Música y folclor

Viaje a las profundidades del Vallenato

Johari Gautier Carmona

30/07/2018 - 06:25

 

Viaje a las profundidades del Vallenato
Algunos de los acordeones expuestos en la exposición La hamaca grande en la Biblioteca Nacional / Foto: PanoramaCultural.com.co

“Meses después volvió Francisco el Hombre, un anciano trotamundos de casi doscientos años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo. En ella, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la Ciénaga, de modo que si alguien tenía un recado que mandar o un acontecimiento que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su repertorio. Fue así cómo se enteró Úrsula de la muerte de su madre por pura casualidad…”. 

La envolvente narrativa de Cien años de soledad, que marca la entrada de la exposición “La hamaca grande”, nos pone en el contexto del maravilloso universo de Macondo, pero también de la música vallenata.

Durante meses, Alonso Sánchez Baute se dedicó a desenterrar libros, revistas y fotografías. Como un ratón de biblioteca, se encerró en los archivos de la Biblioteca Nacional, y buscó los detalles que le permitieran recrear la gran historia del Vallenato. Así es cómo el hombre persiguió los pasos de Francisco (El Hombre) en una suerte de expedición agitada por la accidentada geografía del Magdalena grande, y de ahí salió con la “chaqueta empolvada” y una exposición anual debajo del brazo que da vida a las instalaciones -y la programación- de la Biblioteca Nacional en Bogotá.

“Nos decidimos por el nombre de La hamaca grande porque el vallenato hace mucho tiempo dejó de ser una música local para convertirse en una música nacional, es también el mensaje de que aquí cabemos todos”, explica Alonso antes de evocar –cómo no- el título de la canción de Adolfo Pacheco. Otro bello homenaje.  

El escritor vallenato luce algo apresurado, le escasea el tiempo (y es normal en una Bogotá donde las distancias son tan grandes y las agendas tan cargadas), pero demuestra un tono sereno, cálido y amistoso. Evidentemente, no es la primera vez que ofrece un paseo por la exposición. Sin un estiramiento ––como el atleta que conoce la pista sobre la que va a marcar un tiempo de referencia––, se lanza en la odisea de contar cómo y porqué el lugar al que accedemos narra el Vallenato de un modo diferente y, desde el principio, los instrumentos musicales alumbran el camino.

El Shen, un antecesor milenario chino del acordeón, y la armónica abren el paso. Se encuentran con la guitarra española (que también fue el puente entre el carrizo y el acordeón). La mezcla de horizontes y civilizaciones es una premisa ineludible de la música vallenata. Los instrumentos que hoy arrullan el Caribe colombiano provienen de una cascada universal que fue construyéndose hace siglos.  

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Mapa de 1863 de los Estados Unidos de Colombia / Foto: PanoramaCultural.com.co

Para entender los inicios del Vallenato y la procedencia del acordeón, es inevitable reconstruir el territorio, sus obstáculos y confluencias. Un mapa de 1863, ubicado al inicio de la exposición, recuerda al visitante que en aquellos tiempos Colombia se llamaba Estados Unidos de Colombia y que se dividía en 10 estados (incluyendo a Panamá). Dos de estos estados eran de la costa: Magdalena y Bolívar. Más adelante, se dividieron.

No busque a Barranquilla en la cartografía, estimado visitante. La ciudad no existía todavía (en efecto, la génesis del Vallenato es más vieja que la actual capital de la costa Caribe de Colombia). Pero sí existía El Paso (Cesar), Riohacha o Cartagena, ciudades de mucha actividad comercial o ganadera.

Olvídese también de las leyendas de un cargamento de acordeones perdido por una embarcación en el litoral o, más increíble aún, una leyenda de García Márquez que explica que el primer acordeón se lo regaló el corso inglés Sir Walter Ralleigh a Francisco El Hombre en la Guayana (cuando sabemos que el pirata británico vivió entre 1552 y 1618).      

“Eso es la fantasía de la literatura y la tradición oral –explica Alonso Sánchez Baute y, enseguida añade–: La mayoría de las cosas están contadas por segundas y terceras fuentes. Fulano decía que… Yo escuché de mi abuelo que…”.    

