Música y folclor

El proceso bandístico del río Magdalena y del canal del Dique

Álvaro Rojano Osorio

08/01/2020 - 08:30

 

El proceso bandístico del río Magdalena y del canal del Dique

 

El rio Magdalena como corredor natural de nuestro país se divide en tres segmentos o cuencas: Alto, Medio y Bajo Magdalena. Este se extiende por más de 50 mil kilómetros, territorio donde se encuentran ciento veinticinco municipios pertenecientes a 18 departamentos del país.

El río ocupa el veinticuatro por ciento de Colombia y en sus orillas viven más del 70 por ciento de los habitantes de esos municipios. En los territorios que están en su influencia se produce el 85% del PIB nacional, por lo que es considerado como la principal arteria fluvial, económica y cultural de Colombia.

El río, desde los tiempos lejanos de su primer poblamiento, ha alojado distintas manifestaciones culturales, entre ellas las musicales, lo que nos permite verlo, no solo como una delimitación natural, sino como una construcción histórica, social y cultural. En el Magdalena, por su extensión y número de comunidades que aloja desde tiempos inveterados, se ha escuchado distintos sonidos musicales; incluyendo el de sus olas bañando al mismo río en las tardes del verano o cuando un ventarrón lluvioso enerva su temperamento. Y cuando los sonidos de sus olas invaden el territorio que baña, decimos el río está bravo.

Una de esas manifestaciones musicales ha sido el sonido armónico que emiten las bandas de viento, el que comenzó a escuchare en tiempos de la Guerra de Independencia, y que continuó escuchándose en la villa de Mompox, a partir de 1828, cuando fue creada la primera banda viento militar de la que se tenga conocimiento en la cuenca conocida como el Bajo Magdalena. el que aun emiten grupos de bandas que como reductos musicales tratan de mantener vigentes esta expresión musical a orillas del río Magdalena.

El Bajo Magdalena, que comienza en El Banco y concluye en Bocas de Cenizas, es un territorio en el que se encuentran ubicados aproximadamente 50 municipios pertenecientes a tres departamentos: Magdalena, Bolívar y Atlántico.

Después de 1879, cuando la banda Armonía militar la Valerosa de Mompox se transformó en la banda Armonía de la Valerosa conformada por personas que no eran militares, la creación de este tipo de agrupaciones musicales conformada por civiles en la cuenca Baja, no fue un hecho casual ni limitado a una de las tantas subregiones existentes en este territorio. Se trató de un proceso general que después de haber iniciado en esa ciudad se extendió, en 1882, a Guamal, Magdalena, continuó en Magangué y tuvo mayor fuerza a partir de la primera década del siglo XX, en 36 poblaciones a orillas del río y de algunas ciénagas.

Fue después de la Guerra de los Mil Días cuando surgió el mayor número de bandas de viento en el Canal del Dique y a orillas del río Grande de la Magdalena. En esta cruenta guerra se escuchó el sonido acompasado de las bandas de viento acompañando a los frentes armados que enarbolaban las banderas liberales y conservadoras. De ese tiempo se conoce que uno de los hermanos Valientes de Mahates, Bolívar, quienes habían creado quizá la primera banda de viento en el Canal del Dique, hizo parte como trompeta del grupo musical que acompañaba a la guerrilla revolucionaria de Mahates.

Para finales del siglo XIX en Barranquilla, que para entonces ya era la ciudad más importante del Bajo Magdalena, y que estaba poblada por 12 mil personas, poseía numerosas bandas que cultivaban el arte musical con fuerte influencia europea (Solano, 2003). Esta ciudad, cuya importancia comercial inició después de segunda mitad del siglo decimonónico fue un mercado importante de compra venta de instrumentos musicales, lo que facilitó el surgimiento de bandas a lo largo del Bajo Magdalena. Su fácil acceso a través del río y la navegación fluvial a través de vapores y otros tipos de embarcaciones fueron importantes para su consolidación como urbe. Navegación fluvial a través de vapores que se sirvió para que las bandas de viento amenizaran los tediosos viajes a través del río.

