Música y folclor

Palenque lo sanó, pero África le saciará el alma

María Ruth Mosquera

22/05/2018 - 05:30

 

El rapero Kwa Mina ante el monumento de Benkos Biohó en Palenque

 

Kwa Mina tiene un sueño. Se visualiza en África, escarbando sus raíces negras, andando sobre las huellas de sus ancestros, lactándose de narraciones del pasado lejano y cercano hiladas con episodios de la esencia que lo habita, impregnada con la sangre que le corre por las venas y le infunde el arrojo de hombres valientes y cimarrones que ofrendaron su independencia para que las generaciones presentes pudieran ser libres. Y lo hará realidad. De eso están seguros quienes tienen la oportunidad de conocerlo y localizar trazos grandes de su independencia enredados en cada sílaba que pronuncia.

Es un muchacho que se hizo hombre en una diversidad de contextos tan diversos, agrestes y formadores, que pareciera tener en su red neuronal la acumulación de recuerdos de muchas vidas por él vividas, a través de las cuales fue madurando su discernimiento, su autoconcepto y su autodeterminación; entendiendo que la esclavitud no solamente es aquella que lo remite a sus ancestros africanos, sino que es todo tipo de alienación a la que el individuo es sometido, no con grilletes que lastiman el cuerpo sino con sutiles esquemas de manipulación que atan el espíritu y lo desvalijan de su albedrío, dejándolo a merced del deber ser establecido por un orden social en cuya invención él no participó. Y Kwa Mina no tomaría eso para él; desataría las cadenas, decidiría el destino de su vida y asumiría las consecuencias que ello le trajera. 

Por eso, teniendo un bafle y un micrófono como patrimonios tangibles, emprendió el camino que lo llevaría a su vida querida. Y no es que lo tuviera todo muy claro, pues el panorama se fue despejando a medida que avanzaba, superando obstáculos o abrevándose de manantiales de aguas puras que ha ido encontrando en su senda. Llevaba en su ser una necesidad imperiosa de expresarse y lo hacía a través del rap, que ha sido el aliento, que es a sus días lo que el aire a los pulmones.

Era la media noche del viernes 14 de octubre de 1983, cuando en una casa cerca a la playa de Nuquí, en el Chocó exuberante, Justa Nelly Moreno dio a luz a un niño, bautizado después como Edward Moreno. No eran tiempos de gloria para el país, pues el fantasma del narcotráfico espantaba a las comunidades y las obligaba a salir de sus lugares, bien fuera por miedo o por la imantación de las riquezas que generaba. Del Chocó viajaban como en bandadas las muchachas para conseguir emplearse en las casas de gente adinerada en Medellín. Justa fue una de ellas. Llegó con su hijo, que puso al cuidado de otra mujer e iba periódicamente a verlo, pero llegado el día de irse a vivir con su madre biológica ya el corazón del pequeño estaba habituado al amor y los cuidados de su nana, de modo que decidió quedarse con ella, aunque eso le significó un distanciamiento con Justa.

“Yo me abracé a los pies de ‘Mama Rosa’ y dije que no me iba, decidí quedarme. ‘Mama Rosa’ era muy pobre y mi mamá no aportaba mucho”, recuerda. En ese barrio -Buenos Aires de Medellín- conoció las inclemencias de la calle, con las implicaciones de ser forastero y negro, los empleos ofertados para él eran de implicaciones muy físicas, como cargar adobes, pero lo hacía con dedicación porque los recursos en casa eran precarios. Su madre por elección lo matriculó en la escuela, donde era objeto de matoneo por sus carencias que no daban para reemplazar los zapatos rotos. “Yo le agradezco a Mamá Rosa que sé leer, escribir y tengo un poco de intelecto, porque ella se valió de muchas cosas. Me representó como mamá”.

Llegó al grado octavo con una carga insoportable de matoneo, por ser negro, por ser pobre, por tener los zapatos rotos, por no tener forma de remediar eso, entonces abandonó el colegio, convenciéndose cada vez más de que “Medellín no es una ciudad para negros”. Lo que siguió para él fue la calle, “Pero lastimosamente caí en manos de los chicos de la esquina, siempre me ofrecieron cosas como cobrar vacunas, robar… Nunca me gustó eso, pero al ver que en la casa no había nada para comer, hice parte de un grupo; por tener un lugar en el barrio, porque las chicas me miraran. Era como un bandido sin pistola porque no me gustaba robar, ni matar. Yo era el intelectual… Me salvé gracias a que Medellín es un pueblo explotador de nuestra raza, siempre había alguien que te ofrece trabajo”. Se empleó en un establecimiento de libros y eso le dio el chance de introducirse en el mundo de la literatura. “Entonces me pude consumir los libros al tiempo que la droga”. Su horario de trabajo lo dejaba por fuera del acceso a los horarios del comercio, de modo que “tenía el sueldo, pero no tenía forma de ir a comprar porque todo estaba cerrado”, los únicos establecimientos abiertos en sus horas libres eran aquellos que expendían alcohol y drogas y su rutina se convirtió en un círculo vicioso. Pero en medio de ese mundo, los libros seguían rescatándolo.

