Música y folclor

Playa Blanca: el famoso porro que nació como paseo y pudo llamarse Bruselas

Alfonso Osorio Simahán

24/07/2020 - 04:40

 

Playa Blanca: el famoso porro que nació como paseo y pudo llamarse Bruselas

 

El pasado mes de mayo, mi primo, el economista Alberto Osorio Martínez, me reenvió por un medio virtual un texto con características propias a una breve crónica, sobre lo que pudo ser la génesis del exquisito porro “Playa Blanca”. Alberto, que dentro de una de sus vocaciones anónimas -pero que ejerce con seriedad y devoción- se ha dado a la tarea de rastrear y compilar materiales impresos que tienen que ver con secretos y verdades de nuestro folclor Caribe, creyó, ante mis visibles expectativas, que esa publicación me serviría de algo. Y la pegó como diríamos a lo criollo y, por partida doble, ya que no sólo fue una certera novedad para mí, sino que me impulsó adentrarme más en el contenido de esa historia para vigorizarla, al notar, al menos de mi parte, algunos vacíos involuntarios por parte de su autor, que se podían llenar con la más mínima investigación.

Teniendo en cuenta que quien firmaba dicha crónica decía llamarse José Manuel Jiménez Solís, alias, “Jimenito” y había dejado como contacto un número telefónico, nos propusimos llamarlo. Pero ante varios intentos en días y horarios diferentes, fue infructuoso localizarlo. Lo poco o mucho que conseguimos de Jimenito – también por esos medios virtuales -, es que se trata de un reconocido líder social y político en franco retiro, de edad octogenaria y nativo de Ayapel. Dentro de los altos cargos públicos que desempeñó este personaje, está el de concejal y alcalde de su municipio. A comienzos de este año publicó un libro relacionado precisamente, sobre Ayapel, y su contexto histórico con el río San Jorge. Concluimos que, el texto en mención pertenece a uno de los capítulos de esa mencionada obra. Jimenito asegura, en la misma publicación, que tiene en su poder la letra y el score original del renombrado porro.

De todas maneras, como se había acrecentado la curiosidad por el caso Playa Blanca, nos dimos a la tarea de ubicar amigos y conocedores de música fiestera. Hablamos y consultamos con los que teníamos que hacerlo, y logramos recabar a manera de sazón, sostenibles e interesantes datos; y también algunas coincidencias con el relato de Jimenito que nos sirvieron para desenredar gran parte de la madeja y armar, aunque fuera a tirones, algunas piezas del rompecabezas del legendario porro.

Plegándonos al viejo aforismo aquel que sostiene que la historia es de quien la vive o la desentraña, y no de quien la escribe; por lo tanto, los justos créditos que sean para Jimenito, y resto de colaboradores.

En los años 40s, ya el apellido Coronado roncaba duro por los predios de Ayapel. El patriarca que para entonces sacaba pecho de esa tribu era Don Pedro. De una modesta herencia que había recibido en tierras y semovientes, logró amasar una apreciable fortuna. Su clave: férrea disciplina y laboriosidad, que, como buen panzenú, se entregó a la cría, levante y ceba de ganado vacuno. En la comarca –al decir de sus coterráneos-, se granjeó el respeto y la consideración por su bondad, sencillez y conducta ejemplar.

Dentro de sus propiedades, sobresalían dos hermosas y extensas haciendas: una llamada “Bruselas”, ubicada en el caserío Villa Fátima -antiguamente llamado Rusia- y la otra, Playa Blanca, en la vereda de Tierra Santa; ambos caseríos pertenecían a la jurisdicción del entonces corregimiento de Buenavista, y este pueblo a su vez, a la cabecera municipal de Ayapel.

No obstante, a comienzos de los años 50, los que patentizaron y extendieron la marca Coronado más allá de los linderos de la Ciénaga de Ayapel, fueron los hijos varones de Don Pedro: Gregorio y Rafael. El primero, era de espíritu alborozado, extrovertido y más osado que el segundo, quien se mostraba ante su entorno como austero, taciturno y muy prudente. Rafael, a pesar que era mayor que Gregorio, muchas veces se hacía a un costado, para dejar que este llevara la iniciativa en muchos de sus proyectos. Con el correr de los años, por esos atributos extras dentro de su temperamento y personalidad, Gregorio fue quien al final puso el hombro a la carga de la fama. Pero la gente, igual, no individualizaba a la hora de apreciar sus logros o defectos, sino que al referenciar por separado a cualquiera de los dos, hablaban en plural: los hermanos Coronado.

