Música y folclor

Rock al parque 2018: el milagro de la música

Andrés Gómez Morales

07/11/2018 - 05:25

 

Rock al parque 2018: el milagro de la música
Actuación de Kadavar en Rock al Parque 2018 / Foto: Rolliot

Este año, el festival llegó a su versión veinticuatro. Como siempre trajo certezas, sorpresas y desconciertos. Todo bajo cuatro ejes musicales: metal, ska, punk y una línea diferencial que cada vez se hace más fuerte, en la que se abarcan fusiones, música del mundo y sonidos alternativos. Ante las nuevas propuestas no faltan los reclamos de los puristas que temen el extravió de los géneros, ni las quejas de quienes esperan ver bandas consolidadas, propias de los carteles de los festivales de gran envergadura. Por lo menos, ellos pueden tener la seguridad de que el evento seguirá cada año, manteniendo su estructura y la oportunidad de traer bandas de alta difusión.

Los cuatro ejes se distribuyeron en tres escenarios —Plaza, Lago y Eco— durante tres días, desplegando una cartografía sonora para sorprender o hacer volver sin nostalgia a lugares transitados. Esto permitió un equilibrio entre lo popular y lo selectivo, un aspecto que diferencia a Rock al Parque de otros festivales donde el cartel se dirige a públicos específicos. El carácter gratuito del festival integra distintas audiencias, permitiendo que proliferen las diferencias y que los gustos puedan ampliarse frente a la variedad de sonidos, a partir de lo que cada escenario ofrece.

El primer día, como siempre, estuvo dedicado al metal, género que ha servido para integrar a los adeptos al sonido extremo en un sentimiento de pertenencia con la ciudad. La tradición metalera dio lugar para la celebración de los treinta años de una de las bandas pioneras del género en el país: Masacre, quienes aprovecharon para conmemorar el álbum de 1991, Reqviem, logrando convocar a la vieja guardia y a los metaleros más jóvenes con canciones como “Cortejo Fúnebre”, “Blasfemia”, “Sepulcros en Ruinas”; todas interpretadas por Alex Oquendo. El cantante recordó el legado de la banda, la resonancia que tuvo en Europa en los años noventa y sobre todo al fallecido, Mauricio “Bull Metal”, baterista con el que grabó el legendario disco.   

La histórica presentación de Masacre estuvo precedida, por otra conmemoración, los veinte años de la banda caleña Skull, precursores del speed metal en el país. La jornada tuvo fuertes tintes de nostalgia como de afirmación en el sonido. Tocaron nueve bandas más entre internacionales y distritales en las que se destacan Angelus Apatrida de España y Suffocation de E.E.U.U.  Las bandas de Suecia, Dark Funeral y Dark Tranquility, cerraron el escenario principal con dos propuestas de black metal, uno denso y el otro melódico cercano al postpunk.    

Los días siguientes no se dejaron de sentir los sonidos extremos, pero tuvieron un contrapunto en bandas que exploraron otros espectros sonoros, rompiendo la monotonía de las voces guturales y la densidad rítmica de las guitarras. Los integrantes de Machingón de México se presentaron el sábado en el escenario Plaza, cubiertos con máscaras de lucha libre demostrando una fuerte presencia escénica. A nivel musical retomaron los cambios de cadencia y la fuerza rítmica de grupos como La Maldita Vecindad o Molotov. Esta propuesta versátil hizo convivir la cumbia y el ska con letras divertidas, consiguiendo una respuesta automática del público contagiado por su energía y buena onda.