La tradición oral permitió que el relato creciera, que los actos de algunos protagonistas del folclor se transformaran en odiseas o luchas dramáticas, que las fechas se diluyeran, y se estableciera una magia entorno a todo el folclor. La exposición “La hamaca grande” se hizo justamente con el fin de contextualizar esas llamativas fuentes segundarias con investigaciones y datos verificables.

El estudio de Joaquín Viloria de la Hoz, condensado en el libro “Acordeones, cumbiamba y vallenato en el Magdalena grande” (Universidad del Magdalena, 2018), refuerza la parte documentada de la exposición y divulga unas realidades que, hasta ahora, siguen siendo ignoradas.

En una conferencia organizada por el Banco de la República en julio de 2018 (al margen de esta exposición), Viloria explicó que las primeras referencias del acordeón en América comienzan en 1840 y se dan con el auge de la emigración europea a Estados Unidos. En la década de los 60, ya se encuentran noticias del instrumento en la isla de Cuba, y a finales de los 60 -o principios de los 70- empiezan a llegar los acordeones a Colombia y República dominicana.

“En 1869 se consigue el primer dato oficial sobre las entradas de acordeones en Colombia de la Secretaría de Hacienda, que hoy se llama Ministerio de Hacienda ––comenta Joaquín Viloria––. La información aparece en kilógramos, porque en aquella época el impuesto se pagaba por el peso de la mercancía”.

En ese primer año de contabilización se importaron 17 acordeones que venían de Nueva York, Bremen, Hamburgo, y Colón. Estos 17 acordeones se repartían de la siguiente manera: 11 entraron por Riohacha, 4 por Sabanilla y 2 por Cartagena. A Santa Marta no llegó ningún acordeón, aunque sí resaltaban las importaciones de pianos y órganos. “En Santa Marta muchas familias conservan la tradición del piano”, explica Joaquín Viloria.

En el siguiente ejercicio contable (1871-72) ya se confirmaba un aumento notable de las entradas: 184 acordeones por Barranquilla y 107 por Cúcuta (que se distinguía por ser un “puerto seco” en Colombia). Sabiendo que el contrabando era muy activo en aquella época, esto abre las especulaciones sobre las motivaciones y las cantidades de instrumentos que llegaron al país en los primeros años de la década de los 70. “Estaríamos hablando de que en esos años entraron unos 3000 acordeones al país, que es bastante”, afirma Alonso Sánchez Baute y, anticipando la pregunta del curioso visitante, añade: “No hay ninguna razón que explique de primera mano esa cantidad tan importante de acordeones entrando en el territorio”.  

En todo caso, lo que llegó a comentar Pacho Rada (Rey vitalicio de la música vallenata) gana en veracidad: “En la zona bananera, los acordeones se vendían como racimos de banano”.

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El espacio para las hamacas y los discos / Foto: PanoramaCultural.com.co

La cartografía del Vallenato nos lleva a El Paso (Cesar), lugar importante en el desarrollo de la música vallenata porque en aquel lugar coincidían dos de las haciendas más grandes de la región: “Las Cabezas” y “Leandro”.

En los audífonos que señala Alonso Sánchez Baute se escuchan algunos cantos de vaquería. También se comenta que esta región pudo ser la “celestina” donde se dio el maridaje entre los cantos de vaquería y el acordeón. “Incluso hay una leyenda que dice que El Paso se llama así porque ahí se estancaba el transporte”, comenta el escritor.

La otra gran región que debe subrayarse en el mapa es la zona bananera. Precisamente allá ––en los municipios de Río frío, Aracataca, Ciénaga y Fundación–– se instalaba la United Fruit Company en 1883 y, rápidamente, como resultado de las oleadas masivas de trabajadores de todas las regiones, el lugar se convirtió en un emporio económico y cultural. La música, al igual que el lenguaje y todas las demás expresiones, se enriquecía de diversas tonalidades y mezclas insospechadas con cada ida y venida del Tren amarillo (ese que también se desplaza por el Macondo de García Márquez).

Después de esta larga caminata por los territorios más remotos de la costa, se impone un descanso en alguna de las mecedoras momposinas ubicadas sobre un piso de baldosas al estilo del viejo Valledupar. Que no se olvide el visitante que, desde siempre, en esta tierra, se cultivó la hospitalidad y la palabra. 