Ambos fueron apáticos, en intenciones, para educarse con alguna de las formaciones académicas de la época. Eso no fue impedimento para que fueran acuciosos y hábiles en los avatares del campo, donde encontraron la avasallante universidad que los llevaría a la gloria, y más tarde, al desmedro.

Otro abono a favor de esa inquebrantable yunta y, donde demostraron no ser pusilánimes al obtener un denominador común, fue en el derroche excesivo y los placeres de la vida. Pero eso sí, al igual que su padre, estaban blindados de rancia honradez y seriedad.

Un buen día, buscando otras alternativas dentro de la explotación agropecuaria, a pesar del buen olfato conque manejaban el negocio de la ganadería; se empecinaron de manera obsesiva en la cría selectiva de caballos criollos y mestizos, logrando obtener una manada de casi un centenar de ejemplares, preparados en su mayoría para el oficio de la garrocha corralejera. Esta actividad los motivó para que se adiestraran paralelamente en el buen manejo de la soga anudada, a practicar la técnica de la garrocha, a herrar, y de vez en cuando, hasta mantear. Sin olvidar también que, fue a muy temprana que demostraron los dotes de expertos jinetes.

Fue casualmente por Ayapel y pueblos circunvecinos, donde dieron sus primeros pininos como entusiastas gladiadores de corralejas. La gran sorpresa, no fueron sus caballos, sino cada uno de ellos por robarse los aplausos como futuras promesas en el arte de garrochar. El reconocimiento fue unánime. La apoteosis estaba a un paso.

Con todo y eso, salpicados de ambiciones, no se conformaron con que les ofrendaran pleitesía y tributos únicamente donde tenían marcados sus territorios, sino que idearon un plan de negocio integral: ofrecerse como garrocheros y, a su vez llevar consigo una veintena de sus mejores caballos en alquiler con sus respectivos jinetes, a las diferentes fiestas en corralejas que estaban de turno en la bitácora anual. Más pronto que tarde les funcionó la iniciativa, porque las sabanas de Córdoba y del antiguo Bolívar Grande se convertirían en el nuevo santuario para sus triunfos y francachelas.

A pesar de haberse fogueado como practicantes y fieles devotos de las corralejas; por el extenso mercado cautivo que habían cosechado en cada una de esas festividades pueblerinas, y por estar bien posicionados donde les tocó alternar, los dividendos que recibían eran más emocionales que materiales. Por si ello fuera poco, dentro de esa camándula de animosos resultados, les llegó el elemento que se veía venir, pero que había tardado en llegar en sus andanzas: la perpetua parranda.

Una vez que culminaba la jornada taurina, venía un ligero receso para darle paso en el centro de la plaza al tradicional fandango. Los hermanos Coronado, acompañados cada uno por sus séquitos, incluyendo sus despampanantes y variadas barraganas; ya no vieron a esta sana diversión como el epicentro del esparcimiento y la algarabía, sino que la moldearon a sus anchas en unos tenebrosos  bacanales que se extendían hasta el amanecer, con gastos comunitarios incluidos, a nombre de los Coronado. Los cantineros, con sobradas razones, ponderaban la fama que se habían ganado estos inseparables hermanos como sus mejores clientes. Porque, así como eran de buenos consumidores, así eran de excelentes pagadores. Las facturas por lo tanto se las hacían llegar era hasta el último día de farra; y ellos en medio de sus tradicionales aspavientos las cancelaban en efectivo, y con buena propina por delante.

Muchos fueron los pueblos donde los aclamaron como los reyes de las festividades. Las juntas organizadoras de las diferentes fiestas patronales se disputaban su presencia. Lo hacían con invitaciones honoríficas, como estrategia para garantizar el éxito del programa festivo. Llegó la época en que no se precisaba si sus grandes palmareses eran como garrocheros o fandangueros.

La Banda San Jerónimo de Ayapel, de las cordobesas quizás la más longeva, y pionera del Porro Cantao, contaba para aquel entonces con una constelación de músicos respetados; pero sobresalían en profesionalismo una trilogía de jóvenes referentes: su director, José Antonio Barrios Bolaño, destacado clarinetista y arreglista; de buen olfato para seleccionar el versátil repertorio de la banda que era la gran prenda de garantía de su aceptación. Era, además, buen relacionista público. El segundo era, José Isabel “El Chelo” Cáceres Land, excelso arreglista, compositor y trombonista, quien más tarde sería uno de los fundadores de los Corraleros de Majagual y músico de planta de la Orquesta Billo’s Caracas Boys; no está de más señalar que El Chelo, es el padre del revolucionario músico, Nairo Cáceres. Completaba la lista, José Rivera Benítez; aunque éste se defendía tocando algunos instrumentos de percusión, su plaza fija en la banda era como vocalista y corista. Poseía una voz fresca y penetrante en la tonalidad de barítono. Era dueño también de un buen oído musical y una asombrosa memoria, que era el soporte para aprenderse cualquier canción en cuestión de minutos. Los tres eran ayapelenses.