El grupo Pussy Riot en Rock Al Parque 2018 / Foto: Rolliot

Entre el Lago y el Eco

Aunque siempre es difícil dar cuenta de todos los grupos del festival, vale la pena caminar por el parque Simón Bolívar entre cada canción y dejarse impregnar por lo que está pasando en cada una de las tres tarimas. Por ejemplo, el escenario Eco trae propuestas que desafían la zona de confort del público e invitan a visitar atmósferas inciertas, para el caso Quentin Gas y los Zíngaros. Algunos definen a este cuarteto, de base electroacústica y superficie de teclados, como la unión de Camarón de La Isla con Tame Impala. Presentaron su segundo disco conceptual llamado Caravana. Quentin Vargas cuenta que quiso plasmar en el orden de las canciones, la andadura de la cultura gitana desde sus orígenes en la India hasta Andalucía, pasando por Turquía y Persia. En vivo las melodías evocaban encuentros entre oriente y occidente: riffs de guitarra flamenca traducidos a ecos de sitar con los sintetizadores para darle superficie al “sentimiento hondo” del cantaor. La atmosfera envolvente de los teclados de José Vaquerizo le dio a la banda un aire psicodélico sin perder el núcleo esencial. Canciones como “Mala Puñalá”, “El pedió”, “Tanger”, “Desserto Rosso”; abrieron una ruta de reinvención del flamenco invitando al viaje y al extravió.

Entre tanto, al otro lado del parque, en el escenario Lago, se presentó el grupo liderado por el músico Jupiter Bonkodji de República del Congo, Jupiter & Okwess. Ofrecieron una muestra de música del mundo, arrastrando sobre el sonido dub propio de Jamaica y las guitarras del funk de la américa negra, los cantos africanos que constituyen las raíces del rock. Un sello característico de la escena musical de Kinshasa donde Bondolodji es una figura de culto. La conexión con el público fue inmediata, el tejido de guitarras y la percusión, produjeron una atmósfera envolvente y festiva como el de su último disco Kin Sonic, que tocaron en contrapunto con algunas canciones del anterior Hotel Universe. Para rematar tuvieron como invitados en el tema “Ofakombolo” a Tuan Ho Duc y a Rafael Espinel, saxofonista y cantante de La Chiva Gantiva. Al cierre convirtieron la presentación en una celebración multicultural.

El escenario Eco, recibió luego a un dúo de batería y guitarra, dos hombres provenientes de Francia con fuertes influencias del groove y del punk blues: Laurent Lacrouts y Mathieu Jourdain. Su fuerza escénica evocó grandes momentos de bandas que se han presentado en el festival con propuestas similares como Tom Cary de España o Catfish también de Francia. Sin embargo, la originalidad de The Inspector Cluzo colmó el escenario con su concepto: “Fuck the bass player”, que combina el virtuosismo musical de la guitarra y la batería con el humor. Dieron cuenta de gran parte de su discografía, remontándose a su divertido debut de hace diez años. También tocaron canciones de sus últimos álbumes, People Of The Soil y Rockfarmers, en los que defienden el derecho a cultivar las propias semillas y critican el monopolio alimenticio que pretende instaurar la multinacional Monsanto. Hablaron de su trabajo como agricultores entre cambios bruscos de cadencia y coros de batalla: “Put you hands in the air with Inspector Cluzo”; hasta desbaratar la batería y romper las cuerdas de la guitarra.  

De vuelta al escenario Lago nos encontramos con, Antibalas, una orquesta de Brooklyn conformada por doce músicos, distribuidos en una sección de vientos y de percusión que tocaban en torno a los teclados, la batería, el bajo y las guitarras eléctricas.  Su ensamble impecable interpretó un set de canciones evocando a las estrellas de la Fania; Fela Kuti (pionero del sonido afrobeat nigeriano que ellos mismos representan); y al sonido latín jazz de Eddie Palmieri. Alcanzaron grandes momentos gracias al protagonismo del órgano Hammond de Will Rast que envolvió las voces, la marimba interpretada por el cantante Amayo, y la flauta del fundador de la orquesta Martin Perna. Parecía que el virtuosismo de los músicos, lejos de competir, afirmaba la convivencia de texturas sonoras: cadencia Funky de guitarras y el bajo, en medio del dub y las descargas de las trompetas y el saxofón. La memorable versión de “Che Che Cole” de Willie Colón cautivó a la audiencia, permitiendo un cierre donde todos los músicos tuvieron la oportunidad de mostrar su talento.

