Música y folclor

El vallenato entró por Mompox

Alfonso Osorio Simahán

12/11/2019 - 10:45

 

El vallenato entró por Mompox
La ciudad de Mompox / Foto: El Universal

 

El primer pueblo que conocí con visión cosmopolita, y lo suficiente, como para que ejerciera notables influencias positivas a mis primeros acercamientos culturales, sin dudas, fue Mompox. Con la ironía inexcusable que, hasta estas alturas del almanaque, nunca, físicamente, he puesto un solo pie en sus añejas calles.

El paquete turístico de esos continuos viajes fantásticos me los brindó mi hermana mayor, Teresa Beatriz. El azar la condujo a la Ciudad Valerosa, al salir favorecida en un programa becario para adelantar estudios de la ciencia de la Pedagogía, en la renombrada Escuela Normal Superior.

La diversidad de estudiantes provincianos que aglutinaba la Mompox de la época, provenientes de todos los rincones de la costa Caribe, iban azuzados por el prestigio académico que se habían ganado sus instituciones educativas; este hecho convirtió a ese municipio en un acogedor reducto estudiantil, que sembró los nutrientes necesarios para enriquecer su cultura popular.

El asunto fue que, en medio de lágrimas y vítores domésticos, Tere se embarcó para consagrarse como maestra en aquel enclave promisorio. Hoy, a pesar de que ha transcurrido más de medio siglo desde aquella partida, recuerdo sin gaguear, el efecto eufórico que retumbó en la sala de nuestra casa cuando nuestros padres en medio de un acto de solemnidad familiar, anunciaron la buena nueva. Aquel día fue la primera vez que oí mencionar la palabra Mompox; yo, que no había cumplido los 9 años, me sonó tan exótica, que por un tiempo estuve convencido que ese sitio quedaba al otro lado del mapa colombiano.

Cada vez que Tere retornaba al pueblo de vacaciones, venía con su valija mental repleta de anécdotas, historias, leyendas, música, juegos, adivinanzas, cuentos, jergas, modismos y, hasta detalles personales de sus compañeras de estudios y de algunos personajes de la ciudad. Como aventajada estudiante de la educación, reforzó su vocación en el arte de comunicar, que fue la clave para que más tarde vertiera en el corredor de nuestra casa, de aquellas maratónicas noches sabaneras, todas esas emotivas importaciones mompoxinas que terminaron por acortar las horas y romper la monotonía.

El vecindario, sus amigos, así como el resto de mis hermanos disfrutábamos con la avidez de alumnos aplicados, cada uno de sus amenos relatos. Una vez que se marchaba, no veíamos el día en que Tere regresara de nuevo a vacaciones.

Sus primeras vacaciones de fin de año, que esperamos con explosión de júbilo, produjeron desencanto, al menos, para mí. Esperaba de parte de ella, por lo menos, juguetes o dulces de regalo. La edad no daba para abrigar otro tipo de ilusión.

Pero al día siguiente de su llegada, la exhibición de un detalle común, que luego se convertiría en un celoso tesoro, nos aliviaría para los próximos días, o tal vez para los meses siguientes, gran parte de esa frustración.

Metido en una bolsa de papel, cuidadosamente protegido, Tere, en una reunión informal, sacó para enseñarle a un amigo la carátula de un disco. Una vez que este producto se paseó por una media docena de manos curiosas, llegó a las mías, donde con cierto recelo pude identificar su contenido: era uno de los llamados Long Play (L.P.), monofónico, de acetato, con el título de portada: Los cantos vallenatos de Escalona. En el centro de la portada, con un paisaje urbano al fondo, estaba la foto del maestro Escalona vestido con saco y corbata con una pose de bohemio arrepentido; y en la parte inferior del álbum, el subtítulo “Bovea y sus Vallenatos. No recuerdo si antes había tenido un ejemplar de esa naturaleza en mis manos. El susodicho disco se había grabado en el año 1962, para el sello Tropical.