La banda, con una apetecida demanda en el mercado regional, era una de las inmancables invitadas a las diferentes fiestas en corralejas. En sus giras profesionales casi siempre coincidía con la temeraria trashumancia de los hermanos Coronado. Gregorio, amante de la buena música, tenía a la Banda San Jerónimo en la mira de sus afectos y predilecciones, pues, desde su terruño había sido siempre su mejor defensor, impulsor e incondicional seguidor. Era amigo de todos los miembros del staff, y conocía todo su repertorio; la banda le correspondía en complacencias, no más conque Gregorio hiciera un simple gesto de petición.

En uno de aquellos furores festivos del primer semestre del año 1954, Gregorio a sabiendas de la cadena de compromisos que tenía la banda, quiso asegurarse un contrato anticipado. Se le acercó un día a su amigo, el director, José Antonio, como lo hubiera hecho cualquier cliente que busca la prestación de un ineludible servicio social. Le dijo, que apartando la amistad a un lado se comprometiera con él para un toque. Ampliando su acometido, refirió que la tal presentación sería para celebrar el día de su cumpleaños, que asomaba a un mes aproximado de aquella fecha. Lo emplazó, además, con acento de contratista, para que le cobrara lo que considerara necesario. Sin demoras, se finiquitó el acuerdo. Ajeno estaba Gregorio de imaginar que aquel elemental acto jurídico de forma verbal, tendría para él enormes repercusiones en su azaroso destino.

El aniversario estaba pautado previamente para celebrarse en la hacienda Bruselas por contar esta con estupendas instalaciones y otras comodidades, que se prestaban para ese tipo de agasajos y reuniones familiares; pero con el recrudecimiento del período de lluvias, se barajó la otra alternativa. Como Playa Blanca estaba más próxima a Ayapel y ofrecía mejores vías de acceso, a última hora, los hermanos se decidieron por esta segunda opción.

Marralú, corregimiento a orillas de río San Jorge, perteneciente también al municipio de Ayapel, y a pocos minutos en carro de esta, fue el sitio convenido para ir a recoger la banda. Como el único medio para llegar a Playa Blanca era por transporte fluvial, Gregorio se comprometió a enviarles una chalupa con motor fuera de borda. El horario acordado para la cita fue a las 10 de la mañana. Pero una combinación de tropiezos técnicos con humanos, alteraron los planes.

De los pocos integrantes de la banda, sosegados y pacientes en aquella fastidiosa y eterna espera, era Luis Rivas Benítez. Contrastaba con el resto de sus compañeros que se paseaban nerviosos con el instrumento en la mano, cual Banda Borracha: de arriba abajo… de arriba abajo; Lucho, en una de sus actitudes irreverentes, se recostó para apaciguar el tedio debajo de una mata de higuera. A los quince minutos que se incorporó, varios de sus compañeros notaron su rostro radiante. Pidió papel y uno de ellos le entregó un pedazo de partitura desechable. El reloj marcaba un poco más de las 11 de la mañana. Luego se retiró y, volvió a sentarse de nuevo bajo la mata. Sin mediar palabra alguna empezó a garrapatear algo con el lápiz en el reverso de la partitura. Transcurrieron otros quince minutos, pero esta vez de manera extraña se levantó sudoroso, serio y algo ansioso; luego se dirigió a donde estaba “El Chelo” Cáceres:

–Te quiero mostrar un paseo recién sacado del horno ––le dijo Lucho.

