Música y folclor

El Vallenato, entre el Marketing o el Símbolo

Evelio Daza Daza

27/06/2017 - 04:40

 

 

La problemática cultural en torno de la cual girará este diálogo tiene que ver con uno de los tópicos o variables sociales desde las cuales es posible acometer una critica de cualquier manifestación cultural desde la perspectiva de su connotación simbólica, como quiera que el Símbolo permea todo quehacer que validamente se pueda denominar cultura.  

Si tenemos en cuenta que es a través de los símbolos como se puede medir los alcances que una determinada cultura ejerce en un medio determinado por cuanto su capacidad de comunicar y establecer significaciones o mensajes será mediante la eficacia de su armazón como lenguaje, esto es, por su capacidad de establecer la comunicación entre los miembros participantes de esa expresión cultural.

Desde este marco referencial el símbolo ejerce un importantísimo rol habida cuenta que el mismo implica una poderosa desconstrucción semántica y técnica del uso de los significados que normalmente la vida cotidiana le asigna a los diversos objetos en el transito de la comunicación social.

Es decir, el lenguaje simbólico potencializa las posibilidades en la comunicación por cuanto hace que los objetos se despojen de su significado que  el sentido común le  ha atribuido en la interrelación con la comunidad adquiriendo una profunda metamorfosis a nivel del lenguaje, a tal punto que los objetos despojados de su sentido común entran en una nueva dimensión de naturaleza simbólica en la cual su anterior sentido queda, por así decirlo, entre paréntesis y pasa a trastocarse en otra identidad desde la cual satura todos los referentes culturales de una comunidad por ser este nuevo y perturbador significado el que permite que un pueblo determinado adquiera carta de identidad cultural.

Así, por ejemplo, el carriel, que dentro de las relaciones de la vida cotidiana representa un objeto para echar cosas, como si fuera un maletín en el contexto de la cultura de los Paisas, el carriel se despoja de esa significación mundana para convertirse en un objeto representativo a nivel del lenguaje por cuanto el mismo deja de ser un objeto convencional para trastocarse en un icono de la identidad de los habitantes del Viejo Caldas y como tal en un símbolo de esa cultura.

Lo mismo resulta válido afirmar este ejemplo  con respeto al sombrero vueltiao en nuestra Costa Caribe donde este objeto se despoja de su uso convencional como utensilio para enfrentar los rayos solares y pasa a ser un referente simbólico del Caribe habida cuenta de su fuerte y contaminante poder de convocatoria a través del cual los habitantes de esa región le han otorgado al sombrero vueltiao una connotación totalmente simbólica, esto es, como representativo de la manera de ser del hombre costeño.

El acordeón como símbolo de la cultura vallenata

Si partimos  de la base convencional en virtud de la cual uno de los rasgos que permiten posicionar una actividad al rango de cultura es que la misma sea referente obligatorio dentro del contexto social como marco de referencia para identificar ciertos perfiles o características que la hacen única con relación a otras manifestaciones culturales y desde las cuales crea sus propias  relaciones de identidad existencial lo que permite encontrar en ella ciertas prácticas, costumbres y convencionalismos sociales hasta hacer de los mismos un arco iris donde se conjugan todos los colores que permiten no solo distinguirla de otros conglomerados humanos sino que le imprimen  tatuajes de identidad y sentido de pertenencia, el acordeón constituye fuera de toda discusión uno de los iconos y referentes culturales de mayor significación simbólica entre los habitantes del Caribe Colombiano.

Si tenemos en cuenta sus colosales implicaciones cuando de encontrar términos comunes de referencia en la comunidad nuestra, hasta el extremo de superar los limites de la expresión musical y ser el común denominador de la totalidad del espectro existencial de nuestro hombre provinciano, por ser el acordeón epicentro desde el cual se le introducía legitimación  a todas las prácticas sociales, hasta llegar a constituirse en un verdadero símbolo, no sólo musical sino cultural, lo que legitima al investigador Tomas Darío Gutiérrez para hablar de Cultura Vallenata, donde ubica a la música del mismo nombre, en tanto y que será el acordeón el encargado de convocar con sus notas alucinantes la capacidad de experimentar todo tipo de experiencias que nosotros los humanos podemos sentir o padecer, desde las estéticas hasta las religiosas.