Las bandas de viento, que iniciaron como grupos acompañantes de los ejercito y participantes en celebraciones patrias y religiosas, al transformarse en agrupaciones musicales de civiles encontraron en las fiestas religiosas y cívicas, los bailes de salón, las academias, la Zona Bananera, la manera de existir.

La costumbre española de celebrar las fiestas en honor a los santos o vírgenes asignadas a los pueblos que fundaban, ha continuado. Las bandas de viento nacieron, entre otras razones, para amenizar este tipo de festividades por el número que se celebran. La lista de santos y vírgenes veneradas en los 53 municipios del Bajo Magdalena, es extensa y variada; tanto que en Plato se festeja a una particular, la virgen del Camarín, que es un lienzo con un dibujo de una de las tantas vírgenes del calendario católico.

Las corridas de toro, como escenario para que suenen las bandas, han estado relacionadas con algunas fiestas religiosas celebradas a orillas del río Magdalena. Es una tradición, que existía, para 1739, en Tamalameque, tal y como lo documenta el alférez, José Nicolás De la Rosa, en su libro, “Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la Ciudad y Provincia de Santa Marta”.  En Mompox, en tiempos coloniales era usual que en las calles adyacentes al matadero se realizaran faenas taurinas. Para tiempos de la república comenzaron a organizarse corridas de toros en esa localidad para conmemorar el once de noviembre, ahora están ligadas a las fiestas patronales.

El padre Revollo, por su parte, menciona en su libro: “Historia de la Diócesis de Barranquilla a través de la biografía del padre Pedro María Revollo”, que en esa ciudad se realizaban corralejas en sus calles en el marco de las celebraciones de las fiestas en honor a San Roque. Pueblos como Guamal, Santa Ana, Magangué, Tenerife, Barranca Vieja, por destacar algunos en el río Magdalena, Soplaviento, Santa Lucía en el Canal del Dique, mantienen esta tradición que iniciaron a principios del siglo pasado.

En las academias, en las que el organizador, la banda y las mujeres que bailaban, ganaban un porcentaje de lo que cobraban por cada pieza musical que era bailada, eran las bandas las que amenizaban estos bailes públicos; lo que se interrumpió con la irrupción de modernos equipos de sonido que llamaron picó. Eso fue a mediados del siglo XX, tiempo en que principìo el ocaso del mayor número de bandas del Bajo Magdalena.

La Zona Bananera, antes y después de la masacre de las bananeras, fue lugar de alojo de importantes músicos y bandas de viento de distintos lugares del Caribe nuestro. La primera banda de viento que se tiene documentada que hizo sonar sus metales y la percusión en Aracataca, en los años veinte, fue la del carmero José María Montes. Después llegaron a esa localidad los músicos Rafael Arturo Medina Rodríguez y Nicolás Herrera, quienes crearon sus bandas de viento. José Dolores Flores y su banda también tuvo en la Zona Bananera su espacio de trabajo, tanto que le compuso una canción que llamó: “Un viaje a Sevilla.”

Tanto Herrera como Montes y Flores habían sido alumnos del profesor Rafael Arturo Medina Rodríguez, el primero en Pedraza, Magdalena, mientras que los demás en El Carmen de Bolívar.  Medina nació en Pedraza, donde comenzó su vida musical interpretando un acordeón de tornillo a finales del decimonónico, la que continuó en Panamá en una academia de música. Al regresar a Colombio forjó la existencia de algunas de las primeras bandas organizadas en la sub región del río, una de la tantas en las que se encuentra dividido el Bajo Magdalena.

Fue en uno de los dos primeros decenios del siglo XX cuando el señor Medina, como acostumbraron a llamarlo, llegó a El Carmen de Bolívar para convertirse en el guía musical de un grupo de alumnos entre los que se menciona, además de Montes y de Flórez Tapias, a José Vicente Caro Vega, por destacar algunos nombres. Fue, también, quien sembró la semilla organizativa de las primeras bandas de viento surgida en esta población. La motivación por los estudios musicales, tras la llegada de Medina, llevó a que comerciantes locales como Salvador Fieri y Abrahán Arroyo vendieran en sus negocios comerciales instrumentos y textos para enseñar música.