Para el cierre del segundo día, el escenario Eco tuvo a dos agrupaciones internacionales, una con mayor renombre que la otra: HMLTD, conocidos por abrir los conciertos de Nine Inch Nails, y Pussy Riot, el colectivo feminista ruso encarcelado por Vladimir Puttin en 2012 gracias a sus performances antisistema. Estas últimas habían generado expectativa dentro de los asistentes debido al ruido mediático. Para quienes esperaban ver su fuerza contestataria reflejada en su música se llevaron una decepción, pues hubo demasiada coreografía, playback y consignas obvias. En cambio, los Hate Music Last Time Delete (HMLDT) ofrecieron, sin contar con un gran repertorio, una presentación que combinó la fuerza escénica del glam punk con una propuesta musical de vanguardia: sonido eléctrico y cambios de ritmo envueltos en texturas de sintetizador, acompañados del virtuosismo vocal de Henry Spychalsk, quien se entregó al público como Iggy Pop en sus mejores días.

 

Todos los festivos deberían hacer un Rock al Parque

Entrar al Parque Simón Bolívar, al mediodía un lunes festivo, encontrarse en el escenario Plaza con Ginger y los Tóxicos; hace olvidar el orden de los días de la semana. El lunes era el día del punk y del ska, lo confirmaba el grupo que estaba abriendo la tarde con un sonido que tenía más de lo primero que lo segundo. Un saxofón acompañaba los acordes acelerados de la guitarra y la voz de una muchacha que parecía sacada de X Ray Spex, Romeo Void o Bush Tetras. Llevan tiempo tocando, casi quince años. Han grabado tres discos que no son fáciles de conseguir. Había varios músicos en el escenario, el del saxo no paraba de tocar, parecía una guitarra puntera. El guitarrista hablaba entre canciones, dijo que aunque el nuevo presidente tocara guitarra e hiciera poses rockeras, debía saber que el rock and roll estaba en su contra. El público que apenas llegaba celebró el comentario. Las canciones aparecieron acompañadas de letras directas y divertidas conforme al espíritu punk, aunque cerca del reggae y rockabilly. 

Luego llegó al mismo escenario otra banda, un trio clásico de guitarra, bajo y batería: San peceeste (un juego de palabras). Tocaron con volumen alto al mejor estilo hard core sin perder la melodía punkera.  La experiencia de la banda se hizo sentir en el escenario, tocando las canciones de su nuevo disco y elevando himnos a su estilo de vida: “Los punks irán al cielo, pero a destruirlo”.  La fiesta de las crestas estaba lejos de terminarse, le tocó el turno a NADIE, banda de Medellín formada en 1994, referente de la movida a nivel nacional. Su trayectoria abarca varios trabajos de los que extrajeron un set de canciones donde incluyeron: “Los Iluminados”, “Emilio dice”, “Monólogos de un perro con bozal”, “El supositorio”; haciendo poguear y corear al público con la densidad de su sonido post punk.   

El escenario Plaza estaba a punto de darle paso al ska, mientras que la banda invitada del Brasil, Liniker e os Caramelows, se tomaba el escenario Eco. En tarima, ocho músicos tocaban en clave de soul, esperando a que saliera a escena la primera cantante trans que se ha presentado en la historia del festival. En el público, la comunidad LGTBI vibraba dándole alegría y color al ambiente, agitando banderas arco iris y de Brasil. Liniker salió sin maquillaje proyectando su fuerza escénica, aunque algunos esperaban que saldría con un atuendo drag queen al estilo de Ney Matogrosso. Su voz se unió a la de Renata Éssis, carismática cantante negra cubierta de lazos de colores en sus trenzas. Las dos voces flotaron sobre la percusión, la batería y los demás instrumentos, recordando por momentos la crudeza y profundidad de Antony and The Johnson o la claridad de Marie J Blidge.  Canciones como “Sem nome mas com endereço” o “Tua”, sirvieron a Liniker para hablar en tono festivo, sin dejar de hacer bailar al público, de lo que implica ser una mujer trans negra en una sociedad excluyente.

Después llegó el turno para uno de los grupos de colombianos en el exterior: La Chiva Gantiva, quienes fueron invitados el día anterior al escenario Lago por Jupiter & Okwess. De La Chiva se puede decir que guardan la coherencia de sus discos cuando suenan en vivo, pero agregándole un plus de energía a sus canciones. La guitarra de Felipe Deckers parecía por momentos la de Tom Morello, pero sin perder el estilo jazzístico latino que le da cromatismo a la percusión de Natalia Gantiva y de Felipe Espinel. Este último fue un frontman salvaje, haciendo saltar a la audiencia en complicidad con el vietnamita Tuan Ho Duc, que no perdía de vista lo que pasaba con la guitarra de Deckers y a la vez experimentaba con la gaita o con la flauta, cruzándose atrevido entre la batería del belga Martin Mereau y el bajo del chileno José Buc Chávez. En conjunto irradiaron alegría tropical y rabia punk, siguiendo el camino trazado por Iván Benavidez y Richard Blair, haciendo convivir la música colombiana con la música del mundo, aunque trazando nuevos puentes entre lo folklor y el sonido contemporáneo.