Chelo casi nunca perdía la compostura, y fiel a su carácter, siempre brindaba un aire receptivo a todo lo que oliera a música. Al ver a Lucho en aquel estado emocional, con decencia de casta, pero con más ternura que curiosidad, le respondió que le leyera el cuento. Una vez terminada la lectura, sin variar su talante, le pidió que le tarareara la música. En la medida en que lo hacía, El Chelo, se iba contagiando de la misma emoción de Lucho, pero la disimulaba. Lucho no la había concluido, cuando EL Chelo brincó para el estuche donde guardaba su trombón, tomó el instrumento y, además, una hoja de pentagrama. Confiaba en la memoria de Lucho, pero no en su concentración y perseverancia. Temiendo que éste variara, o desechara a caprichos la advenediza melodía, improvisó enseguida en el pentagrama, más que arreglo, una simple guía melódica de dicho paseo. Acto seguido, el mismo Chelo se acercó inmediatamente a donde estaba su tocayo, el director José Antonio a llevarle lo que, para él, en ese instante, apreciaba como una inocultable primicia.

José Antonio era muy seco en sus respuestas, pero cuando decía que sí, no lo hacía con palabras sino con un ligero movimiento de cabeza; y esa afirmación la entendían sus colegas como una muestra de seguridad y beneplácito. No sólo autorizó un par de ensayos, sino que esa vez rompió uno de los protocolos de normas internas al autorizarlos bajo aquella intemperie, y en plena resolana. Algunos años después, evocando ese episodio, el maestro Barrios confirmó que fue la mejor “cuacada” –ensayo – que había hecho en su vida.

 Al finalizar el segundo ensayo se miraron unos a otros, como evaluando el impacto musical de lo que acababan de interpretar. El mesurado júbilo lo demostraron cuando todos coincidieron en aquel acto, que tenían envuelto en notas armoniosas, el mejor regalo que le podían ofrecer al cumpleañero homenajeado.

En la hacienda Playa Blanca, engalanada y atestada por un centenar de invitados, Gregorio, como buen anfitrión, y para no dejar escapar detalles minuciosos para una buena recepción, se duplicaba como persona en un lleva y trae constante; daba instrucciones a sus empleados y procuraba tener todo en orden y en su punto. Ensimismado estaba en esos preparativos cuando de repente sonó la banda. A decir de los que lo vieron, frunció el entrecejo. Eso normalmente lo hacía cuando reprobaba algo. No era para menos, la extraña canción conque dio inició la banda no pertenecía al puñado de sus adorados porros, tales como “Ayapel”, “Vamonos Caminando” o “María Barilla”, con uno de los cuales la San Jerónimo le rendía culto, a inicios de la primera tanda. Pero cuando Lucho cantó el primer verso, llegamos a Playa Blanca…, sintió que se le cortó el resuello y, de golpe se sentó sobre un tronco que estaba en el patio.

La verdad fue que, al finalizar la pieza musical, no hubo lágrimas, pero sí entusiastas ovaciones y abrazos de los presentes. Al incorporarse de nuevo, Gregorio, hechizado todavía por el influjo del presente musical, se quitó el sombrero en señal de agradecimientos. Dando respuesta a su aletargado regocijo, miró con asombro a los presentes para luego salir a reventar con su impetuosa fuerza espiritual, la monumental piñata: empezó a llover bebidas y licores de todos los sabores y marcas; mandó enseguida a sacrificar varios marranos y un par de reses, porque la orden era que sobrara comida y bebida suficiente. La fiesta, con puntual cronograma para un solo día, se prorrogó por otros dos más.

Lucho Rivera, que ni siquiera se había tomado la molestia de colocarle título al regalo musical de Gregorio, se ahorró el trabajo; porque los invitados al solicitar la canción, una, dos, tres…y cualquier cantidad de veces aquellos días, lo hicieron de manera tan vehemente con el nombre que más calzaba para la ocasión, Playa Blanca. La historia apenas empezaba a fraguar.

Al culminar aquel pomposo agasajo, la mayoría de los invitados y espectadores, inclusive, el mismo Gregorio, creyeron que aquella dedicatoria musical, en aire de paseo, que mutó en un porro sui géneris, con el nombre de Playa Blanca y lanzada a la luz pública en un apacible ambiente bucólico, quedaría reducida a un simple anecdotario campestre, o a un emotivo recuerdo familiar íntimo. Pero cuando la Banda San Jerónimo de Ayapel empezó a difundirlo a los cuatro vientos en cada uno de los  eventos y compromisos de su agenda; y después, cuando no sólo era ella la que servía de cascada promocional, sino el gran público que fascinado de gozo lo solicitaban desafiantes para cantarlo y bailarlo hasta la saciedad, la percepción de todos ellos no sólo cambió, sino que se transformó en un sentimiento de empoderamiento afectivo  generalizado, generado por un motivo, el cual ellos habían visto nacer y, que se hacía incontrolable de camino al éxito.

