Música y folclor

La magia de Escalona

Alberto Muñoz Peñaloza

13/05/2019 - 05:50

 

La magia de Escalona
El compositor Rafael Escalona junto a Emiliano Zuleta / foto: archivo El Espectador

Una mañana cualquiera, me presenté como habitualmente lo hacía en cumplimiento de funciones por mi trabajo en Idema de Barranquilla, a las oficinas de la Aduana, luego de la primera diligencia me acerqué a la Oficina de la Auditoría Fiscal a averiguar por una solicitud de entrega directa. Allí me encontré un verdadero trofeo: Arcadio Martínez, llamado entonces el cónsul del vallenato, en una esquina y en el escritorio principal, el nuevo auditor, su majestad el maestro Rafael Escalona. Quedé paralizado por la emoción y recordé el juego de la estatua en el Ateneo El Rosario, tiempos en los que me tocó intervenir ante la siempre recordada, Carmen Sánchez, toda vez que su hijo querido Juan Francisco “el mono” Rosado, se encontraba interno y varios compañeros se quejaban porque les decía ¡estatua!, en plena previa sin que “pudieran” contestar ninguna pregunta porque él no lo permitía. En ese son perdieron varios exámenes hasta cuando la matrona intervino y lo panquió. Ese día, le pregunté al maestro cómo armonizaba la pena, por pérdida en el amor o en la actividad productiva, con la inspiración, derivándolos en una canción, hermosa siempre. Todo eso es posible lograrlo por el cariño de los amigos, ese cariño que me regalan todos los días y mucho más cuando les canto cada nueva canción que compongo.

Después de un par de whiskies, bien conversados, me fui feliz por el eco de la coincidencia de esas palabras con lo que siempre dijo Gabo, que escribía para que sus amigos lo quisieran más, querencia que sigue intacta por ‘transmutación generacional’. Por cierto, de las diez canciones vallenatas de mayor preferencia en el gusto de García Márquez, la primera es la Elegía a Jaime Molina; la diosa coronada, la gota fría, la custodia de Badillo, Sielva Maria, el mochuelo, la casa en el aire, el testamento, la vieja Sara y Matilde Lina. De diez cinco son de Rafael.

La influencia del vallenato en la obra de Gabo es evidente e innegable la de los cantos de Escalona. Respecto de eso, el mismísimo hijo de Aracataca, expresaba que “A todo lo largo del río César, no hay compositor que no lleve, como equipaje insustituible, su acordeón trasnochador y nostálgico. El caso de Escalona es distinto, porque es quizá el único que no conoce la ejecución de instrumento alguno, el único que no se convierte en intérprete de su propia música. Simplemente, canta como lo va dictando el recuerdo y permite que a sus espaldas venga la ancha garganta del pueblo, recogiendo y eternizando sus palabras. El no se encierra en el laboratorio a resolver sus ideas con instrumentos. Concibe la fórmula, la dicta, y eso le basta para ser el compositor más popular en su propia tierra, y uno de los mejores fuera de ella. De allí que ninguno de los discos que todo el día y toda la noche están girando en el país, moliendo la música de Escalona, sea exactamente igual, en cantidad de belleza, a lo que él mismo compuso sin otro propósito que el de arrancarse una espina demasiado punzante para sobrellevarla. (Periódico El Tiempo, 29 de abril de 1984)

Tenía rostro de gentleman, de mago, de amante sin descanso y porte de diplomático en función permanente. La manera de hablar, pausada, sutil y certera, daba cuenta de la moderación veloz en sus hábitos de pensamiento. Se mostró, y lo demostró, poseedor de rutilante imaginación que, a manera de fogonazo sensorial, le permitió estructurar, hilar, tejer y armonizar versos y melodías, con tersura reconocida y gran capacidad comunicacional, narrativa y acogedora, con lo cual sembró semillas cuya germinación nos enorgullece, una de ellas como contributo importante, aunada al ‘realismo mágico’ que pervive en la obra del nobel Gabriel García Márquez y en otras creaciones.

Juan Gossain, el hijo de San Bernardo del Viento, en artículo publicado en la Revista Dinners, se refirió al tema: “Daniel Samper Pizano, que sí sabe por dónde es que le entra el agua al coco, me dijo un día que para descifrar a García Márquez es necesario pasar primero por Escalona. Juiciosa observación. Hay que darse un chapuzón en las profundidades de Escalona, a la manera de los bautizos en las aguas purificadoras del Jordán, para comprender los orígenes de la magia, descubrir los olores que flotan junto con las mariposas amarillas, seguirle el curso al corazón de la gente, desarmar el misterio como si fuera el mecanismo de un reloj y rastrear metro a metro los recovecos de la tierra nutricia donde se inició el milagro de Macondo. El que quiera entender las razones que tuvo Remedios, la bella, para salir volando entre el viento de las cuatro de la tarde, debe saber que anteriormente existió una casa en el aire y que fue Escalona quien fundó el territorio encantado donde los armadillos hablan como la gente y las mujeres adivinan el futuro mirando hervir la olla del almuerzo. El escenario y los protagonistas son los mismos en la literatura de ambos: una vasta geografía que llamaban la provincia, en el antiguo departamento del Magdalena, incluido, lo que hoy son el Cesar y La Guajira, entre valles fértiles y desiertos impiadosos, algodonales y bananeras, desde el mar hasta la montaña, aldeas arracimadas de ganaderos y contrabandistas de bisutería, indígenas y rancherías, vendedores de pomadas, descendientes de aventureros franceses y mulatos de sombrero. En ese universo abigarrado, Escalona descubrió la clave secreta de lo que ahora llaman realismo mágico, que consistía sencillamente en contar bien contado el cuento de cada día, ni más ni menos. Fue maestro de la gracia, que es palabra más castiza que el humor y de rancia estirpe castellana. Bastaría con recordar lo que le pasó al pobrecito de Juan Gregorio, un labriego inocente que tuvo la mala idea de irse a viajar y dejó su mujer al cuidado de Escalona”.