Introducirse en el testimonio de vida de este hombre es comprobar la teoría de la ley de la atracción, que las energías imantan cosas situaciones y personas de la misma naturaleza; en este caso, se trataba de un universo aciago que le iba drenando la paz y la tranquilidad. Experimento con dolor el mundo de las barras bravas, pero logró salir de ellas con vida, anhelando en su alma que ningún otro joven caiga en esas profundidades tan fangosas.

Su ciclo en Medellín terminó, tras un episodio en el que intentó reclamar sus derechos laborales y en respuesta encontró su vida colgando del endeble hilo de la muerte, pero “yo pienso que tengo muchos ángeles que me cuidan. Una de ellas Mama Rosa, que no pude ir a su entierro. A mi hermano lo mataron en Medellín y también tuve que irme”. Fue entonces que compró el micrófono y el bafle y empezó su éxodo. “Me fui a Bogotá. Siempre estaba escribiendo rap como loco. Cantaba en las plazas, los buses…”. Su hogar era la calle y ahí también se manifestaba en él la atracción de lo similar.

La intemperie en la capital siguió formándolo, conectándolo con personas que le dejaron grandes aprendizajes, con experiencias que le enseñaban lo bueno y lo malo, lo cálido y lo frío que puede llegar a ser un ser humano. “La noche más tenebrosa de Colombia es Bogotá”, asegura con cocimiento de causa y narra pasajes en los que tenía mucho frío y el único abrigo fueron las amistades buenas que le regaló ese tramo de su vida. “Los verdaderos hermanos los encontré en la calle”. Se hizo de amigos que tenían como lugar común el Rap y “empecé a viajar con él, por Palomino, La Guajira; Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador

Pero lo cansaron las ciudades y siguió los designios nómadas que la vida le iba poniendo al paso. Recorrió la Sierra Nevada por distintos lados, se conectó con indígenas Kogui, arzarios, kankuamos e incluso trató con algunos wayúu en Punta Gallinas (La Guajira). En todas las estaciones de su viaje, la música era su salvavidas, el testimonio personal que alejaba las desconfianzas por forastero y rapero. “Está mal interpretado cuando se dice que el rap es drogas”, dice con el énfasis del ejemplo. Aterrizó un día en Playa Blanca (Barú), donde “fui adoptado por una familia y allá tengo una casa. También allá empezó a juntarse con talleristas y líderes de las comunidades y se contagió del trabajo social y se convirtió en un activista, en favor de otros, sobretodo de los niños porque “no quisiera que ningún niño pase lo que yo pasé. La raíz del problema es lo que le hagas a un niño; él va a crecer y eso lo va a reflejar con su vida” y se refiere a todo, incluido su crecimiento alejado de su madre, con un padre ausente.

Así llegó a Palenque hace tres octubres. Al pisar el suelo Del Primer Pueblo Libre de América, toda su humanidad se compungió y el sentimiento le brotó por los ojos. “Lloré ocho días por todo Palenque”. Lloró las lágrimas que tenía pendientes de muchos dolores añejos, lloró las del pesar de no ver a su mamá en tantos años, las de la nostalgia de su vida tan itinerante, las del sosiego que le producía respirar el aire de ese lugar. Lloró porque por fin se sintió en casa. Lloró porque experimentó sanidad en el alma.   

Se estableció, teniendo como amigo/hermano/guía/ejemplo a Akin Bongani, un líder consumado en todas las formas de filantropía en las que se pueda ejercer liderazgo. Las coincidencias del rap, el inquietante amor por sus raíces negras y el sueño africano, les abrieron las puertas a una amistad que se ha ido fortaleciendo con cada labor altruista que llevan a cabo, con cada servicio que le prestan a su pueblo. Sí. Su pueblo, pues en esta parte de la historia de este joven puede leerse claramente que las personas no son de donde nacen, ni de donde se crían, sino del lugar que los acoge como miembro de un hogar, donde sienten que pertenecen. Y se aprendió a sí mismo, amó su piel negra y sus labios gruesos, entendió que tiene un gran corazón, que no le gusta pelear, que no le gusta causarle sufrimiento a nadie. Y sintió que el nombre Edward no le pertenece.