Todavía es la hora que no se cual fue la magia que utilizó Tere para la adquisición del disco, ni el argumento convincente que tuvo para traerlo a casa, ya que no teníamos equipo donde escucharlo. Pero esto último resultó un problema minúsculo, porque en menos de una hora un vecino desempolvó un antiguo tocadiscos de tubos que tenía arrinconado de manera obligada en su casa, porque su padre, un reconocido hacendado del pueblo, decía que ese tipo de aparatos era para uso exclusivo de las cantinas. Lo bueno del cuento es que la llegada del disco coincidió con el advenimiento de un mejor servicio de la luz eléctrica en el pueblo.

El concierto comenzaba a la 10 de la mañana y se extendía hasta bien entrada la noche. Era el preámbulo de una “parranda perpetua”, donde el artista invitado -y sin alternar con nadie- era Bovea y sus Vallenatos: no había más disco en la “discoteca”. El momento álgido de la algarabía vacacional fue para las navidades y año nuevo, cuando nuestra casa se “vistió de gala desde el patio hasta la misma sala”, y con baile incluido.

 Si acaso alteramos la tranquilidad unos dos meses, fue en el barrio; porque en la casa, nuestros padres, de paso, melómanos compulsivos, atributos que heredamos sus siete hijos, preferían vernos anclados todo el día en nuestra casa por cualquier motivo, con tal de evitarnos salir a callejear.

Yo, que para esa época me ufanaba de saberme y cantar todas las 12 canciones que componían el disco, me llevé una decepcionante sorpresa en la escuela, cuando varios de mis compañeros que vivían por mi barrio, demostraron que me llevaban una ventaja: no sólo las cantaban mejor que yo, sino que sabían que la número 1 de la cara “A” era El Testamento y la número 6 de la cara “B” era El Chevrolito. Era, que el eco del tocadiscos rompiendo barreras, se escuchaba hasta una cuadra a la redonda, en donde encontró muy buenos receptores.

Un personaje muy simpático y querido del pueblo, Kike el de Tía Gena (Q.EP.D.), así se le conoció; y quien le ganó en encantos a las tristes expectativas del Síndrome de Down, también las tarareaba una por una con su peculiar estilo. Todos los días, aprovechando que lo mandaban a la tienda a comprar algo, se sentaba en el corredor de la casa  y hasta que no finalizaba la tanda musical no se levantaba. Sus familiares ya sabían dónde ubicarlo cuando se perdía. Un día, que se presentó con un manojo de yucas a la misma hora de siempre, nos reclamó airado por qué no estaba sonando el run-run negro; así le llamaba al disco, y quería escuchar la canción del “fuma tabacos que se sacó a la nieta pechichona”. Interpretamos que se refería a La Patillalera. No quedó más remedio que complacerlo para que se marchara.

Otro vecino de edad avanzada, El Compaé Juve, proveniente de una vereda cercana, quien era cuidandero de una casa contigua; en cierta ocasión me abordó. Me puse a la defensiva, pues, pensé que era para recriminarme lo del escándalo musical; pero no, era para confesarme con cara de aflicción, que por qué no le preparaba unas gárgaras de creolina al cantante del conjunto, porque últimamente lo notaba como canto de gallo con muermo y “vale la pena cuidarlo, oyó, campa Alfonso, porque la verdad es que ese disco está bien paletiao”, repuso más aliviado. Y tenía razón, era tanto la “cajetaque había llevado el disco, que ya lo que se escuchaba era el chirrido de la aguja.

Estos registros anecdóticos que tienen que ver con los amores y odios que suscitan los gustos espontáneos por la música, los entrelacé unos años más tarde en otro episodio que merece datar.

Creo que fue en el año 1970, viajando de Sincelejo para Medellín, con destino Cali, donde yo estudiaba, cundo tuve como propio el primer disco: un 45 rpm de vinil. Y precisamente, no fue comprado, prestado ni robado, fue encontrado. Cerca de una de las llantas de un camión estacionado frente a un restaurante, en Caucasia, donde el bus en que yo iba hizo una parada obligada para merendar, vi una carpeta pequeña acartonada. La recogí, una vez arriba de la unidad, descubrí que adentro de esa carpetica metido en una funda de papel, estaba el disco “La Colegiala” de Julio de la Ossa y su conjunto.

