Música y folclor

El Jazz: de tradición popular a fenómeno de distinción

Juan Sebastián Ochoa

22/07/2020 - 04:35

 

El Jazz: de tradición popular a fenómeno de distinción
Una de las grandes big bands de la historia del jazz: la de Duke Ellington

A lo largo de la historia del jazz, desarrollada desde comienzos del siglo XX, este género musical ha sido entendido, percibido y recibido de muy diversas maneras. Esta variedad de significados comienza porque el mismo término jazz abarca muchos tipos de música, muchas veces muy diversos unos de otros, tanto así que en algunos casos existen disputas y confrontaciones entre ellos. Dixieland, swing, be-bop, hot, hard-bop, free, latin, fusion, modal, cool, entre otros, son subgéneros del jazz, no necesariamente compatibles unos con otros en la forma en que crean sus códigos de valoración.

Sin embargo, a partir del uso del término jazz como una sombrilla que cobija todas esas diferencias estilísticas, se puede percibir cómo en la actualidad dicho término es utilizado, y cómo es construido discursivamente, para significar ciertas valoraciones específicas. Así como en el apartado anterior enunciamos las valoraciones que de la música hace la “alta cultura”, miraremos ahora las valoraciones que se le asignan al jazz como término genérico.

Tal vez la principal característica que se le asigna al jazz, su marca distintiva, es su carácter improvisativo. Al contrario que la música “clásica”, que hoy en día se interpreta exclusivamente a partir de la partitura, el jazz tiene como distintivo ser música principalmente creada en el instante, a partir de la improvisación. Esto cuestiona entonces la división entre compositor e intérprete, y hace de ellos una misma persona. Además, cuestiona la concepción de la obra de arte como la partitura, ese “objeto” inmutable, y pasa a pensar la obra como algo cambiante, siempre nuevo y diferente.

Otra característica típica del jazz es su elevado nivel técnico interpretativo. El músico de jazz, hoy en día, debe ser alguien que tenga un gran dominio técnico de su instrumento, pues sólo así puede llegar a plasmar al instante las ideas musicales que surjan en su pensamiento.

También, el jazz es considerado música compleja, principalmente en sus aspectos armónicos. A partir de la ampliación armónica de la estructura básica de acordes en armonía occidental (extensión de los acordes hasta usar no sólo séptimas sino novenas, oncenas y trecenas), así como de la utilización de progresiones armónicas cambiantes y complejas (algo que se acentuó en la era del be-bop), el jazz se considera armónicamente la música más compleja y “desarrollada” (apareciendo así una mirada evolutiva y desarrollista de las artes, con todo lo cuestionable que puede ser).

El jazz también ha comenzado a verse como música principalmente instrumental. Si bien ha habido una tradición importante de cantantes de jazz (un rol asignado casi exclusivamente a las mujeres), cada vez es menos su papel en el género musical. Esto ha hecho que el jazz se vea como música “pura”, para escuchar, descontextualizada, y cada vez aparece más alejada de los contextos sociales que la justificaron en sus inicios, y por el contrario aparece cada vez más institucionalizada, más academizada.

Resumiendo, el jazz se piensa entonces a partir de las siguientes características: improvisación, espontaneidad, originalidad, genialidad, autonomía, espiritualidad, música principalmente instrumental, virtuosismo, complejidad, y desarrollo armónico. Como vemos, muchas de estas características asignadas al jazz son compartidas por la música “clásica”. Estas son: originalidad, genialidad, autonomía, espiritualidad, música instrumental, virtuosismo, complejidad, y desarrollo armónico.

Todas estas similitudes en la valoración del jazz han sido fundamentales para la aceptación actual que este género musical está recibiendo por parte de las Academias de música. Sin embargo, otras características lo diferencian de la valoración que se le da a la música clásica, y que se convierten en elementos subversivos del jazz al intentar academizarse. Principalmente, son conceptos derivados de la importancia de la improvisación en el jazz. Al ser el jazz música principalmente improvisada, antepone la oralidad a la escritura en los procesos de transmisión del conocimiento. También, cuestiona la idea de la partitura como la obra de arte, y hace de la expresión artística algo espontáneo. Privilegia entonces, al menos en cierto sentido, la oralidad sobre la escritura, lo irracional sobre lo racional, lo subjetivo sobre lo objetivo.

Sin embargo, el jazz no ha tenido siempre la misma caracterización. En las primeras décadas del siglo XX, fue una música popular, asociada a unos contextos de entretenimiento masivo, pero poco a poco ha atravesado un proceso de conversión a “alta cultura”, a música académica y de élite, que ha implicado unos cambios estéticos, así como unas formas diferentes de entenderse y situarse en la cultura. El jazz entonces, aunque presente ciertas diferencias de valoración con la música “clásica”, se ha posicionado en las últimas décadas como otra música de élite, parte de la “alta cultura”.

Al menos en el caso colombiano (y probablemente también en muchos países a parte de Estados Unidos), el jazz ingresó al país (ya desde las década de los 20‟s) como una música representante de la modernidad. La rápida aceptación del jazz en los círculos de la élite de la Costa Atlántica colombiana, principalmente en la alta sociedad barranquillera, se dio en gran medida a que era vista como la música moderna que llegaba desde el gran imperio estadounidense, mucha de la cual provenía directamente de Nueva York.

