Música y folclor

El inmortal Cantor de Fonseca

Eddie José Dániels García

27/04/2020 - 04:50

 

El inmortal Cantor de Fonseca

Casi cinco décadas han transcurrido desde que el nombre de Carlos Huertas Gómez quedó grabado con tinta indeleble en las célebres páginas de la música vallenata. Corría el decenio de los años setenta y el país se aprestaba a culminar el último período del Frente Nacional, el convenio bipartidista que se había iniciado en 1958 como estrategia de la hegemonía liberal-conservadora para turnarse el poder durante un período de dieciséis años. Alfonso López Michelsen y Alvaro Gómez Hurtado, los dos grandes herederos de los fantasmas oligárquicos de la nación, se encontraban en plena campaña proselitista, pues cada uno aspiraba y se sentía con méritos de sobra para suceder a Misael Pastrana Borrero y convertirse así en el nuevo huésped del Palacio de San Carlos, en ese entonces, sede de la Presidencia de la República. En el ambiente costeño, el cantante Jorge Oñate González quien ya gozaba de una fama singular como vocalista del conjunto de los Hermanos López, había anunciado el lanzamiento del long play número seis para culminar el año, y, como era de suponerse, la fanaticada costeña esperaba con inmensa expectativa el anunciado acontecimiento.

En efecto, el suceso no se hizo esperar y en el último trimestre de 1973 apareció el elepé titulado “El cantor de Fonseca”, y fue poco lo que faltó para que mucha gente enloqueciera de emoción ante el impacto producido por la belleza de las canciones. Recuerdo con bastante nostalgia que todas las emisoras de las Costa demoraron semanas promocionando el disco y sus locutores hacían énfasis en los títulos y autores de las composiciones. El álbum, surtido con doce temas, entre los que sobresalen “El contrabandista” de Sergio Moya Molina, “Palabras al viento” de Santander Durán Escalona, “El compadre” de Luciano Gullo Fragoso, “No voy a Patillal” de Armando Zabaleta Guevara, “Razón y olvido” de Emiro Zuleta Calderón y “Hermosos tiempos” y “El cantor de Fonseca” de Carlos Huertas Gómez, fue, a todas luces, el espectáculo de fin de año y era común ver a la gente tarareando y entonando las letras de las canciones. Según la crítica especializada en música vallenata y, también según los comentarios del común, “El cantor de Fonseca” fue el mejor álbum interpretado por Jorge Oñate durante el tiempo que estuvo como cantante del  recordado conjunto de  los Hermanos López.

Sin embargo, como se trata de crearles una jerarquía a las canciones, la cual está relacionada directamente con la trascendencia de las mismas, no vacilo en afirmar que las composiciones más representativas de este long play fueron “No voy a Patillal” y “El cantor de Fonseca”. Y en los acetatos tradicionales, cada uno aparecía al comienzo de las respectivas caras A y B, y también como in illo tempore aún no existía el rayo láser y solamente se utilizaban tocadiscos de aguja, éstos dos eran los que más se rayaban, no sólo por ser los primeros, sino por ser los que más se escuchaban. Y, como era lógico, la fanaticada se veía en la obligación de tener que comprarlos constantemente.  “No voy a Patillal” es un hermosísimo paseo de fondo elegíaco, autoría del cantante y compositor villanuevero Armando Zabaleta, fallecido el 10 de junio de 2010, inspirado en la muerte de Freddy Molina, el joven compositor patillalero, autor también de hermosas piezas, como “Los novios”, “Amor sensible” y “Tiempos de cometa”, quien, en unos hechos confusos y lamentables, fue asesinado en su pueblo natal el 14 de octubre de 1972.

Por su parte, “El Cantor de Fonseca”, es, sin lugar a dudas, la composición más trascendental de Carlos Huertas Gómez. Es una pieza costumbrista de corte autobiográfico, donde el autor narra su trayectoria vital, desde el nacimiento hasta su edad madura, convertido ya en un famoso guitarrista. Para iniciar la narración, el autor recurre a una pregunta impersonal, la cual encierra varios atributos: “Alguien me dijo de dónde es usted / que canta tan bonito esa parranda / si es tan amable tóquela otra vez / quiero escuchar de nuevo su guitarra”. Y la pregunta sigue su curso, ahora con una afirmación imprecisa: “Óigame compa usted no es del valle / del Magdalena ni de Bolívar / pues se me antoja que sus cantares / son de una tierra desconocida”. Frente a la inquietud interrogativa, el autor responde cortésmente: “Y yo le dije si a usted le inspira / saber la tierra de dónde soy / con mucho gusto y a mucho honor / yo soy del centro de la Guajira”. Sigue un espacio musical, matizado con las notas tiernas y melodiosas de Miguel López, que perfuman el ambiente y cautivan la atención de todos los oídos que las perciben.