Esa palabra -exaltada por la tradición oral- puede apreciarse en los audífonos en los que el profesor Julio Oñate cuenta algunas anécdotas inolvidables. Siéntase libre, apreciado visitante, de escuchar las historias, de olvidarse del tiempo que sigue corriendo a toda velocidad en su reloj (en Bogotá ese reloj redobla de energía), y deléitese con la vista: las fotografías de Nereo López que ambientan la sala, el árbol de Cañaguate y su amarillo cautivador, las viejas casas del centro de Valledupar, la discografía y los instrumentos más hermosos (entre los que cabe destacar un acordeón de 1850, el mismo que utilizaba Francisco El Hombre cuando se enfrentó al Diablo).

Aquí están todos los elementos para que se dé una verdadera parranda (salvo el licor que, por cuestiones obvias, se mantiene afuera). También están los gallos, y Alonso Sánchez nos recuerda a ese respecto que “la parranda iba siempre después de la gallera, como un rito masculino de tradición oral. Los protagonistas llegaban a contar las historias, y como era un espacio exclusivamente masculino, no se permitía la entrada a las mujeres. Por eso el Vallenato no se bailaba inicialmente en esos espacios”.

Ya está informado, visitante: escuche, disfrute, comparta, pero no baile… Bueno, si le apetece, ¿Por qué no? 

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El Vallenato es muy cercano al merengue dominicano y la contradanza. Como ejemplo está este trío musical fotografiado en la región del Cibao (República Dominicana) / Foto: PanoramaCultural.com.co

En los libros se puede descubrir el Vallenato que hoy llamamos tradicional. La novela “Cuatro años a bordo de mí mismo” (1930), de Eduardo Zalamea, es un buen ejemplo. Alonso Sánchez no duda en presentarla como “la mejor novela que se ha escrito sobre la Guajira” por sus valiosas descripciones de esa tierra árida, pero también por los cantos y versos que contiene.

La obra “Indios y viajeros”, publicada por la Universidad Javeriana, es otro testimonio precioso sobre la evolución de la música vallenata. Esta crónica describe cómo Joseph de Brettes realizó una expedición a la Sierra Nevada de Santa Marta a finales del Siglo XIX (entre 1892-96), y cómo la noche del 14 de febrero de 1896 tuvo que salir huyendo de Río Frío, a las 3 de la mañana, porque no soportaba el ruido de la cumbiamba de la casa vecina en la que estaban tocando la caja, la guacharaca y el acordeón. “Esto es importante porque es el primer documento de los que he leído que establece la unión de la guacharaca, la caja y el acordeón ––aclara Alonso Sánchez––. El trío se conoce en los años 1930 por Abel Antonio Villa, pero se usaba ya antes en las cumbiambas”.

En otro registro, el viajero encontrará el segundo texto de García Márquez publicado en El Universal, divulgado un mes después del asesinato de Gaitán. El artículo arranca con la célebre frase: No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. El sentimiento vallenato, desbordante y apasionado, se instala poco a poco en las publicaciones de gran alcance de Colombia. Está a un paso de popularizarse y de entrar en los espacios vetados por las elites. 

No obstante, la mayoría de los libros o periódicos desconocen todavía algunas grandes realidades del Vallenato. Se olvidan, por ejemplo, que, instrumentalmente, el Vallenato es muy cercano al merengue dominicano y la contradanza, y que fotografías de la región del Cibao en República Dominicana (a finales del siglo XIX) ya retrataban al trío –tradicionalmente- vallenato.

De la misma forma se relega también a un segundo plano la influencia africana en la música vallenata. Sus instrumentos, sus ritmos y variaciones, pero también los personajes que le dieron desde muy temprano el carácter que hoy tiene, eran principalmente de origen negra y campesina. “Siempre se ha dicho que el Vallenato representa las tres culturas [la trietnia], eso es un mito muy bonito que formuló por primera vez Alfonso López Pumarejo, pero no es real”, argumenta Alonso Sánchez y más adelante reconoce: “El 70% de la música vallenata tiene una influencia negra. Lo que a mí me lleva a la idea de que, es muy bonito el mito de la trietnia, pero fue llevado más por una cuestión de inclusión. Y evidentemente, esto tiene un trasfondo de racismo”.