Es el caso histórico de la Leyenda de Francisco El Hombre, y desde el cual se dirimen celos y posiciones de liderazgo entre juglares de una región llegando a contaminar todas las relaciones posibles de darse entre los campesinos nuestros.

El acordeón se erige como el icono y símbolo desde el cual adquieren significación desde la perspectiva del lenguaje las otras practicas sociales, como por ejemplo los cantos de vaquería que puntualiza acertadamente el profesor Ciro Quiroz Otero.

Será tanto así que las primeras grabaciones de música vallenata colocaban al acordeón en primer plano, por encima de los acordeoneros, como lo muestra la obra de nuestro arqueólogo musical Julito Oñate Martínez quedando este instrumento cobijado por la magia del símbolo, pues en forma colectiva, aun inconsciente, los pobladores le habían atribuido poderes de magia en el tráfico de la comunicación social, descargando en él la responsabilidad de ser el supremo cedazo que le confería legitimidad y valoración a la totalidad del acontecer de nuestra vida cotidiana, y porque no, de nuestra existencia, como lo proclamaba el gran Alejo Durán cuando siendo presa fácil de su clásica pulsión estética afirmó: “Este pedazo de acordeón donde tengo el alma mía”.

Más aun, sabedor Alejo de la grandísima capacidad convocatoria del acordeón dispuso en su testamento vital-musical que se lo dejaba a su compadre Víctor Julio Hinosa, cláusula testamentaria ésta que sin padecer de irregularidad alguna dentro de las miserablezas del Derecho Procesal, la mezquindad humana ha imposibilitado hacerla cumplir y será nuestro arqueólogo de cabecera Julito Oñate Martínez quien se imponga la carga de encarar la difícil cuesta de buscar ese regalo para cumplir la imperiosa necesidad que aun debe sentir Alejo en su más allá y entrégarselo a su compadre Víctor Julio, desde luego en mi Patillal, tal como resultó triunfante en buscar la guitarra de Buitrago, la cual, antes que ser guitarra, es un símbolo de toda una época, que aun no ha terminado en el colectivo imaginario de la sensibilidad caribeña.

El acordeón pasó pues de ser un instrumento musical para trastocarse en un referente imprescindible de nuestra sensibilidad estética posible. Emilianito Zuleta, denuncia la necesidad terrígena que significa el acordeón en el acontecer de la vida cotidiana de la provincia Vallenata cuando afirma: “El acordeón tiene una sonrisa y una elegancia muy especial, es como una muchacha bonita, de esas que tiene Valledupar”.

En esta forma, Emilianito Zuleta se refiere líricamente a este mágico instrumento musical no sin antes recordar en su alusiva composición vallenata: “Qué sería de todos estos pueblos y de Colombia en general, qué sería de Valledupar, sin este instrumento tan bello...”.

Desalojo musical y simbólico del acordeón del espiral de la música vallenata

Como si fuera cierta la profecía de CARLOS MARX según la cual “Todo lo sólido se disuelve en el aire”, esta sentencia del devenir social no resultó ser una alucinación alegórica de este pensador, pues en el caso del acordeón la misma va adquiriendo unos ribetes dramáticos.

Sus efectos han resultado de unas consecuencias catastróficas a nivel musical, artístico, estético, simbólico y como tal cultural, pues como si fuera una maldición que los mercaderes de la Cultura hubieran hecho recaer sobre la música vallenata, la silueta del acordeón se fue desvaneciendo en un tortuoso proceso de desarraigo humano que ha ido destiñendo su imagen en su doble significación instrumental y peor aún, simbólica y de su rutilante  y seductora presencia en todas  las carátulas.