Sumado a esto, llegó el momento en que la Banda San Jerónimo le tocó fajarse con otras competidoras para la difusión del porro; porque obligadamente le arrebataron de las manos, producto del clamor popular, la exclusividad que tenía con esa pieza musical. El porro lo montaron en sus respectivos repertorios, con excelentes arreglos las mejores bandas de la época, como La Nueva Esperanza de Manguelito; la Ribana, Bajera y Central de San Pelayo y, la Banda de San Marcos, entre otras. Más tarde, ya no fueron las innumerables bandas, sino orquestas reconocidas, combos y conjuntos de toda índole los que se encargarían de trasladar aquel hit, de tendencia fiestera a salones de gala y clubes exclusivos de las grandes ciudades. Pero la mayoría de esos grupos musicales ejecutaban el porro al estilo instrumental. La letra, si era que aparecía alguna vez, era improvisada.

Quienes no cabían en el pellejo de sus cuerpos de la inmensa dicha, eran los hermanos Coronado. No era nada casual. Si antes los fandangos y garrochas eran los pretextos que esgrimían para saciar su sed de rumba; ahora, en el caso concreto, Gregorio, al presentarse en sus innumerables actuaciones como el protagonista de su propia novela musical, las razones eran triples y, por supuesto, en esa misma tónica arreciaron aún más los desmanes y vida dispendiosa. Cada vez que Lucho Rivera entonaba la canción en presencia de los hermanos Coronado, el éxtasis, la idolatría y el despilfarro rebasaban hasta alcanzar el máximo esplendor.

Pero todo exceso, tarde o temprano, trae consigo previsibles consecuencias negativas que resultan muchas veces funestas. De por sí, la pitera por donde empezó a colarse la riqueza de los Colorado ya era un hecho notorio antes de emerger Playa Blanca. Con el éxito de la canción, el deslave comenzó a hacer mella. Los hermanos Coronado, inmersos los 365 días del año en el goce y la diversión, descuidaron los quehaceres inherentes a la hacienda, y eludieron las responsabilidades que de ella emanaba. Don Pedro, que había legado en ellos el hombro de la prosperidad, ya no podía hacer nada: se encontraba jubilado, producto de su menguada salud y vejez. Las deudas y obligaciones crecían con la misma intensidad que mermaba el rebaño. La orgullosa cuadra de caballos se redujo a menos de una docena. Pero como si nada, los hermanos seguían cabalgando por el mundo en sus recurrentes y viejas prácticas. La decadencia total estaba a la vuelta de la esquina, y no había marcha atrás.

Cualquier día, de los últimos años dorados de los hermanos Coronado, a finales de los 50s, un trabajador de confianza de Gregorio le dijo en tono de desánimo, que mientras hacía unas diligencias en Planeta Rica, había escuchado en una emisora de Montería una canción con la música idéntica a Playa Blanca. Gregorio, sin alterarse, pero con con voz de patrón, le dijo al mismo empleado que tratara de conseguirle ese disco donde fuera. Cuál no sería su asombro al tener el disco en sus manos y descubrir que el artista no era otro que su ídolo, El Negro” Alejo Durán, con quien había parrandeado hacia un par de años por los lados del caserío de Rusia, en la época en que ese pueblo, en medio de una celebración religiosa, casi arde por completo a causa de un incendio providencial. Murieron en aquel siniestro un par de gitanos que habían ido a rebuscarse mediante la tramoya de echar la suerte. El Negro Alejo, a raíz de ese acontecimiento compuso y grabó la canción “La Quema de Rusia”.

 La canción del dudoso plagio de Playa Blanca, era un paseo de estilo alegre, titulado “Muchachas Cacereñas en la Playa”, y aparecía como autor, Germán Serna, paseño –de El Paso-, al igual que Durán. En los alegatos que le tocó hacer en su momento Serna, tratando de defender la autoría de la mencionada melodía, aseguró que lo de “cacereñas”, provenía de Cáceres -Antioquia-, pueblo a orillas del río Cauca, donde él estuvo trabajando por varios meses en una mina. Que el resto de las versiones que se hicieron, aludiendo a Playa Blanca, fueron burdos y verdaderos plagios.

Serna, quien no lo hacía mal como acordeonero, fue el centro de varias disputas legales en el terreno de la composición. Entre las más llamativas fue la que mantuvo con el Negro Alejo por el tema “Sierva (Sielva) María”; y con Abel Antonio Villa, por las canciones “El Negro Maldito”, convertida en éxito en los años 90 por Los Hermanos Zuleta con el nombre de Isabel Martínez, y El Higuerón que perpetuara El Binomio de Oro a principios de los 80. En acciones postreras, la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia -Sayco-, lo reconoció como el verdadero compositor de esas obras.