Mientras que Bala, un power dúo de heavy metal español integrado por dos mujeres subió a la tarima Eco y en el escenario Plaza continuaba la descarga ska con Mojiganga de Medellín; al otro lado, en el escenario Lago estaba a punto de presentarse Lee Ranaldo Trío, liderado por el guitarrista de Sonic Youth, una de las bandas precursoras del No Wave neoyorquino que les abrió el camino a las bandas grunge de los años noventa. Un músico de culto para los que los que siguieron esa onda y por supuesto, imperdible. Como era de esperarse no tocó nada de la banda disuelta en el 2011, ni hizo ninguna alusión a su trabajo con Thurstone Moore o Kim Gordon, aunque con ello hubiese conquistado al público. Al contrario la presentación estuvo centrada en su proyecto “In Doubt, Shadow Him”, creando texturas ambient al mejor estilo de Brian Eno sin dejar de lado un lirismo profundo ni la distorsión de las guitarras eléctricas. Lejos de parecerse a la banda que le dio notoriedad, Ranaldo se acercó a sus orígenes No Wave, recordando por momentos a bandas como Swans o músicos como Glenn Branca. En todo caso el guitarrista hizo gala de una riqueza lirica que acompañada con la música dio un sello personal a su presentación.

En el escenario Plaza continuaba la descarga ska. Tokio Ska Paradise Orchestra se encontraba en la tarima. Ver en escena tantos músicos japoneses tocando con tanta familiaridad ritmos latinos mezclados con steady rock y swing, hacía pensar en estar presenciando un episodio perdido de la película Mistery Train de Jim Jarmush. Daban a entender que la música pertenece a quien la interpreta no importa del lugar donde se provenga. A veces las canciones parecían la banda sonora de una extraña serie de anime, otras interpretadas por una banda jamaiquina o por Los Fabulosos Cadillacs. Mientra, al otro lado, Ship, una de las bandas más representativas de la historia del rock colombiano envolvía a la audiencia en un aura de nostalgia, en una vuelta a los ochenta. Jorge Barco, guitarrista mantiene vigente la banda y el sonido intacto, cercano al rock progresivo de Yes o Toto.

Cerca del cierre quedaban tres bandas por ver, según un itinerario sinuoso y sin demasiado rigor como paseo de flaneur: dos en el escenario Plaza y dos en el escenario Eco.  Descartes a Kant de México en el Eco, hizo gala de un equilibrio peligroso entre la emoción pop y la intensidad rockera. Las dos vertientes convergieron en una propuesta teatral donde hubo cabida para atuendos ciberpunk y diversión circense. Se dieron el lujo de rodear el escenario con una delgada cinta de seguridad amarilla y tocar sus canciones sin que sus tres bonitas cantantes dejaran de actuar y de hacer sonar sus guitarras y sintetizadores. El fin de Rock al Parque estaba cerca y en escenario Lago parecía que el mundo se iba a acabar: Kadavar de Alemania fueron los encargados de cerrarlo.