El dilema serio que se me presentó al llegar al internado era, dónde sofocar las ansias que traía para escuchar el disco, teniendo en cuenta que yo estudiaba en un seminario y apenas era un día martes. Solo los domingos, en una sala musical, habilitada para tal fin, se permitía escuchar algunos artistas favoritos, sin embargo, lo más profano que se escuchaba en esa sala eran sonatas de Mozart, sinfonías de Beethoven, valses de Viena o cantos gregorianos. A nadie yo le había contado lo de mi disco.

Para mi propósito, soborné con prebendas comestibles traídas de la costa al portero del seminario; quien, además, era la persona encargada de operar un transmisor como de estación radial, en una caseta que parecía un mini estudio de grabación, cuyo emisor eran varias bocinas metálicas colocadas estratégicamente en diferentes sitios elevados de las cuatro hectáreas de terreno que ocupaban las instalaciones del seminario.

Mas demoró el disco en sonar que yo en tener al frente al prefecto de disciplina, quien, entre otras cosas, era mi director espiritual. Este detalle me salvó el pellejo. Después de reprenderme y darme una lección ejemplarizante de música sacra y mundana, el cura me sugirió para la próxima y evitar males peores, utilizar la sala musical. Así lo hice y, como por dos meses consecutivos.

 El entretenimiento dominical era llevar La Colegiala a la sala musical; hasta que un día el coordinador, de origen pastuso, quien además, era el encargado de poner y quitar los discos en la radiola, con temperamento de malas pulgas, me dijo que cuando era que esa tal Colegiala iba a pasar a la universidad, porque la verdad es que ya se pasa de repitente.

“La Colegiala” no fue más al salón musical, pero no perdió el año. En menos de un mes, con algunos cachacos, organicé un conjunto, tipo murga. El primer tema que montamos fue “La Colegiala”.

Si bien es cierto que una media docena de las canciones que componían aquel L.P., de Bovea y sus Vallenatos, yo las había escuchado de manera desperdigada en algunas estaciones de radio de la región, tengo que admitir que esa fue mi primera comunión con estos artistas y su propuesta musical, que, para mí, provenían de Mompox. Las ilustraciones certeras que posteriormente me hizo Tere sobre la génesis de la palabra vallenato, y la historia juglaresca de Francisco el Hombre y sus fieles herederos, fue lo que logró ubicarme para que yo desbaratara cualquier confusión a futuro.

Fue por intermedio de Tere, quien descubrí también a Julio Erazo y su extenso repertorio. El Compaé Chemo, antes de escucharla en la voz del Negro Alejo, ya yo la cantaba un año antes de salir al mercado. Supe por intermedio de ella quién era el Pollo Vallenato, Pacho Rada y Abel Antonio Villa y sus aportes al folclor.

Mas nunca se presentó con disco, pero sí, con infinitas canciones en sus labios, que lo que hacía era falta papel y lápiz para copiarlas.

En una de esas llegadas, me peleé con mi hermana Emilce, por la disputa de un cancionero, semejante en volumen a un pequeño Larousse de bolsillo, donde venían más de dos centenares de canciones antológicas de variados intérpretes y géneros musicales. Fue una bofetada a mis impulsos aquella riña, porque comprobé que quien debería haberse quedado primero y definitivamente con el cancionero era Emilce. Demostró no sólo que poseía una extraordinaria memoria al aprendérselas casi todas, sino que, sin recibir siquiera una sola clase de solfeo en su vida, las cantaba tan afinada y con un matiz original en su voz, que al escucharla, cualquiera hubiera dicho que se trataba de una cantante profesional.

Otra se presentó una pelea, pero esta vez, fue todos contra todos. La originó otro peso pesado, pero esta vez, de las ciencias sociales. En esa ocasión trajo un tomo separado, que debió pertenecer a una enciclopedia de geografía. Estaba lujosamente empastado, con ilustraciones, fotografías, imágenes y atlas a colores de diferentes partes del mundo. Abrirlo en cualquier página producía una fascinante atracción. Después de las discusiones, por hacernos a ese gigante libro, nuestros padres reglamentaron los turnos diarios en que deberíamos visualizar y leer su contenido. Mucho tiempo ese tomo fue un valioso pasatiempo. Hoy entiendo por qué la geografía fue de las pocas materias del bachillerato en que siempre sacaba un cinco.      