En la obra de Escalona, fluyen versos que transportan a la vida que vivió, a las cavilaciones de su mente intrépida y a la enjundia del trenzaje, de verso y melodía, característico de sus creaciones, que van y vienen según el mismo predijo, “de boca en boca como el bostezo”.

Recogió la idea de hacer una casa en el aire e instalar en ella a su primogénita Ada Luz: “(…) si te preguntan cómo se sube, deciles, que muchos se han perdido, para ir al cielo creo que no hay camino, nosotros dos iremo’ en una nube (…).

A la Maye de siempre, la mujer que enseñó a los terrícolas a perdonarle todo a Rafael porque así como Jesús nos libró del pecado con su muerte de Cruz y su resurrección, la bisabuela de la hermosísima Julieta, con su amor sin vacilaciones y la reciedumbre de su paciencia, mostró el camino para entenderlo, quererlo y recordarlo sin reclamos: “(…) Ese orgullo que tú tienes no es muy bueno, te juro que más tarde te vas arrepentir, yo solo he querido dejarte un recuerdo, porque en Santa Marta me puedo morir (…).

A la flamante, y muy querida, Vieja Sara, su amiga tutora y madre del Viejo Emiliano, de Toño Salas y María: “Se oye una voz en la noche, se oye una voz que la llama, ese soy yo y Poncho Cotes, llamando a la vieja Sara”.

En sus amores, afloraba la magia en plan de conquista como diría en el caso de Dina Luz: Quise comprarle en la pedrea, los amuletos que tienen tabú, todas las cosas me parecen feas, pa’ regálaselas a Dina Luz; con cuál moneda te puedo comprar, si nunca la han hecho y si nunca la harán; iba buscando por to'a la frontera, cosas bonitas pa' ti en Villanueva; iba buscando por el Amazonas, cosas muy lindas pa' ti bella mona; iba buscando por el Orinoco, el caimán encantado que vuelve a uno loco; te traje pirañas de bellos colores, que en el Amazonas a la gente se come.

Él, que le cantó a la vida y tuvo el tino creativo, describiéndose en su Honda herida, de contar su única “pertenencia” en aquel momento de dolor profundo: solamente me queda el recuerdo de tu voz, como el ave que canta en la selva y no se ve, con este recuerdo vivo yo, con este recuerdo moriré; remontó su aspiración más allá del firmamento, para dar lugar al olvido y reconoció su destino en ese tiempo: ay arriba de las estrellas, donde está el reino de Dios, allá quisiera estar yo, para no acordarme de ella; pero como no estoy allá, ando vagando por la vida, como una errante golondrina, que nadie sabe a dónde va, a dónde va, adónde va. En su hilado literario, mágico y convincente, le cantó a la estrella de Patillal: ay yo que conozco el cielo universal, a donde están los astro’ y las estrellas, pero ninguna como allá en mi tierra, donde brilla la estrella e’ Patillal. Entonces tú dirás esa me gusta a mí, yo le pondré la marca para ti un corazón, y cuando quieras la puedes llamar, que ella viene derechito onde’ ti, ella es tuya porque yo te la di, porque yo te la di….

Mariposa bonita, hermoso merengue, en el esplendor de su vida pública: Le dije a Poncho Cote’ en Valledupar, si aquí llega Juan Feli’ tirando piedra, que ninguno le quite la razón; porque yo, porque yo sin permiso y por amor, le invadí el cafetal en Villanueva; si aquí llega Juan Feli’ tirando piedras, que ninguno le quite la razón... Toño Davila se puso a decir, por todo Villanueva a discutir, el por qué me mudé pal’ cafetal;  fue que yo, conseguí aquel amor en un jardin y lo lleve en golondrinas sobre el mar; de Colón Panamá a Barranquilla, la lleve sobre el mar en golondrina…

Un día no estuvo pero si el legado, sus canciones, sus historias y, por sobre todo, la fuerza interior que vertió en su obra y en el Festival de la Leyenda Vallenata, como artífices, con su comadre Consuelo, el Dr. López, la influencia Garciamarquiana, Miriam Pupo, la Polla Monsalvo y la caravana conocida en la cual cabemos todos los que amamos nuestra bella música y la Cultura que nos arropa.

Los versos del “Arco iris”, una de sus canciones emblemáticas, grabada hace treinta y cinco años por Iván Villazon y Fello Gámez, ratifican lo contado (y cantado): Píntame una golondrina y te diré, si eres un buen pintor, debe de tener en el pico una espina, y en los ojos un dolor; pues, dicen que cuando Cristo agonizaba, llego del occidente, enjambre de errante golondrina, a limpiarle la cara, y a quitarle con sus picos, las espinas, clavadas en la frente…

 

Alberto muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

1 Comentarios


César Peñaloza Ramirez 14-05-2019 10:48 AM

Que crónica maravillosa, mágica, macondiana, y llena de realidad y amor por lo nuestro. Primo, Dios le de largura de años, para que siga contribuyendo con esa pluma prodigiosa, a la grandeza de nuestro terruño. Quiero aprovechar esta oportunidad, para manifestar, que ESCALONA, es ESCALONA. Como dijo el gran Diomedes: ¨Tenemos el ejemplo de ESCALONA, que del valle es insignia nacional y de tras de él se van muchas personas en cualquier campo profesional¨. ESCALONA, es el mejor compositor del Vallenato, y uno de los mas importantes de Colombia.

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