Música y folclor

Lo nuestro y lo extraño en el folclor

Diógenes Armando Pino Ávila

20/04/2018 - 06:55

 

La Tambora, gran expresión musical de la costa Caribe de Colombia / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Con la proximidad del Festival de música de acordeón que se hará en homenaje a Carlos Vives en la ciudad de Los Santos Reyes, creo pertinente tocar, desde mi humilde orilla, el tema del vallenato actual y del vallenato pasado, en cuanto el fenómeno de la modernidad que se viene dando no solo en esta música sino también en los aires folclóricos de toda la costa caribe colombiana.

Hay dos aspectos a tocar, el primero se refiere al gusto por el vallenato, la tambora, la cumbia o el porro, afortunadamente aquí en el caribe hay una variedad folclórica donde escoger, pues nuestra cultura es pródiga en variedad y gustos. Pues bien, cualquiera de estos aires, tomemos el vallenato o la tambora, en el contexto geográfico donde se desenvolvía, sus gentes, nuestros padres, abuelos lo gozaban, lo sentían o practicaban porque sí, porque era lo nuestro, porque era nuestra cultura, nuestra vida. Lo practicaban ejecutándolo o bailándolo o parrandeándolo por lo que era, lo que representaba, es decir, lo que simbolizaba para el pueblo, en este caso simbolizaba la alegría, el jolgorio, la paz, la comunión de un pueblo con su cultura.

Poniéndolo en otras palabras, nuestro folclor era, utilicemos conceptos filosóficos de  Katya Mandoki, “la apertura a la vida”, lo cantábamos, lo danzábamos, lo amábamos, porque era lo nuestro sin buscar patrones estéticos de belleza foránea, para nosotros era bello, lo percibíamos y admirábamos por «estésis», para nada tratábamos de encontrar o imitar «patrones estéticos» eurocéntricos, era la representación veraz de nuestra vida, era el yo, el él, el nosotros, lo nuestro, y en su simpleza radicaba la belleza, esa belleza salvaje, cerril, montaraz, que era el alma misma de nuestro pueblo. Era el vallenato de Emiliano, de Alejo, Juancho Polo, Francisco el Hombre y tantos otros juglares que enaltecieron el vallenato, eran las cantadoras de tambora de los pueblos del río, Pacha Gamboa, Brígida Robles, Eliecer Romero, Venancia Barriosnuevos, Agripina Echeverry, eran los representantes de nuestras vidas sencillas y pueblerinas, era la vida sin malicias representada con la espontaneidad cándida de nuestros abuelos, por eso se quería, por eso se bailaba, por eso se cantaba, por lo mismo se amaba, se imitaba y se replicaba infinitamente entre los miembros de la comunidad.

El tiempo avanza lentamente para algunos, vertiginosamente para otros, los medios de comunicación irrumpen en la vida de nuestras comunidades y, como desde siempre implantan patrones estéticos eurocéntricos, en todas las instancias de la vida nuestra, incluyendo nuestra música, nuestro folclor. La Tv, la radio, las revistas, los periódicos, nos traen noticias de otros aires, de otras formas de hacer las cosas, y nos inculcan que hay que seguir patrones «estéticos» del arte, del folclor. Ya nuestros pueblos han crecido, y pretenden ser ciudades, metrópolis, centros de cultura y saber, son absorbidos por la corriente «estética» del arte, a los jóvenes talentosos que hacen el folclor de los abuelos empieza a parecerles cursis la forma de cantar y danzar de éstos y se dejan arrastrar por esa corriente innovadora de la cultura foránea y asumen poses postizas de hacer y decir, abandonan el gusto «estésico» de lo nuestro y abrazan la estética europeizante, cambiando la forma de cantar, implementando técnicas vocales, arrebatando las melodías, cambiando todo.

Ya el canto de Poncho, Oñate, Brito y otros cantadores no les parece bello, ya las letras de Gutiérrez Cabello, del Pibe Escalona, del Maestro Escalona, de Rosendo, Leandro les suena con ecos del pasado, la miran como una rareza de museo e implacablemente imponen nuevos sones, nuevos ritmos, nuevos cantos, pero como se dice coloquialmente, cuando sienten que no «tienen tela para la camisa» montan la ridiculez del show mediático para mantenerse en el rating (escándalos, drogadicción, procacidad en tarima, borracheras descomunales ante el público, se besan hombres con hombres en tarima (claro, es su vida privada y es respetable, pero por favor ¡no en público!)). Lamentablemente, pero con menor intensidad está ocurriendo lo mismo con las otras expresiones folclóricas de la costa.

Es necesario darle una mirada a este fenómeno que acabo de enunciar, revisarlo, estudiarlo y reflexionar hacia dónde nos lleva esos patrones «estéticos europeizantes» y ver la conveniencia de volver sobre la marcha y retomar los patrones «estésicos» que heredamos de nuestros abuelos para que nuestro folclor pueda mantenerse vivo, para que seamos capaces de mantener la herencia cultural que nos legaron nuestros mayores, para que nuestros hijos y nietos vivan y sientan el orgullo de lo esencial de nuestra cultura, el alma de nuestro pueblo.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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