El acordeón fue entrando en una denigrante condición de cenicienta en  la demoledora y rapaz industria del disco, a tal punto que desapareció por completo de esas bellas carátulas que presentaban a los acordeoneros mostrando orgullosamente su acordeón al pecho, para ser reaplazado por poses y modelos y cantantes vestidos  al estilo de Ricky Martin. Se fue, contaminado por la atmósfera turbia y maloliente que envuelve el remolino invasor que ha levantado la cresta de su ola hasta la cima de lo cursi y lo  frívolo, donde no hay cabida a la sensibilidad humana y donde han cesado todas las instancias que habían hecho posible la comunicación entre los hombres a través de este lenguaje universal como es la música y de cualquier otra forma de comunicarnos, pues en la sociedad del consumo desapareció el tiempo como existencia eterna de la posibilidad de sentirnos perteneciente a una comunidad y como tal  padecemos del vértigo del nihilismo o vacío existencial:

¡Quedamos sin lenguaje!

¡Ya no se necesita!

¡La moda lo ha invadido todo!

Han terminado todo tipo de referentes o sentido de pertenencia y, como tal, el lenguaje resulta inocuo y hasta superfluo, pues si fuimos despojados de toda posibilidad de sentir, de sensibilidad humana,  nada hay que valga la pena comunicar y, siendo así, el lenguaje social y simbólico resulta innecesario, pues las relaciones  humanas entre los hombres han tocado su fin.

Solo existen relaciones entre objetos, entre estos el mismo hombre y como tal el lenguaje desaparece entre la intercomunicación de los consumidores, pues, las relaciones entre mercancías no requieren de ninguna intercomunicación a través del lenguaje y menos aun de símbolos que son formas supremas de aquel.

No tenemos nada que compartir en el escenario de lo social ya que fuimos despojados de toda capacidad y posibilidad sociológica del ímpetu de la pulsión que nos crea la sensibilidad humana y todo aquello que se tenía como interlocutor válido para hacernos sentir cómo era la música vallenata, no tiene razón de ser, ha dejado de existir. Sólo quedan ruinas del viejo lenguaje y una de ellas, nos insinúa temblorosamente que es el acordeón, el cual se ha enmudecido tanto a nivel musical como a nivel del lenguaje simbólico lo cual es una doble desgracia en el grato recuerdo de la evocación de cómo nos habían enseñado a escucharlo y a distinguir las distintas maneras de cómo se tocaba un acordeón, eso que nos permitía decir de entrada que tocaba Emilianito, que era el gran Colacho, que era Alejo o Calixto, Miguel López o Alfredo Gutiérrez, o el intrépido Héctor Zuleta, eso ya no es posible.

Hoy día todos tocan de igual manera, tocan lo mismo. Todos están contagiados por el ruido ensordecedor de unas notas insípidas. La melodía ha desaparecido. Todos siguen el mismo libreto de la intrascendencia musical. Son unos inútiles para poseerlo. Son verdaderos maulas, como dice nuestro referente cultural el gran Pablito López. Tocan tanto que terminan no tocando nada, como diría el gran Leandro Díaz, pues se agotó la creación impetuosa de hacer música, la época de las grandes melodías ha terminado. Bienvenido el formato impuesto por los agentes de la moda y del consumo. ¡Bienvenido los inéditos! Y todo aquello que no necesite pensar ni de inspiración, menos aun, que necesite de ser escuchado a través del acordeón.

Situación que resulta más paradójica y un tanto absurda si tenemos en cuenta que hoy Valledupar y muchos pueblos están saturados de tantas academias, profesores  y académicos o maestros para enseñar a tocar el acordeón, ventajas pedagógicas éstas que no tuvieron los grandes del acordeón y, sin embargo, las diferencias en la ejecución del acordeón entre aquellos empíricos y estos avezados discípulos de estas academias son extremadamente escandalosas que me relevan de intentar cualquier comparación y que es una situación que no deja de ser preocupante para alguien quien, como mi buen amigo el filósofo e investigador del acontecer social como lo es Numas Armando Gil, debería ser para él  lo mismo para Marina Quintero, Daniel Samper, Edgar Caballero un recto intelectual y de investigación indagar entre los factores que legitiman el Juicio estético, y dar vía libre a la imaginación e indagar sobre qué pudo haber ocurrido; si es una situación de aprendizaje, o si por el contrario, la misma desborda lo pedagógico por ser un aspecto que tiene que ver con la sensibilidad artística de cada quien y con el genio creador para expresarla  a través del acordeón, capacidad ésta que está fuera de toda posibilidad de poder enseñarla ya que hacen parte de lo genial, de lo bello y sublime que están fuera del alcance de todo recurso o técnica  para   ser trasmitidas pedagógicamente.