Más adelante, el autor continúa narrando su origen de manera magistral: “Nací en Dibuya, frente al mar Caribe / de donde muy pequeño me llevaron / allá en Barranca me bautizaron / en toda la Guajira me hice libre”. En estos cuatro versos realiza un recorrido fugaz desde el momento en que nace hasta gozar de  la plena libertad, personal e ideológica, que le brindan los pueblos de la Guajira. Y sigue ahora destacando los músicos más reconocidos de la región, que él conoció, seguramente, siendo muy joven: “Yo vi tocar a Santander Martínez / a Bolañito, a Francisco “El Hombre” /  a Lole Brito, al señor Luis Pitre / los acordeones de más renombre”. En la estrofa siguiente, hace énfasis en el bellísimo pueblo guajiro que lo acogió, lo adoptó como hijo natural y, más tarde, le sirvió de numen poético para crear la composición: “Soy de una tierra grata y honesta / la que su historia lleva mi nombre / yo soy aquel cantor de Fonseca / la patria hermosa de Chema Gómez”. Con esta definición, el pueblo epónimo, quedó enmarcado con letras de oro en los anales imperecederos de la música caribeña. Entran ahora, a manera de concierto, las sensibles notas del acordeón miguelopista, que coherentes con los bajos, producen en los oyentes un inefable deleite emocional.

Como epílogo de la composición, el autor hace un salto al pasado para retornar a la juventud y evocar algunas vivencias de esos años: “Viví en un pueblo chiquito y bonito / llamado Lagunita de la Sierra / del que conservo recuerdos queridos / emporio de acordeonistas y poetas”. En estos versos, el uso de los diminutivos iniciales, tienen una connotación paradójica, pues se contraponen con la magnitud del último verso, simbolizada por la palabra emporio. Y para reforzar su apreciación, otra vez recurre a los nombres de reconocidos personajes, presentándose ya como cantante: “Allí toque con Julio Francisco / con Monche Brito y con Chiche Guerra / y conocí bien a Bienvenido el que compuso a Berta Caldera”. Y en el cierre de la narración, para enfatizar en su autoría y en su origen, nuevamente utiliza  la identificación personal, ahora con el nombre propio y el apellido, una costumbre muy peculiar de los juglares vallenatos, que define acertadamente el espíritu romántico que los caracteriza: “Ya me despido, soy Carlos Huertas /  doy mi apellido y nombre de pila / yo soy aquel cantor de Fonseca / y soy nativo de la Guajira”.

También, gran parte de la vida de Carlos Huertas Gómez se refleja en la composición “Hermosos tiempos”, el otro paseo de tono costumbrista que fue incluido en “El cantor de Fonseca”. El título evoca los años mozos del autor, trascurridos en esa hermosa región guajira, ennoblecida por la fragancia del paisaje natural. La descripción es fantástica en unos versos de impecable factura: “Yo me crie en una región / de verdes cañaverales / de gemidos de trapiches / y relinchos de caballos / y de muchachas bonitas / cual tardes primaverales / tierra alegre de acordeones / de fiesta y riñas de gallos”. En  la estrofa siguiente, el autor  manifiesta la nostalgia y el sufrimiento que le producen  recordar los tiempos pasados: “En el Fonseca de ayer / yo veo lleno de contento / cantar sus lindas mujeres / sus canciones provincianas, / es difícil olvidar / aquellos hermosos tiempos / cuando suelo recordarlos / me duele y suspira el alma”. Todo el disco se sublimiza con las notas sensibles y penetrantes del acordeón, sobre todo, en los intermedios estróficos, donde se aprecia ampliamente el arte y la magia de Miguel López para manejar el instrumento en todo su esplendor.