Cuando el maestro Medina llegó a El Carmen, en este pueblo solo sonaban algunos pianos en casas de los ricos, asegura José Dolores Flórez Fuentes, hijo de Flórez Tapias. Los otros instrumentos que se escuchaban eran los tambores, las gaitas, las palmas, las maracas, en tiempos de diciembre o en las noches de las fiestas patronales.

Para ese tiempo José María Montes y José Dolores Flórez, organizaron sus bandas de viento, la del primero se llamó 20 de julio que era la más grande en cuando al número de integrantes, mientras que la de segundo se llamó Santa Cecilia, la patrona de los músicos, y estuvo conformada por ocho músicos.

El porro, cuya paternidad reclaman en distintos lugares de nuestro Caribe, estuvo entre el repertorio que enseñaba Rafael Medina a sus alumnos, tanto que José Dolores Flórez Fuentes, recuerda haber escuchado al músico de San Juan Nepomuceno, Bolívar, Teófilo Sánchez Castaño, indicar que fueron músicos del profesor pedracero, como él, quienes comenzaron a llevar el porro a Montería, cuando iban con la banda del Montes. Indica, además, que fue el músico carmero, Antonio Cabezas, de la banda de Montes, quien tras radicarse en esa ciudad se dedicó a enseñar los acordes del porro que hoy llaman sabanero, aprovechando que había sido nombrado director de la banda de música de ese municipio.

El señor Medina, fue uno entre los profesores que se dedicaron a enseñar en el Bajo Magdalena y otras regiones del Caribe los aires musicales en que se basaba el repertorio de las bandas de viento. Proceso educativo que contó en el siglo XIX con profesores ubicados en Mompox, Guamal, Magangué, Barranquilla. En el siglo siguientes fueron destacados educadores, además de Medina: Pablo Cueto, Feliz Rodelo, Cecilio Camargo, Mario Barboza, Domingo Villa, Oscar Reales, Cándido Tejeda, Medardo Pulido, Sócrates Saballet, Pedro Sarmiento, Tomás Saltarín, Gabriel Mier, Urruchurto, Nicolás Herrera, Pedro Altamar, por mencionar a algunos.

Uno de los músicos de mayor importancia nacido a orillas del Canal del Dique fue Ángel María Camacho y Cano, quien, casado con una mujer oriunda de Calamar, abrió por un tiempo las puertas a una escuela de música en esa localidad. En esta población, por su condición de puerto de Cartagena en el río, existió un taller para fabricar instrumentos musicales, incluyendo el banjo que era utilizado por los grupos musicales que iban en los vapores amenizando las noches de los viajeros.

Estos y otros maestros, directores de bandas, forjaron una legión de músicos connotados que contribuyeron a mantener el movimiento bandistico vigente en la región Caribe, creando y haciendo parte de importantes agrupaciones musicales después de la primera mitad del siglo XX. Fueron productos de la generación de docentes de la primera mitad de siglo pasado, músicos como: Rafael Martelo, Clímaco Sarmiento, Daudeth Cantillo, “El Dulce” Escorcia, Pedro Movilla, Edrulfo Polo, “Pello” Torres, Manuel Suameth, Diego Fontalvo, Manuel Cervantes, Teófilo Ruiz, Julio Utria, por mencionar a algunos.

Un alumno aventajado de Medina, José Antonio Barrios Bolaño, es considerado un referente cultural en San Pelayo, Córdoba, donde desde los años cincuenta, y por algún tiempo, fue director de la banda de viento de esa localidad, poniendo en práctica lo aprendido en materia musical a orillas del río Magdalena.

Este proceso bandistico forjó, necesariamente, una identidad musical en lo que también contribuyó el río que ha ayudado a moldear la visión de mundo que tenemos los que nacimos en sus orillas. Bien lo dice el maestro Miguel Emiro Naranjo, no es lo mismo escuchar un músico de Córdoba que del Magdalena; los primeros bebieron sus conocimientos de las cantadoras del río Sinú, mientras los otros del río padre de la patria.