Aunque la densidad y peso del sonido de Kadavar estaba a tono con las bandas que se presentaron el sábado, su estilo se inclina un poco más al rock inglés duro de los años setenta. Con influencias marcadas de Led Zeppelin y sobre todo de Black Sabbath, su estilo encaja con las bandas del stoner rock provenientes de California cono Kyuss, Fu Manchu o Sleep. Kadavar existe en Berlín desde 2010 y cuenta con una trayectoria de cuatro discos en los que han mantenido su onda retro con tiempo lento, guitarra en tono grave y con el bajo en primer plano junto a la batería y la melodía de la voz.  Sus tres integrantes forman una pared de sonido elástica que evoca la psicodelia. Lo que más llama la atención cuando están en escena es la presencia de Cristoph Bartel golpeando la batería sin mayor brillo, concentrado en el tom de piso y en la caja, sacudiéndose como si la canción emergiera de su puesto. A su lado izquierdo el bajo de Simon Boutloup y al derecho la guitarra de Christoph Lindemann, lo secundan. En algunos conciertos y sesiones de estudio el guitarrista y el bajista cambian de rol, cosa que no sucedió en Bogotá. Tocaron once canciones dando cuenta de sus discos Berlin, Rough Times, Abra Kadavar y el álbum homónimo. Abrieron su presentación con “Creature of Demon” y la cerraron con “Come Back To Life”, entre ellas pasaron: “Skeletton Blues”, “Black Sun”, “Doomsday Machine” “Pale Blue Eyes”.

La última banda, Pennywise, cerró el escenario Plaza inundándolo de hard core a todo volumen. Trajeron ecos del legado del punk californiano, de bandas como Dead Kennedys —que también tocaron en otra versión del festival— con los que comparten la riqueza lírica y una fuerte postura política antisistema. Un cierre coherente con el contrapunto que mantuvo el Plaza durante el día.

Rock al Parque 2018, día 3. Cierre con Lee Ranaldo, Kadavar, Alain Johannes y Pennywise / Foto: Semana

Coda

Más allá de tratar de hacer un balance comparativo de lo que fue esta versión de Rock al Parque respecto a otras versiones y a otros festivales, vale la pena resaltar el proceso con el que las consignas que caracterizan el evento se han materializado. El parque Simón Bolívar se ha convertido en un referente de integración para los jóvenes y más allá de ser un espacio de confrontación ha servido para desvirtuar el fundamentalismo musical que implica relacionar la identidad con determinado tipo de música. Por otra parte, el festival también es un lugar donde diferentes generaciones convergen en intereses comunes, rompiendo con los imaginarios que relacionan el rock con las drogas y la violencia. 

Hay sectores que cuestionan el carácter público del evento, consideran que debe estar bajo el cuidado de operadores privados para darle un enfoque más definido al festival.  Otros dicen que Rock al Parque pide una reingeniería urgente. Se apoyan en la idea de que debe estar en frecuencia con grandes festivales como Vive Latino, Quilmes Rock, Lolapallooza. Olvidan que el origen de Rock al Parque responde a la necesidad de integrar a los jóvenes a los espacios públicos y generar pertenencia a la ciudad, más que a una iniciativa de comercializar la música. En todo caso el hacer parte de una política pública que apoya el rock no le impide ser una vitrina para las bandas nacionales e internacionales.

Se dice, por otra parte, que el modelo de articulación del festival no siempre está en frecuencia con lo que sucede en el ámbito local y que los esfuerzos por realizarlo cada año podrían ampliarse a dos, para enfocarse en un trabajo continuo con los procesos del desarrollo género en la ciudad. Al respecto hay que decir que es cierto que en algunas versiones se ve mayor presencia de las bandas nacionales y en otros de las bandas internacionales. Se nota que esto responde a criterios de curaduría, más que a una política de participación equitativa de las bandas locales.

Las contradicciones hacen parte del festival y lo han enriquecido en una dinámica de ensayo y error. Por eso ha habido versiones memorables y otras que han pasado desapercibidas. En esta edición se adoptó el enfoque de género para visibilizar proyectos que sin ser diferenciales, demostraron que en el rock los hombres y las mujeres pueden tocar igual de bien. No hay que olvidar, como lo anotó, Sandro Romero Rey en uno de sus escritos sobre el festival, que en Latinoamérica a diferencia de Europa y EE. UU., el rock no ha sido símbolo de juventud sino de marginalidad. Por eso, Rock al Parque ha canalizado desde el principio estas tendencias provenientes de la periferia en una amalgama que representa lo que hoy por hoy es el sonido y pulso de nuestra época. Así, lejos de tener un sello como los festivales privados o responder a lo que sucede en el mundo de la música globalizada, Rock al Parque es un laboratorio que liberado de los criterios de rentabilidad abre un espacio donde la ciudad, los jóvenes y la música pueden plantear y replantear su identidad sin tener que preocuparse por los resultados a corto plazo.     

 

Andrés Gómez Morales

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