Música y folclor

Con el vallenato a todos les va bien menos a los juglares

Juan Cataño Bracho

19/09/2017 - 06:40

 

Juancho Polo Valencia  / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Aunque parezca mentiras y a pesar de los casos que se pueden contar con los dedos de las manos, ni la administración de la cultura, ni la sociedad colombiana hemos sabido recompensar a los juglares vallenatos, campesinos elementales que hicieron de pedestal para edificar nuestra cultura musical. Ya lo había denunciado Leandro Díaz, aunque puedo asegurar fue uno de los pocos que al final de sus días pudo llevar una vida digna:

Veinte años tengo de estar en Sandiego

Regalando mi alegría serenamente.

Y que luego denunció, con nombres propios, a los que se beneficiaban de su arte, sin que tuvieran siquiera el pudor de cumplir sus ofrecimientos:

En esta pequeña historia vengo a contar
las cosas que en estos tiempos me han sucedido 
el titulo de este canto es el negativo 
porque todo el que me ofrece me queda mal. 

Fue lo que pude evidenciar cuando en los últimos años de vida de Máximo Movíl Mendoza lo encontré, en lo que fue su estado normal en las postrimerías de su vida, borracho, tal vez embriagado por su fama, en una humilde casita de las afueras de San Juan del Cesar; y dándole gracias a Dios por haber logrado una pensión que obtenía a través de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (Sayco) por la miserable suma de $ 150.000 pesos.

Agobiado por la necesidad, también, Lorenzo Morales debió internarse por muchos años en la Serranía del Perijá, lo que describió Leandro Díaz en su “muerte poética”:   

Pero murió Morales

Ninguno lo oyó decir

Murió poéticamente

Dentro de la serranía.

Ni que decir de Juancho Polo Valencia que fue vencido por el alcohol, que era lo que lograba obtener con su arte, a una edad en que para muchos es la de plena producción y Madurez artística.

Y en penurias también anda Néstor Martínez Fragozo, legendario cantautor de Los Playoneros del Cesar, que en una edad que promedia los 80 años y con la ilusión de ser recompensado por la sociedad, forcejea con la realidad buscando quien le compre su último CD en la que deja plasmada su voz ya seníl. Ese mismo que representa la otra cara de la moneda, cuando después de varios meses de gestión pudo reunir a 50 personas, entre colegas y amigos, el día de la presentación de su trabajo musical; mientras que a Peter Manjarréz, en tres días, le organizaron un memorable lanzamiento en la puerta de la Gobernación del Cesar. Y qué decir de cómo en “par patadas” y con qué diligencia se le acondicionó a Silvestre Dangond un lote en Valledupar, digno del descapote para una obra de larga duración y altos beneficios, para que, con todas las garantías de seguridad y comodidad, hiciera el lanzamiento de su álbum “Gente Valiente”. Pero que negligencia con la que le ayudamos a Rafael Salas a conseguir los medicamentos para calmar los dolores de la penosa enfermedad que al final lo llevó a la muerte.

Ahí están los famosas “Glorias del Vallenato”, ya sin fuerzas: en el viacrucis de cada año, luchando poder conseguir un auxilio de la alcaldía de Valledupar, ideado por el alcalde Fredy Socarráz, por el que tienen que dejar la última gota de sudor en cuanto evento programa la administración municipal. Las mismas para las que no me fue posible conseguir un solo centavo, a través de la Fundación Guardianes del Patrimonio, en un evento ideado para reconocerles su valor el 21 de abril de 2016, en la biblioteca departamental Rafael Carrillo Lúquez de Valledupar. Lo que me hará vivir el resto de mi vida avergonzado porque seguramente, a pesar de la buena intención, quedaré como uno más de los que han explotado su talento.

Pero la real radiografía del triste final que atormenta a nuestros juglares, está representada en “La Carta” que, ya herido por la necesidad, le enviara Carlos Huertas, desde el barrio Loma Fresca, en Maicao; a un amigo y benefactor, Julio Orozco, residente en Villanueva:

Entréguele esta carta que yo estoy seguro que él se lo agradece

El ha sido testigo de mis aventuras y de mis fracasos

He vivido la fama pero se marchó como siempre acontece

Y solo me ha quedado el recuerdo fugaz de cimeros aplausos

Pero, lamentablemente, lo que debiera invertírsele a la cultura se invierte en la farándula por el interés de los gobernantes de congraciarse con los artistas para quedar plasmados en el próximo CD, como se ha logrado conseguir por los últimos alcaldes y gobernadores del Cesar, por ejemplo.

Sinceramente, duele que uno no pueda hacer nada para socorrer a una figura como Edilberto Daza con cuyas obras hemos gastado tanto dinero en parrandas en las que evocamos nuestros recuerdos. Así como duele que no se hayan respaldado las iniciativas particulares que buscan reconocerle a “Chente” Munive su verdadero valor cultural. Sobrados casos tenemos para demostrar que: con el vallenato a todos les va bien menos a los juglares. Sin que esto signifique el repudio para los que con menos aportes han amasado fortuna por la vía de la música vallenata, porque han gozado de la dicha de vivir una época distinta y recibir beneficio de otros sectores distintos al oficial y, algunos, optando mezclarse con todo tipo de benefactores particulares, algunos de dudosa reputación, y con dineros de actividades no muy santas.

Entre tantas cosas que me quedan por decir, creo que, en esta columna, solo dispongo de un espacio para instarlos a que: haga, amigo lector, su propia lista de “Glorias del Vallenato” muertos en la misería y el abandono porque ya la mía es bastante larga para incluir los suyos.

 

Juan Cataño Bracho 

 

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