Ahora es Kwa Mina, un nombre que encumbra la esencia aguerrida de la África ancestral. “Los Kwa y los Mina fueron las dos últimas etnias africanas que extinguieron, por la mano blanca de Antioquía (con tilde)”, ilustra y deja saber que su apego a los antropólogos que ha ido hallando en su camino han ido abultando su capital simbólico del hombre orgulloso de sus raíces que hoy es.

Palenque lo sanó. De allá hizo un viaje al reencuentro con su madre y dos hermanas que nacieron después de él, pudo ver a Medellín desde otro prisma, fue a su natal Chocó y hasta se dejó cortar el cabello. Regresó a Palenque con ‘otra cara’, revitalizado por los paisajes de su historia y la inyección del amor filial. “Soy chocoano, pero estar en Palenque es estar en el lugar al que pertenezco, acá me subo a una palmera de coco, voy a las montañas, veo un Lumbalú (que es triste, pero bonito), los ríos, el arroyo; las tiendas son de palenqueros y no dejan de despacharte una libra de arroz si te faltan 300pesos. Akin me enseñó a coger un machete, me enseñó del campo. Aquí me siento como en África”.

Y ahora son así sus días, entre lírica y rap, sueños y activismo, labor social y nuevos conocimientos de sus raíces. Hace parte del grupo Rap Ku Suto, que le apunta también a la búsqueda de las raíces y el fortalecimiento de identidad a través de las letras de sus canciones. Todo cuanto hace Kwa Mina tiene su norte en África. “El pensado mío es llegar a África y en ese paso llegué acá. Nosotros no somos de acá. Somos de África” y agrega que “el que no sueña está muerto y yo no me quiero morir; todavía quiero a seguir soñando y haciendo música. Mi salvavidas sigue siendo el rap”.

 

Mariaruth Mosquera

@Sherowiya

1 Comentarios


Yarime Lobo Baute 23-05-2018 09:41 PM

Trmenesa historia... Conmueve hasta los tuetanos!!! "Así llegó a Palenque hace tres octubres. Al pisar el suelo Del Primer Pueblo Libre de América, toda su humanidad se compungió y el sentimiento le brotó por los ojos. “Lloré ocho días por todo Palenque”. Lloró las lágrimas que tenía pendientes de muchos dolores añejos, lloró las del pesar de no ver a su mamá en tantos años, las de la nostalgia de su vida tan itinerante, las del sosiego que le producía respirar el aire de ese lugar. Lloró porque por fin se sintió en casa. Lloró porque experimentó sanidad en el alma"

Escriba aquí su comentario

Le puede interesar

“La improvisación ha desaparecido con la llamada nueva ola del vallenato

“La improvisación ha desaparecido con la llamada nueva ola del vallenato"

Con el Foro Esencia de la Composición Vallenata, se inició formalmente la programación de celebración del aniversario número 466...

Sueños y travesías de una aprendiz del acordeón

Sueños y travesías de una aprendiz del acordeón

Aquella fue una de esas mañanas distintas, en las que sol se apresura a salir con un brillo tan intenso que le imprime a la naturale...

El papel de Juan Formell en la renovación de la charanga y la Salsa

El papel de Juan Formell en la renovación de la charanga y la Salsa

Algunos de los cambios más relevantes de la música popular cubana se produjeron en la Orquesta de Elio Revé como resultado de las c...

“No le temo a los desafíos de la industria musical”: Hanz

“No le temo a los desafíos de la industria musical”: Hanz

  A partir del momento en que Handry Sahel Zuleta Márquez, resolvió dedicarse a la música, sintió la necesidad de proponer y cr...

Un pedazo de acordeón y dos trotamundos

Un pedazo de acordeón y dos trotamundos

  La vida tiene sus trucos y se las arregla para ir ubicando en su orden las piezas del rompecabezas gigante que parece ser la huma...

Lo más leído

El chocolate: otra gran historia americana

José Luis Hernández | Historia

Historia de un mestizaje en la Alta Guajira

José Trinidad Polo Acuña y Diana Carmona Nobles | Pueblos

Los secretos del sombrero vueltiao

Augusto Amador Soto | Patrimonio

La pelea del siglo

Alberto Muñoz Peñaloza | Ocio y sociedad

La historia de la arepa de huevo en Luruaco-Atlántico

Álvaro Rojano Osorio | Gastronomía

Soy, de Leandro Díaz

Gustavo Martínez Rubio | Música y folclor

Síguenos

facebook twitter youtube

Enlaces recomendados