sus manos, porque sino terminábamos con  la camisa rota o sin botones.

Un primero de Enero, en las  horas de la mañana me sorprendió en plena  amanecida parrandera, la visita  del reconocido compositor sabanero, Julio “Rio Crecido” Fontalvo, quien llegaba de Sincelejo donde vivía. Lo primero que me pidió fue que lo llevara a la casa de Adriano. Julio (q.e.p.d) que con los tragos también se ponía pernicioso, desde que llegó a donde Adriano fue sugiriéndole de forma cansona que si  nos podía preparar un sancocho de gallina. Adriano tan quisquilloso como oportuno no se aguantó más: -¡Aurora! -gritándole a su mujer- consígueme el machete pa´ mocharme la bola izquierda y prepararle un sancocho é chácara este carajo.

A mediados de los 70 se celebró en Valledupar una recordada parranda, donde asistieron Adriano, el Maestro Leandro Díaz y otras personalidades del acontecer social y político de la ciudad. Entre ellos departió un refinado político y folclorista, con  fama de tacaño. Aprovechando este, el instante en que Leandro y Adriano compartían juntos, se lanzó una jactanciosa frase: “se encuentran entre nosotros los ojos más agudos del folclor vallenato”.-Y aquí tenemos el bolsillo más ciego de la comarca -replicó Adriano- con su usual desenfado.

A comienzos de los ochenta me pidió el favor para que lo llevara de Sincé a Sincelejo para una consulta médica de rutina. En compañía de otro amigo nos fuimos en un campero  de servicio público que nos dejó a una cuadra del consultorio. No me quedó más remedio que montármelo en el cuello a lo caballito. No se había acomodado todavía cuando lanzó su proverbial sentencia: “…Ahora si quedé bonito como mico de ciudad. Para completar, sólo hace falta que me dejes  caer, para ver si abandono el zoológico de una vez…”

La grandeza de Adriano Salas y su invalorable contribución al acervo cultural, podríamos verla en varias vertientes. Pero  creemos, sin equivocaciones  que la máxima valoración de su innato aporte, es haber penetrado como sabueso del arte en el espacio bucólico de nuestra Costa Caribe y hacer del binomio, amor-naturaleza, su temática constante. Esa temperamental sabiduría para escudriñar la fauna y flora de su reducto como elemento vital en su vinculación personal en esos escenarios, lo catapultan como el primer “paisajista” del  folclor vallenato. Toda la materia natural que de esta región emana, las va a evocar el grueso de sus canciones: aves, invierno, riachuelos, laguna, palmeras, lirios, juncales, sauce, serranía, cultivo, cabaña, primavera, ensenada, rivera… Su devoción infinita por plasmar en su obra todos esos elementos telúricos  lo patentizan como el pionero de este género. Los títulos de sus composiciones así lo refrendan: Trébol Legendario, Cerro Verde, Panorama, Caño Lindo, Cofre de Perlas, Selva Dormida, Amaraje, Cóndor sin Plumas, Islas Canarias…

En su intimidad, ya aseveramos, que era un enemigo de los gestos piadosos y de palabras lastimeras a sus percances. Más sin embargo, muchas de sus composiciones reflejan a un ser desgarrado por dentro: “Hoy las roncas tempestades con voz de trueno me abruman, soy el barco que naufraga dentro de un mar de amargura…” “Sé que la vida es un fandango y sé que tengo que morir, yo me la paso cantando, no ven que llorando nací.”

La únicavez que lo vieron llorar fue cuando murió Aurora. Estos siguientes versos son estremecedores también: “Tienes que saber morena que te vi por vez primera, fue con los ojos del alma porque mis ojos cansados no te pudieron mirar…”; “…sólo  la guitarra es la que no puede olvidarme y me ayuda a sufrir las tragedias del destino…”.

Los primeros artistas ya consagrados que creyeron en su talento y lo sacaron del anonimato como compositor a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, fueron: Luis Enrique Martínez, Andrés Landero, Julio de la Ossa, Calixto Ochoa  y Enrique Díaz. A mediados de los setenta sería el Dr. Pedro García con los Cañaguateros quien le daría un tratamiento de importante reconocimiento al incluirlo casi todas sus producciones.

En época moderna Poncho Zuleta, aprovechando también su olfato canino a favor de su proyecto costumbrista lo incluyó en tres álbumes consecutivos.

Mientras preparaba esta crónica-testimonio, me enteré, que con justicia tardía, Daniel Samper en la segunda versión de “Cien Años de Vallenato”, reivindica su memoria histórica ubicándolo en el pedestal ganado; y un coterráneo de Adriano, parece que está a punto de lanzar un libro biográfico. Esperamos que sea para rescatar con sinceridad a este gigante del canto vallenato y no para obtener méritos profesionales a costa de su nombre.

Pero los percances apocalípticos de Adriano aún no habían finalizado. En Corozal, cuando todo apuntaba que se había repuesto un poco anímicamente por la ausencia de Aurora, le sobrevino una trombosis severa que lo dejó para siempre sin habla y sin conciencia. Su hermana, al no poseer los medios clínicos necesarios para atenderlo, lo internó contra su voluntad en un asilo cerca de su casa. Ahora, ciego, inmóvil, mudo y sin mente, ¿qué otra destrucción  vendría?

Un par de semanas antes de este último desenlace, le dijo a un periodista regional: “de mi plumaje solo ha quedado la ruina…”. Aurora, alguna ocasión comentó, que varias veces le oyó murmurar a Adriano, que si de algo tenía  que morir en esta vida, era por sus convicciones musicales. Me acordé a través de este pasaje de Aurora, que un compañero de tertulias, quien hoy es un profesor jubilado, en la exaltación de una parranda dijo una frase de antología: “parece que a Adriano le soltaron todos los demonios ecológicos, por el simple hecho de ser un guardabosques del folclor”.

