Música y folclor

De tamboras, ortofónicas y picós

Diógenes Armando Pino Ávila

31/05/2023 - 00:20

 

De tamboras, ortofónicas y picós

 

Observando la fiebre de los jóvenes por los raperos y reguetoneros, me vino la pregunta: ¿Cómo era el baile de nuestros abuelos? Me aventuré en la indagación y consulté con personas mayores que hubieran vivido esa época, algunos muy lúcidos me daban señales inequívocas de su emoción al rememorar ese pasado, en cambio encontré otros, que la bruma del olvido oscurecía la memoria y habían borrado gran parte de sus recuerdos del pasado o confundían la época de que hablábamos.

En esta indagación encontré, que, por lo menos aquí, en mi pueblo, los bailes, el jolgorio popular, eran amenizados por la música ancestral denominada tambora. Nuestros mayores danzaban, cantaban y tocaban tamboras cada vez que tenían la oportunidad de festejar sus fiestas personales, sus santos patronos u otras festividades. Ese era el baile popular y colectivo en el que se encontraba la comunidad, bien como danzante, musico u observador, mientras se consumía licor campesino, fabricado en los «alambiques» de las pequeñas fincas paneleras del territorio.

Ajenos estaban nuestros abuelos a las invenciones deslumbrantes de Thomas Alba Edison el Mago de Menlo Park, que anunció la invención de su primer fonógrafo y, la primera pieza interpretada fue "Mary had a little lamb" ("María tenía un corderito") el 21 de noviembre de 1877. Nuestros abuelos, si acaso recibieron noticias de este invento, fue décadas después. Tampoco se enteraron que Emile Berliner patentó, en 1888, su gramófono o vitrola que empleaba discos planos (de 78 RPM) como soporte para la grabación del sonido.

Pero muchos años después, por allá en los años 40, algún acaudalado del pueblo se le ocurrió comprar y traer su primer gramófono o vitrola, como la llamaban, e introdujo la música de salón, que se escuchaba por la emisora estatal, Radio Nacional de Colombia que comenzó a prestar sus servicios el 1 de febrero de 1940 la que remplazó a la HJN, que funcionó desde 1929 hasta finales de los años 30.

En esos lejanos años 40 y 50, el señor Francisco Molina trajo la primera ortofónica y la colocó en su tienda, en la que, además de vender granos, vendía el ron Topacio y el Ron Caña que venía envuelto en una cubierta de junco, las tamboras persistían como baile popular de la preferencia del pueblo. Andando el tiempo, Chico Pedraza trajo su vitrola y comenzó a realizar bailes populares donde expendía licor, ya para ese entonces, don Julio Cordobés, un momposino tuerto que fungía como maestro de música enseñaba a los jóvenes de la época la lectura del pentagrama y a soplar los instrumentos de viento, dando nacimiento a la banda 14 de Septiembre de Tamalameque.

Estos acontecimientos diversificaron los bailes, quedando los ancianos bailando sus tamboras en los convites tradicionales de fiestas de sus santos patronos, los más jóvenes en las tiendas y bailes de vitrola y los acaudalados con la música de viento. Esto marcó, o por lo menos acentuó, la diferencia social en esta comunidad rural donde todos eran familias de todos en una sociedad de compadrazgos y vecindarios que no se inquietaba por estas diferencias.

Más adelante, Chico Pedraza tuvo noticias de los tocadiscos y las bocinas y se hizo traer una bocina de 15 pulgadas marca Atlas que emitía el sonido amplificado de tal manera que se escuchaba en todo el poblado, esa fue la sensación y, fue tal el éxito de su negocio, que alquilaba casas completas los fines de semana donde instalaba bancas largas de madera para que se sentaran las parejas y en unas cajas de madera con hielo y cascarilla de arroz enfriaba cervezas para la venta, de ahí en adelante le nació competencia, pues los puteaderos también amenizaban con estas bocinas y atraían a la clientela que iba por el servicio de las mujeres, el trago y la música.

Chico Pedraza merece un capítulo aparte, pues él impuso el baile boleteado donde el parejo compraba boletas y las entregaba a su pareja por cada pieza bailada y, al final del baile, la pareja entregaba las boletas y recibía cinco centavos por cada una de ella, esto las incentivaba a bailar más y a reclamar a su parejo la boleta. Otra cosa de Chico Pedraza fue que le instaló una bocina mayor de 18 pulgadas marca Rutmax que solo emitía los bajos. Siempre innovando en el negocio Chico Pedraza le introdujeron música a la música y contrataban en cada baile a un Banqueño o gumalero (no lo saben a ciencia cierta) de nombre Alfonso Cadena que acompañaba la música del picó con una batería que tocaba magistralmente, años después la batería fue remplazada por un bombo que tocaba Ignacio Pedraza, hijo de Chico. Lo curioso era que la gente no bailaba las piezas sino eran acompañadas por dum dum del bombo. A todas éstas, las tamboras seguían vivas y eran practicadas por los ancianos.

El lenocinio de Roque Páez y el de Antenor Moreno (a este último, un bachiller del colegio El Pinillo de Mompox le aconsejó el nombre” Night Club the Black Pearl” (Club nocturno la Perla Negra) y se lo dibujó en la pared de la calle por una rato con la prostituta más joven de su puteadero) fueron competencia fuerte para Chico Pedraza y más tarde resultaron otros competidores, ya no de lenocinio, sino de bailaderos populares, estos fueron Natividad Mejía u un carabinero de nombre Lucho Rada, la competencia era tan fuerte que pasó a las acusaciones mutuas de que el uno le dañaba el baile al otro con brujerías y conjuros, lo que a la postre fue utilizado por algunos jóvenes que en su buena maldad regaban ají picante en los salones de baile, causando desbandada de las parejas por fuerte picor en sus partes íntimas

De ahí en adelante ya es historia reciente, aparecieron las discotecas a media luz y se socializó el consumo de alcohol entre los jóvenes de ambos sexos. Sin embargo, las tamboras siguen ahí, ahora practicada por grupos folclóricos del pueblo que la conservan y la disfrutan participando en los festivales de los pueblos del río.

Te invito a que averigües cómo eran los bailes y el tipo de música de tu pueblo y el tránsito del pasado hasta nuestros días, no olvides tu cultura, no permitas que se pierda de la memoria colectiva los episodios de la historia de tu pueblo.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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