Irónicamente, aunque en su país de origen (Estados Unidos), los conflictos raciales que presentaba el jazz para su difusión y aceptación eran bastante fuertes –al ser eminentemente una música surgida en las comunidades negras del sur-, a Colombia ingresó como una música “blanca”, representante de los nuevos aires de modernidad que venían del norte. Es decir, al ingresar el jazz a Colombia a partir principalmente de la radio y las grabaciones, ocultando así la imagen del músico que la interpretaba, el género encaja fácilmente en los ideales de la élite blanca barranquillera. Con el paso del tiempo, el uso del jazz como música modernizante, asociada con ideales elitistas (e incluso como música para blanquear, lo que ampliaré más adelante) se ha extendido al resto de Colombia, o por lo menos es palpable en las principales ciudades.

Eric Hobsbawm menciona que al ingresar el jazz a Europa, a principios del siglo XX, vivió un proceso de aceptación particular (similar al que ocurrió en Colombia): “¿por qué, de todas las artes urbanas plebeyas y contemporáneas que encontraron un público secundario, la música negra estadounidense fue mucho más capaz de conquistar el mundo occidental que cualquier otra? (…) La respuesta a esta pregunta tiene que quedar pendiente, pero quiero aportar un elemento a ella. La música negra estadounidense se benefició de ser norteamericana. No fue recibida meramente como algo exótico, primitivo, no burgués, sino también como algo moderno. Las orquestas de jazz procedían del país de Henry Ford. Los intelectuales y artistas que adoptaron el jazz inmediatamente después de la primera guerra mundial en el continente europeo citan de forma casi invariable la modernidad entre sus atractivos”.

Incluso, hace pocos años surgió en el medio musical de Bogotá y Medellín, principalmente, un movimiento de grupos jóvenes llamado Nuevas Músicas Colombianas, dentro del cual varios de estos grupos utilizan, a mi modo de ver, el jazz como medio para “blanquear” las músicas tradicionales colombianas (algo similar a lo que hicieron las orquestas de Lucho Bermúdez y Pacho Galán con los aires costeños a mitad de siglo); nada más irónico que utilizar el jazz, música de origen negro, para blanquear otras músicas21. Esto lo que evidencia es lo arraigada que está la idea del jazz, no como música primitiva y atrasada –típica valoración que se hace de las músicas negras en la modernidad-, sino como música modernizante y de avanzada.

¿Es el jazz una música popular?

En sus comienzos, el jazz fue, junto con el blues, la música de los negros del sur de Estados Unidos, es decir, música marginal, de estratos bajos. Empezó como música callejera, conformada por bandas de vientos, en un estilo conocido luego como Dixieland. Sin embargo, muy pronto pasó a ser parte de la música de entretenimiento norteamericana. Ya a finales de los 20‟s y en la década de los 30‟s pasó a los cabarets, y luego a las salas de conciertos. Hoy en día, cada vez se escucha menos en las calles o en los bares, y aparece más frecuentemente en festivales, salas de concierto, y espacios académicos.

Este recorrido de los espacios en los que ha funcionado el jazz muestra lo que Diego Fisherman menciona como la conformación de un género culto a partir de una tradición popular. Es decir, el jazz pasó, en poco más de cien años de surgido, de ser una música popular a ser parte de la “alta cultura”24. Una de las consecuencias de esto es que ha comenzado a entrar en las lógicas de transmisión del conocimiento de los conservatorios de música. En particular, desde la década de los 90‟s ha surgido un creciente interés en diversos sectores por revivir el jazz “viejo”, entendido normalmente como el de las décadas del 30 al 50, épocas del swing y del be-bop.

El ingreso del jazz a las Academias ha reforzado sobre todo estas épocas, y se dice que quien quiera ser un buen jazzista debe comprender bien estos estilos. Hoy en día, entonces, el jazz se debate entre quienes conservan la tradición y quienes hacen vanguardia. Ambas posiciones aparecen de todas maneras alejadas de los grandes públicos, y adquieren su legitimación principal en los círculos académicos (igual como ocurre con la música “clásica”, que tiene a los intérpretes que conservan la tradición y a los compositores contemporáneos que representan la vanguardia). Por lo anterior, no es extraña la inquietud que Hobsbawm se hacía hace ya algunos años, cuando decía:

¿Lleva el jazz camino de fosilizarse sin remedio? No es imposible. Si esta es la suerte que le aguarda, no servirá de mucho consuelo que Clint Eastwood haya enterrado a Bird en un mausoleo de celuloide y que en todas las peluquerías y tiendas de cosméticos pongan cintas de Billie Holiday”.

 

Juan Sebastián Ochoa

Docente de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “ El Jazz: de tradición popular a fenómeno de distinción ”, de Juan Sebastián Ochoa, corresponde a un extracto de un ensayo titulado “Los discursos de superioridad del jazz frente a otras músicas populares contemporáneas” del mismo autor.

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