Cuenta la historia, con algún tinte de fantasía, que mientras Beethoven se encontraba en el lecho moribundo hubo una fuerte tormenta. Entonces él,  levantó una de sus manos y la empuñó con las fuerzas que le permitieron. La interpretación personal que podemos darle a ese enigmático gesto, es de soberbia y desafío a los elementos naturales. Adriano, en cambio, murió sobrecogido y temeroso de su Dios y la naturaleza. Amó y añoró la quietud del campo del que hizo su universo creador. Su gran tragedia fue luchar para que en vez de compasión, se le reconociera la misión artística que el don natural le confirió.

El seis de Julio del año dos mil dos, se marchó sin ruidos ni tormentas del panorama de su tierra, Adriano, el centinela del folclor sabanero. Las tres estaciones que tanto evocaba en sus canciones dejaron  de contar con sus versos floridos. Pero, estamos seguros que Las Sabanas en buena medida ha logrado reverdecer y recoger los frutos que sembró este insigne trovador.

Mientras tanto desde el reino de los vivos, en gratitud, reconocimiento y recordatorio al amigo que no está, con el corazón en la garganta le hacemos coro a una de sus viejas canciones: “Ya no acompaño más con mi guitarra a las aves silvestres del playón…”.

 

Alfonso Osorio Simahán 

 

12 Comentarios


carlos amaris de leon 07-11-2018 10:19 AM

Que buen escrito Ademas me aclaro una enorme confusion sobre el autor de caño lindo y de panorama

Moisés Rodríguez 01-05-2019 10:12 AM

Excelente. Moisés

Silvio Eduardo Villegas Nieto 03-06-2019 10:09 PM

Sufrido Adriano salas en la vida como le fue a Leandro Díaz, pero se inmortalizaron con su talento y sentimientos, lastima que no fueron valorados por los de la época, que DIOS los tenga en su Santo Reino

Rafael Devoz 02-07-2019 03:26 PM

Hola, es posible determinar si la inspiración del Sr. Adriano Salas fue basada en alguna visita a Turbaco - Bolivar, las caracteristicas de la canción encaja con la naturaleza y posición geografica de la zona, alli sembraban antes cardamomo, queda en una colina donde se aprecia la ciudad amurallada de Cartagena, gracias

Javier Villegas 12-07-2019 08:58 PM

Tremenda historia ojala se valorara mas a esos grandes compositores como el maestro Adriano Salas

Gary Atencia 09-09-2019 06:41 PM

Hola muy interesante relato, me hubiese gustado saber que descendencia dejó Adriano Salas, al parecer o dejó descendencia. Muy triste como terminan muchos de nuestros verdaderos baluartes de nuestro bello folclor.

Roque Luis Arnedo Pérez 24-09-2019 06:09 PM

Qué bueno que alguien hubiese rescatado la historia de vida de un hombre icono del folclor vallenato. Sus canciones siempre me impactaron, sin saber su autor pero de algo si estaba seguro y es que era una persona con mucho corazón. BENDITO SEAS, ADRIANO SALAS, Dios te tenga a su lado.

Johnnie vino de San Cayetano bolivar 04-01-2020 03:51 PM

No me da pena decirlo. Llore como un niño chiquito a leer por todo lo que pasó adriáno. Y me identifique con el. Hay un verso de él que dice, *adriáno sala sigue siendo el mismo y nunca cambiara*

Fernando Armenta Crespo 29-01-2020 06:33 PM

Gracias Alfonso Osorio S., por tan elocuente y sincero escrito que ha manera de elegía le demuestras cariño y admiración a un gran amigo. Adriano Salas ha sido uno de mis compositores vallenatos preferidos desde aquellos años 60 - 70 en que luis Enrique Martínez grabó con su acordeón prodigioso ( que marcó el final del vallenato monótono al introducir compases y figuras de altos y bajos nunca escuchados), sus composiciones.

Federico Cervantes Sampayo 08-02-2020 09:07 PM

Da gusto exquisito recordar esas inmortales canciones autoría de Adriano Salas. Sin suerte en su momento y a un después de dejar de existir, se remembra una parodia en sus canciones *caño lindo y panorama* la sinomimia de la naturaleza y la mujer. No menciona está última, para distraer al amante de su música, pero deja el tufillo del fracaso amoroso, con orgullo varonil, afianzando su hombría. Mi amigo y coetario, condiscipulo Fernando Armenta Crespo, naturaliza con El Gran Luis E Martínez, pero que destacó también Los Cañaguateros de Dr Pedro García y apuntó muy bien Jorge Oñate. Estamos en deuda con este gran compositor bananero.

Carlos Guillermo Diaz Melo 15-02-2020 06:33 AM

Buen relato de la vida y obra del grande Adriano Salas, no nos comenta su grado de escolaridad. En obra se nota un gran conocimiento de la geografia y buen lexico.

Israel Hernández Caceres 22-04-2020 04:58 PM

Excelente relato biográfico. El Maestro Adriano es uno de los más excelsos y extraordinarios compositores. Inigualable. Debemos recoger todas sus canciones para deleitarnos a toda hora y toda la vida. Ojalá, las personas que lo conocieron nos enseñen más de su preciosa existencia. Felicitaciones y agradecimientos a todos. (Israel Hernández Caceres, Bogotá).

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