La pintura topográfica continúa en la tercera estrofa, matizada con el presagio del autor, que, lleno de sentimiento, ilumina su mente con las figuras del pasado: “Pero como todo acaba / presiento que la belleza / de esa tierra se acabó / con su cardón y su tuna. / Porque en esos bellos tiempos / se me antoja que en Fonseca / anunciaba un acordeón / la salida de la luna”. Luego, en la última estrofa, sigue evocando, de manera irónica, las costumbres antiguas y cierra la evocación con una frase certera y enfática: “Ya no se escuchan trapiches, / ni caballos, ni acordeones, / ya no cantan sus mujeres, / en noches plenilunares, / ya no canta Raúl Parodi, / ni Vásquez, ni Chema Gómez / que cantaron la belleza / de esta tierra inolvidable. Y para que la canción resulte más atractiva, se repiten, a manera de coro, los cuatro últimos versos de cada estrofa, artificio que, significando una especie de eco, le imprime una factura extraordinaria a la composición. Este recurso melódico resulta ejemplar, obedeciendo a la métrica octosilábica de los versos,  la medida tradicional, que facilita la vocalización y  es la preferida por casi todos los compositores.

La vena artística o más bien el talento musical de Carlos Huertas Gómez le viene por línea directa. Aunque, podemos afirmar también que esta disposición, en parte, es el fruto de sus andanzas por diferentes lugares de la Guajira, donde tuvo la oportunidad de conocer a muchos cantantes famosos y nutrirse con las vivencias adquiridas en esos entornos. Su abuelo, Atinio Huertas, fue un reconocido guitarrista, amante de la música vernácula, que alcanzó a dirigir algunas orquestas en Riohacha. Su padre, Carlos Modesto Huertas, además de sus oficios rurales, fue un personaje prolífico en el arte musical: tocaba tiple, guitarra, flauta, y mostraba poco afecto por el acordeón. Gozaba de mucha simpatía y con frecuencia realizaba recorridos por los pueblos y veredas de los alrededores, exhibiendo su destreza el dominio de estos instrumentos. Siendo muy niño, Carlos, el hijo, admiraba el talento de su padre, e imaginaba tocar la guitarra con la misma precisión. Así, creciendo en este ambiente, fue cimentando su afecto por la música, el cual comenzó a desarrollar muy joven, y complementó con su otro placer natural:   realizar correrías y viajes permanentes.

Y, obviamente, fue su espíritu viajero el que lo llevó desde muy joven a abrirse paso por el mundo. Sólo contaba dieciséis años cuando se trasladó a Venezuela, país que por la cercanía con la península de La guajira siempre ha sido una atracción para los habitantes de esta región colombiana. Allá residió varios años y alcanzó a realizar algunos estudios de música, que le resultaron fructíferos y le incentivaron la motivación en este campo. Fue entonces cuando sintió el ímpetu de componer boleros, joropos, pasillos, bambucos, porros, paseos, merengues y otros aires de música la colombiana.  Tras su retorno a Colombia, vivió por unos años en la vereda Lagunita de la Sierra y este fue el lugar que le sirvió de epicentro para realizar sus escalas vivenciales en Papayal, Fonseca, Barrancas, Hatonuevo, Distracción, El Molino, Villanueva, Manaure y otras poblaciones de los alrededores. Su tránsito por estos lugares fue honrado y santificado con la composición “Tierra de cantores”, la cual sirvió de título a un elepé, el número 11, de los Hermanos Zuleta, grabado en 1978.

“Tierra de cantores” es un extraordinario paseo estructurado en tres décimas de metros perfectos que describen de una manera magistral el ambiente que se percibe en Fonseca cuando se celebra el “Festival del retorno”, en el cual se dan cita las distintas generaciones de compositores y cantantes nativos de esa región.  La entrada dice: “Hoy se nota en la floresta / un ambiente de alegría / y el rumor del Ranchería / es más dulce y sabe a fiesta. / Claro, si es que está en Fonseca / el pueblo y San Agustín / conmemorando el festín / de esta tierra de cantores / en donde los acordeones / saben llorar y reír”. La estrofa siguiente se refiere a los asistentes y participantes: “Hoy se encuentran los retoños / de viejos compositores / surgirán composiciones / como frutos en otoño. / Y en este nuevo retorno / por lo que se trata y dice / los recuerdos de Luis Pitre / enmarcados en lontananza / crecerán con la esperanza / de un pueblo que lucha y vive”. La estrofa final cierra con una aclamación sincera del autor: “Y ya al llegar el ocaso / que los eventos definen / Se ven Pitres y Martínez / sellados en fuerte abrazo. / Hijos nobles de este canto / que es propio de Carlos Huertas / deja una nota en la fiesta / de sentimiento leal / porque viva el festival / que es orgullo de Fonseca”.