¡El acordeón ha dejado de existir!

Como iracundamente gritaba Nietzsche anunciando la muerte de Dios. De igual manera, el acordeón ha muerto dos veces: como instrumento musical y, peor aun, a nivel de la simbología, y con ello ha desaparecido el supremo símbolo de nuestra cultura vallenata, anunciándose de igual manera que la música vallenata ha entrado en doloroso proceso de decadencia, pues cuando una cultura comienza a quemar sus símbolos que le imprimen identidad, así mismo se va consumando en su propia hoguera. Va desapareciendo la sensibilidad y el ímpetu creador de sus interlocutores.

Razón le asistía a NIETZSCHE cuando se enfurecía con la muerte de la tragedia griega, a quien él idealizaba como forma suprema de la cultura helénica, pues la frialdad del Socratismo había anulado el ímpetu vital de Dioniso, la pulsión cósmica que nos hace sentir y solo quedaba lo Apolineo con su frialdad, formalidad e uniformidad a ultranza.

Reivindicaba Nietzsche volver a los tiempos de la tragedia griega como época de gran enjundia y complejidad cultural donde tenía cabida la margarita de tantos dioses disímiles y confusos a quienes el concepto había matado y como tal consideraba él como el comienzo de la decadencia de la cultura Griega, pues había perdido a sus símbolos y como tal había entrado en un periodo de decadencia cultural.

De igual manera, la desaparición del acordeón en su doble dimensión: musical y simbólica denota la decadencia  de la perspectiva cultural de la música vallenata que estaba rodeada de unas relaciones sociales y humanas donde había un sólido tejido de identidad cultural que muchas veces las canciones hacían parte del colectivo imaginario de un pueblo y las mismas se despojaban de toda pretensión de ser obras de alguien para ser de todos y así entrar al conciente e inconsciente colectivo donde la espontaneidad del compositor dice  mucho de los márgenes de libertad de que disponía para compone.

Hoy, desgraciadamente, se ve obligado a componer por encargo con las siniestras y miserables consecuencias que eso acarrea para que aflore el genio del ímpetu de la creación, pues como dijo

Fedor Dostoievsky en su celebérrima carta dirigida a su hermano Miguel, cuando se disponía a encarar su tenebrosa situación económica frente al asedio de la casa editorial para que diera por terminada su primera novela “Pobres Gentes” rechazó esa propuesta en una actitud enaltecedora  frente al acoso del poder y se negó a seguir escribiendo en semejantes condiciones de falencia de espontaneidad y de libertad, y rechazó la embestida de los negociantes de la industria editorial con la siguiente línea que vale la pena recordar:

“En febrero recomencé a aligerar, a pulir, a intercalar y a suprimir… Me he jurado que, por difícil que sea mi situación, jamás escribiré por encargo. El encargo aplasta y aniquila todo”.

¿Será que la actual época despojó de toda libertad y espontaneidad al compositor de música Vallenata que se ha visto en la necesidad de componer por encargo con las funestas consecuencias que ello acarrea a la pulsión libérrima de la creación artística, lo que explica su decadencia?

Personalmente, creo que sí, sin que ello implique un enjuiciamiento individual sobre compositor alguno. No definitivamente no. Ello equivaldría e exonerar de toda responsabilidad las diabólicas y deshumanizantes condiciones que ha creado la sociedad de consumo en la cual, a diferencia de  las otroras relaciones rodeadas por condiciones donde era posible aun que los hombre se relacionaran humanamente, donde era la comunidad la que se expresaba a través de los compositores siendo valido afirmar que en esos tiempos el pueblo era quien hacía las canciones, hoy día la deshumanización ha llegado al extremo de que ya no hay cantos de raigambre popular,  donde el compositor era absorbido  por el espíritu contaminante e invisible de la colectividad.

