Música y folclor

Rosa jardinera

Álvaro Yaguna Nuñez

21/10/2019 - 05:20

 

Rosa jardinera

 

Cualquier desprevenido habitante de esta región sabe que Rosa Jardinera es una canción vallenata auténtica, creada por Ildefonso Ramírez Bula, sobresaliente docente y compositor eximio residente por siempre en la inolvidable Villanueva, donde recientemente se celebró una versión más del posicionado Festival Cuna De Acordeones, con todos los honores y éxito abrumador.

También conocen que fue llevada al otrora acetato en los años 75-76 por la afamada agrupación de Los Hermanos López, con el canto melodioso de Jorge Oñate González, en su penúltimo trabajo discográfico. También es sabido que Rosa Jardinera, al igual que Paso a paso, El Ruiseñor herido, Terco corazón, entre otros, marcaron la diferencia adimensional en las producciones  Mi canto sentimental, Dos estrellas, y La Parranda y la mujer, en la inmemorable década de los 70.

Este preámbulo de remembranzas y manifestaciones alusivas a nuestro rico folclor enmarca el recuento anecdótico vivido en el Eje cafetero, en los inicios de la formación académica superior, específicamente en Armenia, capital del Quindío, otrora Ciudad Milagro de Colombia. Dada la gran limitación en la infraestructura de los centros universitarios en el sector Caribe, era muy frecuente el éxodo de estudiantes hacia el interior del país, donde todavía existían centros docentes privilegiados, gozando todavía de las mieles del bienestar universitario, facilitadores de las residencias universitarias y restaurantes-cafeterías capaces de resolver los problemas prioritarios de una masa estudiantil ávida de superación personal, articulada con el tesón y empuje  de nuestros padres que a distancia luchaban denodadamente por apoyar la iniciativa del crecimiento educativo.

Tras una importante decisión entre a conformar el grupo de vallenatos en la capital cafetera, que hacía algún tiempo albergaba una pléyade de  estudiantes de bachillerato y universitarios la mayoría, mancornados con los lazos de la amistad y la camaradería vivificada, soportada por la solidaridad permanente.

Elmer Díaz Martínez, Hermes Aramendiz Tatis, Ciro Castro Castro, Dairo Daza, Ramiro Montero, Celso Daza, Fredy Meza, Casimiro Rodríguez, Marcial Consuegra, Ítalo Lindarte, Elber Castilla, José Díaz, Astolfo Pinto, Beto Martínez, Hernán Vence, Tomas Saurith, y los  hermanos Camarillo Suarez, integraban una colonia importante, donde siempre  se identificaron los valores culturales y deportivos  en la Universidad del Quindío , el Colegio Rufino José Cuervo y la cancha de futbol de Los Hermanos Maristas, frente al destartalado estadio de la ciudad, donde el Deportes Quindío raramente perdía sus encuentros del rentado colombiano, al mando de Benitin Urruti

Ese era el clima de armonía y entusiasmo que se respiraba en una ciudad para nosotros diferente a todas, donde solo había lugar para las actividades académicas, las deportivas y alguna que otra parranda descarriada, con algún pretexto razonable, casi siempre con algo que ver con sucesos propios de nuestro folclor. Era frecuente festejar algún suceso musical importante cada semestre, dada la condición de producción dos veces al año, por parte de las agrupaciones vallenatas de moda; oportunidades bien aprovechadas por el grupo, donde había bohemios e insomnes fiesteros que, en el paroxismo del jolgorio, evocaban y requebraban con los recuerdos del viejo valle, frente a anfitriones estupefactos ante fervorosa pasión por una música inmortal. Muchas veces esas amanecidas iban acompañadas de las infaltables serenatas, finalizadas con baños de agua helada regalados por suegras retrecheras y regañonas y los gritos bulliciosos de alguno de nosotros: ¡Yo me voy es con el alba!

Era de una connotación especial las fiestas de aniversario de la ciudad, donde se conjugaban el espíritu fiestero de sus gentes, con las de extraños que gozaban al máximo de los reinados y admiración por las mujeres bellas de las poblaciones vecinas, en el evento nacional del café y los desfiles de los carritos Willis, allí denominados Yipaus y entre nosotros los provincianos–yuqueros.

Alrededor de las festividades y festejos en la ciudad, la colonia vallenata se propuso ese año no quedarse atrás y festejar a su manera el jubileo del aniversario cafetero: se acordó una gran fiesta  en la casa de Los Camarillo Suarez, en el barrio San José, con un sancocho épico de tres carnes, con características especiales, así: la carne de chivo tenía que provenir de las sabanas comunales de los Venados o Patillal, las gallinas criollas criadas en los patios de la zona de Atánquez o Chemesquemena y el bastimento de la Sierra del Palmar y Azucarbuena. La organización delego comisiones para cada actividad, siendo la más comprometida la de Astolfo Pinto y José Díaz, encargados de conseguir la última producción salido al mercado discográfico: Rosa jardinera.

Todo el parapeto de la organización iba viento en popa, a excepción del componente musical, pues la adquisición de Rosa Jardinera, dependía de la llegada de un giro que el viernes, víspera de la celebración no alcanzó a cobrarse, quedando a la espera del día sábado, fecha en que la oficina de Adpostal se cerraba por motivos del horario reglamentario, es decir la plata del LP solo sería cobrable el día Lunes, sin falta. En esas condiciones, el sancocho proyectado iba a ser degustado sin el ingrediente llamativo, la música; nuestros comisionados no declinaron ante las adversidades presentadas, y en forma perseverante consiguieron el domicilio del encargado de Adpostal, convenciéndolo de que los atendiera en un horario de emergencia, pero indebido. En el caso, las cargas se equilibraron pues el señor Emilio Londoño, el funcionario comprometido pasó a ser el invitado de honor y el huésped más importante en una francachela que prometía sobrepasar los límites de las mejores parrandas celebradas hasta ese momento por nuestra colonia vallenata

Haciendo caso omiso a los sentimientos y temores premonitorios por los inconvenientes presentados, la organización siguió su curso alrededor del festejo hasta recibir la noticia sobre la suerte del esperado LP. Éste, ya en mano de los delegados, un poco entonados, sufrió un percance mayor, al caer al piso mojado, deteriorándose parcialmente bajo el paso de las llantas de un vehículo en movimiento.  Fue mala suerte, opinamos todos. La única pieza musical que no pudo ser oída fue Rosa jardinera. El más feliz de los parranderos fue Emilio Londoño, el funcionario de Adpostal, que jamás pensó que una actuación discutida y reprobable como la suya, iba a pasar a la historia del anecdotario vallenato, por culpa de Rosa jardinera.

 

Álvaro Enrique Yaguna Nuñez

Alya2302@hotmail.com

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