Pero lo que si le produjo un doble impacto emocional a Gregorio fue cuando el mismo escuchó en una de sus cruzadas por lo que son hoy las Sabanas de Sucre, la versión de Playa Blanca con la Orquesta de Pacho Galán. El primero de esos efectos fue de consternación, porque su nombre no apareció por ningún lado de la grabación, y el otro, porque sintió con tanta sabrosura el porro que hasta lo bailó.    

En otras cuatro versiones que llevaron al acetato en aquellos subsiguientes meses, prosiguió la tónica: no sólo no se mencionaba el nombre de Gregorio, sino que cada intérprete, ajustando la canción a la medida de sus caprichos, le acomodaron o quitaron frases e ideas que ni siquiera el compositor, Lucho Rivera, se había imaginado. Algunos artistas optaron por incorporar, al igual que Pacho Galán, los nombres de Ayapel y Coronado, que no aparecían en la letra original, como para que quedara la imagen temática de las verdaderas intenciones del porro de Lucho, y así lavarse las manos. Lo único que se mantuvo incólume en ese desbarajuste de versiones, fue el nombre, Playa Blanca.

Gregorio, pecando de ingenuo, o tal vez ignorando de cómo se manejaban las usurpaciones de los derechos autorales en aquellos tiempos, sobretodo, cuando todavía estaba devaluado el reconocimiento moral y pecuniario del compositor, y no se había constituido Sayco; le insinuó a Lucho Rivera para que interpusiera una demanda, a ver si podían revertirse esas omisiones deliberadas. Pero Lucho, tan sensato en su forma de pensar, como discreto en su forma de actuar, le recomendó entre sonrisas que se olvidara de eso. Y para que se tranquilizara le dijo:

––Quien debería estar enojado sería yo compositor: no se conformaron con tergiversar el contenido de la letra, sino que ahora aparece media docena de impostores, reclamando también la paternidad de mi obra maestra.

––Duerme tranquilo, al igual que yo –le sugirió–, confórmate conque al menos mencionan el nombre de tu finca y tu apellido, tú y yo, y todos los cordobeses sabemos que esa canción fue hecha para ti… y, que sólo nosotros somos los legítimos dueño--, repuso.

Y le puso como ejemplo ilustrativo a La Pollera Colorá, Cumbia Cienaguera, La Gota Fría, La Brasilera, La Víspera de Año Nuevo, La Camaleona, por nombrar unas pocas del folclor costeño, que habían pasado por esos mismos trances. En todos estos casos, a la larga, quienes lograron imponerse fueron: el dominio público, las pruebas testimoniales y testigos presenciales, para que esas obras fueran reivindicadas con justicia a sus propios dueños.

De esas primeras versiones la que causó más comentarios por lo paradójico, fue la del maestro Calixto Ochoa. El Viejo Cali”, fecundo al componer y gran mecenas de su arte musical, le alteró casi su totalidad de la letra. Lo rescatable de aquella versión fue que, la interpretó magistralmente en ritmo de paseo.

A Gregorio, impasible en su largo peregrinar, no le quedó otra que seguir coreando y glorificándose al lado de Lucho, cada vez que éste le tocaba cantar su dedicatoria de cumpleaños, remarcando en cada estrofa su nombre, para que todo el mundo supiera como decía su genuina letra:

I

Llegamos a Playa Blanca

tierra bella y preferida,

felicitando a Gregorio

que cumple un año más de vida.

El año que viene vuelvo

el año que viene vuelvo,

el año que viene vuelvo

si Dios me tiene con vida.

II

Felicitemos a Playa Blanca

y a todos con alegría,

Gregorio es muy complaciente,

Gregorio no se desvía.

 

Coro

Es un joven complaciente

es un joven complaciente,

es un joven complaciente

Gregorio no se desvía.

Es un joven complaciente

es un joven complaciente,

es un joven complaciente

así es todos los días.

 

III

Se oye el bramar del ganado

y el grito de sus vaqueros,

admiremos a Playa Blanca

por sus hermosos potreros.

Y el año que viene vuelvo… (se repite).