Identidad que lleva a apostar por la existencia de un porro de característica rianas, cuyos máximos exponentes serían los compositores José Benito Barros, Rafael Medina Rodríguez, Clímaco Sarmiento, Manuel Villanueva, Pello Torres, los hermanos Martelo, Daudeth Cantillo, Eladio Ruiz, por mencionar algunos.

Fue un hijo de Santa Lucía, Atlántico, Manuel Zamora, quien para 1906 formó la banda de viento Ribana de San Pelayo, hecho que se tiene como punto de partida de lo que algunos investigadores denominan segundo proceso bandistico del Sinú, que va de 1906 a 1977. Un año antes de que en San Pelayo apareciera esta banda, en Pedraza, a orillas del río Magdalena, la banda 25 de enero, que organizó Medina, hacía sonar sus instrumentos. Este mismo año en El Banco, una banda de músicos de esa localidad, animaba las fiestas en honor a la virgen de la Candelaria. Mientras en Córdoba y Sucre surgían bandas de vientos, en el Bajo Magdalena aparecían este tipo de agrupaciones musicales impulsadas, incluso por razones partidistas, como sucedió en San Martín de Loba, Bolívar, Santa Ana; Magdalena y Santa Lucia, donde los liberales tenían una banda y los conservadores las suyas para animar eventos políticos de sus copartidarios.

Era en Santa Lucía donde habitaba la mayoría de los miembros de la 20 de Julio de Repelón, que, junto a la Murillera de Murillo, corregimiento de Guamal, han sido las bandas de viento con mayor importancia comercial entre las existentes en el Canal del Dique y el río Magdalena, al trascender su trabajo musical al contexto discográfico. De ellas podemos decir que son las más conocidas entre el universo de buenas bandas de viento existentes a lo largo del Bajo Magdalena.

 

Álvaro Rojano Osorio

 

Bibliografía:

Solano, J (2003). La influencia del arquetipo jazz band y la guaracha en la evolución de la música popular del Caribe colombiano. Revista Huellas, 67-68:45 46. Barranquilla.

Acerca del autor:

Álvaro Rojano Osorio es autor de los libros, Municipio de Pedraza, Aproximaciones Históricas, 2002. La Tambora Viva, música de la Depresión Momposina, 2014. La Música del Bajo Magdalena, Subregión río. 2017, obra ganadora de la beca para la publicación de libros de autores colombianos por parte del Ministerio de Cultura y su Portafolio de Estímulos 2017. Libro Bandas de Viento, Fiestas, Porros y Orquestas del Bajo Magdalena, 2019.  Libro el Río Magdalena y El Canal del Dique, Poblamiento y Desarrollo, 2019.

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Abogado y escritor de los libros: La Tambora Viva, Musica de la Depresion Momposina. La Musica del Bajo Magdalena, Subregiòn rio. Libro ganador de la beca para la publicación de libros de autores colombianos por parte del Ministerio de Cultura y su Portafolio de Estímulos 2017. El río Magdalena y el canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena. Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en el Bajo Magdalena. Coautor de los libros Cuentos de la Bahía. Magdalena, territorio de paz.

@Alvarito1925

1 Comentarios


Juan Miranda Marañón 20-01-2020 09:15 PM

Hola Amigos de Panorama Cultural. Cordial saludo desde Puerto Colombia, Atlántico. Ante todo felicitaciones por su valiosa e importante revista, que me ha sorprendido de manera grata. Pues no sabía de su existencia hasta hoy que llegué aquí en busca de un articulo sobre historia de la cumbia. Apenas llego, Aún no he encontrado el articulo. Tengo cuentos y crónicas de mi pueblo. Me gustaría enviar un trabajo a su revista, a ver si les parece ser publicado en sus páginas. Espero su respuesta. Atentamente. Juan Miranda Marañón.

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