Aunque la producción musical de Carlos Huertas Gómez no es tan copiosa como las de otros compositores, la mayoría de sus canciones, sobre todo, las que fueron grabadas, consagran una imagen significativa para la música vallenata.  Bellísimas composiciones, aparte de “El cantor de Fonseca” y “Hermosos tiempos”, como “Abrazo guajiro” y “Buena parranda”, dos retratos costumbristas de la idiosincrasia peninsular, “Que vaina las mujeres” y “Lindo vergel”, fueron inmortalizadas por Jorge Oñate y Colacho Mendoza. Por su parte, los Hermanos Zuleta, también se lucieron interpretando, además de “Tierra de cantores”, los paseos, “La casa”, “Después de pascuas”, “Lola la negra” y “Tierras del Sinú”. Beto Zabaleta se destacó en la vocalización de “Orgullo guajiro” e Iván Villazón hizo lo mismo con los paseos “Las mujeres” y “La biblia”. Otros recordados cantantes, como Elías Rosado, Freddy Peralta, Marcos Díaz y Miguel Herrera, sólo fueron  aficionados a   interpretar  sus canciones, pero sin grabarlas. Por razones desconocidas, dos vocalistas famosos, como Rafael Orozco y el popular “Cacique de la Junta”, no figuran como intérpretes de sus composiciones.

Finalmente, también me es oportuno y lamentable anotar, que la vida de Carlos Huertas Gómez no fue tan longeva como las que vivieron otros compositores, que ha sido extensa, y han superado la edad octogenaria. “El cantor de Fonseca”, como se le conoce desde que compuso la canción, falleció prácticamente joven, sin cumplir aún los 65 años de edad. Había nacido en Dibuya, frente al Mar Caribe, como él lo manifiesta en su canción estelar, el 21 de octubre de 1934, y falleció en Maicao, lejano del mismo mar, el 18 de septiembre de 1999. Esta ciudad fue la última que engrosó en la lista de sus correrías por pueblos y veredas.  En ella vivió sus años postreros, al lado de sus cuatro hijos y su esposa Leila Larios, quien le sobrevive actualmente. No obstante, considero que Carlos Huertas, sin el apellido materno, como él solía identificarse, no ha muerto y aún pervive entre nosotros. Porque, cada vez que escuchemos sus canciones, en particular “El cantor de Fonseca”, “Hermosos tiempos” o “Tierra de cantores”, su nombre se repetirá con entusiasmo, y hará sonreír los rostros de todas las personas que lo valoramos y fuimos sus admiradores.

 

Eddie José Daniels García
 

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

1 Comentarios


Benjamin Mancera Barros 27-04-2020 07:21 PM

Muy interesante la vida de Carlos Huertas y bien sincronizada las canciones, con el relato. Felicitaciones Eddie Daniel García.

Escriba aquí su comentario

Le puede interesar

Ludys de la Ossa o cuando la música es redención y vida

Ludys de la Ossa o cuando la música es redención y vida

Ella es madre de muchos hijos que no parió, es inspiración que impulsa a los que sufren, es símbolo de resiliencia, esperanza que ...

¡Tijito siempre es Tijito!

¡Tijito siempre es Tijito!

Eran las cinco de la tarde, aquella vez en 1968, cuando Valledupar se estrenaba como capital del naciente Departamento del Cesar. Mi in...

“Una pilonera debe mostrar alegría y amor por el baile tradicional”

“Una pilonera debe mostrar alegría y amor por el baile tradicional”

Cada año, numerosas comparsas participan en el desfile de piloneras del Festival Vallenato con el fin de avivar una tradición, de dis...

Zuletazos

Zuletazos

En este reciente cambio de año, llegando a El Carmen de Bolívar me he llevado dos tremendas sorpresas: Primero me encuentro en la m...

Poema triste a las prostitutas del mundo

Poema triste a las prostitutas del mundo

En el punto justo donde el día besa la noche, ella hacía su aparición envuelta en colores refulgentes, cuyos destellos dejaban ver...

Lo más leído

Síguenos

facebook twitter youtube

Enlaces recomendados