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El escritor Alonso Sánchez Baute debajo del Palo e´ mango de la Biblioteca Nacional / Foto: PanoramaCultural.com.co

Entorno al palo de mango se encuentran todos los seres queridos, aquellos que hicieron historia, aquellos que cuentan las historias, y los que cantan. Aquí es donde termina este viaje a las profundidades de la música vallenata. Aquí es también donde se entrecruzan las anécdotas y los nombres de quienes contribuyeron a que el folclor vallenato se engrandeciera.

Estimado viajero, póngase cómodo, siéntese en alguno de los taburetes y escuche en los audífonos puestos a su disposición los cuatro aires que caracterizan este folclor: el Son, el Merengue, el Paseo y la Puya. Luego, fíjese en los juglares, cantantes y compositores, entreténgase con el baile de personalidades -típico de las parrandas- y contribuya a que los cuentos circulen.

Cómo verá, no podían faltar el Chico Bolaño (referente entre los acordeoneros), Juan Muñoz (el único correo de profesión), Pacho Rada, y Abel Antonio Villa (el primer juglar en grabar música vallenata). Tampoco Rafael Escalona, Lorenzo y Emiliano: grandes fenómenos musicales. ¿Y qué decir de los estandartes del vallenato sabanero: Adolfo Pacheco, Andrés Landero o Alfredo Gutiérrez? Algunos se benefician de un cartel para ellos. Otros lo comparten. 

El gigante Luis Enrique Martínez (uno de los grandes cantautores) se codea con Leandro Díaz. Alejo Durán, siempre tan carismático, no queda muy lejos de Tobías Enrique Pumarejo. Y allá, del otro lado, están los compositores Tijito, Octavio y Fredy. “El que se parece a Elvis Presley es Gustavo Gutiérrez. Tenía 22 años –comenta Alonso Sánchez–.  ¡Ah! Y por allá está Santander Durán”.

Las presentaciones siguen a un buen ritmo, como en las mejores parrandas, pero la fiesta no sería completa sin el recuerdo de la gala del premio nobel en 1982 –evento que ennobleció la música vallenata y la hizo entrar en el salón azul del ayuntamiento de Estocolmo– o el de las mujeres que supieron romper los moldes. ¡No nos olvidemos de ellas!

La primera mujer que grabó fue Esthercita Forero. También fue la primera en componer (para el recuerdo está la canción “La caminadora”). Luego llegaron las grabaciones de Carmencita Pernett y Lucy González (cantante ciega de ciénaga de oro), y no muy lejos están Rita Fernández y Jenny Cabello, inolvidables protagonistas del Festival de la Leyenda Vallenata.

¿Y ese Festival de la Leyenda Vallenata, Alonso? ¿Realmente fue el primero de los concursos? El escritor vallenato nos comenta que antes de él hubo 4 concursos de acordeones en el municipio de Fundación (en 1950, 1952, 1954 y 1959), organizados por el señor Camilo George, quien tenía un almacén en los que vendía acordeones y para promocionar su venta organizaba concursos muy concurridos en los que se premiaba a los 3 primeros puestos. Entonces, ¿Qué hay del famoso encuentro de Aracataca en 1966, en el que fue convidado García Márquez? Alonso sacude levemente la cabeza: “Realmente, eso no fue ni un festival ni un concurso, eso fue un parrandón. No es el lugar donde se gestó el festival, porque no hubo concurso”.  

Tras estas explicaciones, entre un saludo y otro, Alonso Sánchez se pierde (como suele suceder con todas las buenas amistades en las parrandas concurridas). Varias personas se cruzaron y terminaron conversando con él. Fue el momento perfecto para las fotos... ¡Benditas fotografías! 

 

Johari Gautier Carmona
@JohariGautier 

2 Comentarios


Leonardo Flórez Tirado 14-08-2018 06:56 PM

Excelente artículo. Cargado de buenos datos y muy buena narrativa.

Luis Paba Aroca 19-08-2018 08:41 AM

Buen artículo, buena investigacion pero porqué no se menciona al festival vallenato como tampoco a sus fundadores que a través de el dieron gloria a la musica vallenata

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