Música y folclor

Cuando pase el temblor

Diego Niño

23/04/2018 - 06:15

 

No-Lugar en pleno concierto / Foto: Diego Niño

 

Todos sabemos que la música es el reino de los desamparados, de los perdidos. La música es el territorio de la razón y la intuición (razón en tanto técnica, intuición en tanto arte). La música es el lugar que no tiene lugar. Es el Ou-Topos que se transforma en Utopía. La música es lo que queda después del naufragio, después del derrumbe.

También sabemos que la música no es semilla que crece en cualquier terreno.

La semilla de No-Lugar se plantó una noche del 2008. Camilo (el vocalista) bebía para paladear un despecho. Oscar (el bajista) lo acompañaba en silencio. Lloviznaba. Las cervezas se acumulaban. A la octava cerveza Camilo le dijo a Oscar que quería regresar a la música. Oscar, con la energía que siempre lo acompaña, le dijo que de una, que qué había que hacer.

—Por ahora tocar, después veremos —le respondió Camilo.

No tardó en unirse Wilmar (guitarra), compañero de universidad de Camilo y después Nicolás (batería). Meses después se fue Nicolás a Buenos Aires y llegó Aníbal, que conoció a Wilmar en una tienda musical (uno compraba la guitarra y el otro la batería). Tocaron algunos años, se perdieron en la época universitaria y se reencontraron cuando No-Lugar apenas era una reunión de náufragos. 

—Al principio eran guitarras acústicas en torno a las canciones de Camilo —afirmó Wilmar—. Después empezamos a conectarnos. Pero nos hacía falta algo. Por eso le metimos sintetizadores buscando nuestro sonido.

—No queremos hacer el mismo rock que hace todo el mundo: guitarra, bajo, batería y voz —acotó Camilo Rivas, productor y manager de la banda.  

—Queremos darle un sonido a la canción, envolverla. No queríamos meterle un riff copiando AC/DC —continuó Wilmar.

—Queremos darle más texturas —complementó Oscar.

—Le apostamos que sea una canción de letras —dice Camilo Montoya—. Tratamos que las letras sean coherentes, bien escritas.

Entre ensayos y trabajos, entre despechos y canciones, fue emergiendo el concepto: su música articula espacios antagónicos: rural y urbano, sentimental y racional.

—Hay cosas, momentos, que no se representan —afirmó Aníbal—. Esos No-Lugares que piden ser escuchados son los que trabajamos.

—Y que abundan —anotó Camilo—. Finalmente los No-Lugares son territorio de paso.

El jueves llegó Camilo A Seis Manos con barba espesa y mirada profunda. A su lado sonreía una rubia. Reconoció a un hombre de barba cerrada y calvicie prematura. Lo abrazó. Emergió un grupo de hombres. Amigos, compañeros de trabajo y de vida. Abrazos palmoteados, comentarios, risas tímidas. Camilo se empinó. Contempló el local. Soltó la carcajada y dijo:

—Esto parece una reunión de la secretaría de educación.

—Sólo falta la greca —acotó un moreno de camisa gris.

Rieron. Presentaciones: mi amiga, mi novia, un parcero, compañero de la universidad. Se estrecharon manos, se tejieron sonrisas y amistades. Segundos después llegó Oscar. Buzo de lana y pantalón negro. Barba cuidada. Mirada inquieta. Abrazos, presentaciones, apretones de manos. Algo le dijo a Camilo, quien señaló la puerta que estaba a su espalda. Los dos giraron la cabeza. Contemplaron a Aníbal —cabello largo, camisa de cuadros— y Wilmar que vestía camisa azul y pantalón negro. Wilmar sacudía las manos mientras hablaba sin descanso. Calló. Contempló a Oscar y a Camilo. Le dijo a Aníbal que entraran. El grupo los recibió con alegría. Más abrazos y más presentaciones.

—Bueno maricas, a lo que vinimos —dijo Oscar.

Caminaron al escenario. Conectaron guitarras, audífonos, sintetizadores. Aníbal se acomodó el cabello, movió el cuello, estiró los brazos. Oscar rasgó cuerdas al tiempo que Wilmar contempló los pedales. Camilo se paró frente al micrófono para contemplar a los asistentes que susurraban, como si temieran romper el embrujo que electrizaba el local. De repente se escucharon sonidos elásticos, como de resortes tensos. Susurraron los platillos, los teclados se filtraron por las grietas de los platillos, el bombo trepidó.

Ohhhh uoooohhhh Susurró Camilo. Vamos al espacio que habitamos; y no vemos.

A Seis Manos calló, expectante.