 

Otrosí. A finales de los años 80, nos invitaron a una fiesta familiar en Chinú -Córdoba–. El evento fue amenizado por una banda local del género pelayero. Su director -lamentamos no recordar su nombre- nos comentó en medio de una tertulia informal que, paseo inédito que se estrenara en una banda cordobesa, ya sea para interpretarlo o grabarlo, quedaba matriculado para toda la vida como porro.

La fuerza de aquella afirmación la sustentaba más adelante el maestro mediante la tesis de que, no es  por el hecho mismo de que el paseo es el aire musical que está más íntimamente emparentado en su estructura cadenciosa con el porro, ni por los arreglos compasados con aquella famosa formula del 2x4 con que lo adornan; sino por una razón de percepción menos subjetiva: nuestras tradicionales bandas de corte pelayero están etiquetadas, en sus genuinas intenciones, como el espacio musical donde evolucionó el porro autóctono. Sintetizando, estas bandas, desde que irrumpieron en el concierto musical, han sido y serán un taller para promocionar esos novedosos experimentos autóctonos, y su posterior plataforma de lanzamiento. Aquellas palabras de maestro director tal vez no eran un descubrimiento nuevo, pero sí, un tema de reflexión que nos quedó para que, de cara al futuro, tuviéramos un mejor panorama de comprensión sobre una realidad artística.

El género vallenato no ha escapado a esas difusas distracciones, con aquello de que todo lo que suena con caja, guacharaca y acordeón es vallenato. Este humilde melómano y, creo que delante de mí, muchos más, asimilamos o estuvimos convencidos durante años que Rosa Angelina y Caminito Verde, canciones que grabara con su genuina concepción agreste el Negro Alejo en los años 60s, eran auténticos vallenatos raizales. La realidad la palpé cuando me vine a vivir a Venezuela, donde comprobé que esas dos exitosas piezas musicales pertenecían al insigne maestro Juan Vicente Torrealba y, hacían parte de las joyas antológicas del folclor llanero venezolano.

Creemos que fueron esos mismos atajos musicales, sin dudas, los que le tocó pasar, al momento de su irrupción, la controvertida obra Playa Blanca. Con otro dato curioso en intensidad y es que, ese nombre nada tuvo que ver con el mar o la arena.

Es insólito, por no decir repudiable, concebir una tarde de corralejas sin la presencia de una banda en uno de los palcos. La banda, como el epicentro de la alegría y encanto en esos escenarios, completa el cuarto elemento vital después de la manta, garrocha y banderillas. Su suerte es irreductible. Un reconocido ganadero sincelejano decía que, de faltar un porro en las corralejas, es como prescindir de dos de los elementos citados anteriormente. Los hermanos Coronado, con sus previsibles comportamientos en sus épicas actuaciones, así lo entendieron.

El célebre banderillero, “El Mocho” Acuña -amputado de uno de sus brazos- percibía la función de la banda más allá de un simple deleite. Ataviado de emoción sostenía que al escuchar un porro palitiao, al filo de ejecutar una de sus temerarias faenas, sentía que algo misterioso lo guindaba de aquellas notas musicales para  luego empujarlo, como quien flota por los aires, a enfrentar al toro con tal confianza y destreza que parecía que no fuera una, si no las dos manos, las que colocaban el esperado banderillazo triunfal.

Sin ir muy lejos, el más famoso enlazador de su época, “El Negro” Rocha –vivito y coleando pese a contar con más de un siglo a cuestas– también le apostaba a la cábala musical. Rocha, llamado también el Hércules de las Corralejas por su complexión y descomunal fuerza; en cierta ocasión, exhausto por su reciente ajetreo y, por hacer las veces de novato trapecista para encaramarse al palco por los lados de la corraleja, buscando colectar los espontáneos honorarios del público; con su vivaz sentido del humor se le escuchó confesar al grueso de los integrantes de una banda en plena actuación, que no había mejor estimulante para su cañaña –músculos– que el bombo, el redoblante y los platillos de una banda al momento de jalar el toro para el toril. Que la única forma para que él destemplara la cabuya, era que ellos silenciaran la música a adrede.

Ahora bien, retomando el big bang de Playa Blanca y su efecto inmediato; la verdadera inspiración del poeta, en este caso, la causa que tuvo el compositor Lucho Rivera, para engendrar su ópera prima, no llega cuando se quiere, sino que ya vimos que aparece de la nada como una reacción inesperada del subconsciente, aunque los motivos que generan esas apariciones las veamos y las toquemos. Un prestigioso cantautor sostenía que era como un relámpago en un día asoleado. Definir la inspiración en estos momentos, no nos autoriza debido su complejidad, y porque no somos especializado en el tema.