Hoy solo compone el compositor y la comunidad consume sus canciones. Se compone para eso, para que sean consumidas. Y de veras que lo son. Pues su vida social es demasiado fugaz.

Es dentro de esta dantesca y paradójica encrucijada que tenemos que decidir si la música vallenata debe sucumbir frente a la brutal embestida del Marqueting donde, no me cabe la menor duda, desaparecería de toda posibilidad la capacidad del recuerdo y de la nostalgia, o si por el contrario no podemos inmolarnos todos perdiendo toda posibilidad de ver en ella un icono de nuestra existencia y como tal construir unas trincheras culturales y estéticas para enfrentar a los mercaderes de la muerte y decirles que no proscribimos su justo derecho de expresase musicalmente como ellos quieran, pero que jamás y nunca vamos a perder nuestra memoria colectiva permitiendo que presente como música vallenata algo tan distinta  de ella, para -de esa manera- pretender legitimar nuestras existencia desde el marco referencial que crea el entorno histórico de nuestro propio espacio cultural. Pero eso sí, con la pretensión, por demás legítima y así mismo desafiante y humana, de hacerla valer en otras dimensiones para de esa manera darle cabida a la imaginación poética de poder aspirar a ser eternos.

Dejemos  a los cantos de Tobias Enrique, Escalona, Leandro Díaz, Freddy Molina, Camilito Namen, El Viejo Emiliano, Moralito, Gustavo Gutiérrez y otros tantos clásicos de la música vallenata como fueron, como  son, para que queden como prueba de que en una  época fuimos humanos, donde aun podíamos sentir y como tal recordar, para no tener que padecer y cargar con el peso de tener que vivir una época de total vació existencial que imposibilita haberla vivido a través del recuerdo y de la nostalgia. En esta época de total vacío sólo existe el olvido, que es esencial a la moda, no así el tiempo en su dimensión existencial, que nos permite seguir sintiendo épocas no vividas pero sí atrapadas por las telarañas de los recuerdos y la nostalgia, no mecánica, al haberse profanado la actividad artística y hacer de las artes una mercancía mas.

No permitamos que los cantos vallenatos, que son cantos a la vida, se desvanezcan en el aire, al ser confundido con lo que no son, con aquello que en tono despectivo, se le denomina Balanato. O el rocochonato de hoy día.

Vallenato no hay sino uno, único e irrepetible como experiencia cultural y estética y como tal resulta momificado ante toda pretensión narcisista de los nuevos compositores de pretender codearse con él.

No. Jamás y nunca podemos renunciar al vallenato que además de único es clásico, pero difícil de poder emular pues, en su aparición concurrieron tantas condiciones, algunas hasta divinas y mágicas que hacen que todo intento por continuarlo será fallido, pues fue echo con tanta perfección que considero validas aquellos electrizante versos que se leyeran en los funerales de Bethoveen de Franz Grillparzer quien dijo, refiriéndose a este compositor jalonado por la inmortalidad lo siguiente:

“El que venga después de él no seguirá: deberá empezar de nuevo, puesto que este precursor ha terminado su obra donde están los límites del Arte”.

De igual manera, los nuevos compositores deberán comenzar de nuevo y, sobre todo, atreverse a mostrar con sus propias etiquetas e identidad musical y no tomar prestada la de vallenato que eso ha tenido un costo demasiado grande al punto de tener uno que padecer y sufrir al ver en la Tv a conjuntos interpretando dizque música Vallenata, creándose así una perturbadora confusión, con todo lo funesto que resulta confundir aquello que requiere de claridad y distinción como demandaba Descartes y que tanta cólera producía a Nietzsche cuando frente a la ambigüedad de interpretaciones que ofrecía su demoledora afirmación: “¡Dios ha muerto!”, gritaba. “¡Ante todo, pido no ser confundido!”.   

Evelio Daza Daza

Abogado y profesor 

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