La guitarra le hizo cosquillas a una noche que empezaba a palpitar.

Brindemos por los que nos une y nos da alegría.

Ojos que se cerraron, manos que golpeaban la mesa llevando el ritmo. Noche que carcajeaba, que bailaba, que celebraba. Camilo abrió los brazos, Aníbal sonreía, Wilmar llevaba el ritmo con un movimiento de cabeza y Oscar movía el tronco. Parecía que la música correteara por sus arterias. Se divertían, gozaban, se dejaban llevar por un río de sonidos y sensaciones. El video fluía a la misma velocidad de la música.

—El video está corrido un punto —dijo Oscar el lunes, durante el ensayo—. Hay que echarlo para atrás.

Todos tenían los ojos cansados y las barbas desordenadas. Cargaban la tensión de meses de ensayos, de hacer videos, de mover las redes sociales.

—Yo creo que hay que moverlo una negra —acotó Wilmar.

Rieron sin ganas. Empezaron el décimo o el vigésimo intento. ¿Quién llevaba la cuenta?

Empezaron de nuevo. Camilo cantó examinando el vídeo.

—No mire la letra güevón —susurró Oscar.

Se detuvieron.

El video echó para atrás.

Iniciaron de nuevo. Camilo cantando mientras contemplaba una pared azul. La música cabalgaba sobre notas suaves.

Camilo Rivas observó el video con el ceño fruncido. Sonrió. Segundos después cantó y movió la cabeza sin dejar de contemplar el pc. Wilmar se la sollaba, Aníbal cantaba con los ojos cerrados, moviendo los brazos con energía.

—¿Será que el vecino ya se sabe la canción? —se preguntó Aníbal cuando terminaron de tocar.

Soltaron una carcajada. Se acomodaron, iniciaron de nuevo para ajustar el video que fluía con la velocidad de la música.

El jueves, en la presentación, la guitarra serpenteaba sensual, inquieta. La batería vibraba como una corazonada bajo una noche de lloviznas horizontales. El público callaba con una sonrisa en los labios. Todos sabían que la semilla hundía raíces, crecía. 

Oscar quería saltar, bailar, gritar, pero está conectado por todas partes. Apretó los labios, cerró los ojos, jugó con los teclados. Paladeaba la victoria de llegar al puerto después de años de trabajos y sacrificios.

—Todos hemos tenido que renunciar al sueldo, a la vida en familia, a la novia—dijo el lunes, cuando terminó el ensayo. Bogotá zozobraba en la neblina y el frío.

—Hemos tenido que ceder cosas —afirmó Wilmar—. Aníbal, por ejemplo, es una persona rigurosa y le ha tocado relajarse. Por supuesto: sin perder lo que es él.

—No crea —responde Aníbal—. Al comienzo dijimos: somos banda y nos vamos a ver una vez por semana. Bueno, ¡listo! Pero con el tiempo era tanto lo que ellos exigían que me tenían a punto de desertar.

—Es un sacrificio, pero no es un dolor —aclaró Oscar, quien el jueves, en A Seis Manos, sacudía la cabeza, olvidando la vida, esa feroz bancarrota, como dice Juan Manuel Roca.

Baila para mí, baila para mí cantaba Camilo.

Todos coreaban, aplaudían, una muchacha de cabello negro y camisa roja se levantó de la mesa. Bailó con los brazos en alto, moviendo la cadera con sensualidad. Las meseras movían la cabeza al ritmo de la música, Camilo Rivas sonreía, la guitarra jugueteaba como una gata, la batería trepidaba y el bajo susurraba.

Aplausos, gritos, ojos que brillaban. Teclados que anunciaban el coro:

 Baila para mí, baila para mí gritaban todos, ahogando la voz de Camilo.

Hubo una última descarga y fin de la canción.

—Otra, otra —gritó la mujer que bailó sin descanso.

Bajaron.

El escenario quedó desamparado: una guitarra sostenida por una estructura de acero, las baquetas vacilando en un estuche negro, el bajo contra la pared.

No-Lugar se dispersó por las mesas. El cansancio, que los abandonó en la hora del toque, cayó sobre sus hombros. Pero no deben oír el cansancio, porque el trabajo continúa: domingo de ensayo y miércoles para trabajar en el disco que contendrá las canciones que acababan de tocar. Ajustar lo que se hizo mal en la presentación. Ellos saben que la música, como la vida, se escapa, no se deja atrapar. Nosotros también lo sabemos: por eso amamos la libertad y eternidad de la música. Amamos ese fluido que juguetea en las grietas del tiempo como una niña que corre por la pradera.

 

Diego Niño

@diego_ninho

 

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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