Lo que sí es evidente es que muchas obras maestras de nuestro folclor parecen que fueran atacadas al momento de la creación por los mismos síntomas de parto. Al menos, eso fue lo que les tocó vivir Matilde Lina y Playa Blanca, por comparar solo estas dos al voleo. Aun cuando se dieron  a conocer en géneros musicales diferentes, nacieron como tradicionales paseos; un mediodía; a las orillas de un río; de versos cortos y melodías que sus autores identificaron como sublimes, y hasta hubo momentos en que les dio la corazonada que no parecían hechas por ellos; fueron unas ofrendas sentimentales: la primera una declaración de amor, y la otra un regalo de amistad; y como sobrepeso, ambas son unas auténticas plegarias costumbristas cargadas de melancolía y nostalgia.

Matilde Lina, o la Mati, como la llamaban sus amistades antes de que Alfredo Gutiérrez la eternizara con el homónimo de una canción, tuvo mejor fortuna que Gregorio -Goyo o El Yoyo, como lo llamaban sus amigos- al momento de ubicarlos en lo terrenal en cuerpo y alma. Matilde Lina Negrete, su verdadero nombre, el tormento del travieso Leandro Díaz, a quien ella solo vio y quiso como amigo; hoy vive en Valledupar después que se vino de su pueblo natal que queda al sur de la Guajira. Sus vecinos, amigos y pueblo entero, la admiran; recitan su historia; reconocen que su fama se debe a una hermosa y exitosa canción; la valoran como símbolo y leyenda del cancionero vallenato y, ganó estatus social y algunos privilegios a costa de un compositor enamorado.

Gregorio, la antítesis de Matilde en valoración popular; devorado en sus últimos años por la soledad y el olvido, al igual que su hermano Rafael, se vieron forzados a salir de sus reductos, cuando Playa Blanca, sus caballos y ganado, pasaron a mejores manos. Para los años 80, la otrora riqueza de Don Pedro, al igual que él ya habían desaparecidos los gloriosos días de los hermanos Coronado entraban al álbum de las leyendas.

Los hermanos Coronado, de ser por mucho tiempo los centros de atracciones, pasaron a ser ciudadanos comunes y corrientes. Gregorio se fue a vivir a Barranquilla, donde murió hace varios años, rodeado únicamente por el cariño de su familia y amigos más cercanos. Durante ese tiempo, con mucha decencia, vivió como comisionista en la compra y venta de ganado. Esta actividad la utilizó de charretera, como para llevar consigo el último vestigio vivo de la opulenta fortuna que un día gozó con su hermano Rafael; quien a pesar de su ancianidad aún vive en Cartagena, emulando a su hermano, pero con un negocio de quesos al mayor y detalle que atiende en compañía de sus nietos.

Rafael, de los pocos sobrevivientes de su camada, tratando de escarbar en su memoria recuerdos inmemoriales, se encontrará con los placenteros días que le tocó vivir por los lados de Ayapel; sus periplos por Marralú, el Río San Jorge, los fandangos y Corralejas; y tal vez se acordará de sus hermosas amantes. Es posible que se atreva a decir, sin equivocaciones, que mientras exista el porro, habrá Playa Blanca para rato…y otros buenos garrocheros como él, que seguirán dándole vuelta a la plaza.  

 

Alfonso Osorio Simahán

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

3 Comentarios


Jesús Domínguez Gamarra 25-07-2020 07:19 AM

Poncho, primero que todo te felicito por el interés en el trabajo investigativo, claro, preciso y muy diciente para apuntar al fin de estos quehaceres, mas que todo a aquellos que están dando los primeros pininos e invirtiendo sus esfuerzos tempranos como patrocinadores del arte de la garrocha corralejera. FELICITACIONES.

Hernando Marriaga 25-07-2020 01:51 PM

Estupendo y ameno el relato. Hasta ahora me entero que uno de mis porros favoritos inicialmente fue un paseo.Felicitaciones!

FRANCISCO HENAO 26-07-2020 04:02 PM

Cuando leí el titulo del articulo me remití a Tierras Europeas y me gusto mucho como el autor lo trae a uno nuevamente a Colombia y las sabanas cordobesas. Muy agradable y didáctico articulo. mis felicitaciones. Me dirigí a escuchar los temas mencionados en el, muy buenos pero llamo la atención en que el tema caminito verde firgura como composicion del maestro German Fleitas Beores, no de Torrealba. Felicitaciones por tan agradable documento.

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