Pero no fue solo música y jolgorio lo que trajo Tere de Mompox. Desde que en uno de sus regresos, puso a prueba sus modestas recetas gastronómicas, aumentaron las visitas a nuestro hogar, y los amigos se triplicaron. No era para menos, los helados cremosos, postres y pudines que colapsaron en algún período la capacidad de la nevera, fueron el señuelo para cautivar amistades.

Si a Tere le debemos parte entrañable de esats contribuciones, gota a gota, de la cultura que hablamos, a nuestra madre, Euclides (q.e.p.d.), le debemos los conocimientos puntuales que adquirimos en lo formal de todo el itinerario del viaje. Ella era quien siempre llevaba e iba buscar a Tere a Mompox. Lo hacía, no tanto para evitarle un peligro a su hija en el camino, sino, que su abolengo árabe la hacían desconfiada. Algo por dentro le decía que tenía que cerciorarse por boca del acudiente y directora del plantel, sobre la conducta y disciplina de su hija. Nunca hubiera aceptado que la futura maestra zozobrara en las redes de amores furtivos, en una de esas riveras del Magdalena. Como cualquier arquitecto lo hubiera hecho, nos describía cada detalle de cada una de la media docena de iglesias de la ciudad, lo majestuoso de su cementerio, la descripción exacta y nombre de los barrios y calles; de los últimos trabajos de orfebrería; los peligros que representaba al embarcarse en las chalupas o lanchas para surcar el río, en fin, era una verdadera exploradora ambiental.

La única vez que me topé con el maestro Escalona fue en Caracas, a mediados de los años 80, para un 20 de Julio en la sede de la Embajada de Colombia. La misión diplomática en el marco de la celebración del Día de la Independencia invitó para la gala: a Totó La Momposina, Los Hermanos Zuleta, el ex presidente Alfonso López Michelsen, y por supuesto, a Rafael Escalona. Avanzada la tarde, cuando noté que los curiosos y aduladores de oficio habían abierto un boquete como para filtrarme ante el maestro, dije, ésta es la oportunidad. Lo hice con el natural impulso que lo hubiera hecho cualquier alumno que reverencia a su maestro, y espera de él algo nuevo, que no sea un consejo. Sin despilfarrar tiempo, le hice mención de aquella historia de su descubrimiento, de parte mía. Con mirada extraviada tal vez por el licor, pero con lenguaje sobrio, palabras más, palabras menos, nos dijo: que más que gusto, es amor de quinceañero lo que uno siente, cuando lo atrapa alguna de las artes. Que si él no lo hubiera tenido, no habría superado los prejuicios que tuvo que enfrentar en sus comienzos como compositor.

Para finales del 2018, la promoción de maestras graduandas de 1968, a la que pertenece Tere, celebró sus 50 años. Ella y el resto de sus compañeras, en unión fraternal con la Escuela Normal Superior de Santa Cruz de Mompox, no quisieron dejar pasar por alto la efeméride para celebrar con bombos y platillos los diferentes programas para el evento. Hubo actos religiosos, almuerzos, música, discursos, paseos y otras solemnidades.

Fue un reencuentro inolvidable en donde la alegría, lágrimas y brindis coparon la escena. Tere tenía más de 40 años que no había vuelto a Mompox. Esta vez quien la acompañó fue su hijo Moisés en su vehículo particular. Para esos días, Tere, estaba en franco proceso de recuperación por algunos quebrantos de salud.

En Enero de este año fui en son de vacaciones a San Luis de Sincé, donde nació, vivió, trabajó y se jubiló Tere; y donde hoy, disfruta de felicidad plena al lado de su esposo, hijos, nietos y bisnietos.

 No podíamos dejar pasar por alto en la primera oportunidad que se nos presentara, tocar  el tema del 50 aniversario en Mompox. Después de entregarme una radiografía completa del acontecimiento, le pregunté, qué había traído en esa ocasión: -Nostalgia!, me respondió con entrecortada sonrisa.

 

Alfonso Osorio Simahán

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

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